Educando hacia el futuro

 

¿Para qué sirve la escuela? ¿Qué debemos enseñar o transmitir? ¿Desde cuándo se habla de crisis educativa en la Argentina? ¿Por qué los chicos no aprenden? ¿Quiénes son los responsables del fracaso escolar?… Son algunas de las preguntas que muchos docentes se formulan a diario. Varias apenas tienen respuestas, otras se debaten en las salas de maestros o en jornadas de capacitación. Tratar de sostener “ideales educativos” se convierte hoy en una tarea casi titánica, porque el sistema y sus instituciones se derrumban… La “escuela de masas” ha nacido, se ha fortalecido y, posiblemente, muera dentro del sistema capitalista. Por eso se hace cada vez más difícil poner parches, porque son sólo eso… parches.

 

De la escuela de masas a los depósitos de niños

 

Desde fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, los sistemas de educación formal se extendieron y crecieron en todas partes del mundo. Esto garantizaba dos cuestiones: que el Estado, pudiera “inculcar” los valores de la sociedad capitalista a través de la formación masiva y posibilitaba la capacitación de mano de obra calificada según las necesidades de la creciente industrialización. En esta etapa el Estado “invirtió” sumas enormes sabiendo que, en definitiva, era “capital humano” que recuperaría y, seguramente, con ganancias.

Si bien no podemos hablar de fechas exactas del comienzo de la crisis educativa, sí podemos marcar que el fin del “Estado benefactor” insinúa la herida mortal de la escuela pública, estatal y gratuita.

Hoy ya no podemos hablar de la formación de futuros trabajadores en pleno mercado de desocupación, ni de que la escuela constituya el elemento primordial de transmisión de la ideología burguesa, cuando los medios masivos de comunicación ejercen un papel más eficaz.

No existe país imperialista que, en los últimos treinta años, no haya hablado sobre crisis educativa y haya reformulado proyectos y reformas al sistema educativo. Inglaterra llevó a cabo durante la época de Thatcher una de las reformas más duras al sistema educativo, centralizándolo fuertemente, haciendo que los cuerpos locales de docentes, profesionales y sindicatos perdiesen todo poder de decisión y participación sobre el mismo; estableciendo una reestructuración que llevó al cierre de muchos colegios y al despido de casi un 20% de los docentes, al mismo tiempo que convertía al alumno y su familia en un “cliente”, a través del voucher educativo.

Estados Unidos viene reformulando los planes educativos centralizando los mismos en tres áreas: lengua, matemática e historia nacional, con fuertes componentes xenófobos y de desprotección a hijos de inmigrantes. Francia, con una fuerte tradición cultural, hoy debate qué hacer con los altos índices de abandono, deserción y fracaso en las escuelas, sobre todo entre los adolescentes.

     En la Argentina, tenemos la versión criolla de la “transformación educativa”, implementada a partir de 1993. Su principal componente, al igual que en los demás países, fue el achicamiento estructural traducido en cierre de cursos, especializaciones, pérdida de cátedras y unificación de áreas curriculares. Sumado a esto la desprotección y el desfinanciamiento por parte del Estado al sistema escolar argentino, donde hoy conviven varios planes y transformaciones, con un fuerte deterioro en la calidad y en los niveles de aprendizaje, altos índices de deserción y abandono (los más altos de las últimas décadas) y la inevitable transformación de las escuelas en comedores, roperos y centros asistenciales.

 

¿Es posible enseñar en la escuela?

 

     La escuela constituye un espacio físico donde diariamente se concentra gran cantidad de personas. Este espacio, por más rígido que fuera, no es impermeable a la realidad. Los problemas del hambre, de la desocupación, de la desintegración familiar penetran a diario en las clases. Los índices de ausentismo de alumnos y docentes por enfermedades crónicas, laborales, mala alimentación, crecen más allá de los premios por presentismo del magro salario.

     Nuevos juegos en los recreos como el de que los alumnos hagan “piquetes” o se cubran sus caras imitando a sus padres desocupados reclamando trabajo, han reemplazado al tradicional “poliladron”, y constituyen elementos de la realidad que incorporan nuestros niños a sus vidas. Las propias jornadas de huelgas o paros –si se hacen en forma activa– son la enseñanza más clara hacia los alumnos de cómo resistir los planes de ajuste.

     La sensación de muchos docentes es que no podemos seguir desarticulando la realidad de la propia enseñanza. No se puede hablar de hábitos de higiene cuando en las casas de nuestros alumnos no existe el agua, o sólo hay una canilla comunitaria. No se puede hablar de la objetividad de los cargos políticos y públicos –para el bien común– cuando nuestros alumnos perciben que nuestros gobernares son todos ladrones y corruptos. Esa disociación es la que hay que romper para que el aprendizaje sea posible. El fracaso escolar está muy lejos de lo que el discurso oficial explica sobre la culpabilidad de docentes, de métodos, de falta de perfeccionamiento o de desidia familiar.

El fracaso escolar es el sinónimo de la barbarie capitalista que día a día se profundiza más.

Si hoy podemos revitalizar el “espacio escuela” y ponernos a hablar de estos temas; si nuestras angustias y “culpas” se convierten en fuerza transformadora, sí podemos comenzar a participar, a protestar, a buscar nuevas alternativas; sí podemos articularnos y traspasar el mero reclamo sindical; sí podemos entender que los ideales educativos no deben ser definidos por los empresarios y sus grupos, ni por sus técnicos y pedagogos ni, por consiguiente, por los gobernantes de turno.

Si comenzamos a entender que el fracaso de la escuela pública es el fracaso del sistema capitalista, entonces podemos comenzar a hablar de un verdadero aprendizaje.

 

(Desde Mar del Plata) Viviana

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