La renovada actualidad de la Revolución (y del poder para hacerla)
Escribe
Aldo Andrés Romero (*)
Las presentaciones del libro de John Holloway Cambiar el mundo sin tomar el poder - El significado de la revolución hoy, fueron realmente el inicio de una discusión apasionante. Holloway estuvo una semana en el país, pero la intensa actividad de esos días, su repercusión y los debates esbozados, se prolongarán sin duda por escrito y a diversos niveles.
“La experiencia de la semana pasada fue una experiencia inolvidable, la realización de muchos sueños”
Así sintetizó Holloway las múltiples impresiones recogidas
durante su gira. La diversidad y riqueza de las conferencias, los debates y los
diálogos con diversos grupos de compañeros y en diversas ciudades del país, son
difíciles de expresar en una crónica. A conciencia de ello, nos limitaremos a
un escueta enumeración de las principales actividades. El domingo 29 de
septiembre Holloway se trasladó directamente desde el Aeropuerto al asado de
recepción organizado por compañeros de la Asamblea de Liniers y la revista
Herramienta. El lunes 30 estuvo en Mendoza, el martes 1º de octubre estuvo en
Tucumán, el miércoles 2 en Rosario, el jueves 3 debatió en el Aula Magna de la
Facultad de Medicina de Buenos Aires, colmada de gente, con Atilio Borón y Luis
Zamora, diputado por Autodeterminación y Libertad (AyL). El viernes 4, en
Filosofía y Letras, también en un aula abarrotada, compartió el panel con
Alberto Bonnet y un dirigente del MTD de Solano. El sábado 5, por la mañana,
sostuvo un amplio cruce de opiniones con colaboradores y amigos de las revistas
Periferias, Cuadernos del Sur y Herramienta, que acordaron desgrabar la
reunión, editarla, y continuar la discusión a través del correo electrónico.
Por la tarde, estuvo en un debate organizado por AyL. Y el domingo 6, cerrando
las actividades, visitó y conversó largamente con los compañeros del MTD de
Solano. Además, visitas a clínicas y fábricas ocupadas, reportajes radiales y
escritos…
En todos los casos, las actividades fueron posibilitadas y
realizadas porque la iniciativa fue asumida por agrupaciones estudiantiles,
cátedras libres, organizaciones de luchadores sociales y militantes de diversa
tradición política. Y en todos los casos, también, la resultante fue un
fraterno debate entre luchadores, con acuerdos, matices y discrepancias que
conformaron el mejor de los marcos a lo que Holloway quiso destacar y discutir:
las experiencias de autoorganización y autodeterminación popular, las grietas
que representan en la dominación del capital, y la convicción de que la crítica
debe ser la voz teórica del grito y la rebelión.
“La urgente imposibilidad de la
revolución”
Provocativo libro el de Holloway, que nos enfrenta teóricamente
con “la urgente imposibilidad de la revolución”, precisamente cuando el
movimiento antiglobalización y, en términos aun más dramáticos, los luchadores
latinoamericanos, debemos resolver prácticamente cómo “cambiar el mundo”. Y
oportuno, porque si no nos conformamos con el extremismo verbal que se agota
anunciando la inminencia de la lucha final, debemos asumir que hacer la
revolución no es cosa sencilla. Texto útil, en definitiva, para ser leído
críticamente y confrontarlo con los concretos desafíos históricos y los
imperativos prácticos del combate en que estamos empeñados a los que, en muchos
casos, el libro no termina de responder. En definitiva, este libro brinda una
magnífica oportunidad para discutir cuestiones realmente importantes y
urgentes.
Por supuesto, siempre habrá quienes prefieran limitarse a una
cómoda y previsible “crítica” del título del libro, insistiendo (para un ínfimo
auditorio de seguidores) en la inminencia de la toma del poder… Pero no es ese
tipo de declamaciones las que interesa debatir. Lo que realmente importa es
valorar y discutir que Holloway no sólo dice con todas las letras que “el
capitalismo es una mierda”, sino que explica la inutilidad de intentar
reformarlo, y proclama la urgencia de la revolución. Desde nuestro punto de
vista, lo que está en discusión es la renovada actualidad de la revolución.
A comienzos del siglo pasado, la discusión sobre la actualidad
de la revolución implicó una renovación general del pensamiento y la política
de los marxistas. Holloway tiene el mérito inmenso de señalarnos, a inicios del
siglo XXI, que nuevamente debemos asumir la actualidad de la revolución: lo que
implica asumir su redefinición, su recontextualización, sus nuevas fuerzas y
los nuevos obstáculos a vencer.
Holloway, retomando (con beneficio de inventario) la inspiración
del “marxismo cálido” de Ernst Bloch y aportes que van desde Lukács y Adorno
hasta los autonomistas italianos, desarrolla una crítica radical que arranca de
“la negatividad” y de la reivindicación del “poder-hacer” de los hombres: “El
punto de partida de la reflexión teórica es la oposición, la negatividad, la
lucha. El pensamiento nace de la ira, no de la quietud de la razón, no nace del
hecho de sentarse, razonar y reflexionar sobre los misterios de la existencia,
hecho que constituye la imagen convencional de lo que es “el pensador”.
Empezamos desde la negación, desde la disonancia”.
Señala Holloway que en el capitalismo, donde algunos ejercen el
Poder sobre otros muchos, esto significa que los hombres se ven privados de la
“capacidad de hacer” y que el “poder-sobre” (que es la negación del
“poder-hacer”) “nunca es individual: siempre es social”. Pero indica también
que esto permite descubrir “el poder-hacer que existe en la forma del poder-sobre,
en la forma, por lo tanto, de ser negado. No sólo existe como rebelión en
contra de su negación, existe también como sustrato material de la negación”.
En otras palabras, desafiando al Poder que fragmenta el flujo de las
actividades sociales, la fuerza formidable de nuestras capacidades existe
siempre en la forma de “ser negado” y, a partir de este antagonismo
insuperable, el autor esbozará una teoría de “la vulnerabilidad del capital”.
El open marxism de este fraternal irlandés que eligió vivir en
Puebla, insiste a lo largo de varios capítulos en la importancia mayúscula de
la teoría del fetichismo y, entre otras cosas, quiere “abrir” las categorías
marxianas (Mercancía, Capital, Estado…) para recordar lo que otros marxistas
suelen olvidar: que tales “cosas” en realidad no lo son, pues constituyen
diversas formas de relaciones sociales procesales. Y que, en definitiva, son
formas que implican la continua y antagónica formación de relaciones sociales
reificadas. “El poder del concepto está en que se refiere a un horror
insostenible: la autonegación del hacer. La separación del hacedor respecto de
lo hecho es inevitablemente la separación del mismo hacedor. La producción de
un objeto extraño es inevitablemente un proceso de autoextrañamiento. La ruptura
del hacedor respecto de lo hecho es la negación del poder-hacer del hacedor. El
hacedor se transforma en víctima… La alienación es la producción de seres
humanos que están dañados, mutilados, privados de su humanidad”.
Buena parte del libro se destina a denunciar la deformación
positivista del marxismo y a sostener que no sólo los “revisionistas” y
Kautsky, sino también Lenin, Trotsky, Luxemburgo, Pannekoek, Korsch o Gramsci
habrían apuntalado un “marxismo científico” más o menos monolítico, contra el cual
quiebra lanzas en favor de una dialéctica negativa. Siendo, como somos,
profundamente críticos de las deformaciones positivistas y “cientificistas” que
efectivamente deformaron profundamente al marxismo –de la Segunda Internacional
primero, a la vulgata estalinista luego y a múltiples marxistas académicos
hasta hoy mismo– debemos, sin embargo, lamentar las simplificaciones,
generalizaciones abusivas y amalgamas en que incurre el autor.(1).
Cambiar el mundo… tiene aportes sólidos y sugerencias estimulantes.
Pero adolece de una recurrente tendencia a mezclar distintos niveles de
abstracción, formular generalizaciones arbitrarias y proponer conclusiones
imprecisas y carentes del necesario respaldo argumental. Para dar sólo un
ejemplo, tras varias páginas dedicadas a presentar su concepción de la lucha de
clases y rechazar la posibilidad misma de cualquier definición de la clase
obrera, Holloway afirma: “El sujeto crítico-revolucionario no es un quién
definido sino un qué indefinido, indefinible y antidefinicional”… Holloway cree
seguir a Marx porque rechaza las definiciones, pero olvida que el autor de El
capital no escatimó esfuerzos para determinar las categorías y conceptos que
utilizaba, y que preparó un paciente cuadro de la determinación de las clases
mediante la reproducción del capital, poniendo a la relación de explotación (en
cuanto relación social, no individual) en el centro de la relación (y la lucha)
de clases: la determinación recíproca de los individuos y de las clases se
establece mediante la totalidad dinámica de relaciones sociales.
Los capítulos que abordan la cuestión de la subjetividad
revolucionaria, la materialidad del “anti-poder” y una teoría de la crisis
arrastran los contrastes antes indicados.
La justa crítica de las “políticas identitarias” conduce a un
callejón sin salida cuando no se reconoce que la conformación de sujetos
colectivos implica también construcción de identidades con capacidad reflexiva,
de reelaboración y construcción de identidades y comunidades de conciencia
transformadora, revolucionaria.
El necesario rechazo de las concepciones y prácticas
“estadocéntricas” pierde su filo crítico cuando evade el abordaje concreto de
los problemas de la transición, tal y como venimos intentando hacer nosotros
mismos a partir del libro Después del estalinismo. Los estados burocráticos y
la revolución socialista(2).
Resulta también insatisfactorio pretender afirmar la
“materialidad del anti-poder” en oposición a las fecundas ideas de una nueva
perspectiva estratégica que pase por la constitución de
la-clase-que-vive-de-su-trabajo como un contrapoder que enfrente desde hoy el
poder de la clase dominante sobre las condiciones sociales de existencia.
Finalmente, considero que la pretensión de formular una teoría
de “la vulnerabilidad del capital” y de las crisis no debería ser planteada en
oposición a la necesaria investigación de los mecanismos con los cuales se
impone la reproducción del capital, tal y como acaba de hacerlo Alain Bihr en
su magnífico libro La reproducción del capital.(3)
Holloway nos lleva hasta el umbral mismo del problema y,
simultáneamente, nos aleja del mismo: “El cambio revolucionario es más
desesperadamente urgente que nunca, pero ya no sabemos qué significa. […] Hemos
perdido toda certeza, pero la apertura de la incertidumbre es central para la
revolución”. El autor nos dice que el libro es, en definitiva, “una pregunta,
una invitación a discutir”. Y, simbólicamente, omite ponerle un punto final.
Aunque no será en el breve espacio de este comentario donde podremos hacerlo,
queremos aceptar con gusto la invitación, aclarando que parte importante del
debate serán los términos en que se presentan las preguntas mismas (“¿Más allá
del Estado?”, “¿Más allá del poder?”, “¿Revolución?”, etcétera), y el
deficiente encuadramiento histórico-social que se les da.
“Para nosotros, el comunismo no es un Estado que debe
implantarse, un ideal al que haya que sujetarse la realidad. Nosotros llamamos
comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”.
Holloway acuerda con esta conocida afirmación de Marx y Engels. Pero no es
coherente sostener, al mismo tiempo, que “lo que ha fallado es la idea de que
la revolución significa tomar el poder para abolir el poder […] La única manera
en la que hoy puede imaginarse la revolución es como la disolución del poder”.
Las experiencias y vicisitudes del movimiento obrero y
revolucionario internacional a lo largo del siglo XX deben ser consideradas no
sólo como hechos objetivos, sino como experiencias estratégicas, para asimilar
teórica y prácticamente los éxitos, las oportunidades perdidas, las derrotas,
los fracasos (y las traiciones, y los crímenes, que también existieron)
sufridas por los trabajadores del mundo. La ventaja de esta perspectiva es que,
a diferencia del enfoque de Holloway, permite reconocer en el movimiento real y
en sus confrontaciones político-ideológicas “las dos almas del socialismo” de
las que nos hablara Hal Draper. Porque si es verdad que existe y existió un
“socialismo desde arriba”, existió y existe también un “socialismo desde
abajo”. De esta tradición nos reivindicamos y consideramos también que si una
nueva sociedad debe surgir de la revolución, sólo podrá constituirse a escala “supranacional”
(continental o, al menos, regional) quebrando el viejo poder y apoyándose en el
poder de organismos autónomos de la población, que operen en todas las esferas
de la actividad: en la “política”, pero también en la producción y la economía,
y en la vida cotidiana. Vale decir: autoorganización y autogobierno capaces de
poner en cuestión todas las esferas de la vida social. Más que esperar que de
la noche a la mañana se logre la “disolución” del Estado, la propiedad privada,
el dinero o el trabajo asalariado, se trata de impulsar el proceso
revolucionario asumiendo la solidaridad de todos los elementos de la vida
social, razón por la cual nada deberá quedar por fuera de la actividad
instituyente de la nueva sociedad.
Admitamos, pues, la provocación socrática del autor, que elige
terminar su obra reivindicando el valor de la incertidumbre. Pero no olvidemos
que, más allá de la desmitificación crítica, lo que sigue se decide en la
lucha: allí donde las armas de la crítica no pueden reemplazar la crítica de
las armas; donde la teoría se hace práctica; y el pensamiento, estrategia.
* Aldo Andrés Romero. Dirigente
del Partido Socialista de los Trabajadores, posterior MAS, tuvo destacada
actuación en la Argentina, Venezuela y Portugal. Es autor, entre otros
trabajos, del libro Después del estalinismo (Ed. Antídoto, Bs. As., 1995) y
acaba de publicar El significado de la revolución hoy, referido al mismo tema
de este artículo. Dirige la revista Herramienta.
1. Una visión más compleja y
rica de esta compleja cuestión puede encontrarse en diversos artículos sobre el
tema publicados en Herramienta. Ver, en particular, Debate. Marxismo y
Epistemología, con aportes de Enrique Dussel, Enrique Marí, Ariel Petruccelli,
Zoilo Achával, Alan Rush, Aldo Romero, Marcelo Claros, Enrique Hernández y Jorge Dutra. Cuadernos de Herramienta Nº
1, septiembre de 2001. Ver también
“Diálogo con Ricardo Gómez” organizado por la revista Herramienta
(mimeografiado), Buenos Aires, 2001.
2. Después del Estalinismo. Los
estados burocráticos y la revolución socialista, Aldo Andrés Romero, Editorial
Antídoto, Buenos Aires, 1995. Ver en especial “Problemas de la Revolución y el
Socialismo”, escrito en colaboración con Hernán Camarero, Jorge Dutra, Andrés
Méndez y Aldo Andrés Romero, en Construir otro futuro, Editorial Antídoto,
Colección Socialismo o Barbarie, Buenos Aires, 2000.
3. Alain Bihr, La reproduction
du capital. Prolégomenes à une théorie génerale du capitalisme, vol. I y II, Cahiers
libres Editions Page deux, Lausanne, 2001.
Este libro no ha sido traducido al castellano, pero
diversos artículos publicados por Herramienta han presentado al público
argentino algunas de sus ideas más importantes.