A 62 años del asesinato de Trotsky
Un homenaje antidogmático
El 20 de agosto se cumplen 62 años desde el asesinato de
Trotsky. Un año antes, en 1939 empezaba
la Segunda Guerra. Y no habían pasado más que 20 años desde el fin de la
Primera, durante la cual Trotsky fue el constructor del Ejército Rojo, el que
tuvo que enfrentar al mayor ataque contrarrevolucionario de los ejércitos
imperialistas contra la naciente revolución de Octubre del ’17.
Apenas dos
años antes de su asesinato, Trotsky encaraba la fundación de la Cuarta
Internacional. Pasaba así de ser la principal figura revolucionaria de
oposición a Stalin, a sentar las bases para la construcción de una organización
que definía como su principal objetivo la lucha por la destrucción del
capitalismo y no por su reforma (y, como parte de ese objetivo, la necesidad de
enfrentar al stalinismo).
La Cuarta
Internacional se sustentaba en una tesis sostenida por Trotsky casi en
solitario: la Teoría de la Revolución Permanente, que definía dos aspectos
centrales.
1) La
imposibilidad de la construcción del socialismo en un solo país. La caída de la
Unión Soviética cincuenta años después, y su desmembramiento, lo demostraron en
forma categórica.
2) No hay la
más mínima posibilidad de liberación nacional si no hay revolución socialista
internacional (partiendo de lo nacional). Porque la burguesía de los países
semicoloniales está enfeudada al imperialismo, como es el caso de la burguesía
argentina y, en general, de Latinoamérica.
Es importante
señalar esto, porque en aquellos tiempos, a Trotsky se lo conocía precisamente
por esta teoría, que era algo así como “la locura” de oponerse a los “avances
del socialismo real”, que era lo que caminaba por el mundo. Pero el “socialismo
real” era una inmensa ficción, una ideología creada por una casta parasitaria
y, de hecho, avalada por el imperialismo, al que también le convenía por
diversas razones.
El “socialismo
real” se cayó como un castillo de naipes. Porque efectivamente, el socialismo
es una etapa superior al capitalismo. Una etapa en la cual se puede empezar a
caminar hacia el reino de la abundancia, y ello sólo es posible a escala
internacional. Ningún país puede avanzar aisladamente hacia el socialismo, y
mucho menos los países pobres. Y los países ricos, que arrancarían en mejores
condiciones, tampoco podrían lograrlo solos.
Desde nuestro
punto de vista, homenajear a Trotsky en el 62º aniversario de su asesinato es,
por un lado, reivindicar su teoría.
Al mismo
tiempo, hay que decir que la segunda parte de su tesis, la de los países
semicoloniales, tiene hoy confirmaciones apabullantes en nuestro continente: la
intervención militar norteamericana cada vez más abierta en Sudamérica y la
crisis económica que afecta en simultáneo a toda la América latina.
En el año
2002, las tesis de la revolución permanente tienen más vigencia que nunca. Y en
particular la que afirma que el único enfrentamiento victorioso ante el
monstruo imperialista sólo puede darse con la clase obrera a la cabeza de los
trabajadores de la ciudad, del campo y de todos los oprimidos, en una
perspectiva antimperialista y anticapitalista –es decir, socialista– y de
guerra de clases a escala internacional.
En toda época
aparecen plumas que pretenden descubrir las razones de las dificultades de la
lucha de clases en general, y del movimiento marxista y trotskista, en tales o
cuales citas o textos que explicarían la actual relación de fuerzas y/o la
crisis del marxismo y de su continuación más importante desde la muerte de
Lenin: Trotsky y sus seguidores.
Nosotros creemos que este comportamiento no es materialista sino idealista, ya que tiende a explicar el curso de la historia y el de la lucha de clases por la lucha entre ideas, citas y textos descontextuados. Por esa vía no sólo se puede estigmatizar a Trotsky –y mucho más al trotskismo después de su asesinato– sino que, operando con el mismo método, tampoco quedaría en pie Lenin. Y se podría despanzurrar hasta al mismo Manifiesto Comunista, como han hecho numerosos renegados a lo largo de un siglo y medio.
Como
marxistas, consideramos que ese método de encarar la historia no permite
entenderla y, además, lleva a la disgregación y el desánimo en las filas de los
revolucionarios.
El trabajo de
Marx y sus continuadores no constituye un remedo de “sagradas escrituras”
ateas: es un método para ayudar a que los explotados logren transformar la
realidad. La interpretación de la historia, para nosotros, está al servicio de
su transformación revolucionaria . Y cuanto más precisa sea esa interpretación,
más útil será para el movimiento revolucionario y para los trabajadores
conscientes. Al decir de Lenin, el marxismo es, en lo fundamental, una guía
para la acción.
El stalinismo
–la más terrible contrarrevolución que surgió en nombre del “comunismo”–
convirtió al pensamiento de Marx y Lenin en un dogma inerte, en una serie de
verdades reveladas, inmutables y eternas.
Los manuales
de marxismo-leninismo del PCUS (Partido Comunista de la URSS) y sus sucursales,
marcaron ideológicamente a generaciones, incluso a quienes nos oponíamos al
stalinismo pero no éramos capaces de escapar a la presión que ejercía el
dominio material stalinista sobre una tercera parte del planeta.
La fuerza de
la “ideología” stalinista era de un primitivismo salvaje en relación con el
marxismo: pero la fuerza material que tenía detrás era descomunal. Ahí está, en
gran medida, la base de ciertos errores de Trotsky y, cualitativamente, del
trotskismo de posguerra.
Por el camino
de “descubrir” las “citas” que expliquen el origen de los diversos errores
cometidos por el movimiento trotskista, sólo se puede llegar a la demonización
de importantes luchadores revolucionarios que dieron lo mejor de sí y, en la
mayoría de los casos, renunciaron a un fuerte ascenso social que su capacidad
intelectual les posibilitaba.
Salvo los
tránsfugas –que los hubo, los hay, y los habrá–, la explicación de los
problemas del movimiento trotskista y de Trotsky después de la derrota de la
Oposición de Izquierda del ’26/’27, no hay que buscarla, en lo fundamental, en
las ideas o conceptos: hay que buscarla en el aislamiento de la revolución
rusa, el carácter exangüe en que quedaron sus fuerzas después de la guerra de
agresión imperialista (y el atraso en todos los terrenos heredado del zarismo)
combinado con la derrota de la revolución europea de la primera posguerra, y el
ascenso de la contrarrevolución fascista.
A la segunda
posguerra le siguió el boom económico en los países centrales (y en la URSS y
su glaxis) y un equilibrio de fuerzas que sólo intentó modificarse en la
periferia, con las limitaciones insalvables de los movimientos nacionalistas
burgueses del llamado “tercer mundo”, incluidas sus variantes foquistas y demás
expresiones pequeñoburguesas. De todas esas variantes, incluso las de la
“guerra popular prolongada”, extrajo sangre nueva Moscú: primero con Tito y Mao
(aunque después los excomulgara) y, finalmente, con la revolución cubana y su
complejo desarrollo.
Desde la
derrota de la oposición de izquierda, nuestro movimiento no sólo remó
continuamente contra la corriente, sino que también sufrió una persecución y un
genocidio de proporciones gigantescas, en particular en la URSS.
Trotsky
analiza a la Unión Soviética, no sólo siendo su contemporáneo, sino con una
impresionante falta de fuentes confiables de datos y estadísticas y sin
conexión con la oposición interna (que se corta con el ascenso de Hitler, ya
que esa comunicación era establecida desde Berlín por León Sedov).
Si opinamos
que el carácter de clase de un Estado no se define por el peso de la propiedad
estatal, se puede decir, más de medio siglo después, que hay errores serios en
Trotsky. A pesar de que sus textos no pretendían ser los “diez mandamientos”,
eran un análisis y un pronóstico con vista a la guerra y contenían importantes
advertencias y alternativas para el caso de que el stalinismo sobreviviera a la
Segunda Guerra.
Pero la
realidad se dio de otra manera, por partida doble. Por un lado, no se repitió
el fenómeno de la primera posguerra, porque el imperialismo realizó una brutal
sangría previa en Alemania, luego la “purga” atómica en Japón y una masacre
preventiva que se sumó al desangre y desgaste de la guerra, para agotar la
fuerza del proletariado europeo. Además, el stalinismo no sólo sobrevivió a la
guerra sino que también salió fortalecido de ella y ocupando media Europa.
Es sobre estos
dos hechos colosales que la mayoría de la Cuarta Internacional elaboró
distintas ideologías, expresando lo que Marx llamaba la presión del “peso de
los muertos sobre el cerebro de los vivos”. En particular, se manifestó una
adaptación a la presión material del aparente triunfo del stalinismo y del
imposible “socialismo en un solo país”.
Esta es la
base material del grueso de las concepciones erróneas-falsas-trágicas del
trotskismo. Por ejemplo, llamar estados obreros “deformados” al cinturón
militar de la URSS en el que, lanzada la guerra fría, debió expropiar a la
burguesía sin ningún tipo de revolución ni de atisbo de poder obrero. O el
entrismo “sui géneris” en los partidos comunistas, que mutarían su carácter por
razones objetivas (la presión de la inminente nueva guerra que los empujaría “a
la izquierda”).
En todo el
mundo, esto fue acompañado por el seguidismo a las llamadas “direcciones
naturales” de las masas, de quienes los dirigentes trotskistas se proponían
como “consejeros de izquierda” (sea de Tito, Mao, Castro, la guerrilla
latinoamericana, incluido el FSLN nicaragüense, o la vanguardia europea que
siguió al mayo francés).
A nuestro
criterio, las conclusiones no pueden basarse en una operación aritmética de suma
y resta, ni tampoco en una “crítica de citas”.
Si Trotsky no
hubiera fundado la Cuarta Internacional, la esencia de la Revolución Permanente
–que es el núcleo central del trotskismo– no hubiera podido tener continuidad. Y
los últimos lazos con la herencia de Octubre y el leninismo hubieran sucumbido
a la barbarie de la horrenda caricatura de marxismo-leninismo que hizo el
stalinismo (mucho más después del asesinato de Trotsky).
Trotsky pudo
haberse equivocado en mucho, pero no en lo fundamental. Esa es la clave y no
los problemas de su legado teórico, que existen, al igual que en todos los
maestros que le precedieron. En todo caso, está en nosotros, en las
generaciones de sus seguidores, la responsabilidad de intentar resolverlos
correctamente. Somos nosotros, y la generación que nos precedió, los que no
supimos buscar respuestas a los problemas. Por el contrario, nos atrincheramos,
ora en el dogmatismo, ora en el oportunismo, ya que para cualquiera de ambas
desviaciones hay citas de Trotsky, Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo u otros
maestros, con las cuales intentar autojustificaciones.
Es muy
evidente que, ante los hechos de la cambiante realidad actual, la
responsabilidad de los trotskistas vivos es mayor que la de los legados de
Trotsky y de la generación de posguerra.
El trotskismo,
surgido como antitesis del stalinismo (bajo su fórmula stalinofóbica o
stalinofílica), cumplió el decisivo papel de constituir un tenue hilo rojo con
el pasado. Pero en lo fundamental es una antitesis que sólo puede superarse
negándose a sí misma al desaparecer, en lo fundamental, el stalinismo (no así
la conciliación de clases y el reformismo). El trotskismo puede ser un
componente decisivo para la síntesis a realizarse en lucha por la superación de
vicios heredados del pasado, y de una situación muy compleja de la lucha de
clases internacional (que se combinó, en la década pasada, con la ofensiva
ideológica del imperialismo sobre el supuesto “fin de la historia”).
Es una tarea
ciclópea pero es el único camino a seguir para luchar contra la barbarie
capitalista hacia la que, día a día, son empujados los explotados, oprimidos y
marginados de un planeta cuya existencia misma está en peligro.
jorge guidobono