Para que se vayan todos
HAY QUE ECHARLOS
El problema es el hambre y la desocupación, y no la
delincuencia que nace de allí. Por más que la policía, la prensa y los
gobernantes nos intenten hacer creer lo opuesto y ubicar a la delincuencia como
el centro de los males que padece la sociedad, el principal problema no es ése
sino la putrefacción del capitalismo colonizado, con un 50% de desocupados y
subocupados y la descomposición de todas sus instituciones, incluidas las
policiales y judiciales y no sólo las políticas.
La crisis
económica se estira como un chicle interminable con características de
catástrofe para los trabajadores y el pueblo. Por el momento, no hay señales de
que eso vaya a cambiar en el corto plazo. La contracción de la economía mundial
es desfavorable para los exportadores, el único sector que se benefició con la
devaluación al hacer más competitivas sus exportaciones. La silbatina de la
oligarquía al gobierno en la Sociedad Rural es demostrativa al respecto. Los
US$ 1.000 millones extras por exportaciones de granos gracias a la sequía de
Estados Unidos no van a tener importancia en la vida del pueblo, así mejoren un
poco las cuentas fiscales del Estado y las de la oligarquía.
La fiesta de
los ’90 también se empezó a pagar con platos rotos recientes: la venta de Pérez
Companc, el más importante capitalista “nacional”, a Petrobras debido a su
fuerte endeudamiento en dólares, sumada a la posibilidad de crisis e incluso de
quiebra de Loma Negra –la cementera de Amalia de Fortabat– son dos importantes
voces de alerta de la crisis de los grandes monopolios.
El proceso de
colonización del país avanza a saltos. Estados Unidos quiere desplazar y/o
cooptar a los restos de las burguesías nativas y desplazar a los imperialismos
europeos que le sacaron ventajas en las privatizaciones, alcanzando un fuerte
peso económico en la región.
Pero no es un
proceso simple. Por ejemplo, la quiebra de WorldCom –que se había quedado con
una tajada grande en la privatización de los teléfonos brasileños– indica la
complejidad del proceso, agudizado por los problemas en las economías centrales
y sus manifestaciones bursátiles. Por otra parte, el cuadro de situación de
América latina es de crisis y agotamiento de la política impuesta desde hace
décadas. Y no habrá política yanqui de salvataje. Uruguay es una relativa
excepción porque juega un papel de bisagra clave para la conquista de los dos
“peces gordos” de la región –Argentina y Brasil– aunque igual su pueblo pagará
con sangre esa “ayuda”.
El centro de la lucha de clases hoy pasa por la lucha
política. Hay crisis en las alturas y elementos de disgregación del régimen
político. Este hecho está mucho más desarrollado que el surgimiento de un poder
–o tan siquiera una alternativa política– antimperialista, anticapitalista y
antiburocrática.
Los grandes
partidos capitalistas están en disgregación. Es más probable que surja algún
demagogo fugaz (por ejemplo Carrió, Rodríguez Saá y su “segunda revolución
productiva”, Kirchner u otros) antes que se ordenen esos partidos. De todas
formas se sabe que, si hubiera elecciones, el que triunfara no tendría más de
una cuarta o quinta parte del electorado, parecido a Bolivia. Y también podría
aparecer una especie de Evo Morales rioplatense.
Nada de esto
quiere decir que la lucha de clases se limite a la lucha política. Existen
luchas parciales y defensivas de diversa índole en las que debemos participar
enérgicamente. Por ejemplo, hoy están de paro los colectiveros mendocinos
reclamando el pago de los $ 100 otorgados por el gobierno y que la patronal,
igual que otras muchas, no cumple.
Sectores hegemónicos de la burguesía intentan canalizar
el descontento hacia una salida al desgobierno actual mediante las elecciones. No
está claro que exista algún programa alternativo real, por lo cual más que
“salida” electoral se parece a una fuga hacia adelante. El marco más general es
que no existe ningún candidato burgués que supere el 15 o 20% de las
expectativas de votos, o sea, que no sea representativo de las cuatro quintas
partes de la población. Pero aquí no termina el problema porque en realidad la
crisis institucional se expresa en todos los terrenos y hay un largo trajinar
sobre cómo se van a elegir los candidatos presidenciales, sobre cómo serán las
internas en los grandes partidos decadentes de la burguesía, si habrá o no
internas, si impondrán a último momento una “ley de lemas” a la uruguaya, o la
fragmentación política existente en los hechos, también se expresará en una
fragmentación electoral muy similar a la atomización.
Hay cuatro
hechos políticos significativos que presiden la situación: 1) la virtual
desaparición del Frepaso; 2) el “coma 4” de la UCR; 3) el estallido del
peronismo; 4) la inexistencia de una fracción burguesa hegemónica, por más que
se intenten las combinaciones químicas más imaginativas.
Este es el
marco político que posibilita saltos cualitativos para la izquierda y los
revolucionarios, siempre que se salga del corral de la vieja política
reformista, atada a las ramas podridas de los restos del nacionalismo y de la
democracia burguesa, y que seamos capaces de ofrecer la única “utopía” realista
que es una perspectiva de lucha dura y revolucionaria contra el imperialismo,
el capitalismo y los restos de la burocracia peronista en todas sus vertientes.
Sólo sobre esas bases se podrá estructurar un gran movimiento de masas que, por
primera vez en la historia del país, sea un protagonista real de la historia y
construya su propio destino. Zamora tiene una posibilidad relevante en esta
construcción y las organizaciones tradicionales de la izquierda tienen la
responsabilidad de romper con una cultura de aparato que signó su existencia en
las condiciones específicas de la Argentina, donde el movimiento obrero y
popular fue dirigido por décadas por una corriente burguesa reaccionaria como
el peronismo.
La antidemocrática convocatoria electoral encuentra todo
tipo de resistencias y favorece la unidad de acción para el “que se vaya
Duhalde, que se vayan todos”.
La LSR
comparte ese llamado a la lucha. Pero tenemos que hacerla desde una perspectiva
no parlamentaria ni constituyente ni plebiscitaria.
Tenemos que
explicar en las movilizaciones, que hay que hacer un gigantesco 19-20 de
diciembre, y que la rama está podrida y hay que jugar todo a la lucha
callejera, y sin depositar ninguna confianza en plebiscitos o constituyentes.
Este es el
período abierto para los próximos treinta o sesenta días, como mínimo.
Para no caer
en falsas polémicas, no está planteada ahora la discusión de si vamos a
participar o no en la próxima instancia electoral –cosa que evaluaremos en su
momento– sino que hay que dar una gran lucha popular para echarlos a todos, y
construir un poder opuesto y alternativo. Si este poder se corporiza y toma
fuerza efectiva en la población trabajadora, evaluaremos el levantarlo como
alternativa de poder y de gobierno; rechazamos hacerlo como caricatura, porque
prostituiríamos su contenido.
Dicho en una
fórmula, actuamos en unidad de acción para que se vayan todos, y nos
diferenciamos en no buscarle “salida” parlamentaria, constitucional o
plebiscitaria a la crisis, “por la positiva”.
Por ahora, el
centro de los reclamos es negativo: “que se vayan…”. Y también es negativo, de
rechazo, frente a las salidas propuestas por los curanderos parlamentarios,
constitucionales o plebiscitarios.
Es un estadio
superior de actividad que podemos resumir en que está planteada la política de
unidad-enfrentamiento a una escala desconocida para el país y también para los
revolucionarios.
Está visto que
toda la corte de representantes políticos de los explotadores, y los jueces a
su servicio, sólo pueden entender el lenguaje de la fuerza. Por eso el actual
llamado a elecciones no es más que una trampa destinada a “cambiar algo para
que nada cambie”. Y eso no mejorará por más que en lugar de votar sólo para
Presidente, se “elijan” legisladores o hasta convencionales constituyentes. Toda
la institucionalidad del Estado de los capitalistas es un chaleco de fuerza
para atarnos a la voracidad de los que mandan de verdad (los Macri, Bulgheroni,
Rocca, Fortabat, FMI, Repsol, etc.). Tampoco será una “asamblea constituyente”
la que modifique la realidad del país –y ni que hablar de un inútil plebiscito
callejero como postulan ciertos sectores del llamado “progresismo”–, sino la
lucha transformadora de millones de voluntades que demos vuelta la tortilla,
sin dejarnos marear por vanas ilusiones.
Todo indica
que es necesario profundizar el camino emprendido el 20 de diciembre. Si
queremos “que se vayan todos” habrá que redoblar la movilización obrera y
popular en las calles. Habrá que preparar, por ejemplo, una gran jornada de
protesta, masiva y unitaria, superior a la que provocó la caída de De la Rúa. Y
seguir trabajando para que millones de explotados y oprimidos los hagamos
abandonar sus madrigueras como las ratas que son.
Un poder de
nuevo tipo, del pueblo trabajador, terminaría con la sangría interminable en
favor de los ricos y aplicaría un plan de emergencia para el pueblo empobrecido
y la colonizada nación. Desde ese poder, podría plantearse, entre otras
medidas:
• Romper todos
los tratados económicos, políticos y militares con el imperialismo mundial y
expulsar a todas sus misiones (como el FMI y otros).
• No pagar la
deuda pública que contrajeron los capitalistas.
• Repartir las
horas de trabajo a salario pleno.
• Expropiar la
banca, estatizar el comercio exterior y todos los monopolios y la tierra de los
oligarcas.
• Expropiar a
las grandes familias que vaciaron el país y meterlas presas hasta que regresen
los capitales fugados al exterior, que les serán expropiados.
• Separar al
Estado de la Iglesia y expropiar sus bienes.
• Disolver los
aparatos represivos y castigar a los asesinos de ayer y de hoy. n