Educación y ajuste
Cuando uno se
refiere a una escuela rural se imagina una construcción en medio del campo al
que se accede sólo a caballo, a pie, o en auto. Para muchas provincias esa
imagen puede corresponder a la realidad, pero en el caso de la provincia de
Buenos Aires no es correlativa al crecimiento y concentración de la población
en el conurbano bonaerense, al incremento de barrios periféricos y de villas de
emergencia y al aumento de grandes bolsones de desocupación.
Al gobierno
provincial poco le interesa la clasificación de “ruralidad” (bonificación
otorgada a los establecimientos educativos bonaerenses periféricos en 1984). Esto
se manifiesta en que priorizan cumplir con los acuerdos económicos que impone
el FMI y que se traducen en mayor ajuste y recorte salarial a la educación
estatal y pública. Durante décadas los maestros –al igual que muchos
trabajadores– tuvimos un salario conformado por un básico muy bajo ($ 234 en el
caso de los maestros) y una serie de “bonificaciones” como antigüedad, material
didáctico, presentismo y la famosa “ruralidad”, de acuerdo con la clasificación
del establecimiento donde uno dicta clases. Poco a poco las distintas
administraciones fueron congelando o eliminando estas bonificaciones. De
profundizarse esta situación, apenas alcanzaríamos el salario básico, sólo un
poco más alto que un plan “jefe o jefa de familia”.
Bajo la excusa
falaz de reclasificar las escuelas bonaerenses, el gobierno provincial cambió
la adjetivación a “desfavorabilidad” y, en esa transformación, perdieron ese
beneficio mas del 70% de los establecimientos, mas allá de los informes que
justificaban mantener la bonificación presentados por equipos docentes,
directivos, de inspectores, comisiones distritales y otros.
Teniendo en
claro que la quita de la bonificación constituye un recorte salarial, muchos
docentes y comunidades educativas salieron a dar la lucha contra este nuevo
ajuste. Hoy, a cuatro meses de iniciado el recorte, podemos definir con
claridad que el sector docente sigue perdiendo no sólo en salarios sino en
condiciones laborales y de salud. Sumando a esto la actual situación económica
–que en pocos meses transformó los salarios en migajas– nos enfrentamos a la
realidad que las escuelas se han convertido en grandes depósitos asistenciales
donde los objetivos pedagógicos fueron sustituidos por comedores y roperos escolares.
En algunos
distritos donde se pudo organizar la lucha –con distintas manifestaciones como
marchas, actos públicos, tomas de consejos escolares, paros y movilizaciones–
muchas de las escuelas pudieron recuperar la bonificación y detener el recorte.
Pero, globalmente, la idea que hoy subsiste es que el Estado volverá a poner en
jaque al sistema educativo.
Por eso,
juntamente con los reclamos gremiales del sector, se hace necesaria la pelea
política, hoy más que nunca vigente por que se vayan todos. Y la construcción
alternativa de una educación nueva, distinta, delineada y gestada por los
trabajadores de la educación y que contribuya a la formación de una sociedad
nueva y muy distinta de lo que propone el sistema capitalista.
Viviana (desde Mar del Plata)