La
represión viene marchando
Según las
estadísticas oficiales, en la Argentina más de un 47% de la población está
desocupada. El 50% que tiene trabajo gana menos de $ 200 y se encuentra por
debajo de la línea de pobreza, cien niños mueren por día por hambre y
enfermedades curables y casi dos millones de personas sobreviven con menos de $
1 diario. En este contexto la burguesía intenta hacernos discutir que la
llamada “inseguridad” se resuelve con balas. Y necesita convencernos de que la
culpa justamente la tienen los pobres, los excluidos, los desocupados. Si no lo
logra, inventará algún otro enemigo para avalar la militarización preventiva
que está desplegando, en la certeza de que su política sólo puede conducir a
estallidos sociales.
Pero en la
medida que la crisis económica, política y social no se resuelva, el enemigo
inventado le durará tanto como una bocanada de aire a un pez fuera del agua. Cada
vez es más claro, ante el conjunto de la población, que la principal banda de
asesinos es la Policía; mientras la mayoría de los muertos los aportan los
pobres. Hace poco, el empresario y candidato Mauricio Macri declaró: “Cuando me
secuestraron tuve suerte, porque a mí me secuestró una banda de comisarios,
gente profesional, que no se iba a poner nerviosa por cualquier cosa”. Diego
Peralta no tuvo la misma suerte.
El Gobierno
hace meses viene preparando el terreno para pegar un salto en la militarización
de la sociedad y en el recorte de las escasas libertades democráticas. Pero
cada uno de sus intentos por embaucar a la población mediante los grandes
medios des-informativos con el discurso de “hace falta más mano dura”, van quedando
cada vez más al descubierto.
El 26 de
junio, agitando el fantasma de los “piqueteros violentos”, desplegó un
operativo fascistoide en Avellaneda, al mejor estilo de la dictadura militar,
que les arrancó la vida a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. En julio,
agitando el discurso de la inseguridad, transmitió en cadena las imágenes de
“Miguelito”, en el supermercado de Gerli, como si se tratara de un asesino
serial. En ambos casos, el operativo montado desde los medios se pulverizó en
horas.
El terror que
intentaron instalar mediante las imágenes de la cacería en Avellaneda, incluido
el allanamiento al local de Izquierda Unida, se transformó en la gran marcha de
las asambleas, estudiantes y organizaciones sociales y políticas del 27 de
junio. La respuesta popular hizo retroceder la intentona fascistizante,
deshaciendo como un castillo de naipes la puesta en escena de los “piqueteros
violentos”, que “se matan entre ellos”, versión del comisario asesino, recogida
con estusiasmo por todos los medios, incluidos los “progres”. La gran
movilización hizo revivir el “fantasma de diciembre” y obligó a sacar a la luz
las fotos del fusilamiento de Darío Santillán y los innumerables testimonios
sobre el accionar policial.
En el caso de
Miguelito, todos los rehenes invitados a los programas de televisión,
destacaron el buen trato que recibieron e hicieron hincapié en la falta de
trabajo y de educación para la juventud.
Claro que hay
rehenes y rehenes. Y hay secuestradores y secuestradores. No pueden decir lo
mismo los rehenes de Ramallo, que se vieron en medio del fuego de cientos de
policías, que no se detuvieron ni ante las cámaras de televisión para rematar
con el tiro de gracia al contador del banco.
Con el
secuestro de Diego Peralta, intentaron avanzar nuevamente. Cinco días antes de
que apareciera el cuerpo de Diego, desplegaron un gigantesco operativo en el
barrio Don Orione, de Claypole. Dos mil policías y gendarmes registraron mil
cuatrocientas viviendas, en el mayor operativo realizado por el aparato
represivo en “democracia”. Pero no encontraron nada. Pasó lo mismo que cuando
buscaban al “loco de la ruta” que supuestamente asesinaba a las prostitutas en
Mar del Plata: jamás lo encontraron sencillamente porque no existía; los
asesinos eran policías.
La ocupación
militar de Don Orione tenía un doble objetivo. Por un lado, generar un golpe de
efecto sobre la opinión pública ante el estancamiento de la investigación. Por
el otro, acostumbrar a la irrupción masiva de policías y gendarmes en los barrios,
como en los tiempos de los genocidas del Proceso. Este último elemento, vendría
a completar la política de “naturalización” de la presencia de los uniformados,
haciendo ostentación de armamento, que vienen realizando desde abril en los
trenes y las estaciones ferroviarias.
Pero esta
política tiene un problema. La policía hace rato viene dando muestras de la
corrosiva descomposición del régimen institucional y político. No existe delito
donde no esté metida, desde secuestros, robos a bancos, tráfico de drogas y de
armas, prostitución, juego clandestino, atentados terroristas como el de la
Amia, etc. El fracaso de Avellaneda obligó al gobernador Felipe Solá a
intentar, mediante Juan Pablo Cafiero, dar respuesta a esta brecha cada más
difícil de cerrar entre la población y las fuerzas del orden. Es evidente que
la interna nunca cerrada de la Bonaerense se exarcebó con su nombramiento, no
porque sea posible “limpiarla” sino porque la mafia institucional no entiende
de gestos progres, por más nimios que éstos sean.
Pero por más
deslegitimada que esté la Policía no van a dejar de intentar avanzar en lo
práctico y legal con la “mano dura”. Por ejemplo el último 24 de julio Duhalde
transformó en decreto lo que aplicó en Avellaneda: la intervención de
Gendarmería y Prefectura Naval en la represión interna, cuya implantación
dependerá del grado de oposición que logremos con la movilización callejera.
En El Jagüel,
los informadores “imparciales” de noticias volvieron a poner en escena la raída
teoría de los dos demonios: “la policía está metida en el asesinato, pero de
ahí a saquear zapatillas sueltas…”. E intentaron poner el supuesto “saqueo” por
encima de la comprobada criminalidad policial y del justo odio que expresó la
respuesta espontánea y efectiva del vecindario de Diego contra la comisaría.
Los reclamos
de “mano dura” para los “delicuentes” pobres, no encuentran equivalente cuando
éstos resultaron ser policías. Los que dedicaron ríos de tinta y horas de
espacios televisivos o radiales a cantar loas a la pena de muerte, silenciaron
su nefasta campaña cuando los muertos han sido los 30 jóvenes de diciembre, los
pibes de Floresta, o los dos piqueteros de la Aníbal Verón, y cuando el asesino
ha sido un uniformado. El policía que muere, es un capataz del régimen que
actúa en función de defender la propiedad privada de los capitalistas, como los
banqueros que le robaron a todo el país y son los que hasta ahora no han puesto
ningún muerto. Por eso para ellos y sus gobiernos, la vida de un “pobre”
policía vale más que la de un pobre explotado.
El cuento de
la “pobre policía” nada tiene que ver con la realidad: en su mayoría, son ellos
los que nos roban, nos reprimen, nos secuestran, nos torturan, nos persiguen y
nos matan. La “pobre policía” no existe, no es reformable, porque no se trata
de algunos individuos deshonestos sino de una podrida institución.
Blarouson