La piratería imperialista y su descomposición

 

      El toro de bronce que domina el paisaje de Wall Street soportó en sus cerca de 70 años todas las tormentas de nieve que azotaron Manhattan, y hasta permaneció inmóvil cuando cayeron, casi a su lado, las Torres Gemelas. Sin embargo ahora tiembla, mientras se esfuma la fortaleza de la economía que simboliza.

      Desde que se desencadenó el escándalo de la petrolera Enron, a fines del año pasado, una catarata de fraudes contables sacudió a varias de las firmas más importantes de Estados Unidos. Arthur Andersen, la principal auditora corporativa, Adelphia, una de las mayores operadoras de TV por cable, Xerox, el gigante de las fotocopias, WorldCom, de telecomunicaciones, Time Warner, de medios de comunicación... la lista se extiende lo suficiente como para mantener en jaque a las bolsas de todo el mundo.

      El índice Dow Jones –creado antes del crack de 1929 para medir el pulso de la plaza neoyorquina– experimentó sólo en un año un retroceso del 25%. Está operando en niveles que se vieron por última vez en 1998, antes de que empezara a inflarse la burbuja de ganancias que explotó con los escándalos recientes. Las acciones de WorldCom, que alcanzaron un pico de US$ 64 a mediados de los ’90, cayeron a 70 centavos tras reconocer ante la Justicia que había inflado sus beneficios en unos 3.800 millones.

      Las consecuencias sociales que puede tener este derrumbe financiero son muchas, y no poco importantes. En lo inmediato, los más perjudicados fueron los millones de asalariados estadounidenses titulares de fondos de pensión, que vieron derretirse los ahorros con los cuales pensaban vivir de jubilados. Se calcula que el 70% de la población económicamente activa del país tiene algún tipo de inversión bursátil, directa o indirectamente. Hasta los trabajadores de muchas de las firmas que hicieron fraudes contables fueron incentivados a comprar títulos de esas compañías por sus propios patrones, quienes después vendieron sus propias acciones personales, justo antes de que se conocieran las maniobras ilegales.

      Pero el impacto no se agota en lo financiero, dado que los despidos fueron la primera noticia que siguió a las quiebras e intervenciones. De los 85.000 empleados de WorldCom a escala global, ya cayeron 17.000, y todo el mundo vio cómo algunas ex trabajadoras de Enron posaban como conejitas de la revista Playboy, aprovechando el arranque mórbido de sus curiosos lectores.

      En algún punto, la estafa billonaria de las grandes empresas fue en Estados Unidos lo que el “corralito” en la Argentina. Como siempre, el pato lo pagan quienes menos tienen. El secretario del Tesoro, Paul O’Neill, junto con el resto de la administración republicana, están siendo duramente cuestionados por no aplicar todo el rigor de la ley a los ejecutivos corruptos… claro que ellos mismos tuvieron que ir a declarar ante los tribunales por sus vínculos directos con los oscuros movimientos de la texana Enron.

      “No creo que haya corrupción patronal generalizada”, opinó hace unos días O’Neill, que antes de sumarse a las filas de Bush ocupaba la silla de presidente de Alcoa, la primera productora de acero del mundo.

      Lo cierto es que, generalizada o no, la corrupción de los empresarios le va a costar, y mucho, a la economía estadounidense. Unos 60 bancos le prestaron dinero a WorldCom antes de que protagonizara la mayor quiebra de la historia norteamericana, entre ellos los tres principales prestamistas del mercado, nada menos que el Citigroup, J. P. Morgan y el Bank of America. En una economía que viene creciendo muy por debajo de las previsiones desde principios del 2001, el efecto dominó que podría desatarse es más que alarmante.

 

Un golpe ideológico al sistema

 

      Lejos de pronosticar el derrumbe inminente del sistema a escala mundial, o su colapso definitivo –que de ningún modo va a ocurrir sólo por motivos económicos–, la ola de quiebras y la caída de Wall Street muestran con crudeza la descomposición capitalista global.

      Pero, sobre todo, constituyen un fortísimo golpe ideológico al capitalismo, que alimentó desde siempre las más ridículas e infundadas ilusiones de riqueza ilimitada. ¿Qué dirán ahora quienes hablaban hace poco del “fin de la historia”, ante el veloz desinfle de la burbuja? ¿De qué se disfrazan ahora los que afirmaban el año pasado que la recesión estadounidense se debía a los atentados del 11 de septiembre?

      Ellos ya no pueden ofrecerle al asalariado medio norteamericano que deje unos dólares en manos de su operador de bolsa para que se conviertan en cientos o miles en un abrir y cerrar de ojos. Esa mentira terminó. Pero tampoco pueden ofrecer tranquilidad a los ricos, porque una cosa es ignorar a un continente entero por décadas –como se hizo con Africa desde la llamada “descolonización” de los sesenta– y otra muy distinta es hacerlo cuando la pobreza está a la vuelta de la esquina, en el sur y centro de América, e incluso dentro de Estados Unidos.

 

Ciclo económico mundial

y capital financiero

 

      El capital financiero, que por su naturaleza requiere que se arranque a la clase trabajadora crecientes masas de plusvalor para mantener su rentabilidad, acentúa los ciclos económicos capitalistas, y la destrucción de riqueza que generan en sus fases de caída. Además de esa exacerbación del carácter cíclico, la expansión de la ganancia financiera tiene un límite, que viene dado por el hecho mismo de que la fuente final de toda ganancia del capital es el plusvalor extraído a los trabajadores.

      En el estado actual recesivo del ciclo, los esfuerzos de los países centrales por generar una reactivación a cualquier precio, retrotrajeron al mundo a su peor etapa de militarismo. Y la situación se agravó por el fanatismo texano de George Bush Jr. y sus secuaces, mientras siguen esquilmando a los pueblos postergados con la connivencia de las domesticadas clases poderosas locales.

      La prensa económica mundial habla hoy sin vacilaciones de la crisis del capitalismo. El prestigioso diario londinense The Financial Times acusó hace poco a los más altos ejecutivos estadounidenses de embolsar US$ 3.300 millones por la venta de acciones que días después pasaron a valer monedas. La revista Newsweek disparó contra las compañías auditoras por el escaso rigor con que controlaron los balances de las principales firmas. No son precisamente denuncias del socialismo revolucionario… y si los principales voceros del statu quo reconocen que “el rey está desnudo”, es porque la mentira se hizo abiertamente insostenible. La corrupción no es la excepción, sino la regla.

      En Europa, en tanto, los esfuerzos estuvieron centrados en establecer un “cordón sanitario” para evitar las salpicaduras desde el otro lado del Atlántico. Después de largos días de caídas violentas en sus principales bolsas, las autoridades de la Unión Europea se vanagloriaron por el logro de la paridad temporaria entre el euro y el dólar, que de todos modos no reconocieron como un objetivo. En definitiva, lo que se vio fue un debilitamiento inicial de la moneda estadounidense, que después no se recuperó sino que volvió a su posición relativa anterior, dado que el euro retrocedió también.

      En el extremo sur de América la crisis financiera se recalentó hasta niveles insospechados, y se extendió por distintos motivos en Uruguay y Brasil. Las menores expectativas de rentabilidad y el temor por la debacle estadounidense hicieron que los inversores especulativos se retiren a plazas más seguras, migración que castigó violentamente al Cono Sur y a Latinoamérica en general. La ayuda del Fondo llegó finalmente a los países vecinos, acelerada por el temor de que el gigante brasileño entre en un colapso mucho más difícil de aislar que el argentino.

 

Lecciones de la crisis capitalista

 

      No importa cuánto pida el pueblo yanqui mayores controles para los altos ejecutivos, ni cuán duras sean las nuevas leyes que pretenden inyectar confianza en el sistema introduciendo penas más fuertes para los casos de corrupción empresaria. La piratería pasó a ser el modus operandi de los negocios, simplemente porque es la única manera en que éstos pueden seguir siendo rentables en la actual fase del capitalismo.

      Con ganancias menores que las esperadas, los ejecutivos de Enron apelaron a la “contabilidad creativa” para satisfacer las demandas de los inversores. Así, el deficiente control gubernamental y la desmedida avaricia de los gerentes, que pretenden mostrarnos como causas excluyentes de los fraudes y la debacle bursátil que desencadenaron, son por lo menos insuficientes para explicarlos, si no del todo equivocados. En realidad los escándalos contables son sólo la cara visible, la punta del iceberg de una crisis mucho más profunda, que arranca desde las entrañas mismas del sistema de explotación capitalista.

      Mientras la producción de riquezas siga estando subordinada a la extracción de ganancias, el capitalismo va a seguir utilizando las estrategias que considere necesarias para mantener y reproducir el orden establecido, y no va a haber nunca controles suficientes para impedir sus atropellos. Sólo cuando las fuerzas productivas se utilicen planificada y democráticamente para satisfacer las necesidades de toda la sociedad, podremos hablar de un verdadero control.

ALBA MERQUINNI

 

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