Sindicatos, asambleas populares, centros de estudiantes, piquetes…
Nuestra intervención en las organizaciones de masas
El último
congreso de la Liga Socialista Revolucionaria (abril de 2001) abordó, y dejó
abierto, un debate sobre cómo intervenir en los sindicatos que quedan, para qué
y, más en general, si ésa debía ser la tarea central de los compañeros
ocupados.
El debate se
hace más amplio. Abarca las asambleas populares, a los movimientos piqueteros y
a otras formas de organización y resistencia civil, democrática y otras que
surjan, o que existen y desconocemos. Incluye el fenómeno de los
autoconvocados, ya no como producto de movidas de aparatos de izquierda sino de
la necesidad de resistir frente a ataques enemigos y a la deserción de los
sindicatos.
Creemos que se
trata de una de las principales preocupaciones que tiene planteadas el
activismo que se nuclea en los distintos ámbitos de lucha y organización que se
extienden por el país. Para contribuir a ese debate, ponemos en consideración
las apreciaciones que siguen.
La ley del desarrollo desigual y combinado
Es la que preside esta fase de transición. En foma desigual, es evidente que lo viejo está agonizando. Si algo lo expresa categóricamente es que el 19-20 de diciembre y el 26-27 de junio estuvieron ausentes las dos CGT, la CTA (que, dividida, una parte llamó a la movilización del 27) y la CCC. Volveremos sobre este punto.
Nada de esto
quiere decir que nosotros “decretamos” que se han terminado los sindicatos:
allí donde existan y tengan vida real hay que intervenir según las
características que correspondan. Esto es válido para algunos pocos gremios y
para numerosas seccionales del interior de diversos gremios, cuya experiencia
sólo conocemos de segunda o tercera mano (docentes Río Negro, Uocra Neuquén,
electricistas Córdoba, Mineros de Río Turbio, UOM Río Grande y otros).
En la
superestructura sindical se expresa la muerte de una Argentina propicia para la
conciliación de clases, y las dificultades de la parición de formas de
organización –sindical, social y política– revolucionarias, antimperialistas,
anticapitalistas y antiburocráticas.
De conjunto,
la casa se derrumbó, lo que no quiere decir que no haya marcos de puertas y
ventanas que puedan ser rescatados para otra construcción. Y es un deber
intentar hacerlo (sin olvidar –ni marearse– que hubo un derrumbe de más de
medio siglo, superior incluso al de la dictadura, por más que sin su labor
genocida hubiera sido más díficil la demolición de los ’90).
Si en general
siempre fue equivocada una orientación dogmática (“todos a fábrica”, por
ejemplo) hoy el dogmatismo es vulgar estupidez. “Somos todos piqueteros” decían
los impresionistas hace un año… y el hecho más importante, la caída de De la
Rúa fue producto de una rebelión popular que parió las Asambleas Populares y
donde los piqueteros, con sus organizaciones, no cumplieron ningún papel (y algunas,
desempeñaron el de esquiroles). Con un protagonista inicial piquetero, la
masacre de Avellaneda fue respondida el 26 a la noche y el jueves 27,
fundamentalmente por la movilización de decenas de miles de asambleístas.
Con respecto a
la intervención en los restos de lo viejo, digamos desde el vamos que la
primera norma es no hacer como el PTS y el PO que, por ejemplo, hicieron una
movilización ante Cavallieri, con gente de Coto, para reclamar elección de
delegados. Por más que intenten recubrirse bajo “el paraguas” de una frase de
Trotsky acerca de que había que intervenir en los sindicatos, esa acción fue
una imbecilidad producto de un profundo cretinismo legalista, como lo atestiguan
los compañeros despedidos, a los que la burocracia buchoneó cumpliendo con sus
obligaciones contractuales con la patronal.
La
intervención en lo viejo –salvo con compañeros previamente “quemados”– es de
tipo clandestina; y siempre resguardando la seguridad, incluso en los sectores
hasta ahora menos expuestos, como docentes, estatales, municipales y otros. No
está escrito en ningún lado que para hacer un buen trabajo en condiciones de
repliegue, haya que poner la cabeza al borde de la guillotina, sino lo
contrario.
Y esto vale
para compañeros “quemados” que no deben intentar forzar la realidad para
empujar artificialmente la lucha si no hay clima propicio para ello. Ninguna
movida “piola” inventa o crea la realidad y el estado de ánimo de los
trabajadores. Creer eso, es parte de una cultura de aparatos, burocrática, que
hay que combatir y desterrar, sin negar naturalmente el importante papel de las
direcciones y las vanguardias.
En relación
con las asambleas, los piquetes y otros organismos, la definición primera es
que tenemos que participar sin hacer previamente una serie de “análisis de
pureza política”. Incluso, en algunos casos, tomamos como un hecho el carácter
ecléctico, o con fuertes elementos burocráticos y aparatistas que tienen,
trabajando con una táctica, más paciente que sabia, y partiendo de un hecho que
desarrollaremos posteriormente: la revolución en las cabezas que se viene
produciendo desde hace un tiempo, se plasmó –desde diciembre hasta hoy– en el
surgimiento de una nueva vanguardia, muy inexperta y casi indiferenciada de la
masa, pero que no cree en los cantos democratizantes al tiempo que es
profundamente antiburocrática.
Los viejos
sindicatos se derrumbaron, en lo fundamental, por una combinación de cinco
elementos interactuantes: 1) el fin del modelo fordista y los “treinta
gloriosos años” de la posguerra, con alta ocupación de mano de obra; 2) el
agotamiento de la tramposa política de “conciliación de clases”; 3) el
agotamiento del peronismo como ideología dominante entre los trabajadores, 4)
la desocupación récord, 5) la cuasi desaparición de la burocracia como casta y
su integración a la burguesía o su virtual desaparición (la importancia
decreciente de Lorenzo Miguel en los últimos 30 años, la presonifica; la
historia de la UOM, también).
A escala
nacional sólo mantienen algún grado de organización los sectores de estatales,
de docentes (en franco repliegue por el achique del Estado), de transporte (UTA
y Camioneros con variados lazos con la patronal y las mafias) y algunos
trabajadores de servicios (energía, teléfonos) o de salud (Cicop –médicos
bonaerenses– y algunos restos organizados de Atsa –sanatorios privados).
Este cuadro no
incluye numerosos fenómenos provinciales que, teniendo incluso importante
jerarquía, nosotros no conocemos bien, y lo sabemos. Las luchas ultradefensivas
de varias provincias en el último año son una demostración clara de este
proceso desigual y combinado, donde burocracias muy débiles (en todo sentido,
incluyendo el económico) empujaron las luchas o fueron sobrepasadas fácilmente
por la reacción desesperada de las bases.
Unas pocas
palabras sobre lo menos repudiado de lo viejo, o sea, la CTA. Es un campo de
intervención y de lucha política y social, ya que hay allí una interesante
franja de activismo.
Es un sector
–el de De Gennaro– que, a más de una década de conformado como central
alternativa, no llegó a ser alternativa a pesar del hundimiento de la CGT en
sus distintas variantes. Retrocede en sus dos pilares –Ctera y Ate– o
directamente se desbarranca en gremios como Utpba.
Su iniciativa
podría pasar más por el terreno político, con alguna variante de partido
obrero-burgués que marearía a más de uno. La última palabra al respecto la
tendrá la jerarquía eclesiástica, no De Gennaro.
Nuevas
situaciones económico-sociales y cambios importantes en la conciencia política
empujan hacia la formación de nuevas formas de organización, que es muy probable
que coexistan durante un período con las viejas formas de organización o parte
de ellas.
No está claro
si las nuevas formas de organización de los explotados va a ir de asambleas,
piquetes, organizaciones combativas sindicales, autoconvocados u otras que
surjan, hacia lo político; o si el proceso será a la inversa, donde el elemento
más dinámico sea la creación de un gran movimiento político antimperialista,
anticapitalista y antiburocrático.
Este es un
problema abierto. Y hay que tener una política que apunte hacia ambas
hipótesis, que no son contradictorias sino, eventualmente, complementarias. En
lo político, nuestra posición está plasmada en la resolución del congreso
publicada en el Bandera Roja Nro. 56.
Las nuevas formas de organización no van a ser el producto de alguna ingeniería bien intencionada o aparatezca de los revolucionarios sino el resultado de la lucha de clases y sus necesidades. Y cuando surjan, es necesario detectar el fenómeno e intervenir con todo en él, como hicimos rápidamente con las asambleas populares.
Frente a esos
nuevos fenómenos hay que huir, como de la peste, del impresionismo, de
enamorarnos y desilusionarnos frente a sus vaivenes.
El papel
protagónico de las asambleas en la respuesta al asesinato de los piqueteros en
junio, demuestra que algo que ha penetrado en la conciencia de una amplia
vanguardia no puede ser borrado por ninguna aparateada de las muchas que hubo:
es una marca indeleble en la conciencia de una amplia franja de vanguardia,
cuyo nivel de militancia es zigzagueante, como es lógico en un proceso de esa
magnitud.
El conflicto
de los autoconvocados docentes municipales de Mar del Plata va en el mismo
sentido: en vez de 10 o 20 “autoconvocados” por movidas de aparato, se
autoconvocaron genuinamente 400, y protagonizaron la lucha relatada en los
números 57 y 58 de Bandera Roja. Más allá de su continuidad, deja una marca
indeleble en la conciencia de cientos o miles de trabajadores.
Sindicatos y centros de estudiantes
A diferencia
de lo que dice la mayoría de los trotskistas, estoy convencido de que el
problema de quién dirige (los sindicatos y/o los centros actuales) no es el
único problema: es toda una estructura burocrática que hay que destruir, no se
trata de un traje de confección que le queda bien a cualquiera, y a los
revolucionarios también.
La política es
la que determina las formas de organización; y las formas de organización, a su
vez, adquieren independencia relativa y sustentan una política de conciliación
de clases para preservar el aparato y sus privilegios. La experiencia hecha en
el MAS, cuando ganamos la dirección de la Uocra Neuquén en los ’80, fue la
mejor demostración de que no hay posibilidades de “reformismo sindical”,
incluso contando con grandes dirigentes como Alcides Christiansen y otros
destacados compañeros. Vino la intervención de Gerardo Martínez y no había
habido previamente una política de proyectar desde Neuquén una corriente
revolucionaria en la Patagonia, e incluso extenderse a escala nacional,
superando los déficit del Sitrac-Sitram.
Es posible que
igual se hubiera perdido, pero se habría alumbrado una experiencia que dejara
huella en una amplia franja del movimiento trabajador, y no un simple aborto
del imaginario embarazo de lograr una “administración democrática y combativa”
del viejo aparato burocrático.
En la
actualidad, las conclusiones que se pueden sacar de esa experiencia se
potencian descomunalmente pasada la década del ’90, y con el vaciamiento de los
sindicatos simbolizado en que, por primera vez desde el 17 de octubre de 1945,
grandes hechos como los del 19-20 de diciembre, no tuvieron como protagonista a
la CGT. Por el contrario, la CGT en todas sus variantes estuvo en la vereda
opuesta a la del pueblo rebelde.
Con las obvias
diferencias entre el trabajo sindical, el estudiantil y el de las asambleas,
los piquetes u otras formas de organización, creemos que mantienen vigencia las
apreciaciones que venimos publicando sobre estos temas, en particular los
publicados este año.
Jorge Guidobono