Latinoamérica: Entre la colonia y la revolución

 

      Con naturales desigualdades hay un proceso común en el conjunto de la región. Crisis económica y política, avance en la colonización imperialista, crisis regional de dominación capitalista después de la nueva “década perdida” de los noventa, desarrollo de las luchas de los trabajadores urbanos, de los campesinos y de sectores populares. Y como telón de fondo un crecimiento en la conciencia antimperialista de una vasta vanguardia. Hay algunos elementos de coordinación, canalizados fundamentalmente por vías “centroizquierdistas” a escala continental.

      Avanzando entre dificultades de todo tipo, empieza a abrirse camino en franjas de la vanguardia latinoamericana una incipiente conciencia de que no habrá soluciones de tipo “nacional” sino continental y revolucionaria. En la extrema izquierda ideológica de esa franja nos ubicamos quienes pensamos y luchamos por una revolución antimperialista que, para serlo efectivamente, debe destruir también al capitalismo vernáculo (que de “nacional” sólo tiene el lugar de nacimiento, que consta también en el pasaporte).

      El sujeto social de esa revolución, que es la única que puede poner fin al creciente proceso de colonización, está integrado por las únicas clases verdaderamente arraigadas en la región –los trabajadores y demás explotados, los campesinos y los pobres de las ciudades y el campo. Un proceso revolucionario continental, lógicamente tiene que empezar en algún país; pero para triunfar debe extenderse y vencer continentalmente al imperialismo y a los capitalistas latinoamericanos, e ir estableciendo una Federación Socialista de América latina, que sea parte y baluarte de la revolución socialista internacional.

 

El desplome económico

 

      Siete de los diez países de la región están haciendo hoy cola en el banco de empeños llamado FMI (que, como muchos sabemos, es un usurero que cotiza los objetos siempre a la baja y cobra muy caro). Los tres países que no se sumaron a la cola, hoy están en lista de espera: Venezuela espera el próximo golpe militar imperialista; Bolivia, el cambio de gobierno; Chile está gastando el resto que le dejó la contrarrevolución más larga y profunda en el terreno social de los ’70.

      En contra de las tonterías malintencionadas de que todo se debe al “efecto tango”, estamos asistiendo a la debacle de una política imperialista-capitalista de más de un cuarto de siglo en la región. La Argentina quizás encabece esa bancarrota generalizada, pero no es la causa sino una más de sus víctimas.

      Al sur del Río Bravo todos los indicadores de la catástrofe que se volcó sobre las clases populares de la ciudad y el campo son abrumadoras. Como su contracara, muchos megamillonarios nacidos en este continente pasaron a engrosar las listas de los más ricos del mundo, junto a Bill Gates y a los jeques árabes.

      Y el futuro no augura mejoras para países exportadores de productos primarios, máxime en condiciones de achicamiento del mercado mundial.

 

La crisis social y política

 

      En los veinte años “democráticos” la desocupación creció geométricamente en toda la región. La disgregación social se multiplicó y se emparejó hacia abajo. La Argentina es un buen ejemplo de esa caída generalizada de la región, pero ninguna excepción. Incluso no encabeza todavía, al menos, los índices de desnutrición y otras barbaries que avanzan en la región. Y está en la situación terrible que todos conocemos.

      Con obvias desigualdades, el proceso de desgaste político corre en el mismo sentido. En este terreno, el régimen que se descompuso a mayor velocidad que el argentino ha sido el peruano de Toledo, a un año de la movilización que provocó la caída y huida de Fujimori.

      Es un fenómeno desigual pero continental. En la Argentina colapsó el régimen político de más de medio siglo. En Ecuador sucedió algo similar. Paraguay está quebrado institucionalmente y no lograron recomponer ningún régimen político desde el golpe del ’89 contra el viejo tirano Stroessner. En Bolivia el presidente asumió con poco más del 20% de los votos y Evo Morales del MAS pasó de una intención de voto del 2% a obtener un poco más del 20% después de que la Embajada norteamericana lo señalara como parte del “mal”.

      En Brasil y Uruguay la situación parece ser distinta porque la centroizquierda del Partido de los Trabajadores (PT) y del Frente Amplio (FA) acarician el gobierno. Pero no es así en lo fundamental porque su proceso hacia la derecha –o su giro conservador de estatidistas del capitalismo, si se los prefiere llamar así– está a la vista en las recientes crisis. Lula habla del FMI como de un modesto dentista de pueblo –y no como un bárbaro sacamuelas que ha dejado desdentada a la región– y anuncia que seguirá bajo su órbita, ahora del brazo de Alencar, un gran empresario textil miembro de una secta religiosa oscurantista.

      El FA dirige Montevideo desde hace 13 años y nada ha cambiado en el lugar donde se concentran las dos terceras partes del PBI oriental. Y frente a la explosión de la crisis se comportó como un partido más de la burguesía, utilizando la dirección que tiene el movimiento de masas para hacerle tragar el sapo muerto de la crisis, los miles de despidos en curso en la banca y un largo etcétera.

      La situación no es muy distinta en Venezuela o Colombia. En Venezuela se está en una nueva antesala de un golpe de Estado proimperialista –con o sin guerra civil posterior– después de que se disgregó con el “caracazo de 1989 el régimen político bipartidista instaurado en 1958. En Colombia hay una guerra civil que está recubierta pobremente con una formalidad electoral y un gobierno que asumió con un 55% de abstención y ya implantó el Estado de sitio y una quita brutal de las libertades democráticas. Además de contar con la ingerencia militar creciente de Estados Unidos y la militarización de la sociedad, que se combina con su disgregación y una fragmentación del poder efectivo del Estado sobre el territorio nacional.

 

Resistencia, crisis de representación y perspectivas

 

      Para tomar sólo acontecimientos recientes, hay un crecimiento muy importante de las luchas de resistencia en la región: las luchas campesinas en Bolivia por el agua, las de Ayacucho y el sur peruano contra las privatizaciones, el proceso en la Argentina desde diciembre pasado, las recientes luchas en Uruguay, el triunfo de los campesinos mexicanos que lograron que no les sacaran sus tierras para construir un aeropuerto (ver nota en www.geo cities.com/ligasocrev), la fuerte reacción popular que fue clave para derrotar a los golpistas venezolanos en el pasado abril (y es el fantasma que, por ahora, viene frenando un segundo golpe que se prepara a la vista de todo el mundo y ante la pasividad de Chávez).

      La mayoría de estas luchas se dieron por fuera de las organizaciones tradicionales de los trabajadores, o incluso con ellas en contra como en la Argentina o Venezuela.

      En un sentido muy amplio no estamos asistiendo sólo a un proceso de creciente colonización imperialista –y a la integración plena de los más poderosos capitalistas locales a ese proceso– sino también a una acelerada descomposición de los aparatos sindicales y políticos que decían representar a los trabajadores. Estos aparatos, en tiempos “normales” y con muchas aflojadas y burocratismo, algo hacían y sólo se mostraban completamente inútiles frente a grandes hechos como golpes de Estado o situaciones agudas de la lucha de clases.

      Hoy no hay más situaciones “normales” y los problemas más elementales deben ser afrontados mediante métodos de lucha y organización lindantes con lo revolucionario, así sea episódicamente.

      Este proceso se operó también en el plano político. Varios ejemplos lo ilustran: la izquierda detrás de Chávez en Venezuela; preparando con su fracaso en la Intendencia de Lima el ascenso de Fujimori a quien, además, en su mayoría llamó a votar; deslizándose a meros administradores de la crisis capitalista en Brasil o en Uruguay, reducidos a sectas electorales o con posturas antielecciones en la Argentina o Bolivia.

      Este tipo de organizaciones pertenece, en lo fundamental, a una etapa que se está cerrando, por más que haya en ellas muy buenos luchadores y que no van a cambiar y/o desaparecer de la noche a la mañana. Incluso algunas de esas prganizaciones, o sectores de las mismas, son un capital acumulado que no hay que dejar de disputar para otro tipo de construcción ajena a prácticas burocráticas y de jefes “infalibles” y mesiánicos.

      Más allá de su evolución futura, el fenómeno de Luis Zamora en la Argentina o el de Evo Morales, del MAS, en Bolivia, preanuncian ese nuevo fenómeno. Y también si, ante los posibles triunfos de Lula y Tabaré Vázquez, que van a hacer gobiernos capitalistas, las alas izquierdas del PT y el FA son capaces de romper o son asimilados por el aparato estatal de la burguesía.

      Desde la LSR estamos explorando la posibilidad de realizar un encuentro de coordinación del socialismo revolucionario del continente. Informaremos en próximos números sobre esta situación.

jorge guidobono

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