Fraudes contables: trampa en la ruleta yanqui

 

      A principios de año los diarios del mundo catalogaban el escándalo Enron como el mayor fraude de la historia de Estados Unidos. Pero en seis meses fue superado por WorldCom, y secundado por otros fraudes –menores en volumen pero no por eso menos importantes– como Xerox, Qwest, Hallibuton en tiempos que la presidiera Cheney, y hasta la petrolera Harken cuando la dirigía el propio George W. Bush.

      Enron comenzó a contabilizar fraudulentamente millones de dólares en 1997, año en que la Comisión del Mercado de Valores (SEC) que hoy la investiga, permitió que operara al margen de la Ley de Sociedades Inversoras, establecida en 1940 para evitar farras especulativas como las de la década del ’20 que culminaron en el crash del ’29. Enron creó 881 empresas subsidiarias en paraísos fiscales como las Islas Caimán, Turks y Caicos, a las que “exportaba” pérdidas y pasivos que, al no exponer en los balances, inflaban los beneficios de Enron en US$ 1.000 millones sólo en un año. Adicionalmente, evadían impuestos transfiriendo fondos a estas empresas subsidiarias haciéndolas reingresar al país bajo formas exentas de gravámenes, generando, de paso, derecho a devolución de impuestos por US$ 378 millones.

      La auditora Arthur Andersen eligió un maquillaje más infantil pero no menos escandaloso para los fraudes en Xerox y WorldCom.

      En la primera, sencillamente quebró la regla básica de la contabilidad según la cual los gastos se contabilizan por lo devengado (cuando se contrae la deuda) y las ganancias se contabilizan cuando efectivamente se entregan las mercaderías o servicios que originan dicha ganancia. Xerox contabilizó como ganancias cerca de US$ 1.900 millones derivados de contratos de alquiler de fotocopiadoras que se efectuarían con fecha posterior al balance.

      En el caso de WorldCom, contabilizó gastos comunes como “inversiones de bienes de capital”, es decir activó (mandó al activo) gastos que en verdad producían pérdidas puras por un total estimado en US$ 7.150 millones. Si bien esta operatoria no afecta directamente la ganancia neta de la empresa, infla el patrimonio (activo – pasivo = patrimonio neto) reflejando un falso crecimiento basado en inversiones inexistentes.

      La ola fraudulenta llega hasta el vicepresidente Cheney, cuya empresa exageró ingresos por US$ 445 millones, ante lo que Bush improvisó una débil denuncia de fabulación por parte de los demócratas.

      Así Bush, en hipócrita ofensiva, intenta aprobar una ley más dura en controles porque considera que el “sistema de libre empresa está siendo puesto a prueba”. Y condenó especificamente los préstamos de las empresas a sus directivos tras el escandaloso préstamo de US$ 400 millones que WorldCom otorgó a su presidente para refaccionar su rancho. Claro que el propio Bush tomó un préstamo de la petrolera Harken, que dirigía, a una muy baja tasa de interés que utilizó para comprar acciones de la misma empresa. No parece tener mucha credibilidad la “mano dura” que pretende aplicar quien en 1990 vendió sus acciones justo un mes antes de que la firma anunciara pérdidas millonarias.

      Lejos de ser sólo lo que aparentan –el imperio haciendo trampa al solitario– y además de alimentar añoranzas poco más que ingenuas –como la del periodista del International Herald Tribune, William Pfaff, que predica volver al “capitalismo responsable”– los fraudes contables ponen en evidencia una verdad inocultable: si se respetan las reglas contables se achican las ganancias, tanto como si se respeta la democracia el capitalismo se desarma.

Marushka

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