La decadencia del imperio americano
El hecho de
que Bush, Cheney, O’Neill y otros gobernantes hayan hecho sus grandes fortunas
inflando las ganancias de las empresas en que eran ejecutivos, y vendieran sus
acciones antes de que éstas cayeran en picada, simboliza que una parte de la
clase dirigente era plenamente consciente de lo precario del boom de los ’90 y
de la cercanía del estallido de la burbuja bursátil.
Esto explica
también los hechos del 11 de septiembre y la orientación de un sector de la
gran burguesía estadounidense hacia el militarismo y la guerra, con el doble
objetivo de oxigenar a la economía ligada al complejo militar-industrial y al
petróleo, y buscar un reparto del mundo, de sus riquezas naturales y de las
ganancias mundiales, más favorable aun a Estados Unidos.
La carencia de
enemigos reales de magnitud no los amilanó: los inventó y los llama “el mal”,
cualquiera haya sido la explicación policial precisa de los atentados del 11 de
septiembre.
El marco más
general de la eclosión de la crisis en curso, es la tendencia al agotamiento
estructural del capitalismo, el peso desmesurado del capital financiero y usurario,
y la sobreinversión en las industrias de punta. Para poner un solo ejemplo, los
cables de fibra óptica instalados presuponían un crecimiento exponencial de
Internet y de las comunicaciones, que no se produjo, por lo que la inversión
carece del retorno calculado y queda sólo como capital “muerto”.
La publicación
de los indicadores del segundo trimestre son una demostración rotunda de que el
anunciado “fin de la recesión” no era tal: el PBI subió el 1,1% contra el 2,3%
previsto y el empleo sólo creció en 6.000 puestos de trabajo, o sea apenas un
10% de los 60.000 proyectados. La inversión extranjera directa se desplomó de
301.000 millones en el 2000 a 124.000 millones en el 2001 (New York
Times-Clarín, 10/8/2002). El déficit comercial para el año se estima en la
friolera de US$ 435.000 millones. El superávit fiscal de Clinton se esfumó y
dejó paso al déficit en las cuentas del Estado. Aumenta la pobreza y sólo en
Nueva York más de un millón de personas depende, para su subsistencia, de los
bonos de comida (Clarín, 10/8/2002, pág. 25).
La adopción,
hace quince días, del fast track (vía rápida) para negociar un salto en la
colonización de América latina, demuestra que el imperialismo no es un filósofo
que reflexiona sobre su decadencia sino un guerrero inescrupuloso que va a
hacer lo posible para impedir que ésta continúe, utilizando para ello su
manifiesta superioridad militar y tecnológica. El Mercosur está en su mira, en
una América latina poblada de bombas de tiempo en todos los terrenos (ver pág. 7).
El 11 de
septiembre desterró casi al olvido el hecho de que, aunque Bush hubiera perdido
en votos las elecciones, ganó en el colegio electoral gracias al fraude de su
hermano en el estado de Florida (del que es gobernador) y a la decisión de la
Suprema Corte nombrada por Reagan y Bush padre. El “patriotismo” imperialista
elevó su popularidad a las nubes.
Pero la
situación comenzó a cambiar. El shock del 11 de septiembre no fue seguido de
otros hechos parecidos (incluso el invento del Antrax aparece hoy vinculado a
la CIA y el Pentágono).
El escándalo
de la bolsa y las grandes compañías, algunas de ellas ligadas personalmente a
la cúpula del Gobierno, hizo evaporar US$ 7 billones, dejó un tendal de
desocupados y creó un hecho inédito, de consecuencias aún impredecibles:
millones de ahorristas vieron evaporar sus ingresos y también sus futuras
jubilaciones, atadas a la especulación bursátil de los fondos de pensión. Esto
socava en un sentido profundo a toda la sociedad norteamericana.
Y ello empieza
a mostrarse también en las alturas: por ejemplo en las fracturas que empezaron
a aparecer en el propio Partido Republicano de Bush en relación con temas clave
como Irak y Cuba (Clarín, 10/8/2002).
El fantasma de
una bancarrota electoral en noviembre no sólo se va corporizando sino que hace
prever nuevas y peligrosas jugadas por parte de Bush. Kissinger recomienda
poner punto final al problema de Irak y terminar con las “vacilaciones” de
Collin Powell (Clarín, 8/8/2002).
Irak: una guerra anunciada
La guerra de
agresión a Afganistán sigue siendo un capítulo abierto, tal como lo demuestran
los recientes atentados.
Mientras en
relación con Colombia se levantaron las formales restricciones a la violación
de los derechos humanos que condicionaban el envío de fondos y armas al
gobierno ultraderechista de Uribe, el problema de la guerra contra Irak
presenta más complicaciones.
En primer
lugar, hay contradicciones públicas con Europa, en particular con Alemania y
Francia. Pero incluso también con su tradicional aliado británico, que teme que
una guerra desestabilice todo Medio Oriente y hasta Asia Central, incluyendo
que complique la situación del petróleo en toda la región.
La segunda
contradicción está con los gobiernos burgueses árabes que temen por su propia
seguridad si la agresión yanqui a Irak provoca una movilización antimperialista
en la región, que naturalmente pondría en juego la cabeza de los gobiernos
árabes aliados tradicionales de Estados Unidos. La diferencia con la guerra del
Golfo es muy grande: allí, esos gobiernos defendían su cabeza de la expansión
militar de Saddam; aquí, para varias de esas burguesías –salvo seguramente la
sionista y otras– el problema es mucho más complicado.
El tercer
paquete de contradicciones hace al interior mismo de Estados Unidos, un
país-continente que es, a la vez, la primera potencia mundial.
Distintas
fracciones de la burguesía pujan en su interior. Las vinculadas al gigantesco
mercado interno temen que la guerra afecte aun más a la baja en el consumo y a
la confianza de los consumidores. La lista de fricciones sería interminable;
tanto que, como ya hemos dicho, afecta al propio Partido Republicano en el
Congreso y al Departamento de Estado y su jefe, el Gral. Collin Powell, no
carente precisamente de relaciones con el Pentágono.
No obstante,
todo parece indicar que el camino hacia el militarismo y la guerra de Bush por
ahora no parece tener fin. Un desastre electoral en noviembre dificultaría su
avance. Por eso es probable que en los próximos meses nos encontremos con algún
nuevo “11 de septiembre”, sea directamente como un autoatentado de la CIA, del
FBI o de la ultraderecha fascista yanqui; o propiciado indirectamente por medio
de algunos grupos de fundamentalistas y locos a los que se les puede facilitar
una “zona liberada”. Quizá no sea así, y ataquen aun sin pretextos que creen
pánico en el pueblo norteamericano y, de paso, les resuelvan las elecciones de
noviembre, pero no parece la hipótesis más probable. Tampoco lo es que, por
única vez en su vida, Bush cumpla su palabra y la guerra se desate el año
próximo. En cualquier caso, la lucha contra ella es un deber insoslayable.
Jorge Guidobono