UNIVERSIDAD
Aunque la mona se vista de seda…
Una
primera impresión que nos podría dejar la universidad pública hoy es que sigue
siendo de ingreso masivo e irrestricto, ya que no se ha aplicado el arancel
directo representado por el “molinete” en la puerta de las facultades. Pero no
hace falta ajustar demasiado la vista para descubrir que no todo lo que reluce
es oro. En la actualidad, estudiar –tanto como sobrevivir cotidianamente– es
una tarea cada vez más difícil que está dejando en el camino a muchos. Esto es
consecuencia de una forma de arancel “indirecto” –aunque quizá más efectivo–
que puso límite al ingreso de billetes a los bolsillos: la crisis capitalista.
La
realidad se pone cada día más negra para todos los estudiantes: para los que
trabajan, para los que están desocupados y para aquellos que aún cuentan con
alguna ayuda económica familiar. Esto se suma a que tener un título no es ya
garantía de trabajo porque las oportunidades se achican al ritmo de la debacle
económica.
Teniendo
en cuenta todo esto no es en absoluto incoherente plantearse pelear desde
nuestro lugar contra los problemas de fuera de la facultad. Porque si no
logramos que algo cambie, a la salida de estos templos de la negación habrá
buenas oportunidades de hacerle un gran aporte al abultado índice de
desocupación o, si nuestra suerte no es tal, quizá podremos conducir el destino
de las personas llevándolas en taxi.
La
batalla que tenemos planteada los estudiantes es de supervivencia, no sólo como
tales sino como seres humanos. Por tanto, está indisolublemente ligada a una pelea por una
solución de fondo que no es otra que terminar con el sistema capitalista, madre
de todas las miserias.
El
problema está en ver cómo nos organizamos y las herramientas con que contamos
para hacerlo.
Hoy,
la mayoría de los centros de estudiantes de la UBA –y la Fuba– han dejado de
ser morados y son dirigidos por agrupaciones independientes y frentes
conformados por partidos más o menos de izquierda.
Llegados
a este punto vale hacerse algunas preguntas: ¿los centros cambian su esencia
sólo porque no son de la Franja? ¿Son los centros hoy una herramienta capaz de
organizar a los estudiantes para la pelea planteada?
Al
igual que los sindicatos, los centros son organismos que nacieron al calor de
las luchas pero que con el tiempo el sistema ha sabido asimilarlos y
transformarlos en herramientas funcionales al sostenimiento de su dominación. Tal es el papel que han cumplido
desde la vuelta de la democracia –por lo menos– de la mano de Franja Morada,
que ha sabido mantener la quietud entre los estudiantes en momentos clave y
transformar a los centros en meras administraciones de fotocopiadoras y bares,
carentes de toda participación.
Esto
no cambia simplemente porque cambie su color o por las buenas intenciones de
las personas que los dirigen. Lo central es la perspectiva política de fondo
que se planteen: si ésta no es trabajar cotidianamente por la masificación de
la lucha en contra del capitalismo, por acción u omisión pasan a ser un engranaje
más del sistema.
Y esta masificación exige
transformar de base las actuales formas de organización estudiantil,
destruyendo el aparato burocrático y verticalista que son, al tiempo que se
construyen formas democráticas y asamblearias, basadas en delegados revocables
por curso, asambleas de delegados y distintas formas de coordinación con el
resto de las facultades. Porque lo político está íntimamente ligado a lo
metodológico. La pelea que tiene planteada el estudiantado no podrá
desarrollarse si no son miles los que se organicen para ello. Y una
garantía de que esto ocurra es que dicha organización sea profundamente
democrática.
Las
habituales repartijas de cargos y cajas de los centros a que tienen
acostumbrados a los estudiantes las agrupaciones “opositoras“ nada tienen que
ver con las necesidades del estudiantado y su lucha, sino más bien con la
búsqueda de “un lugarcito bajo el sol” del poder –y el dinero– que representan.
Esto
no quiere decir que no haya que pelear por obtenerlos o por las federaciones;
hay que hacerlo pero sin convertirse en vulgares vendedores de ilusiones en
posesión de la solución mágica. Una política anticapitalista y revolucionaria
sólo podrá ser tomada masivamente por los estudiantes en una dinámica de
grandes luchas que los impulsen hacia esas posiciones. Mientras “no pasa nada“
debemos explicar, debatir y propagandizar las perspectivas planteadas
impulsando la organización, aunque esta política sea tomada en esta instancia
sólo por una pequeña minoría activista de cada lugar. Porque esta es la mejor
manera de poder batallar cotidianamente por ella y construir un núcleo férreo
para cuando “pase algo”.
Una
herramienta importante, es la construcción de una corriente estudiantil
anticapitalista, antimperialista, antiburocrática, democrática y socialista con
aquellos que estén dispuestos a trabajar en común en esas perspectivas.
Porque
la única solución posible para una sólida pelea por la educación está en ser
parte de una lucha más general que ponga fin a un sistema de explotación y
opresión, cada vez más excluyente.
Fedón y Molote