Mundial de Fútbol

Pelota desinflada

Treinta y cinco mil millones de veces se encenderá algún televisor para ver el actual mundial de fútbol que, con un costo de US$ 8.000 millones, se ha convertido en el más caro y más rentable de la historia. Y eso es lo único importante. Poco les interesa a los organizadores y sponsors si los partidos son más aburridos que un campeonato de balero o si todos los habitantes de países con tradición futbolera, concentrados casi exclusivamente en occidente, tienen que desvelarse o madrugar para seguir el Mundial. De paso, los capitalistas sin patria garantizan a borbotones las más retrógradas ideologías y campañas nacionalistas para desviar la atención de millones de los asuntos realmente importantes. Esos que ellos mismos generan y que a los explotados nos cuesta la vida.

 

Corea y Japón tienen tanto que ver con la tradición futbolera cuanto Al Capone y las mafias con la honestidad. A pesar de ello, la actual edición de la Copa Mundial se organiza por primera vez en la segunda potencia económica mundial.

     Pero no es la primera vez que la cueva de bandidos de la Fifa designa como sede a algún país ajeno a la práctica popular de este deporte: Estados Unidos, en 1994, es el otro antecedente. Desde el Mundial jugado en México en 1986, las sedes han sido determinadas solamente a partir de un criterio económico: Italia 1990, Estados Unidos 1994, Francia 1998, Japón-Corea 2002 y Alemania 2006. Todos centros imperialistas que se disputan un botín de más de US$ 30.000 millones.

     En simultáneo con el salto pegado en el negocio del fútbol desde fines de los ochenta, los capitalistas han transformado este bello deporte en un espectáculo terriblemente aburrido, tanto en las ligas locales como en las competencias internacionales. La decadencia del “juego bonito” del Brasil es una muestra más que evidente de que todo lo que el capitalismo toca lo convierte en oro… y lo prostituye. Los mundiales se han convertido en algo parecido a la entrega de los Oscar de Hollywood que, sobre el asesinato del arte cinematográfico, monta un enorme negocio y construye un importante andamiaje ideológico para infectar la cabeza de millones. En el caso del Mundial, el envoltorio ideológico es la sífilis nacionalista.

 

Marihuana legalizada por un mes

 

     En un país como la Argentina, donde la burguesía es poco más que la intermediaria del imperialismo norteamericano y/o europeo, resulta ridículo que nos quieran vender un sentimiento patriótico del que ellos carecen. Quizás el caso más evidente sea el propio presidente Duhalde: mientras amenaza con renunciar si el Parlamento no aprueba los requisitos del FMI, llama a todos los argentinos a “unirnos para alentar por nuestros colores patrios”. La razón de fondo del nacionalismo duhaldista pasa por otro lado. Dejemos que él la explique: “Si Argentina sale campeón vamos a tener un mes de tranquilidad para gobernar”. Quizá quien mejor interpretó esta idea fue la Justicia argentina que, mientras la gente estuvo con la atención puesta en el partido contra Inglaterra, soltó a Cavallo.

     La fiebre patriótica se vende en gorros, banderas y vinchas en los 32 países que juegan el Mundial: miles de rusos provocan fuertes incidentes que culminan con dos muertos y varios heridos, por un fallo injusto del referí; ordas populares en Nigeria queman la empresa energética que los dejó sin poder ver un partido de su selección después de un corte de luz; algo similar ocurrió en China al no funcionar las pantallas gigantes dispuestas en la Plaza de Tiananmen.

     Precisamente cuando las burguesías nacionalistas son un fenómeno en extinción en los países pobres, se vigorizan los emblemas patrióticos para enrolar a los explotados en una supuesta causa común. Una ilustración clara de esto es que las empresas que más difunden los valores patrios son las mismas multinacionales saqueadoras de esos países.

     La maquinaria ideológica capitalista ha desplegado todo su arsenal y ametralla por televisión, diarios, radios, internet. Sus balas rebotan en los bares, colectivos y calles para luego dirigirse hacia hogares, lugares de trabajo y estudio.

     En varios países, incluyendo a la Argentina, los horarios de entrada a los trabajos y a las escuelas se han modificado para que todos puedan ver a sus selecciones. Los negocios han cambiado sus horarios y el nombre de sus productos, acomodándolos a los requerimientos mundialistas. Todo ha sido pasado por el tamiz del patriotismo futbolero.

    

Que se vayan todas,

que no quede ni una sola

 

     Las mismas multinacionales que fueron apedreadas, saqueadas, incendiadas y escupidas por el pueblo de la Argentina desde las jornadas del 19 y 20 de diciembre, son las mismas que ahora nos llaman a unirnos tras los colores de la Selección. Mc Donald’s y casi todos los bancos e hipermercados, parecen no guardarnos ningún rencor por haberlos responsabilizado de ser parte de la bancarrota del país.

     Coca Cola, Quilmes o Carrefour, convocan a los 36 millones de compatriotas a que no se dividan ante tan importante suceso deportivo. Mientras, suben todos sus precios, continúan especulando con el alza del dólar y no dudan en seguir engrosando los índices de desocupación.    

     Quizá la multinacional más fanática de la Selección sea Repsol-YPF. Esta compañía española que se publicita como “más que sponsor, hincha oficial de la selección argentina”, tiene motivos de sobra para amar los (ajenos) colores celeste y blanco: gracias a De la Rúa –que decretó la prórroga de la explotación de Loma de la Lata del 2017 al 2027 a cambio de tan sólo US$ 300 millones– obtendrá más de US$ 40.000 millones de ganancia extra. Como agradecimiento por tamaño regalo, no paran de aumentar el precio de las naftas.

     Si estas empresas son las más fanáticas de la Selección y nos piden que hinchemos para que la Argentina gane el Mundial, ¿no tendríamos –casi por acto reflejo– que comenzar a hinchar para que el equipo de Bielsa quede eliminado lo antes posible de este impresentable Mundial?

     De un Mundial en el que los que siempre se llenaron los bolsillos se los continúan llenando más que nunca. Como siempre, a expensas nuestra. Y, como habitualmente lo hacen, buscando involucrarnos en alguna supuesta causa común en la cual nosotros, oh sorpresa, no tendremos nada en las manos cuando la “gesta patriótica” culmine. Un Mundial que, por aburrido, provocaría bostezos aunque se disputara al mediodía. Porque, como siempre, despojaron de belleza lo que tocan con sus manos: desinflaron la pelota.

Julio Hernández

Hosted by www.Geocities.ws

1