14 de junio: A veinte años de la rendición en Malvinas

¿Un programa puede cambiar a las Fuerzas Armadas?

    

     A veinte años de la bochornosa guerra de la dictadura genocida frente a la Armada inglesa, la prensa capitalista argentina inundó los tabloides y demás medios masivos de comunicación con homenajes, análisis y abundante propaganda nacionalista, aprovechando de paso para tapar temas de importancia y reeditar el amor a la patria y a las Fuerzas Armadas, ambos instrumentos de la burguesía y el imperialismo para dividir y oprimir a los pueblos del mundo.

     En la Argentina, se hace evidente para la burguesía la necesidad de “lavarle la cara” a la banda de hombres armados que es el Ejército, ya que sostiene la dominación de una clase sobre la otra. Lavado de rostro que ya había impulsado el “empleado del mes” de la Fundación Ford, Horacio Verbitsky, y su  campaña en favor de un “ejército orgulloso de lucir el uniforme de la patria”, y que continuó con las intenciones de Duhalde de que fueran las botas las que distribuyeran la ayuda social en los barrios.

     Claro que limpiar el nombre de la institución que desapareció a 30.000 luchadores es una tarea tanto o más difícil que sacar a la Argentina de la crisis sin una revolución que barra del poder a las sanguijuelas que son los capitalistas, nacionales o extranjeros.

     No obstante, durante el mes de abril se podía ver en los medios a muchos periodistas –entre ellos a Verbitsky– cuestionando el trato inhumano a los soldados y cómo se les dio la espalda cuando regresaron, siendo un ejemplo de ello la espeluznante cantidad de suicidados posguerra. Pero ninguno de ellos denuncia que la guerra no fue producto del antimperialismo militante del gobierno de Galtieri, sino que la invasión a las islas fue un intento desesperado por perpetuarse en el poder y que lo último que quería el ejército genuflexo del imperialismo era, precisamente, entrar en guerra con Gran Bretaña. Si hubo guerra, fue por las necesidades internas de Margaret Thatcher, que llevaron a declararla, y porque el justo odio al imperialismo del pueblo argentino no daba cabida a que la dictadura, casi caduca, capitulara lisa y llanamente, como lo hizo su niño mimado, Alfredo Astiz, al rendirse sin tirar un solo tiro en las islas Georgias.

     Una ola de entusiasmo chauvinista fue entrando, veinte años atrás, en el pueblo argentino..., y con él la izquierda. La mayoría de las corrientes cuestionaba a la dictadura por no tener “un programa para ganar la guerra”. De esta manera se pretendía dejar al descubierto y/o embretar a Galtieri y al alto mando. Al mismo tiempo, se fomentaba todo tipo de acción obrera y popular a favor de ganar la guerra, cuando era obvio que esto era imposible bajo la dirección burguesa-militar. Todavía hoy corrientes como el MST y el PTS siguen afirmando que la guerra se podía haber ganado a condición de que se aplicara un programa militar revolucionario.

     La persistencia del error sólo puede significar la repetición del error: el PTS, por ejemplo, exigía lo mismo a los talibanes, representantes de la burguesía petrolera y oscurantista de su país, cuando el ejército imperialista de Bush (h) bombardeaba Afganistán.

     Para la Liga Socialista Revolucionaria, esta postura significa una nueva versión de la teoría de la revolución por etapas de Stalin. Si la burguesía argentina, o los talibanes en el caso de Afganistán, hubiera seguido este consejo, no sólo estaríamos ante el entierro de la revolución permanente –y al segundo de Trotsky–, sino que hubiéramos presenciado un espectáculo por lo menos surrealista: los socios menores del imperialismo, de uniforme o de civil, llevando a cabo una lucha mortal contra el imperialismo mundial con el programa y los métodos de la revolución proletaria.

     Los años posteriores a la dictadura, durante los cuales la burguesía entregó el país y profundizó su dependencia económica, política y cultural del imperialismo europeo y/o estadounidense no hacen más que confirmar la imposibilidad de que fuera esta clase quien llevara a cabo una lucha consecuente contra el imperialismo.

     El programa no es un traje de confección que le puede quedar bien a mucha gente. Por lo tanto era imposible vencer en la guerra mientras se mantuviera la conducción burguesa (y, además, genocida). Para vencer era imprescindible el triunfo de una revolución obrera y socialista que barriera a la dictadura y encabezara una lucha contra el imperialismo, no en alianza con la burguesía del resto del continente, sino extendiendo la revolución socialista para barrer también a los socios menores del imperialismo en toda la región. Lo mismo vale para Afganistán y el Medio Oriente.

     El problema no es “el programa”, como creen muchas organizaciones de izquierda, sino la clase que está en el poder. El programa se puede manipular, como fue el caso de la reforma agraria de Bolivia en 1952 que no sirvió para sellar la unión obrero-campesina (como el reparto de la tierra en la revolución rusa) sino que fue pieza clave para dividir al campesinado de los mineros y aniquilar la revolución.

     Los revolucionarios no discutimos cuáles eran las tácticas para ganar la guerra, sino cuál era la única estrategia posible para ello: una estrategia revolucionaria. Esto debía y debe plantearse en forma clara y transparente ante las masas; cualquier intento por “introducirla sigilosamente” en el bolsillo de Galtieri sólo contribuía a fomentar las ilusiones de los explotados en la posibilidad de una victoria bajo la conducción burguesa-militar.

     La lucha antimperialista es parte nodal de las tareas que tiene planteadas la revolución socialista en el país. Un futuro poder revolucionario deberá determinar el cómo y el cuándo concretarla, de acuerdo con las condiciones imperantes en la arena de la lucha de clases internacional. Este será el homenaje más alto que podrá rendirse ante los casi 700 soldados caídos en Malvinas, los más de 200 suicidados y los tantos que año tras año siguen afrontando la desesperada situación a la que los somete el estado burgués y sus representantes políticos, quienes aprovechan demagógicamente el 2 de abril y el 14 de junio para tratar de lavarle la cara a la Fuerzas Armadas genocidas y hacerlas desfilar junto a los ex combatientes que, en su gran mayoría, nada tienen que ver con la conducción burguesa-militar que los envió a la derrota, la humillación y el olvido.

nabu

(Sobre textos de Jorge Guidobono publicados en Bandera Roja Nros. 15 y 24.)

 

 

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