INDIA -
PAKISTAN
AL BORDE
DE LA GUERRA NUCLEAR
El
brutal y primitivo imperialismo norteamericano no deja de avanzar a pasos de
gigante en la sumisión del planeta en la barbarie más atroz, poniendo en
peligro a toda la humanidad.
Una
política militarista desenfrenada como la del gobierno de Bush después del 11
de septiembre presenta el problema de generar efectos contradictorios y dar
lugar a la creación de monstruos que no pueden ser controlados. El tirano
pakistaní, Pervez Musharraf, que fue el mejor aliado de los Estados Unidos en
el ataque inconcluso a los talibanes, hoy es su enemigo y, junto a la burguesía
india, pone en vilo al planeta. Esto ya es casi una constante en la política
estadounidense de la última mitad del siglo XX. Los casos de Saddam Hussein,
Bin Laden y tantos otros, lo atestiguan. Pero esta vez, el peligro no es
solamente para la burguesía del país del norte, sino que involucra la
supervivencia del conjunto de los explotados de Asia Central y del mundo
entero.
En
la frontera de 3.000 kilómetros que divide a India de Pakistán hay apostados
actualmente un millón de soldados de uno y otro bando. Aun un intercambio
“limitado” de armas atómicas entre estas naciones, provocaría un mínimo de 13
millones de muertos, número que crecería en forma exponencial en el caso de que
la guerra escalara en otras direcciones. Asimismo, no existe siquiera una idea
aproximada del daño permanente que causaría en los ecosistemas de la región.
Esta
pugna se desató –formalmente– con el ataque al Parlamento de India, cuyas
autoridades denuncian que fue presuntamente apoyado por el gobierno pakistaní
de Musharraf. Los enfrentamientos de artillería son parte de la vida cotidiana
en Cachemira y más allá de la zona (como por ejemplo en la frontera con
Afganistán) y los muertos se cuentan ya por centenares. Pakistán ha decidido
retirar las tropas destinadas a la persecución de Al Qaeda y del régimen
talibán en Afganistán para trasladarlas al antiguo principado que hoy es
epicentro del conflicto. También ha comenzado a repatriar las tropas que
participaban de la “misión de paz” en Sierra Leona. Musharraf ya ha provocado a
su vecino indio haciendo una demostración de fuerzas lanzando –como
“ejercicios”– tres misiles de alcance medio capaces de portar ojivas nucleares
en poco menos de una semana.
Más
allá del tremendo horror que todo esto genera, una guerra de esta magnitud
provocaría un terremoto en la geoestrategia mundial de la totalidad de los
países imperialistas, y de Estados Unidos en primer lugar.
Una guerra entre millones de pobres
La
disputa se da, nuevamente, en Cachemira, una porción de tierra de tamaño
similar al de la provincia de Tucumán, situada en el Himalaya.
Con
la descolonización, en 1947, el principado de Cachemira (que carecía de unidad
religiosa, cultural o lingüística) quedó dividido en sus dos terceras partes
para India, y el tercio restante para Pakistán, a pesar de que los musulmanes
eran mayoría en el Principado y también en Pakistán. Cuando el Imperio
Británico se retiró del subcontinente indio dejó el terreno sembrado de
“bombas” étnicas que no dejaron ni dejan de detonar desde entonces. El supuesto
enfrentamiento entre etnias que han convivido durante cientos de años, es el
tipo de argumentos que han esgrimido las burguesías de cada país y el
imperialismo como causantes de las tres guerras (no nucleares) que
protagonizaron estas naciones en la última mitad del siglo XX.
En
la parte india de Cachemira actúan, desde hace más de una década, guerrillas
separatistas apoyadas militarmente por Pakistán que pretende la anexión de ese
pedazo de tierra. Este país se sirvió de los mujaidines musulmanes –armados por
Estados Unidos– que habían luchado en Afganistán contra la URSS desde 1979 para
dotar de cierta viabilidad militar a las guerrillas cachemiras.
Es
fundamental aclarar que las sociedades que se enfrentan son escenario de la más
absoluta barbarie, hija del capitalismo y del imperialismo en su actual fase de
decadencia. Los explotados de estos países sobreviven (en el mejor de los
casos) con menos de US$ 500 anuales de producto bruto per cápita, bastante
menos de dos dólares diarios según las últimas estimaciones del Banco Mundial.
Pakistán e India destinan alrededor de un 50% de su presupuesto a gastos de
defensa, mientras el nivel de analfabetismo supera el 50% y lo más sabroso que
puede ingerir la enorme mayoría de sus pobladores es un vaso de agua estancada.
Pakistán
tiene cerca de 140 millones de habitantes y la India alrededor de 1.000
millones, con una residencia urbana del 30% aproximadamente. La tragedia que se
produciría en caso de ser bombardeadas sólo las ciudades más importantes sería
incontable y nunca antes vista: sólo Karachi, la antigua capital pakistaní,
tiene 14 millones de residentes.
La
desventaja del arsenal pakistaní frente al indio es muy notoria, y este
desequilibrio puede provocar que el uso de un arma atómica se presente como una
tentación irresistible para el dictador Musharraf, en el caso de que los
generales indios obtengan ventajas territoriales tempranas en el inicio de las
hostilidades.
El
enfrentamiento tiene, además, una enorme importancia para la situación interna
de cada país. La tiranía militar de Musharraf intenta compensar la pérdida de
popularidad, como consecuencia de su apoyo al ataque del imperialismo
norteamericano a Afganistán, respaldando al separatismo en Cachemira. Y se ve
obligado a ir hasta el fondo con esto para no ser derrocado por sus propios
gobernados, hartos de la sumisión a Bush y del ataque a los talibanes (quienes
pertenecen a la etnia pashtun, la misma de la cual son parte la mayoría de los
pakistaníes).
En
Nueva Delhi, el gobierno, heredero de la corriente ultranacionalista que
asesinó a Gandhi, defiende la unidad territorial asentado en un profundo odio
antimusulmán. En India existe una legislación por la cual su gobierno no puede
ser el primero en disparar un arma nuclear que se basa en su indiscutible
superioridad militar en el armamento “convencional”. Pero en Pakistán no existe
tal cosa, por lo cual sería muy probable que Musharraf sea el primero en
apretar el botón nuclear.
En
palabras de Henry Kissinger, ambos gobiernos cumplen las condiciones para
asumir comportamientos aventureros de cara al mundo. Y éste es precisamente el
gran nudo de la candente situación en Cachemira.
El imperialismo y Cachemira
La
zona de influencia del conflicto, en el caso de una extensión relativamente
“normal” de la guerra, comprometería a China (que tiene una región fronteriza
con India y con Pakistán, de mayoría musulmana) y a la misma Rusia (que es
apoyada por Estados Unidos en la persecución a los independentistas chechenos,
también musulmanes). Ambos países –al igual que India– son verdaderos subcontinentes
pero con mucho mayor desarrollo militar y económico. Por eso la preocupación de
George Bush, Tony Blair y Vladimir Putin en el desarrollo de los
acontecimientos.
Una
guerra en Cachemira pone en juego todo el andamiaje de la política que Estados
Unidos viene trazando desde la asunción de Bush. Con el aumento del precio del
petróleo y la recesión de la economía estadounidense, Bush se lanzó al asalto
del petróleo de Asia Central. Pero, con un ataque brutal sin triunfos sobre
Afganistán y con la heroica resistencia palestina al nazi Sharon, la concreción
de estos planes viene encontrando dificultades.
De
desarrollarse la guerra que ya existe, podría llegarse a una guerra nuclear a
una escala prácticamente continental y de consecuencias mundiales.
El
11 de septiembre mostró al desnudo la política imperialista. El problema no era
ni es exclusivamente Afganistán, Palestina, Irak o Cachemira. Pakistán, India,
Irán y las repúblicas desprendidas de la ex URSS son también piezas muy
importantes para los Estados Unidos. La redefinición geopolítica y militar de
la región resulta, para Estados Unidos, mucho más importante que la eterna
persecución de un fantasma llamado Osama Bin Laden, o el destino de un pedacito
de tierra llamado Cachemira.
La
línea del “eje del mal” trazada por Bush es tan recta como lo dicten sus
intereses militares, económicos y geopolíticos. Antes del derrumbe de las
Torres Gemelas, Pakistán –que tiene 2.500 km de frontera con Afganistán– era
objeto de una serie de sanciones económicas, políticas y militares por haber
“abandonado” la democracia y por haberse transformado en potencia nuclear en
1998. Esto después de que fue durante una década la base de operaciones de la
CIA contra la ocupación de Afganistán por la URSS. Lo que le permitió al alto
mando pakistaní y a su socios convertirse en el gran distribuidor del opio en
la región que lo produce para todo el mundo. Además, era una de las pocas
naciones que reconocía (y apoyaba) al régimen talibán y financiaba, al igual
que ahora, a los “terroristas” cachemires. Pero a partir de que aceptó ofrecer
su territorio como base para las maniobras militares de Estados Unidos, y
proveer soldados, Musharraf pasó a recibir dólares, armas y elogios del
presidente texano.
A
su vez, India –que siempre apoyó a la Alianza del Norte en Afganistán– le
reclama a Estados Unidos una mayor presión para que condene el apoyo de
Musharraf a la guerrilla cachemira. Pero Estados Unidos no puede hacer más que
ignorarla, ya que sigue necesitando del dictador pakistaní como base en la
región.
La
ardua tarea que Donald Rumsfeld y Richard Armitage (los dos enviados del
gobierno norteamericano) tienen por delante en su gira por Asia Central, es
intentar detener el estallido de la primera guerra nuclear en la historia, que
involucra –sólo dentro de las fronteras de sus protagonistas– a 1.150 millones
de personas.
Por la derrota revolucionaria
de ambas burguesías
La
situación del conjunto de los explotados indios y pakistaníes es ya miserable,
y no es consecuencia de algún poder divino que así lo determina, sino de la
rapiña imperialista a lo largo de varios siglos, de la que fueron y son parte
los sectores dominantes “nacionales”, que aceptaron y siguen valiéndose de cada
una de las artificiales divisiones del subcontinente para llenarse vagones de
libras y dólares. La misma rapiña que hoy amenaza convertir a Asia Central en
un gigantesco cementerio.
Es
necesario oponerse a esta guerra, en la que una vez más se beneficiarán el
imperialismo y las burguesías de cada Estado. Pero no es posible resistirla
llamando a la paz desconociendo quiénes son los generadores del desastre,
porque la guerra es intrínseca al actual desarrollo capitalista en la región,
que solamente puede ofrecer balas y muerte por hambre a la mayor parte de sus
habitantes.
Oponerse a la guerra combatiendo revolucionariamente a las burguesías de cada nación y a sus estados es la única posibilidad de pelear por alcanzar una paz verdadera y duradera, sin nubes radioactivas en el cielo, ni colchones de muertos en la tierra. Es, a la vez, la única forma de echar al imperialismo, el responsable último de la actual situación.
Maximiliano Estarosta