La CIA y el FBI
Los Padrinos del 11 de septiembre
El
“informe Phoenix” del agente Kenneth Williams anticipa con minuciosa precisión
los atentados que se concretaron el 11 de septiembre. Hay informes en igual o
similar sentido que suman la astronómica cifra de 350.000 hojas y que están en
el Congreso de Estados Unidos.
El
gobierno de Bush no tomó la más mínima precaución en los aeropuertos y un
puñado de hombres armados con cortapapeles consumó los atentados a las Torres
(respecto del atentado al Pentágono hay diversos trabajos que ponen en duda que
haya existido).
Quién
haya sido el autor (o autores) de los atentados es irrelevante: lo central es
que, como mínimo, los dejaron hacer para engañar al ingenuo y chauvinista
pueblo americano (y a parte del mundo), para blanquear el origen fraudulento
del gobierno de Bush y emprender una terrible carrera armamentista favorable a
las petroleras, al complejo militar-industrial y a imponer un nuevo reparto del
mundo más favorable a Estados Unidos, convertido en el gendarme del planeta.
Por
más peso que tengan en el gobierno norteamericano los fundamentalistas
cristianos (que constituyeron la base social de Bush) el problema no es ideológico
sino que tiene que ver con una acción para impedir que siga penetrando la
crisis económica en Estados Unidos a costa de saquear el planeta, militarizarlo
e imponer regímenes policíacos con algún disfraz “democrático”. Todo el
avasallamiento a las libertades realizado después del 11 de septiembre llevó a
Amnesty Internacional a poner a Estados Unidos y al Reino Unido de Gran Bretaña
entre los mayores violadores a los derechos humanos. Los afganos y/o talibanes
presos en Guantánamo no son sólo una amenaza terrorista a Cuba sino al mundo
entero. Hitler no lo hizo en forma menos horrenda: solo carecía de la
televisión para que sus crímenes pudiesen ser mostrados como escarmiento a todo
el mundo.
Nada
de esto será sencillo por el simple expendiente de que la superioridad militar
yanqui resuelve todo. Es un proceso plagado de fuertes contradicciones dentro y
fuera de Estados Unidos. La crisis económica sigue su curso. El escándalo Enron
pone al desnudo el carácter pirata del capitalismo hoy. El discurso del 11 de
septiembre tiende a agotarse y es posible que Bush promueva o deje correr
nuevos atentados para alimentar el fervor patriótico del cuadro del “bien”.
Pero
en ninguna teoría conspirativa entra el estado prebélico entre India y
Pakistán, la continuidad del genocidio contra el pueblo palestino y su
resistencia, el primer paro en 20 años en Italia, los más de tres millones de
votos al trotskismo en Francia, el fracaso del golpe en Venezuela a pesar de
Chávez, la bancarrota del mejor alumno argentino de los ’90 y el contagio por
toda la región de un virus que más que al “efecto Tango” debe su origen a todas
las músicas de los países saqueados por el imperialismo y sus socios
capitalistas nativos.
La
tendencia del capitalismo en descomposición es hacia la barbarie, el genocidio
económico y cultural y la guerra en todas sus formas.
Es
una lucha a muerte: para salvar a la especie humana y al planeta hay que
derrotar al imperialismo y al capitalismo en todos los terrenos.
Estamos
en un período histórico de crisis, guerras y revoluciones. No habrá solución
nacional para ningún problema, sino regional e internacional. Por muchas
razones, América latina puede cumplir un papel de pieza clave en este proceso
revolucionario, protagonizándolo e introduciendo la ola revolucionaria dentro
de Estados Unidos a través de sus millones de pobladores hispanohablantes,
negros y trabajadores pauperizados.
Desde
el punto de vista de la LSR, esta perspectiva esta planteada ya el 11 de
septiembre, en condiciones en que buena
parte de la izquierda estaba obsesionada por condenar los atentados o por
proponer un frente militar antimperialista con los fundamentalistas religiosos
talibanes y sus jefes formados –y armados– por la CIA. El texto que presentamos
en esta misma página fue elaborado inmediatamente de los hechos del 11 de
septiembre, y lo presentamos como material de trabajo para la discusión del
agrupamiento internacional Nuevo Curso el día 20 de ese mes.
Frente
a los inmensos y terribles desafíos históricos, los marxistas debemos hacer lo
opuesto al avestruz que, frente al peligro, esconde la cabeza para no verlo.
Apuntes para contribuir a la
reunión de Nuevo Curso (20/9/2001)
Muy esquemáticamente:
1) Es
imprescindible salir de la lógica del discurso imperialista que es una trampa
en sí mismo.
Siempre
el imperialismo intentó justificar sus guerras con pretextos (las mujeres
belgas violadas por la soldadesca del Kaiser para el imperialismo
franco-británico en la primera guerra mundial, y mil ejemplos más).
El
imperio norteamericano es menos imaginativo y desde la voladura del Maine para
declararle la guerra a España en l898, siguió con los 1.000 muertos del
Lusitania que le sirvieron como pretexto para entrar en la primera guerra
mundial; Pearl Harbor para entrar en la Segunda; el Golfo de Tomkin para
Vietnam en 1965 y una lista interminable de provocaciones montadas directamente
por ellos, o dejando correr acciones que conocían de antemano y no hicieron
nada para impedirlas porque servían a sus objetivos.
Si
una organización revolucionaria parte del discurso del enemigo –de que fueron
unos tipos escondidos en una cueva en Afganistán los que dirigieron todo– está
simplemente aceptando el discurso y las reglas de juego que propone el enemigo.
Siendo incluso ello parcialmente cierto, lo que no está probado ni mucho menos,
es lo mismo que entrar en el terreno del ridículo de considerar que la primera
guerra mundial se debió al asesinato de los archiduques de Austria-Hungría en
Sarajevo.
Si
los revolucionarios no logramos salir de ese discurso perverso, es imposible
que tengamos respuestas serias.
2) Hay
razones de fondo que llevan al imperialismo norteamericano a la guerra.
Las
planteamos en la reunión de Nuevo Curso de mayo del 2001, y las reiteramos
telegráficamente ahora: se terminó la década de bonanza económica de Estados
Unidos, y el “casino mundial” no da más. Por otra parte, el discurso ideológico
del enemigo se agotó. La irrupción de los movimientos globalifóbicos es
expresión de ese problema y del aparecer incipiente de una nueva vanguardia en
el mundo.
Estos
son los problemas de fondo que impulsan a sectores de la burguesía de Estados
Unidos al militarismo y a la guerra.
Es
inescindible este proceso con el fraude electoral con el que asumió Bush, con
Cheney como vicepresidente y con Rumsfeld como secretario de Defensa (estas
últimas, dos figuras del complejo militar-industrial).
Los
pretextos, reales, fabricados o mitad y mitad, son aleatorios a lo anterior.
Ahí esta la clave de todo.
Hace
casi cuarenta años que mataron a Kennedy y no se sabe con precisión quiénes
fueron los autores del magnicidio (por más que se presuponga). Hoy, el discurso
de Bush es idéntico al de hace cuarenta años, sólo que cambiando al enemigo.
Ahora
ya no se trata de “gente que hizo cursos en la URSS”, sino de agentes del
“nuevo demonio”, casualmente –como hace muchos años– un viejo empleado de
ellos.
El
resultado es el mismo, sólo que con peores consecuencias hacia el militarismo y
la guerra efectiva, porque es a esos sectores del gran capital a los que está
ligado Bush y su banda.
3) La
guerra entre el bien y el mal es sólo la cobertura religiosa de intereses “non
sanctos”.
Se
pretende hipócritamente validar como el único caso de fanatismo religioso, el
musulmán. Esto es falso. Ese es sólo uno de tres horrores religiosos (el
musulmán, hoy, convenientemente demonizado).
Bush
fue llevado a la presidencia por la base de masas de la confederación de
iglesias cristianas, un bloque de sectas bárbaras yanquis, al que Bush
respondió de inmediato con una campaña contra el derecho al aborto, de
desfinanciación de toda organización que lo defendiera, y dio rienda suelta a
la barbarie de las organizaciones procastidad que promueven las virtudes de la
virginidad hasta el matrimonio y otras inmundicias oscurantistas.
La
tercera mugre religiosa es el sionismo, que tiene obvia trascendencia en Medio
Oriente y que no es necesario explicar, no sólo en su brutal oscurantismo
religioso –al decir de Marx– sino en sus genocidas consecuencias prácticas.
4) Es
necesario enterrar al cadáver insepulto de la teoría del “frente
contrarrevolucionario mundial”, que nunca existió ni existe ahora, por más
acuerdos parciales que puedan tener los explotadores. Este concepto estaba
basado en otro también falso: el de la “revolución inminente”, lo cual es
obviamente –para mí– un absurdo.
Además,
es la negación del marxismo, de la lucha entre contradicciones en todos los
terrenos. Es una versión “proletaria” de la lucha entre el bien y el mal. O
sea, metafísica pura.
Toda
la historia del siglo XX invalida dicha teoría. Unos pocos ejemplos, de una
lista que sería interminable, son Alemania firmando el tratado de Rapallo con
la Revolución Rusa y transfiriendo tecnología y recursos a cambio de
adiestramiento militar y posibilidades técnicas de zafar del Pacto de
Versailles; la General Motors y Ford trabajando a full para
Hitler en plena Segunda Guerra (y como “fábricas de la democracia” en Estados
Unidos); el fascista Franco negándose a romper relaciones con la revolución
cubana…
5) La
“revolución islámica” tiene tanto que ver con la proletaria y socialista como
el nacionalismo reaccionario con la revolución socialista internacional; o sea,
nada.
Es
interesante analizar históricamente el problema, pero no es lo esencial. Lo esencial
es que el islamismo es un fenómeno reaccionario, por más que trate de utilizar
el justo odio antimperialista de las masas explotadas y oprimidas, pero al
servicio de distintos proyectos burgueses, tan bárbaros como esencialmente
inviables.
La
impotencia histórica del nacionalismo laico “nasserista” fue abriendo paso a la
integración del grueso de la burguesía árabe al capitalismo mundial, desde la
crisis del petróleo en los setenta y mediante la banca financiera
internacional, lo que fue dejando a sectores marginales en la periferia. Ellos
apelaron al fanatismo religioso, porque la globalización imperialista los
dejaba por fuera del reparto de la plusvalía mundial.
Y,
como todos, apelaron a lo más bárbaro y perverso –al fanatismo irracional,
religioso– como paraguas ideológico.
6) Para
los marxistas, el centro de los problemas no pasa por condenar o no condenar
los atentados. Llevamos más de un siglo pronunciándonos contra el terrorismo
individual, y es un tiempo suficiente como para que se conozcan nuestras ideas.
Parafraseando
a Spinoza no se trata de reír ni de llorar sino de comprender. Los hechos,
hechos son; y hay que buscarles su sentido profundo.
Es
obvio que hay víctimas ajenas a los crímenes del imperialismo. Es obvio que las
torres las reconstruirán o harán otras, y que el Pentágono se blindará, o
escuchará las denuncias previas a un nuevo atentado.
De
lo que se trata es de separar la paja del trigo. El trigo no es nuestra condena
sino los planes militaristas, guerreristas y genocidas del imperialismo
norteamericano. Si estos planes facilitaron o ayudaron a los atentados, o
simplemente los aprovecharon en su beneficio, será tema de historiadores.
Lo
que nos corresponde a los socialistas revolucionarios es encarar la denuncia y
la lucha, política, propagandística y física contra el imperialismo y el
capitalismo y desnudar todo este horror ideológico que prepara el horror físico
de millones de explotados y oprimidos en el planeta.
Nos
corresponde desnudar el discurso enemigo; no marearnos con conceptos arcaicos
ni con supuestos atajos “nacional-religiosos” para supuestos y tramposos
“avances revolucionarios”.
Denunciar
todo ello, y todas y cada una de las partes del discurso del imperialismo
norteamericano. Combatir la fina hipocresía del imperialismo europeo, la de los
genocidas de Chechenia o de los amos de China, por más contradicciones que haya
entre ellos; diferenciándonos y condenando la barbarie oscurantista de los
talibanes y el terrorismo.
En
un sentido amplio, nuestra política de denuncia del militarismo imperialista y
de la guerra, se sintetiza –por la positiva– en un planteo general: “revolución
socialista o más barbarie capitalista”; lo que significa, en primer lugar,
luchar por destruir a las burguesías de cada uno de nuestros países, y a sus
estados.
Jorge Guidobono