Capitalismo y Democracia
Fukuyama al Revés
En
el apogeo de la ofensiva neoliberal, un ideólogo del imperialismo, llamado
Fukuyama, afirmaba que se había llegado al “fin de la historia” con el
capitalismo y su democracia como el mejor sistema y régimen posibles. Y
auguraba un futuro de éxito y democracia creciente.
No
vamos a detenernos aquí en el primer aspecto; sólo diremos que el boom
norteamericano de los ’90 terminó, que Japón lleva más de una década de
recesión y que la Unión Europea no logra “arrancar”. Tampoco vamos a explicar
las razones por las que hay 1.000 millones de desocupados en el mundo y 4.000
millones que viven con menos de dos dólares diarios, o por las que cada cuatro
segundos muere una persona por desnutrición.
Nos
vamos a referir al régimen político democrático capitalista, a su situación
actual y a sus perspectivas. En los últimos años pegó un salto la
descomposición de este régimen político en el mundo. Veamos unos pocos
ejemplos.
Votando
menos de la mitad de los estadounidenses, Bush perdió las elecciones y sólo se
pudo alzar con el gobierno mediante el fraude que hizo su hermano en el estado
de Florida, convalidado después por un voto (5 a 4) de la conservadora Corte
Suprema de Reagan y de Bush padre. Las libertades democráticas han sido
retaceadas, se legalizó como derecho el espionaje y se ha ido estableciendo un
estado policíaco en todos los niveles, incluyendo millones de personas pobres
presas y procesadas.
Europa
no escapa a este proceso. No sólo por los avances de la derecha en las urnas,
sino también por la existencia de regímenes electorales que impiden la
representación proporcional (como en Francia y, en la última década, Italia) o
establecen altísimos pisos de votos requeridos que no se corresponden en
absoluto con la cantidad de diputados a elegir (como en Alemania). Además, las
circunscripciones electorales están armadas de forma tal que el triunfo por
unos pocos puntos de la derecha, la transforma mayoría aplastante en las
Cámaras. El descreimiento y la apatía se traducen en crecientes cifras récord
de abstenciones. En las legislativas francesas del 9 de junio sólo votó el 65%
de los 40 millones de empadronados, o sea 14 millones no fueron a votar,
incluida gran parte del millón de jóvenes que se movilizó contra Le Penn y
salió a repudiarlo en las calles el 1° de mayo pasado.
En
Colombia los diarios del mundo batieron parche que el militarista Uribe ganó
con más del 50% en la primera vuelta. Lo que no dijeron –o lo hicieron en una
línea perdida– es que el 55% se abstuvo, por lo que Uribe obtuvo realmente una
votación similar a la de Illia en 1963, de poco más del 20%.
En
Uruguay no sólo se mantiene la tramposa ley de lemas sino que se le agregó
además una segunda vuelta que permita unir a blancos y colorados contra la
primera minoría del Frente Amplio.
El
antidemocrático régimen de la segunda vuelta que obliga a elegir
compulsivamente o a no votar, va a ser utilizado ahora contra Lula que encabeza
las encuestas con cerca de un 40% de intención de voto en Brasil.
En
la Argentina ha colapsado el régimen político de los últimos 20 años y todas
sus instituciones. El masivo voto bronca del 14 de octubre lo anunciaba. La
revuelta popular del 19-20 de diciembre significó un salto descomunal de esa
tendencia.
Hoy el capitalismo sólo
funciona así, o peor
Agreguemos
a lo anterior el crecimiento en espiral de la violencia represiva, cotidiana, y
a las luchas populares en todas partes. El despliegue militar contra los
manifestantes en Génova parecía más propio de una guerra convencional.
La
Suprema Corte de Justicia argentina es un espejo en el que pueden mirarse las
justicias de la mayoría de los países. Por ejemplo la de Estados Unidos que
tolera el vaciamiento de Enron, la quinta empresa del mundo, por el
vicepresidente Cheney o que encubre a los directivos de IBM por el negociado
con el Banco Nación o al City y a otros grandes bancos que son los principales
“lavadores” del narcotráfico y de los traficantes de armas, como incluso se
demostró en el informe de la comisión Carrió que descansa plácidamente en algún
cajón.
Dejamos
de lado, además, que la más rancia familia norteamericana, los Kennedy, ha
hecho su fortuna bajo la “Ley Seca” que prohibía el consumo de alcohol (lo que,
entre muchas otras cosas, le permitió mantener “congelado” durante ¡27 años! el
expediente por el asesinato de uno de sus miembros más prominentes; silencio
que esperan seguir manteniendo, más allá de alguna información menor, como la
reciente).
El
enemigo pretende hacernos creer que la corrupción es un mal argentino, o
latinoamericano, para poder esconder que es parte orgánica del comportamiento
pirateril de esta etapa del capitalismo en todo el mundo, desde Estados Unidos
hasta China y Japón, pasando por Rusia para llegar a Europa y a sus “Corleone”
de las más variadas nacionalidades y rubros.
No
hay posibilidad de funcionamiento similar al del boom económico de la
posguerra. Este proceso es irreversible.
El régimen no tiene cura
Bastante
más difícil de imaginar a un elefante caminando por un bazar sin romper la
loza, es pretender que el capitalismo –en su fase actual de evolución– tenga un
comportamiento “humano” en lo económico-social, y “democrático” en lo político
y jurídico, sin que la corrupción irrigue su cerebro y recorra todo su torrente
sanguíneo. Algunas personas pecan de ingenuidad al pretenderlo; pero los
dirigentes capitalistas que proclaman esa posibilidad, lo hacen por perversas
maniobras de engaño.
Hay
que cambiar el régimen político y establecer una democracia directa,
revolucionaria. Pero ello tampoco será posible sin desterrar del poder a los
grandes capitalistas, expropiarlos a ellos, a los bancos, a los monopolios y
terminar con su Estado, que es sólo el andamiaje institucional de la clase
explotadora. Sólo así se podrá coronar un régimen de democracia directa donde
los trabajadores y el pueblo sean sujetos y no objetos de manipulaciones
políticas. Esa es la única perspectiva para impedir que siga avanzando la
barbarie.
Las
tendencias más profundas del capitalismo y del imperialismo operan en sentido
opuesto: hacia el militarismo, los regímenes políciacos y bonapartistas, el
cercenamiento de libertades públicas, las dictaduras lisas y llanas como se
intentó en Venezuela, y un régimen de Inquisición mucho más moderno,
tecnificado y opresivo que el de Torquemada.
La
lucha por la defensa –y conquista– de libertades es un deber de los
trabajadores, el pueblo y los revolucionarios y puede constituir una palanca
importante para la revolución. Porque la clase trabajadora, en sus distintos
estamentos, es la única clase que puede instaurar una sociedad genuinamente
democrática, ya que no tiene la posibilidad de explotar, a su vez, a otros.
Esta
lucha justa y necesaria es opuesta a sembrar ilusiones en que este régimen se
puede corregir y/o mejorar a través de asambleas constituyentes u otras
“tizanas”: por más de un siglo han demostrado que no sólo son impotentes para
corregir un régimen agotado sino que, también, constituyen un anzuelo, un
engaño y un canal de desvío para la lucha de la clase trabajadora. El mero
hecho de que todos los capitostes de la burguesía empiecen a hablar de su
necesidad para intentar cerrar la herida institucional de un régimen agotado
debería ser un trágico alerta para quienes, desde la izquierda y con intereses
distintos, vienen proponiendo desde hace meses este cazabobos constitucional
como “su” salida frente al colapso del país.
En
las actuales condiciones, sólo puede ser una salida burguesa reaccionaria y
antidemocrática. Si el pueblo levantara su propio poder, llevarlo hacia una
Asamblea Constituyente sería la forma de ayudar a desarmarlo.
Si
esto no aconteciera y la burguesía, por sus propias necesidades, la convocara,
intervendríamos en ella como en una tribuna para propagandizar la política
revolucionaria, como parte de la cual no sólo no ayudaríamos a sembrar
ilusiones en esa instancia sino que la denunciaríamos y echaríamos vitriolo sobre
las fantasías que los trabajadores más atrasados pudieran hacerse al respecto.
Ese es el comportamiento de los comunistas. Los liberales burgueses, o
“progres” hacen lo opuesto, incluso aquellos que se llamen a sí mismos
“socialistas”.
Jorge Guidobono