Fuera Sharon de Palestina

Alto al genocidio

 

“Nos podrán seguir torturando cuanto quieran. No importa. Ya nos mataron cien veces”, decía Jawad, un sobreviviente de la masacre de Jenín. Su afirmación, es símbolo de la heroica resistencia palestina ante la barbarie sionista.

Ariel Sharon convirtió al campo de refugiados de Jenín, y a la ciudad toda, en un gigantesco cementerio. Los 500 muertos ni siquiera tuvieron sus propias tumbas. Al igual que en el gigantesco genocidio del pueblo judío perpetrado por el régimen nazi, las fosas comunes fueron el único destino posible en un territorio que no podía albergar tanta muerte. El único olor que se percibía sobre los campos devastados, era el que emanaba de los 500 cuerpos que yacían sobre los escombros: el olor de la muerte.

Al menos el 80% de los territorios autónomos y unos 500.000 palestinos están bajo control del gobierno israelí desde Semana Santa. La ofensiva incluyó el asedio al presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, que quedó confinado en sus oficinas de Ramallah, mientras la capital palestina quedaba reducida a cenizas tras el avance de tanques, ráfagas y topadoras.

Mientras tanto, George Bush Jr. declaraba al mundo que Sharon era un “hombre de paz” por anunciar que “en algún momento” se empezaría a retirar de los territorios palestinos arrasados y ocupados. Simultáneamente, el ejército israelí avanzaba sobre otras regiones.

 

Más cerca de Hitler

 

En refuerzo del genocidio en curso, Sharon incorporó al gobierno de unidad nacional a cinco diputados del ultraderechista Partido Nacional Religioso y a tres del Geshen, también de extrema derecha. De esta forma acumula la abrumadora mayoría de 83 escaños sobre 120. Al mismo tiempo, anuló el “minigabinete de seguridad” que compartía con su canciller, Simon Peres, y con el ministro de Defensa, ambos de la oposición laborista. Esta, hipócritamente, califica hoy a la ofensiva como una masacre, mientras que fue parte fundamental de toda la política militar previa a través del gobierno de unidad (en el cual el laborismo sigue siendo el partido con mayor cantidad de diputados).

De la mano del discurso impuesto por Bush, Sharon tiene como fin último de esta matanza selectiva “terminar con el terrorismo”. Y anuncia que no se retirará de los territorios ocupados en Cisjordania hasta que “no sea destruida la estructura terrorista palestina”.

Todas las negociaciones que intenta encauzar el gobierno estadounidense dependen del retiro de Sharon y su disposición está claro que se encuentra lejos de ser la mejor. Sharon se ha encargado, a cada paso, de dejar claro que el suyo es un avance, sin retorno posible.

Una de las principales razones del expansionismo israelí, y de su negativa a retirarse de las zonas ocupadas, radica en su imperativa necesidad de controlar las fuentes de agua de la región, como el río Jordán y las que se encuentran en zonas de Gaza y Cisjordania.

 

Otro fracaso imperialista

 

La estrecha relación que Estados Unidos mantiene con Israel, basada en una colaboración política y militar, está teñida por el color del petróleo. Pero, con el avance depredador del sionismo, esa relación choca, inevitablemente, con los intereses de Estados Unidos sobre los estados árabes.

Las idas y venidas de Collin Powell –tras los sucesivos fracasos de los enviados anteriores, como el vicepresidente Dick Cheney– no lograron ninguno de sus supuestos objetivos: el alto el fuego, el levantamiento del asedio sobre Ramallah y un retiro inmediato de los territorios ocupados. Pero la verdad es que nunca se los propuso. Powell comenzó su gira en Marruecos, el punto más alejado del centro del mundo árabe, y le dio a Sharon una semana de tiempo extra para que siguiera avanzando.

Powell se preocupó por visitar las fronteras del país donde ataca la guerrilla Hezbollah, pero ni se le cruzó por la cabeza acercarse a presenciar la masacre de Jenín.

Hosni Mubarak, el presidente de Egipto, se negó a recibirlo y los países árabes exigieron el fin de la política militar israelí y la creación de una comisión investigadora de la ONU para analizar la matanza de Jenín.

El rotundo fracaso de la gira de Powell por Medio Oriente, en una misión relativamente fácil como es lograr un alto el fuego, no está desprendido de la influencia de los “halcones” de la administración Bush, que habrían ayudado en la debacle. Pero lo nodal es que el fracaso no es de Powell sino del propio gobierno estadounidense con Bush a la cabeza. Y a este caos general para el imperialismo norteamericano se le suman las diferencias abiertas con Europa desde la declaración del “eje del mal” formado por Irán, Irak y Corea del Norte.

 

El fantasma de la guerra regional

 

Al imperialismo se le presenta el creciente temor de que el conflicto acabe en una guerra generalizada entre otros países. Siria se involucra directamente en las acciones contra Israel. Y esto no puede solucionarse con una negociación provisoria sobre acuerdos parciales. Los enfrentamientos en las fronteras del territorio compartido por Israel y los palestinos ya se dieron en el límite entre Israel y el Líbano, y continúan.

Las marchas antinorteamericanas, y contra Israel, se suceden en muchos países árabes desde Bahrein hasta Egipto, incluyendo Jordania, Yemen y el Líbano. El resentimiento árabe ante el apoyo estadounidense al genocidio sionista aumentará, y esto plantea un peligro mayor para los regímenes amigos del país del norte, como Israel, Egipto y Arabia Saudita.

 

Alto al genocidio sionista

 

Con la decrépita conducción de Arafat en ruinas, el pueblo palestino sigue en pie, en una resistencia heroica, respondiendo con gomeras y con la vida a uno de los ejércitos más poderosos del mundo, equipado por la industria bélica más fuerte del planeta. El pueblo sigue en pie de la única manera posible: desconociendo las directivas y las condenas de su presidente, y pasando por sobre las letras muertas de los papeles que intenta firmar con el imperialismo norteamericano, el verdugo que prepara la soga para ahorcarlos.

Condenamos y nos oponemos enérgicamente al genocidio –encubierto bajo la palabra guerra– llevado adelante por Sharon y sus aliados y su intento por borrar de la faz de la tierra al pueblo palestino. Estamos junto a las decenas de militares israelíes que se niegan a combatir en territorios ocupados, y junto a todos los que se oponen, en su propio país, a la política de Sharon.

No creemos que la salida se encuentre en “tirar a los judíos al mar” en una reedición de la política nazi, supuestamente planteada desde un visión de izquierda.

La única solución de raíz a este conflicto entre israelíes y palestinos podrá hallarse en la creación de un Estado laico, único y socialista en el que convivan democráticamente israelíes y palestinos.

Maximiliano Estarosta

 

 

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