Provincia de Buenos
Aires
Ajuste y
burocracia, los desafíos de los estatales
El colapso en el que
entró hace unos meses la economía de la Provincia arrastra consigo
consecuencias desastrosas para los trabajadores y el pueblo, si todo sigue como
aparenta. La pregunta no sería qué hará el gobierno para intentar remontar la
crisis, porque ya tiene una política pensada para ello teniendo a los estatales
como objetivo permanente en despidos, reducción de salarios, arrebato de
conquistas laborales históricas y destrucción de la salud, entre otras
“propuestas”. El gran problema está planteado para los propios trabajadores del
estado hoy, sus organizaciones, su experiencia y su conciencia, cargando un
lastre adicional que se llama burocracia sindical y que, además, jamás se topó
con una alternativa fuerte y seria por parte de la izquierda.
Como insólito hecho, el FMI dialogó en forma directa
con las provincias imponiéndoles contraer una nueva deuda externa, o
profundizar la que ya existe, a partir de financiar una política de equilibrio
fiscal que implica, como primera condición, sacar de circulación los bonos con
los que Felipe Solá, por ejemplo, viene “bicicleteando” las cuentas públicas en
bancarrota. La provincia emite patacones como única solución al déficit,
cubriendo así la brusca caída de los ingresos que no dejan ver una posible
reactivación, ya que la única variable de ajuste viene precisamente por el lado
de los trabajadores, privados y del Estado, en un marco de situación nacional
muy grave. El gobernador declaró tener bastante claro cuál es la reforma para
el Estado provincial y continuó aplicando cirugía mayor en algunos sectores.
Los viáticos y horas extras de los empleados estatales
(que conformaban la mayor parte de sus sueldos, que fueron liquidados en seco)
fueron reemplazados por las Unidades Redistributivas por Producción y
Eficiencia (Urpe), que implica el cobro de un extra de acuerdo con el
“rendimiento” que se tuvo en el mes, criterio que queda a cargo de los jefes de
oficinas. De esta forma se vieron afectados los empleados de los ministerios de
Obras Públicas, Economía, Educación, del Consejo del Menor y la Familia y del
Instituto de Previsión Social, entre otros. Pero en cada uno de esos sectores,
la participación real de los trabajadores en asambleas, marchas y distintas
actividades débilmente convocadas por los gremios, sigue siendo reducida, sin
corresponderse con la magnitud de la ofensiva que lleva a cabo el gobierno.
Los hospitales públicos de La Plata se vienen
desangrando lentamente, trabajando a un 30% de lo que deberían. El ataque
ocurre no sólo por falta de presupuesto e insumos, ya que los proveedores no
abastecen; también se quitaron las licencias para algunos de ellos
contribuyendo al vaciamiento y al caldo de cultivo para las diversas tentativas
de cierre o privatizaciones.
En el Ioma la situación no es mejor, pero parece tener
un respiro, ya que las autoridades encontraron una decidida resistencia por
parte de sus trabajadores cuando hace poco lograron el pago de algunos sueldos
y extras adeudados, dando por tierra con los argumentos que esgrimía la
patronal sobre la crisis y la caída de la recaudación. También los trabajadores
de Astilleros Río Santiago están acostumbrados a tener que salir periódicamente
a reclamar pago de sueldos atrasados y políticas activas del gobierno para
fabricar y reparar barcos. En la última movilización, concentrando
pacíficamente, fueron salvajemente reprimidos por la policía, sufriendo uno de
ellos la pérdida del ojo.
Sumado a todo esto, el blanco más castigado viene
siendo la educación, donde se van a reducir los gastos en unos $ 550 millones
por año, pero Solá aclara que lo hará “sin
alterar en nada el salario que recibe una maestra, una supervisora o una
directora de escuela que hace su trabajo” (La Nación, 14/4/02). Entonces, para no perjudicar a los
trabajadores rebajándoles los salarios… les quitaron el beneficio que cobran
por ruralidad porque, según su opinión, se pagaba de manera “arbitraria”. También las licencias por
maternidad se redujeron e igualaron hacia abajo con el resto de los empleados
públicos, de 135 días a 90. Ruralidad, licencias, presentismo y alto riesgo,
todos derechos contemplados en el Estatuto del Docente, fueron barridos, ahora
sí, arbitrariamente de un plumazo en
los últimos tres meses; y teniendo en cuenta que se trata de conquistas
históricas de la comunidad docente, termina sentando un precedente mucho más
que preocupante.
Lo difícil es registrar cómo después de aquellas
jornadas de agosto del año pasado, cuando la Plaza San Martín estallaba con
60.000 trabajadores de toda la provincia en contra de los recortes, la lucha
fue perdiendo fuerza y terreno, sobre el cual lograron hacer pie o crecer los
sindicatos básicamente nucleados en la CTA, como Suteba y Ate, al mismo tiempo
que iban siendo, junto a la mayoría de los otros sindicatos, los actores
principales del actual estado de desmovilización existente.
Para ejemplificar el cambio, en el verano la
conducción del Suteba La Plata se limitó a llamar a tres asambleas en las que
el pico máximo en cantidad fue de 70 personas. Expresa esto una realidad bien
objetiva, cuyo rasgo principal es que el sindicato, por un lado, no quiere
hacer demasiado ruido en la base y, por el otro, que en las escasas
oportunidades en que intentó dar señales de existencia, los docentes
demostraron (y lo siguen haciendo) una actitud de rechazo y desconfianza hacia
la conducción, sin traducirse ese fenómeno en conciencia y organización.
Esto pudo palparse en las escuelas recorridas por un
pequeño sector de activistas el mes pasado, cuando se llamó al paro de 24 horas
y se comprobó el desinterés que reflejaban los docentes ante toda posible
medida que pudiera salir del sindicato para poner freno al gobierno, si es que
salía alguna. Así, el paro tuvo un acatamiento menor en la regional, y no
precisamente porque la gente no tuviera motivos para luchar.
Muchos de los maestros vienen observando la nula efectividad
que tienen las medidas de fuerza de 24, 36 o 48 horas –modalidad que plantea la
burocracia– o por tiempo indeterminado, como quieren sectores de la izquierda,
sin siquiera intentar mantener un diálogo con padres y alumnos, explicativo,
paciente y, por qué no, constructivo, algo que el sindicato se niega por acción
y omisión.
La conducción de Suteba ha venido cumpliendo en los
últimos meses un rol muy importante en el sentido inverso al de la organización
y el debate por la base, y el enfrentamiento real al gobierno. Supo contribuir
a una humillante derrota para los trabajadores que hoy están, en su mayoría,
con la desmoralización lógica de quienes en algún momento confiaron casi
ciegamente en la dirección del gremio y ahora se encuentran en peores
condiciones.
Por su lado, Ate viene haciendo un trabajo de
acumulación de afiliados, sobre la base de ganar prestigio gracias al
desprestigio de UPCN, Aeri, Soeme. En el Ioma trabajaron con algún sector de la
izquierda para posicionarse en el terreno de las afiliaciones, siendo que hoy
cuentan una tímida minoría frente a Upcn.
La posibilidad estuvo dada por el ataque que llevó a los empleados a defenderse
de los sucesivos recortes y amenazas de despidos por parte de las autoridades
de la obra social. Los trabajadores se declararon en estado asambleario
permanente –imponiéndoselo a Ate– que incluía todo tipo de actividades, como
explicar pacientemente la situación a los afiliados de la obra social. También
en Ate se nuclea la mayoría de los obreros del Astillero, dejando para la CCC y
la izquierda un pequeño sector de simpatizantes.
La cuestión sindical pasó a ser un problema mayor para
el futuro de los trabajadores del Estado. Los sindicatos existentes no pueden
(o no quieren, eso es lo de menos) siquiera dar respuestas reivindicativas,
mucho menos políticas, frente a una avanzada feroz de la burguesía y el
gobierno. La política que mayoritariamente lleva la izquierda pasa por el
reclamo sistemático de planes de lucha a conducciones harto conocidas, o por otras
vías, son parte integrante de las estructuras más “progres” como Ate. La lógica
mecánica que manejan es la de presionar desde adentro, “ganándole espacios a la
burocracia y desnudando ante los trabajadores el rol que cumplen”.
Para los trabajadores está planteado más que nunca el
desafío de empezar a defender sus fuentes de trabajo, salarios y conquistas,
apostando a crecer en una organización y una conciencia clasista,
antiburocrática y anticapitalista. Esto es, huérfanos de burócratas, sin techos
establecidos por la dirigencia gremial ni por nadie en cuanto a las formas
organizativas que más convengan para dar una lucha real y efectiva contra la
patronal del Estado.
Pedro (La Plata)