Cruje
Francia
La Francia de la V República, creada por De Gaulle en
1958, se encuentra conmovida hasta sus cimientos. Las últimas elecciones
presidenciales depararon resultados inesperados para el conjunto de los
franceses.
En una elección marcada por un rechazo generalizado al
bipartidismo tradicional, con una campaña feroz de parte de los medios orientada
hacia la inseguridad y los inmigrantes, los bloques de partidos tradicionales,
la derecha y la “izquierda plural”, sucumbieron.
La derecha encabezada por el xenófobo y racista
Jacques Chirac, la aparente triunfadora, perdió cuatro millones de votos con
respecto a 1995 y Jospin, dos millones y medio. Los porcentajes de abstención
(28%) y de votos blancos y nulos (3,5%) son los más altos de toda la historia,
superando el primero el pico de 22% registrado en 1995.
El bloque del gobierno saliente, liderado por el PS y
el PC, se presentó por separado, y sufrió una derrota estrepitosa. El Partido
Socialista (16,3%) no pudo llegar siquiera a la segunda vuelta y Jospin anunció
que dejaría la política, culminando un proceso en el cual todas sus medidas
tuvieron mucho más que ver con la doctrina neoliberal dominante en el mundo de
los noventa, que con algo cercano a una política al menos estatista o
populista. Y esto fue reconocido por los franceses en las urnas.
El Partido Comunista Francés, el más grande de Europa
después del italiano, el de Maurice Thorez y la Comintern, el que fue capaz de
atarle los brazos al Mayo Francés, solamente consiguió el 3,4% de los votos. Y
su crisis es tal que se dice que hasta sus finanzas están en rojo. Se derrumbó
un pedazo de la historia de la Francia contemporánea.
Para los grandes medios, el “gran vencedor” fue el
neofascista, xenófobo, racista y brutalmente reaccionario Le Pen, que obtuvo el
16,9% alcanzando el segundo puesto. Admirador de Hitler, Mussolini, Pinochet y
Videla entre otros, este cavernícola centró su campaña en la inseguridad, los
inmigrantes y el creciente desempleo. Y un sector importante de los franceses
creyó ver en él una salida.
De todas maneras, Charles Maurras y la Action Française, ya tienen cerca de un
siglo de enterrados y no es posible comparar a un Le Pen sin posibilidades de
triunfo, con los movimientos fascistas o prefascistas del siglo pasado.
El trotskismo –la “extrema izquierda”– hizo, por
lejos, la elección más importante de su historia llegando a más de tres
millones de votos. Lutte Ouvriere
(con Arlette Laguiller como candidata) alcanzó el 6% y la LCR (con Olivier
Besancenot) llegó al 4,3%; sumando los votos que obtuvo el candidato
lambertista del PT, totalizaron el 11% del escrutinio. El trotskismo se convirtió en una fuerza de considerable peso dentro de
la realidad política francesa y europea.
Para la segunda vuelta, se intenta ocultar tras el
monstruo Le Pen al derechista Chirac, que se encuentra plagado de denuncias de
corrupción, pero es mucho más cercano a los intereses del conjunto del
imperialismo europeo. Toda la “izquierda plural” y, obviamente, todo el arco
derechista ya le han manifestado su apoyo. El Partido Comunista tiene la
consigna justa: “Votá un chanta, no un
fascista”. La única posibilidad de que los socialdemócratas y el PC puedan
volver a intentar respirar, está puesta en una especie de gran movimiento
contra Le Pen, y hacia allí parecen apuntar.
Lutte
Ouvriere ya adelantó que no apoyaría
a ninguno de los dos candidatos de la segunda vuelta llamando a “No optar entre peste y cólera”.
Lo que mostraron estas elecciones presidenciales en su
primera vuelta fue una marcada polarización entre la extrema izquierda y la
extrema derecha, hecho demostrado porque los crecimientos más importantes se
dieron en estos dos polos. Sin embargo, lo nuevo no es Le Pen y su eterna
vuelta al pasado rechazada por multitudinarias movilizaciones. Lo nuevo está en
el futuro.
Francia, hoy, cruje.
M.
E.