Economía: la inflación desinfla a Duhalde

 

                Se fue Jorge Remes Lenicov del Ministerio de Economía. El hombre que quería “hacer un país normal” –siguiendo al pie de la letra los dictados del FMI– se quedó súbitamente en el aire, y casi arrastró al precipicio a su viejo amigo Eduardo Duhalde, a quien asesoró en temas económicos durante buena parte de su carrera.

                Y no se fue por diferencias políticas con su jefe, o por pedido del indio fondomonetarista Anoop Singh. Lo sacó la peor crisis del país en su historia, para la cual Remes no proponía ninguna salida, simplemente porque el capitalismo no puede ofrecerla. Una crisis que está hundiendo ya a la franca mayoría de la Argentina en la miseria, manteniendo como puede a una minoría de privilegiados en la etérea intangibilidad de las paredes altas y la vigilancia privada.

                De la fuga del ex ministro y la vuelta del “anclaje” cambiario se desprende una primera conclusión: el Gobierno no tiene el más mínimo plan, no se pone de acuerdo ni siquiera en tres puntos básicos, y está dando manotazos desesperados aprovechando el tiempo que la gente esté dispuesta a darle. ¿Cómo? ¿No era que para salir de la recesión teníamos que salir de la Convertibilidad? ¿No había una “alianza con el trabajo y la producción”? ¿O la devaluación del 250% en tres meses fue sólo para licuar el salario de los trabajadores y las grandes deudas de los empresarios pesificados?

                Fijar un tipo de cambio alto manteniendo las retenciones, y que el Banco Central intervenga para sostener esa cotización del dólar en un mercado cambiario controlado. Dejar que la inflación siga su curso para que se incremente la recaudación de IVA y Ganancias, y armar un nuevo esquema de coparticipación de impuestos con las provincias. Esas son las bases del acuerdo al que llegaron Duhalde y la coalición de gobernadores y legisladores que lo sostiene precariamente, después de la renuncia de Remes y de casi todo el Gabinete, salvo Chiche y un par de ministros irrelevantes. Cambiar todo para que no cambie nada. Nada de control de precios, nada de indexación de salarios, nada de freno a los despidos, nada de devolución de los pequeños ahorros.

                Inmediatamente después de la fumata blanca con los caciques peronistas, Duhalde se reunió esa misma noche con el verdadero poder, el que no necesita votos cada dos años para legitimarse. Aldo Roggio, Amalia Fortabat, Roberto Rocca (Techint), Manuel Sacerdote (BankBoston), Oscar Vicente (Pérez Companc), y una docena más de comandantes de la gran burguesía nucleada en el Consejo Empresario Argentino (CEA), le dieron al lomense un espaldarazo decisivo. Sí, el CEA, el mismo que ungió a Martínez de Hoz como apóstol de la apertura y el neoliberalismo durante la última dictadura militar. Es a ellos a quienes presentaron el acuerdo de 14 puntos hecho a medida suya y del FMI.

 

La inflación que aprieta y ahorca

               

                A esta altura, hablar del Presupuesto 2002 parece una broma de mal gusto. Está irremediablemente obsoleto, y prevé ingresos y gastos que ya no tienen sentido. Y sin embargo, se aprobó hace menos de dos meses, cuando todavía no recibía insultos quien se atrevía a decir públicamente que la inflación para todo el año sería del 15%, como escribió Remes en la Ley de Leyes.

                En sólo cuatro meses (un tercio del año) ya estamos alrededor de ese 15%, y todavía no se computaron los aumentos en los servicios públicos que ya se están registrando. Porque sin reparar en el congelamiento de tarifas que se dispuso junto con la pesificación, Duhalde autorizó a las eléctricas y gasíferas a que apliquen sus ajustes estacionales de invierno. Y cuando termine de renegociar globalmente las tarifas, y permita los incrementos que las privatizadas quieren imponer a los consumidores, los precios de los demás productos se van a disparar descontrolada e inexorablemente.

                Lo más probable es que la inflación se acentúe, pero sin avanzar hacia una hiperinflación en los próximos meses. Mientras puedan seguir manteniendo los salarios congelados (al menos los públicos) el riesgo de híper no será mayor desde la óptica monetaria, pero por más flexibilizado que esté el mercado laboral, las burocracias sindicales no van a inmolarse junto a Duhalde, y en algún momento van a salir a pedir aumentos.

                Los consultores de la city ponen como requisito fundamental para que no haya híper que se mantenga en términos nominales el “gasto primario” (sueldos), para hacer vía inflación el ajuste fiscal que no pudo hacer López Muprhy el año pasado. Así se proponen frenar la emisión de pesos y poner contra las cuerdas a los sectores de ingresos fijos, mientras las remarcaciones especulativas de los grandes productores y comercializadores están a la orden del día.

                El empobrecimiento que genera la inflación, combinada con una recesión que ya cumple cuatro años, es simplemente descomunal. Los escenarios “optimistas” plantean para fin de año una caída del PBI superior al 12%, que bajada a tierra significa 5 millones de argentinos más bajo la línea de pobreza, que se sumarán a los casi 16 millones que cuenta hoy el Indec.

 

El futuro del sistema financiero: bancarios a la calle

 

Los que cayeron en la pobreza en los últimos dos años no son sólo los eternos condenados del país y los parias de la tierra, que “igual, ya están acostumbrados”, como imagina la ya casi extinta clase media. Son también muchos ex integrantes de esta última, cuyos pequeños comercios se fundieron, o que fueron despedidos del trabajo que creían asegurado.

El futuro negrísimo del sistema financiero argentino plantea a sus trabajadores una disyuntiva fundamental: la lucha o la calle. Un esquema inflado, preparado para la burbuja dolarizada de los noventa, no va a mantenerse en el país posdevaluación y poscorralito. Aunque el Gobierno está haciendo lo posible para salvar a los banqueros de pérdidas y embargos multimillonarios, los bancarios no deben creer que se salvan ellos también. Caído el Plan Bonex II, el “sinceramiento” y la eliminación del corralito quedaron pendientes, con una Ley tapón que sólo posterga los acontecimientos un par de meses más.

El ejemplo del Scotiabank de Canadá fue sólo el botón de muestra de lo que piensan hacer los capitales financieros internacionales con sus filiales argentinas. Sus 1.800 empleados, dirigidos por la más podrida burocracia reaccionaria (La Bancaria), deben saber que la continuidad de sus puestos de trabajo depende –como la de todos sus compañeros– de que se materialice la expropiación de todos los bancos, para ponerlos al servicio de la producción planificada de todas las fábricas tomadas por sus trabajadores.

 

Pensar en otro sistema

 

                Duhalde nunca tuvo un plan. La Convertibilidad, como le gustaba decir al ahora preso ex ministro Domingo Cavallo, era un modelo ideado “para durar para siempre”, y no se podía salir con una pesificación asimétrica, devaluación masiva y congelamiento artificial de las variables económicas. Las restricciones a los movimientos bancarios tuvieron que ser reforzadas, y aunque se resuelva parcialmente el tema de los plazos fijos, va a quedar el corralito “transaccional” de cuentas a la vista (cajas de ahorro y cuentas corrientes), que acumula unos 30 mil millones de pesos.

                En realidad, por más elevado que sea el tipo de cambio fijado por el Gobierno, el Banco Central va a seguir rifando sus reservas, simplemente porque los ahorristas no confían en el peso, y se fugan al dólar a cualquier precio ni bien logran salir de los bancos. Un control de cambios sólo va a generar más corrupción, y mayores prebendas para el gran capital local vinculado a la coalición duhaldista. Y la disparada del costo de vida cuando suban en bloque los servicios públicos privatizados va a ser el golpe de gracia a todo vestigio de legitimidad que tenga este Gobierno para entonces.

                Cuando un manifestante increpó a una diputada peronista a la salida del Congreso, diciéndole que no protegiera más a los bancos y que tenían que irse todos, la legisladora le respondió con ironía que “vivimos en un sistema capitalista y para el sistema capitalista hacen falta bancos, así que si usted quiere que se vayan tendríamos que pensar en otro sistema”. Bueno, justamente de eso se trata. De otro sistema.

ALBA MERQUINNI (25/4/02)

 

RECUADRO: Un apriete privatizado

 

     Telecom, Edenor, MetroGas… una a una las empresas privatizadas que están negociando con el Gobierno la suba de tarifas y la suspensión de inversiones fueron declarando el default de sus obligaciones en dólares, para presionar a la población con el cuco de los apagones y cortes de servicios. Hasta en las publicidades empezaron a hablar de cifras, comparando la cantidad actual de líneas de teléfono o kWh generados con los guarismos de 1990.

     “Yo me imagino un invierno sin luz, sin gas y sin crédito”, dijo el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, antes de irse de la Rosada por la puerta de atrás. Mientras, tras la renuncia de Remes en Economía, Duhalde propuso como su sucesor a Alieto Guadagni, viejo lobbista asalariado de las grandes petroleras multinacionales, que sugestivamente ocupaba la Secretaría de Energía.

     El default de las privatizadas es (a nivel contable) real. Hoy por hoy, no pueden pagar con su recaudación en pesos las deudas en dólares que contrajeron en el exterior, que no fueron pesificadas. Pero sí podrían pagarlas con las remesas millonarias que llevaron –en dólares contantes y sonantes– a sus países de origen desde 1991-92 hasta el año pasado. Además, en todo caso, quedó al descubierto que las “inversiones” que se hicieron en el país estaban calzadas con créditos bancarios, con lo cual la afluencia de capitales genuinos durante los noventa fue poco menos que una fantasía.

     Como rehén, el pueblo. El Gobierno va a permitirles a las privatizadas subir las tarifas y disminuir los servicios, obviamente sin exigirles que mantengan la nómina de personal o que aumenten los salarios de sus trabajadores según la inflación. Entroncando con la lucha de los demás sectores, hacia la revocación total de los contratos y expropiación en sus manos sin indemnizaciones para la patronal, los empleados tienen aquí también la palabra.

A. M.

 

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