Argentina

Con olor a colonia

 

     La dictadura genocida y proimperialista de Videla y Galtieri era menos sometida y dependiente de los yanquis que todos los gobiernos constitucionales que la sucedieron: Alfonsín y su hiperinflación, Menem y su reinado, y sus continuadores hasta hoy. Los genocidas fueron capaces de violar primero el bloqueo cerealero a la URSS impuesto por Estados Unidos a raíz de la invasión soviética a Afganistán (para que se llenaran de millones los grandes oligarcas y las cerealeras) y después, aun a su pesar, hace veinte años terminó en una guerra, sin gloria ni honor, frente al imperialismo.

     Hoy la Argentina es un país independiente sólo en los papeles. Si el himno y la bandera permanecen es porque el FMI hasta ahora no exigió cambiarlos, pero son una simbología que no se corresponde con ningún contenido material real.

     Las muestras de vasallaje imperial son abrumadoras. Y no sólo frente al FMI y a Estados Unidos: también frente a Repsol-YPF, al gobierno español y a los monopolios que ese país y Europa tienen en la Argentina. Es emblemático que, al anunciar el gobierno la creación de un impuesto a los combustibles, sus precios se dispararan y comenzara el desabastecimiento.

     Y ni que decir de que a ninguno de los efímeros sucesores de De la Rúa-Cavallo –lanzados a la caza desesperada de unos dólares, como sea– se le haya siquiera pasado por la cabeza, renegociar o anular el mayor negociado decretado por “el aburrido”: la prórroga por diez años concedida a Repsol para la explotación de la mayor reserva gasífera de América latina –Loma de la Lata– que representa una ganancia extra de entre US$ 30.000 y 40.000 millones para la petrolera española. Y esto se concretó en el mismo momento que Carlos Alvarez renunciaba escandalosamente a la vicepresidencia, denunciando coimas en el Senado… por US$ 50.000.

     Durante más de un cuarto de siglo, la Argentina ha sido objeto de un colosal asalto, a manos de la piratería del capital financiero internacional. De ahí su actual estado de postración.

     Es muy importante definir que este asalto no vino sólo de afuera. Dicho con otras palabras, la clase capitalista argentina es parte orgánica de ese asalto, ya que se ha ido integrando gradualmente, y por mil vías, al capital financiero y a los monopolios internacionales controlados por los distintos grupos imperialistas, sean de Estados Unidos o de Europa.

     La burguesía de origen argentina nada tiene de clase capitalista “nacional”. Bulgheroni trabaja junto a la norteamericana Esso en la conquista del petróleo de Asia central (y negocia con los talibanes el pasaje de un oleoducto por Afganistán). Peréz Companc controla importantes áreas petroleras en Ecuador y Perú. Rocca y Techint compran la mayor acería de Venezuela. Son tres ejemplos elocuentes de que estos grandes burgueses “nacionales” son, sobre todo, grandes explotadores internacionales.

     La personificación de la continuidad política desde la dictadura genocida hasta De la Rúa, se llama Domingo Cavallo. Fue él quien estatizó los 23.000 millones de deuda externa de los empresarios privados (nacionales y extranjeros) en 1982. Fue él quien bajo el menemismo desguazó las empresas rentables del Estado. Y fue él quien, como “hombre fuerte” de la Alianza, realizó el fraudulento megacanje en favor de la banca e inauguró el “corralito” por ¡90 días!

     Con este cuadro, es fácil comprender qué brújula guió a la política exterior argentina: desde la coparticipación en la agresion a Irak hace una década hasta la incorporación al Plan Colombia y el voto contra Cuba… además de la transformación del país en campo de entrenamiento de fuerzas militares yanquis y de otros países en Salta, Misiones, Córdoba, Zárate, etcétera.

 

La independiencia: tarea de la revolución nacional anticapitalista

 

     Bajo el dominio de la clase capitalista, la Argentina tiene sólo dos opciones: seguir deslizándose vertiginosamente por el tobogán del vasallaje, o desintegrarse como nación (y que sus fragmentos sean devorados por una o más fauces imperialistas). Esta última posibilidad está siendo considerada, por ahora, en forma exploratoria a través de una reciente encuesta sobre 1.500 casos en Chubut, con la pregunta “¿Está a favor de canjear la Patagonia y la Antártida por una porción de la deuda externa? ¿Está a favor de que el resto del país sea gobernado por un triunvirato integrado por el FMI?”. Dornbusch, un importante economista imperialista, propone una solución intermedia: que el FMI nombre un virrey. Para quienes se preguntan “¿Patria o Colonia?”: más claro, agua.

     No es posible definir una estrategia correcta para enfrentar estas calamidades sin definir qué clase social puede acaudillar una lucha revolucionaria contra el imperialismo y sus socios nativos. Esa clase social son los obreros, los trabajadores, los explotados, y el pueblo pobre y oprimido de las ciudades y el campo. Ellos son las principales víctimas de la colonización imperialista-capitalista que destruyó al “viejo país” de “nuestros bisabuelos”.

     La clase capitalista de origen local es, repetimos, antinacional, por cuanto es socia del imperialismo. En consecuencia, no es una posible aliada sino un seguro enemigo de los trabajadores y el pueblo.

     Nosotros estamos convencidos de que esa lucha revolucionaria contra el imperialismos es un problema cotidiano, de combate permanente y en todos los frentes, económico, social, desocupados, libertades, cultural, ideológico y un largo etcétera.

     También estamos convencidos de que esa lucha plantea la creación de un nuevo poder y un nuevo gobierno opuesto al del imperialismo y a los capitalistas, y en lucha mortal contra el viejo régimen y todas sus instituciones. Sólo así se podrá aplicar un plan coherente de enfrentamiento al imperialismo y al gran capital nativo: no pagar la usuraria deuda, anular sin indeminización todas las fraudulentas privatizaciones, expropiar sin pago a los banqueros, y a los monopolios y a los latifundistas, lograr defender la salud y la educación pública y terminar con su negocio, expropiar toda empresa que amenace con despedir trabajadores, imponer el control obrero en las empresas, romper todos los pactos económicos, políticos y militares con el imperialismo; por una real libertad de prensa expropiando a los monopolios de la desinformación con control orgánico de masas de ello, dar trabajo a todos los desocupados, seguro de desempleo equivalente al salario mínimo, entre otras medidas.

     También estamos convencidos que un poder revolucionario aquí sólo puede afirmarse como parte de una gesta de los explotados y oprimidos de toda América latina que permita ir dando pasos prácticos en una dura lucha antimperialista común que pueda ir alumbrando una Federación Socialista en la hoy balcanizada América latina.

     Esta perspectiva que a algunos les suena a “utopía” es la única realista para salvar al pueblo del hambre y la miseria y al país de su más completa colonización imperial, cualquiera sea la forma jurídica que ésta adquiera.

Jorge Guidobono

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1