Asambleas
Populares: La resistencia, pese a todo
Desde su
aparición en los barrios de Buenos Aires, al calor de la rebelión popular que
volteó a De la Rúa-Cavallo, las asambleas populares han venido transitando una
práctica de deliberación, organización y acción callejeras, inédita en el país.
Como toda
experiencia viva y, sobre todo, incipiente
y completamente nueva, está llena de idas y venidas, subas y bajas, avances
y retrocesos.
El viernes
25 de enero alcanzaron un protagonismo absoluto, cuando se desarrolló una
jornada de protesta multitudinaria a escala nacional, a partir de la
convocatoria lanzada desde el Parque Centenario. Por primera vez, organismos independientes
de las tradicionales estructuras sindicales (las únicas capaces en los últimos
cincuenta años, de convocar protestas con alcance nacional, al margen de las
mejores o peores intenciones de sus dirigentes) producían una manifestación
masiva y generalizada, y se perfilaban potencialmente
como ámbitos capaces de ir construyendo un contrapoder popular que pudiese
poner en jaque al de los explotadores.
Hoy se
encuentran en un momento de reflujo, y participan mayoritariamente en ellas los
activos de las más variadas corrientes políticas (organizados o no).
Cómo
seguirán desarrollándose, qué nuevas formas y tareas adoptarán, es algo
imposible de prever. Lo que está claro, es que existen, y que es necesario
trabajar en ellas defendiendo su unidad y peleando por su masificación: ambos
objetivos, sólo realizables desde una práctica de democracia directa, basada en
el respeto mutuo, en la paciencia, en saber escucharse, en la autodefensa ante
provocaciones policiales y/o ataques de patotas para-estatales, en el rechazo a
las manipulaciones y “aparateadas”, y en un
férreo trabajo cotidiano que dé respuesta a las necesidades y urgencias más
acuciantes del vecindario.
“¿Por qué se reducen las
asambleas?”:
una falsa discusión
Ante el
reflujo que están atravesando, se ha introducido como prioridad en casi todas
las asambleas el interrogante acerca de “por qué los vecinos dejaron de
participar”.
La pregunta
en sí misma –aun cuando esté fundada en un hecho de la realidad– entraña una
intencionalidad nada saludable, por varias razones. Por un lado, tiende a
resolverse buscando “culpables” en el seno mismo de las asambleas. Por
“derecha” y por “izquierda” aparecen respuestas que intentan demostrar que “la
culpa es de las organizaciones de izquierda porque aparatean” o, en contracara,
“la culpa es de la CTA que quiere llevarnos a los CGP (Centros de Gestión y
Participación de la Ciudad)”. En el medio, queda el vecino “tironeado” entre
fuerzas que lo instan a no dejarse atrapar por “el mal” que encarnan unos u otros.
En
definitiva, en ambos casos, se reedita el viejo esquema de “síganme los
buenos”, que lejos de requerir la participación activa, incita a la pasividad
en espera de un llamado del caudillo de turno. Por otro lado, se despoja de
todo valor el hecho central: que las
asambleas siguen existiendo y multiplicaron su número, a la par que avanzó
la coordinación interzonal. En consecuencia, la discusión así encarada distrae
la atención y la energía de los asambleístas de las tareas que los conectan con
el resto de los vecinos, con lo que, de hecho, alienta nuevas deserciones ya
que nadie quiere congregarse semanalmente sólo para debatir “en abstracto”.
No obstante,
el debate está instalado y es necesario transformarlo en una herramienta útil
para la acción práctica.
• En primer
lugar, parece necesario hacer hincapié en algo obvio: las asambleas populares
son hijas de la rebelión popular de diciembre (y todos sus antecedentes, desde
las puebladas del interior hasta el contundente paro general nacional del 13 de
diciembre) y constituyen un fenómeno
nuevo, de tipo histórico, en el proceso de construcción de organizaciones
de masas para la lucha frente a la defección de los viejos sindicatos que
fueron las herramientas excluyentes para la lucha reivindicativa a lo largo de
los últimos cincuenta años (como mínimo). Por lo tanto, no puede saltearse que
se trata de una experiencia inédita que –si bien puede y debe nutrirse del
aprendizaje colectivo acumulado en el pasado– no responde a “recetas” o
esquemas previos que puedan reeditarse en ellas. Por el contrario, las
asambleas deben ir “haciendo camino al andar”, con el aditamento de ir
construyéndose en contraposición a toda la práctica conocida y realizada en el
último medio siglo. Por ejemplo, en oposición a los esquemas de los sindicatos
atados al Estado burgués (llámense CGT o CTA y así fuesen dirigidos por la
izquierda), a sus leyes y a su dependencia absoluta de las patronales como
agentes de retención compulsiva de las cuotas de afiliación, las asambleas se basan en la libre
confluencia de sus participantes. Y para
su desarrollo como genuinas expresiones de poder popular, necesitan construirse
con absoluta independencia del Estado, de sus instituciones y de sus agentes
políticos, clericales y burocráticos. No está de más recordar que la
historia reciente aprendida por el movimiento obrero y popular en el país, nada
tiene que ver con esa independencia. Por lo tanto, así como un niño aprende a
caminar a costa de múltiples tropiezos y caídas –ya que su memoria no registra
el antecedente de haberse erguido sobre sus dos pies–, también las asambleas sólo podrán elevarse y
sostenerse con fuerza atravesando y superando dificultades cotidianas que jamás
desaparecerán, sino que serán reemplazadas por otras nuevas que, a la vez,
habrá que aprender a superar. El tema es si cada nuevo paso se orienta en
una dirección de progreso.
• En segundo
lugar, desde las jornadas de diciembre y enero que resultaron en inéditos
triunfos políticos parciales (como el haber volteado a dos gobiernos y haber
puesto en cuestión a la institucionalidad del régimen, Corte Suprema incluida),
la situación no ha hecho más que
empeorar para el conjunto de la población trabajadora. Como producto de la
continuidad del saqueo capitalista-imperialista (del FMI, pero también de los
Macri, Bulgheroni, Fortabat, Noble, Pescarmona, Pérez Companc, Escasany, etc.,
que son quienes han vaciado al país de toda la riqueza producida por sus
trabajadores), un cúmulo de calamidades
se derrama sobre el pueblo explotado, ya que éste no ha logrado –ni se ha
propuesto– desterrar del poder a la clase dominante que es la causante y
responsable de la catástrofe en que vivimos. En consecuencia, incluso los logros de diciembre fueron estafados:
sin De la Rúa y sin Cavallo, no se modificó un milímetro la política económica
que fue ampliamente rechazada. La desocupación alcanzó sus índices más altos, y
se multiplican las suspensiones y el no pago de los salarios. De la Rúa
renunció dejando un saldo de 30 muertos, y ni siquiera está preso. Y en cambio
sigue la impunidad policial y el Estado se prepara para redefinir el papel de
las Fuerzas Armadas, a las que intenta otorgarle funciones de “asistencialismo
social” con el objetivo de tenerlas metidas “naturalmente” en los barrios, lo
que les será vital a la hora de enfrentar un levantamiento popular generalizado
que, por supuesto, no descartan a sabiendas del futuro de mayores miserias que
nos tienen reservado.
En este contexto dramático, sin fuertes
luchas de los trabajadores ocupados en sectores clave, y sin esperanzas a la
vista, no es de extrañar que haya un reflujo en la asistencia a las asambleas.
Como
elemento colateral, pero para nada secundario, también se suma el comienzo de
las clases que hizo que muchos asambleístas estudiantiles dejaran de participar
por superposición con sus cursadas en las facultades, cuya actual quietud imposibilita que se puedan haber articulado formas
de coordinación entre ambos movimientos.
Pero nada de
esto impide ni detiene el proceso de reflexión que se inició en la cabeza y la
conciencia de millones de personas.
• En tercer
lugar, nos parece necesario insistir en un hecho cualitativo: pese a todas las dificultades, no ha
desaparecido ninguna de las asambleas. Lejos de ello, su número ha ido creciendo y, lo que es más importante, empezaron
también a organizarse en el segundo cordón del Gran Buenos Aires, con lo
que el PJ afronta el serio riesgo de terminar de ser enterrado en sus
tradicionales bastiones. Así lo supo interpretar, por ejemplo, el intendente de
Merlo cuando organizó una patota de 150 “punteros” para ir a intimidar a golpes
a 300 asambleístas desarmados; y también el legendario Quindimil cuando
organizó el ataque a los vecinos congregados en Lanús y muchos otros abusos
represivos.
En síntesis,
la primera reflexión que tenemos planteada quienes participamos en las
asambleas debe partir de estos hechos: hemos
alumbrado una nueva forma de organización y participación democrática y hemos logrado,
hasta ahora, mantenerla. Preguntémonos entonces, ¿cómo y qué hacemos para
extendernos en el barrio e implantarnos como un punto de referencia para todos
los vecinos agobiados por el sistema?
La Interbarrial y las fuerzas
políticas
Dentro de las
dificultades que presenta la realidad, es evidente que el comportamiento de las
fuerzas políticas que actúan en las asambleas ha jugado también un papel de
gran importancia. Ante todo es imprescindible ser conscientes de que el poder y
sus representantes, no iban a sentarse a contemplar cómo se desarrollaban en su
contra, sin intervenir en ellas. Esa intervención ha ido desde la agresión
directa (como en Merlo) hasta la presentación de proyectos de ley para integrar
las asambleas a los organismos de gobierno (como el que tiene elaborado el
Gobierno de la Ciudad comandado por el frepasista Aníbal Ibarra) y los
múltiples intentos de acercarlas a los CGP. Todo esto ha sido, y es, en general
rechazado por las asambleas. Se impuso, entonces, un accionar más solapado,
llevado adelante principalmente por la CTA-Frenapo, comandada por la Curia
católica. Fue la CTA la que instrumentó originalmente la “puesta en escena” de
la Interbarrial del Parque Centenario, a la que impuso una metodología de funcionamiento que facilitara la posibilidad de
maniatarla y controlarla, despojándola de todo carácter asambleario. El
mecanismo de que los representantes de las asambleas sólo se limiten a informar
sobre lo votado, impide que se pongan en debate los grandes temas del día y asegura
que no lleguen a las demás asambleas las opiniones sobre temas generales que no
tienen por qué someterse a votaciones. De ese modo, se tendía a despojar a la Interbarrial (y a las
asambleas mismas) de toda potencialidad como organizador democrático para la
lucha. El mayor ejemplo de esta nefasta metodología, se vio a posteriori
del cacerolazo nacional del viernes 25 de enero, cuando sólo se habló de las
resoluciones previas tomadas por las asambleas, que tenían que ver con sumarse
a la marcha que convocaban D’Elía y Alderete el lunes 28. Ni una sola palabra
se dijo en torno a evaluar el éxito de la jornada del 25 ni a cómo darle
continuidad. Esto signó el comienzo del
declive de la Interbarrial.
Por su lado,
las organizaciones de la izquierda más conocidas, en particular el PO y el MST,
en nada contribuyeron a revertir esa dinámica. Por el contrario, guiadas por la
misma metodología, se embarcaron de lleno en un torneo para ver quién lograba
“copar” la dirección del movimiento asambleario por la vía de tener el control
de las resoluciones tomadas en el Parque Centenario. Así, sin cambiar un
milímetro los mecanismos de funcionamiento, se contentaron con llegar a la
realización de la proclamada “Asamblea Nacional de Asambleas” (el 17 de marzo)
como un evento carente de participación popular y absolutamente integrado por
la militancia de los diversos partidos que, mediante el simple mecanismo de
votar representantes cuando quedan 20 personas en asambleas que se iniciaron
con 100, se adjudicaron la representación de las mismas, para dejar votado un
programa político afín a la “capilla” que hubiese logrado reunir mayor número
de militantes esa semana. Con la misma mecánica se había también organizado la
llamada “Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados” convocada
por el “Bloque Piquetero” (PO, Martino, la corriente de Castells –que va y
viene– y otras fuerzas, los días 16 y 17 de febrero) que no fue más que un
bochornoso evento ultraburocrático, exclusivamente destinado a tratar de no
quedar por fuera de la administración de la miseria bajo la forma del reparto
de planes Trabajar o como se llamen (si es que no terminan de desaparecer; ver
nota en página 2). Y hoy asistimos al punto más bajo en el derrumbe de la
Interbarrial, cuando directamente se resolvió la realización y modalidad de un
acto el 1ro. de Mayo eliminando toda votación y reemplazándola por la sumatoria
de los pronunciamientos positivos de 32 asambleas. Con este funcionamiento,
queda claro, no hace falta que la gente asista durante horas a una reunión de
coordinación semanal en la que no tendrá ni voz, ni voto, y que es sólo un
terrenito donde dirimir las disputas entre el MST “asambleario” y el PO
“piquetero” (y, secundariamente, otras fuerzas).
En síntesis,
tanto el comportamiento de la CTA (con la que, en lo fundamental, coincide
políticamente hoy el Partido Comunista) como el del grueso de la izquierda “de
oposición”, han contribuido grandemente al vaciamiento de las asambleas por un
lado, y al de la Interbarrial por el otro (ya que cada vez son más las
asambleas que optaron por desconocerla y dejar de participar en ella). El
miserable objetivo de hacerse dueño de un “sello” sigue estando muy por encima
de las necesidades reales y acuciantes del pueblo trabajador, aun en esta Argentina
nueva en la que nacieron la rebeldía y el rechazo a decenas de años de
monolitismo burocrático, arbitrariedad y “verticalismo” en las organizaciones
políticas populares y en los “cuerpos orgánicos” sindicales.
Un camino abierto
En la última
edición de Bandera Roja (Nro. 56,
21/3/2002) decíamos que “en medio de estos traspiés, las asambleas populares
han abierto un camino que será muy difícil cerrar”. Creemos que esta definición
conserva plena vigencia. Por lo pronto, son muchas las que han comenzado a
tender lazos para una coordinación interzonal (que tampoco estará libre de las
embestidas del enemigo, por lo que es decisivo aprender de la experiencia hecha
en el Parque Centenario para evitar que se repita a escalas regionales). La
mayoría comienza a preocuparse por tratar de dar respuestas prácticas a
urgencias inmediatas, como las exigencias de medicamentos a grandes
laboratorios para proveer a los hospitales de la zona, y de comestibles a los
grandes supermercados, además de articular ollas populares para alimentar a los
más desprotegidos. Otras han comenzado a tomar iniciativas ante los cortes de
los servicios públicos. Estos pequeños
logros cotidianos –que es necesario multiplicar–, contribuyen grandemente
al fortalecimiento de las asambleas y su implantación real en los barrios.
Aclaremos, de paso, que estas tareas nada tienen que ver con los proyectos de
“ferias de trueque” o “huertas comunitarias” que –al margen de que no tengan
nada de malo en sí mismas– son microemprendimientos que el sistema alienta para
crear la ilusión de que todos podríamos, por esas vías, resolver los problemas
de la desocupación y el abastecimiento si tenemos un poco de imaginación e
iniciativa.
Nos guste o
no, el camino que tenemos por delante es
avanzar en la construcción de poder popular, hasta enterrar el poder de los
asaltantes capitalistas para imponer el propio: sólo así podrán empezar a
esbozarse posibilidades de solución a problemas de fondo. En ese objetivo,
defender la unidad, trabajar por la masividad y el funcionamiento democrático
del movimiento son tareas imprescindibles que es necesario desarrollar con
paciencia, en una práctica cotidiana que no sucumba en la desmoralización ante
los primeros tropiezos, ni se vuele en las alas de imaginarios “triunfos”. El
diálogo “mano a mano”, el timbreo casa por casa, el debate franco y sereno, el
intercambio respetuoso de opiniones, son herramientas privilegiadas para ir
tejiendo los lazos de una red de explotados que priorice todo aquello que nos
une, que es mucho más fuerte y potencialmente poderoso que las miles y miles de
maniobras que el enemigo se da para dividirnos y desmoralizarnos.
La crisis
del enemigo está a la vista. Falta que quede así de claro ante los ojos del
pueblo trabajador, que lo que le posibilita seguir mandando es que, pese a
todo, conserva el poder. Y que para dar vuelta la situación en nuestro favor,
tenemos que disponernos a disputárselo.
En esta
realidad, tenemos todo para perder. En
esa disputa, tenemos un mundo por ganar. Que saquemos esta simple
conclusión, es lo único a lo que los explotadores tienen pánico: por eso sus
múltiples agentes trabajan denodadamente para destruir los ámbitos asamblearios
–donde confluyen trabajadores ocupados, desocupados, estudiantes, jubilados,
pequeños ahorristas, militantes, ex militantes, etc.–, que son los que sientan
las bases materiales para que el pueblo, colectivamente, pueda arribar a dicha
conclusión, y actuar en consecuencia.
L. Rubiales