Liquidar el poder de los ricos

No hay otra salida

 

 

La rebelión popular iniciada el 19 y 20 de diciembre logró derrotar a un gobierno moribundo y, en lo fundamental, abrió un proceso de cuestionamiento y debate en la cabeza de millones de trabajadores y sectores populares sobre “verdades” que parecían incontrovertibles, sobre todo en los ’90.

Hoy, frente al cadáver insepulto del régimen que (con dictadura militar o gobiernos constitucionales) durante más de un cuarto de siglo condujo a la catástrofe actual, millones de explotados no sólo ponen en cuestión los viejos valores–impuestos primero a balazos y después con votos y falsas ilusiones– sino que se preguntan si hay alguna salida a este desbarranque.

Nosotros afirmamos que sí, que la hay. Pero no mediante cambios cosméticos que no modifiquen nada fundamental, como los que intentan los capitalistas y sus capataces políticos, eclesiásticos y militares.

Hay que cambiar el fondo de la cuestión: construir un poder de los trabajadores y el pueblo para enfrentar el poder de los ricos chupasangre, derrumbarlo, expropiar a los expropiadores y saquedores del pueblo y repartir colectivamente las riquezas que se producen colectivamente.

Es un cambio muy difícil y es necesario estar dispuesto a dar una lucha revolucionaria, muy dura, contra la minoría de hipermillonarios y los capataces de civil o uniformados que viven de su alcahuetería. Por más esfuerzos y dificultades que presente, es el único camino posible y realista. Lo demás es puro palabrerío, como lo demuestran los últimos 26 años de historia.

El capitalismo argentino es un cáncer y sólo podrá el pueblo vivir en salud, extirpando al capitalismo y su socio mayor imperialista. Es una tarea revolucionaria que sólo puede realizarse a escala continental e internacional.

 

Hay un colapso general del país en un marco internacional grave. A partir del golpe militar de 1976, el salto en la crisis es de calidad. Esquemáticamente, podemos decir que este cuarto de siglo estuvo marcado, en primer lugar, por un salto en la colonización imperialista del país y por el entrelazamiento y asociación de la gran burguesía argentina con la internacional. En segundo lugar, por un peso descomunal del capital financiero, lo que está unido pero es, en parte, independiente del tercer aspecto: el colosal endeudamiento del país, la transferencia “a futuro” de los problemas en un embudo que rebalsó. Es la “tablita” de Martínez de Hoz y la convertibilidad de Cavallo. Que este personaje sea el mismo que estatizó la deuda de los capitalistas privados, y luego fuera el “hombre fuerte” de Menem y De la Rúa, es un símbolo de la continuidad trágica de estos años. El cuarto elemento, tiene que ver con una descomunal concentración de la riqueza, el dominio completo de los monopolios en detrimento de las empresas con una baja composición orgánica del capital [o sea mucho peso del capital variable (salarios) sobre el capital constante (maquinaria, instalaciones, tecnología)] que se hicieron no competitivas frente a las de alta o mayor tecnología.

    Desde el punto de vista sociológico, este conjunto de elementos trajo aparejadas varias consecuencias. Una fue el achicamiento del proletariado de la industria de sustitución de importaciones y el crecimiento de los asalariados del sector servicios. La segunda fue el estrechamiento al máximo de las posibilidades de ascenso social de la pequeña burguesía propietaria de pequeños medios de producción, comercio y cambio. La tercera fue el bloqueo de las posibilidades de ascenso social independiente de la llamada pequeña burguesía “moderna” y su tendencia a ser parte del ejército de los que sólo tienen su fuerza de trabajo para vender. La cuartaes el crecimiento exponencial del sector cuentapropista expulsado de los trabajos “seguros”. Por último, el proceso de concentración en la burguesía produjo el hundimiento, expulsión o marginación de sus capas más bajas o medias e incluso de sectores superiores de ésta.

    En un país netamente urbano, estos parámetros también se aplican al campo y a todo lo que gira en torno a él.

    Todas estas transformaciones han producido, entre otras muchas cosas, niveles de pobreza e indigencia desconocidos hasta ahora. Que el 60% de los nuevos pobres (más del 50% de la población total) provenga de la mal llamada “clase media” es un dato ilustrativo de un colapso social vertiginoso.

 

También hay un colapso político-institucional del país que inauguró Perón más de medio siglo atrás, y de la “democracia” que siguió a la bancarrota de la dictadura.

    El avance en los elementos de colonización, no sólo económico, son gigantescos también en lo institucional, militar, diplomático, cultural y en el proceso de desintegración nacional.

    Toda la forma institucional que rigió en las últimas dos décadas se vino abajo. Esto se grafica en que un presidente que perdió las elecciones presidenciales hace apenas dos años, reemplaza al renunciante por elección de 250 personas.

    Por más que formalmente se mantengan, todo se desmoronó: el parlamento, los partidos, la justicia, la policía. Que parlamentarios y jueces no puedan salir a la calle sin correr el riesgo de ser agredidos en caso de ser reconocidos, es todo un emblema.

    Los partidos burgueses perdieron su razón de ser fundamental, que es la de encorsetar a las clases sociales populares. No sólo no las representan (nunca lo hicieron de verdad) sino que por primera vez esto está a la vista de millones. Los votos bronca, blanco y a la izquierda, del 14 de octubre, lo anticipaban. Diciembre lo hizo saltar por los aires y los que votaron al peronismo contra De la Rúa ahora deben soportar la misma medicina inyectada por Duhalde, el lejano perdedor de 1999.

    Cabe remarcar que este derrumbe incluye también a las más tradicionales instituciones del último medio siglo: las sindicales de los trabajadores. Moyano está apenado porque no puede salir a tomar un café, Daer ni se plantea el problema y De Gennaro está barranca abajo y todo indica que seguirá deslizándose en ese sentido.

    En lo fundamental las organizaciones tradicionales del movimiento sindical “fueron”, más allá de que en un proceso desigual y combinado se puedan recuperar algunas para la lucha (en particular en la periferia, como los ceramistas de Zanón, los mineros de Río Turbio y otros).

    El movimiento sindical, si no quiere desaparecer, tendrá que buscar nuevos cauces y formas de organización. Ello podrá ir entrelazado –de la forma que sea– con las asambleas populares. Tampoco descartamos que esté entrelazado con sectores de desocupados cuyas direcciones no sean comisionistas del Estado, cuya política está determinada por ese hecho material.

    Al Frepaso, que gobierna la Capital, se le puede entonar el verso tanguero de “una sombra ya pronto serás”, con el agregado de que ha dejado a millones de compañeros desilusionados y/o muy enojados con él. Sin dudas pueden recrearse nuevas estafas de ese estilo. Pero la situación social las hace más difíciles. El paso, en pocos meses, del apogeo a la decadencia y amesetamiento de Elisa Carrió, es un ejemplo de la necesidad de ilusiones y de los límites que la realidad impone a éstas.

 

Si bien no escapan a la crisis general, tienen un lugar particular dos instituciones, la Iglesia y las Fuerzas Armadas.

    La Iglesia busca reposicionarse (y los envíos de Cáritas España demuestran que es una política internacional) e incluso aparece cuestionando políticas de la clase dominante y el imperialismo. Lo hace para prestigiarse y también para no hundirse después de subirse a la concertación, un bote inestable en un mar encrespado. La Iglesia Católica es como un camaleón y dispone de una gran organización y aparato. Puede ser que en estos 20 años la jerarquía y/o la biología hayan desplazado a buena parte de la cúpula y la curia fascista o conexa. Pero sin desestimar su capacidad de engaño, tampoco hay que dejar de ver sus puntos flacos: la CTA (su principal punto de apoyo entre los trabajadores) está muy desprestigiada, y tampoco tiene un partido democráta cristiano (o como se llame) atractivo. Por otro lado, el intento de Carrió no tiene su principal peligro en la real contradicción que hay con la masonería de Alfredo Bravo y compañía, sino en la precariedad y fragilidad de su novel proyecto (el ARI), cuyo nacimiento estuvo lejos de ser impactante.

    Sobre las Fuerzas Armadas queremos realzar dos aspectos y una conclusión. El primer aspecto es que no se han terminado de reponer del genocidio y de la guerra por Malvinas perdida sin gloria ni honor. El segundo, es que el bajo perfil que vienen teniendo desde hace más de una década, incluida la autocrítica de Balza, mejora relativamente su posicionamiento en la sociedad, a pesar del tráfico de armas y otros escándalos, como la voladura de Río Tercero.

    La conclusión es que parece a todas luces prematura la posibilidad de una salida militar en el corto plazo, no sólo por lo antes mencionado sino también por lo incierto del conjunto de la situación, donde lo único claro es que la causa de los problemas no está en los trabajadores ni en una vanguardia de izquierda, sino en la aplicación consecuente y hasta el final de la política de la derecha y el imperialismo.

 

El gobierno ilegítimo y usurpador de Duhalde está empantanado en la crisis desde hace dos meses y medio. Quienes quisieron creer que, con él, vendría un cambio importante, pueden constatar que en todo lo fundamental hay una continuidad absoluta con De la Rúa, más allá de las palabras (en los hechos).

La devaluación provocó una caída del 60% en los salarios (en dólares), lo que se combina con una fuerte tendencia inflacionaria que va a continuar, sea por la escalada del dólar como también por la emisión de papelitos nacionales y provinciales como forma disfrazada de emisión de moneda.

Para los grandes capitalistas endeudados en dólares se prepara un seguro de cambio estatal de más de US$ 11.000 millones. Los grandes exportadores de soja, petróleo, gas, trigo y otros productos primarios, se van a embolsar una millonada extra descomunal, por más que discutan los irrisorios impuestos del gobierno a las hiperganancias.

La desocupación anda por las nubes y el ingreso per cápita medido en dólares bajó a menos de la mitad. La cifras de pobreza e indigencia son inmensas, y un epitafio para el régimen.

En casi tres meses de gestión no ha habido una sola medida a favor del pueblo y sí una caravana de arrodilladas interminables frente a Estados Unidos y al imperialismo mundial. El voto contra Cuba y el apoyo militar a los yanquis en la guerra en Colombia son también ejemplos rotundos.

Duhalde y su señora pueden hacer suyas las palabras del radical Pugliese cuando, en 1989, se lamentaba: “Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo” [refiriéndose a los grandes capitalistas nacionales e internacionales].

La Mesa de Concertación con la Iglesia, la ONU, los partidos patronales y la burocracia sindical da tantos frutos como un árbol seco.

Siendo una especie de Fujimori de origen parlamentario y teniendo los votos de su amplio bloque de “brazos enyesados, para lo que guste mandar”, el gobierno de Duhalde y señora es un gobierno viejo, ciego, sordo y paralítico para todo lo que no sean imposiciones del gran capital y el imperialismo.

Se confirmará o no el chiste que circula en la prensa capitalista internacional, que llama al gobierno de Duhalde “Semana Santa”, porque no se sabe si cae en marzo o en abril. Lo indudable es su notable fragilidad expresada en que su único punto fuerte es que nadie sabe qué hacer si se lo echa o si renuncia.

 

El bloque burgués-burocrático que lo sustenta carece de base social real en la población, por más punteros y matones que puedan mandar a la asamblea de los vecinos de Merlo en un indicio del renacimiento de la Triple A peronista. O por más maniobras que hagan la CTA, la Iglesia y sus acólitos para bombear la jornada del 24 de marzo de las Madres, apelando a todo tipo de confusión y a personas –como Estela Carlotto y otros– que el año pasado hablaron en el acto oficialista junto a Alfonsín y Storani, y a otros que fueron oficialistas con la Alianza, oficialistas con Rodríguez Saá, oficialistas con Duhalde y con el que venga tras él.

La contradicción central que hay en el país es que el régimen institucional se derrumba mucho más rápido de lo que emerge un nuevo poder de los trabajadores y el pueblo. Y sigue en pie el reaseguro del Estado, como una banda de hombres armados al servicio de la clase dominante (cosa que, lamentablemente, olvida o minimiza el grueso de la izquierda adaptada al régimen).

 

Las luchas defensivas que existen en muchos terrenos tienen una gran importancia: estatales, municipales y docentes pelean contra rebajas salariales o atraso en los pagos; fabriles contra los cierres (como los de Brukman y Zanón); así como cortes de rutas de piqueteros y de la vanguardia de los trabajadores desocupados. Todos ellos señalan un camino que hay que seguir recorriendo y mejorando.

Pero no alcanza. Hay que explicar, en el medio de las luchas y en forma muy paciente, que hay que hacer una revolución para terminar con el poder de los ricos e implementar un nuevo poder. Que ese nuevo poder tenemos que construirlo pacientemente a partir de lo que tenemos: las asambleas populares, los sindicatos y seccionales combativos (por muy pequeños que sean), los sectores luchadores del estudiantado y de los barrios. Hay que ir construyendo, en lucha mortal contra el burocratismo, un poder popular alternativo, democrático, y para la lucha por derrotar al poder de los ricos explotadores.

En el corto o mediano plazo, como mínimo, la Argentina capitalista, no tiene futuro.

La única salida posible es revolucionaria, anticapitalista, antimperialista y, también, antiburocrática: para que por primera vez el pueblo sea el real protagonista de su historia.

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