Economía
A
la deriva
Devaluación, pesificación, seguro de cambio, licuación
de pasivos, salvataje a bancos, inflación, indexación, corralito, bonos
provinciales, salarios congelados o en baja (y brusca caída en dólares), y
acuerdo con el Fondo Monetario. Algunas políticas que venimos sufriendo con
Menem y De la Rúa, y otras que se reeditaron de la dictadura y del gobierno de
Alfonsín, pero todas para beneficio de los de siempre: la clase propietaria más
concentrada, que el presidente “provisorio” Eduardo Duhalde defiende en su
“alianza con el trabajo y la producción”.
Desde que el ministro de Economía Jorge Remes Lenicov
instrumentó la salvaje devaluación de enero, los lobbistas nacionales y
extranjeros estuvieron más activos que nunca en los últimos años, y
consiguieron prebendas que ni en sus sueños más atrevidos habían imaginado. La
licuación de pasivos de los grandes grupos no bastó, y los importadores
arremetieron para que el Banco Central les siga vendiendo dólares a un precio
menor que el del mercado. Los exportadores salieron a pedir que les paguen en
dólares las deudas fiscales que quedaban pendientes, y pese a que el Gobierno
lo hizo puntillosamente, siguen reteniendo sus divisas en el exterior generando
nuevas disparadas en el valor del billete verde. Las privatizadas de servicios
públicos pretenden aumentar sus tarifas siguiendo la inflación, que ignoraron
mientras fue negativa (durante diez años) para indexar según los precios de
Estados Unidos.
Como en todo cambio brusco en las reglas de juego del
capitalismo, unos pocos ganaron mucho dinero en muy poco tiempo. Pero esta vez
el exceso los dejó al descubierto: la mayoría de la gente sabe que nadie le
exigió a Macri ni a Fortabat que amplíen sus inversiones o empleen más gente a
cambio de la licuación. También se sabe que una gran parte de las deudas
pesificadas de los grupos estaban “calzadas” con activos en el exterior (o sea
que tenían la misma cantidad de dólares que debían acá en un depósito en
Estados Unidos o Suiza). En principio la pesificación iba a ser para las deudas
inferiores a US$ 100.000, pero la presión –en medios de comunicación y
despachos oficiales– durante las semanas en que no se había definido ese techo
fue brutal y por todos los flancos, hasta que logró su objetivo de derribarlo.
La historia del despojo al que sometió al país la
burguesía se resume en un dato: el dinero que tienen los argentinos en el
exterior es equivalente a la deuda pública, que supera los US$ 130.000
millones. No hace falta recordar la bicicleta financiera, la patria contratista
ni la ganga de prestarle al Estado durante los ’90 a las tasas más altas del
mundo. Y lo destacable es que los apellidos se repiten, en algunos casos
incluso desde antes de 1810.
Plazos y esquizofrenia
El
3 de marzo último se cumplieron los 90 días que había puesto como máximo plazo
el ex superministro Domingo Cavallo para levantar el corralito. Tal como
anticipó Bandera Roja el mismo día que se implementó (ver Nº 55,
3/12/2001), la restricción bancaria no sólo se mantuvo sino que se redobló
cuando llegó Remes al Palacio de Hacienda, para proteger a los bancos de una
fuga de depósitos inédita y una quiebra masiva (todavía) inminente.
La esquizofrenia de poner fechas ridículas para la
terminación de los suplicios a los que someten a los trabajadores parece ser
una epidemia entre los gobernantes argentinos. Imitando a Mingo, Duhalde
dijo alegremente que el 9 de julio (en cuatro meses) vamos a estar festejando
el fin de la recesión, en una demostración de cuán irresponsable e improvisadamente
manejan la economía los inquilinos okupas de la Casa Rosada y aledaños.
No hay un plan, y los cambios sobre la marcha son política de Estado.
En realidad, la depresión que ya lleva cuatro años es la
peor –no lo discute nadie– de la historia del país, y no terminará en el 2002
sino que alcanzará nuevos récords. Las estimaciones oficiales marcan una caída
del 4,9% en el PBI para este año, aunque en el Fondo Monetario manejan una
cifra que llega casi al doble. Desde que empezó la recesión en 1998, el PBI
cayó 5,7%, y la población bajo la línea de pobreza es estimada por el Indec en
16 millones de personas (el 45% de los 36 millones de habitantes). En cuanto al
desempleo, el propio Remes admitió que alcanza al 22% de la población activa, o
sea unos 3,2 millones, que deben sumarse al 20% de subempleados.
¿Habíamos tocado fondo?
El aumento en el desempleo y los índices de pobreza
reflejaron la caída de todos los indicadores de la actividad económica en los
últimos años, pero con la devaluación quedó planteado un nuevo golpe para los
que menostienen, lo cual no quita que los anteriores se mantengan. Los efectos
regresivos de la inflación sobre los asalariados son el mecanismo histórico de
los patrones para quedarse con una porción más grande de la torta. En losdos
primeros meses del año el aumento del costo de vida ya cubrió un tercio de lo
que preveía el Gobierno para todo el año, y ese 5,1% sigue siendo mentiroso si
tenemos en cuenta que incluye a los servicios, que inexorablemente van hacia el
aumento aunque se mantengan congelados por un tiempo más. Así, el poder
adquisitivo de los sectores con ingresos fijos se licua, paradójicamente, al
mismo ritmo que se licuan las deudas de los grandes grupos. Y la indexación
amenaza con hacerles perder hasta su casa a los miles que se endeudaron durante
la “fiesta” del 1 a 1.
La
inflación golpea también a quienes cobran en submonedas, que son cada vez más.
Por mucho que proteste el FMI, el Gobierno no puede posponer ni un minuto el
estallido social sin emitir miles de millones en bonos basura. Ahora le
tocó el turno al joven hidalgo del progresismo porteño, Aníbal Ibarra, que tras
ver reducida la recaudación del municipio a la mitad en dos meses se vio
obligado a lanzar el suyo, incurriendo para colmo en la falta de respeto de
imprimirle la cara de la dirigenta socialista Alicia Moreau de Justo. Serán $
360 millones en el nuevo bono, que se sumarán a los casi 6.000 millones que ya
circulan contando los nacionales y provinciales. En las provincias más chicas
los papeles se aceptan en un muy pequeño porcentaje de la compra, y no los
reciben ni las empresas de servicios ni el fisco. Por eso sigue sin ser para
nada descartable que todos se desvaloricen en cuanto la gente deje de confiar
en ellos, pese a que eso no haya ocurrido hasta ahora con los de mayor
circulación.
Un final más abierto que nunca
La dinámica de los últimos tres meses fue imparable, y
se comió presidentes y ministros con una voracidad inédita. La crisis ya no le
puede plantear a la gente expectativas de ningún tipo en reciclajes reformistas
queno tienen nada para repartir –más allá de que tampoco tengan capital
político para ofrecer–, y desnudó la realidad de una fase capitalista
definitivamente agotada, la Convertibilidad. Qué parches pondrán y cuántos
meses (o semanas) durará cada uno dependerá de la paciencia de los millones de
sometidos del país. Pero las penurias que impone la vuelta de la inflación
harán seguramente que esa paciencia se agote más temprano que tarde.
ALBA
MERQUINI
¿Sirve
“nacionalizar” la banca?
La crisis del Banco de Galicia y su salvataje por parte
del Gobierno invitan a reflexionar, por tratarse del principal banco de
capitales “argentinos”, acerca de la alternativa de nacionalizar la banca, que
ya no es propuesta sólo por las agrupaciones de izquierda sino que pasó a ser
una de las principales reivindicaciones de las asambleas populares de Buenos
Aires y otras localidades. El colapso del sistema financiero, que entró en un
espiral de decadencia desde la llegada del “corralito”, mostró que los bancos
extranjeros no ofrecían ni un milímetro más de seguridad que los usureros de
estas pampas, mientras ambos se alzaban con el botín de los pequeños
ahorristas.
En medio de los increíbles esfuuerzos oficiales para rescatar a Eduardo
Escasany, los analistas burgueses vaticinan que la banca local pasará a estar
manejada cada vez más por grupos locales, dada la escasa propensión a invertir
dólares que muestra la plana mayor de los bancos multinacionales después de la
devaluación. Y la perfidia del poder llama a esto “nacionalización”,
simplemente porque esos nuevos dueños tendrán en sus portafolios, entre los
fajos de billetes y las tarjetas de crédito, un DNI argentino.
¿Queremos que una nueva tropa dde discípulos de Escasany (o de Carlos
Heller, el banquero rojo, en el mejor de los casos) maneje el dinero en
el país? ¿O queremos terminar de una vez con toda la usura, que es accesoria y
a la vez componente de la explotación? ¿Alcanza con nacionalizar la banca, en
términos que distinguen entre capitalistas por banderas que ellos mismos
ignoran? Incluso si el actual Estado manejara las entidades financieras, ¿se
solucionaría algo? El Banco Nación es un ejemplo elocuente de lo falaz de ese
razonamiento, al igual que la bancarrota de los bancos provinciales.
Los banqueros deben ser expropiiados sin ningún tipo de indemnización, y
sobre todo sin ningún tipo de distinción entre nacionales y extranjeros, así
como el resto de los grandes capitalistas que tienen negocios en la Argentina.
Sólo cuando todo eso pase a manos de los trabajadores y los explotados habrá
salida a la crisis actual. Es ése un verdadero horizonte de lucha, y la
estrategia que tenemos los revolucionarios para no caer en falsas dicotomías
fogoneadas desde arriba.
A.
M.