La ocupación de
Brukman(*)
Trabajo, resistencia
y dignidad
“Hay
que decir la verdad, en una época estuvimos muy bien”.
La frase, que podría pertenecer a más de uno en el contexto de la peor crisis
económica que haya vivido la Argentina en su historia, la dice Marta, una de
las trabajadoras de la fábrica textil Brukman que resisten juntas la fría
soledad de la calle y el desempleo.
Es cierto que una vez
estuvieron mejor. El taller de Jujuy y México llegó a ocupar no hace demasiado
a 200 personas que ganaban un promedio de $ 600 por mes, pero fue declinando
sus ventas y producción, y expulsando gente que engrosó las estadísticas
oficiales de desocupación. Cuando el vaciamiento patronal llegó al extremo de
pretender pagar a los obreros $ 2 después de una semana de trabajo, se cortó la
soga y empezó la toma de las instalaciones, que continúan hoy funcionando pese
a los argumentos que levantaban los dueños respecto de la inviabilidad del
negocio.
Marta está entusiasmada por
mostrar todo lo que hicieron, por hacer ver la fábrica a quienes nos acercamos
a la puerta mientras afuera hay un acto de apoyo a la toma. “Juntamos todas
las máquinas en el tercer piso, así estamos más cerca –cuenta– y dejamos
el sexto para las asambleas”. Nos explica en detalle todo el proceso de
producción, y se alegra por nuestro interés, aunque se la ve cansada por la
noche que pasó en la fábrica, donde duermen por turnos cada cuatro días para
que no los desaloje la policía.
Cuenta también que la toma
no fue violenta, casi disculpándose aunque nadie le haya pedido disculpas a
ella en ningún momento. “Nos pagaban por quincena, yo ganaba un poco más de
300 hasta el quilombo. Pero después nos empezaron a deber plata, y nos tiraban
algo los viernes para zafar. Las últimas vueltas nos dieron 5 pesos, y un
viernes nos quisieron dar 2. Nosotras nos plantamos, junto con los encargados y
el portero, y al final nos dieron las llaves y nos dijeron‘si pueden seguir así,
sigan ustedes’.”
De los 115 que trabajaban en
la planta, casi la mitad decidió quedarse. Ahora ganan todos lo mismo, y lo que
producen lo venden en el negocio que da a Jujuy, mientras esperan reactivar las
ventas a comercios minoristas. Elproblema es que para eso necesitamos el
apoyo del Gobierno, o alguien que les asegure a los clientes que vamos a poder
cumplir, porque ellos tienen miedo de pagarnos y que de repente nos saquen de
acá, por las buenas o por las malas, se queja Marta.
Los números de la fábrica
los maneja una comisión de trabajadoras que rinde cuentas permanentemente a la
asamblea. En el taller se apilan rollos de tela, cajas de botones y bolsas de
yerba, que casi no tienen lugar entre las filas de máquinas de coser, alineadas
de siete en fondo. Un par de fotógrafos aficionados y algún otro grupo de
curiosos como nosotros caminan detrás de varias compañeras de Marta, que
también están orgullosas de su valor, aunque temen lo peor. “Y… algo de
miedo tenemos”, confiesa nuestra guía, borrando por un instante la sonrisa
de su boca.
Pero la implacable dureza
del valor se impone, y sigue mostrándonos los rincones de la fábrica. “Yo
antes sólo hacía ojales, pero ahora que nos juntamos y cada una hace varias
tareas”, nos dice antes de mostrarnos algunos trajes terminados. Alguien
teoriza acerca del control del proceso productivo, y de la división del trabajo
como alienante del trabajador manual. Marta asiente sin prestar demasiada
atención, y me viene a la cabeza aquello que decía Lenin, sobre cómo se aprende
más en una semana de práctica que en años de teoría.
Problemas internos no
faltan. Hubo quienes pretendían cobrar más que sus compañeros porque tenían
mayor antigüedad o cargo de supervisores, pero se acordó que el retiro sería
igual para todos. También está presente el tema del compromiso con los demás. “Los
que llegaban tarde antes siguen llegando tarde ahora, pero somos todos
conscientes y nadie abusa.”
Antes de despedirnos nos
abraza y nos agradece por habernos acercado. Afuera el festival de apoyo sigue,
y varias compañeras venden empanadas para el fondo de huelga mientras se
alternan en el improvisado escenario algunos oradores y grupos de músicos. Miro
el cordón policial que desvía el tránsito por la calle México, y vuelvo a
mirarla a Marta, mientras se pierde entre los demás delantales de color rosa.
A. M.
(*) Este relato corresponde
al viernes 8 de marzo, un día antes de que se concretara el repudiable desalojo
violento por parte de la policía, dando cumplimiento a una orden judicial.
Algunas horas después, los efectivos policiales abandonaron el lugar, y Brukman
volvió a quedar en manos de sus trabajadoras.