Asambleas Populares

Unidad, masividad y democracia directa, para echar a los asaltantes capitalistas

   

Por primera vez en la Argentina del siglo XX hasta hoy, un amplio proceso de rebelión popular –trabajadores ocupados, desocupados, subocupados, jubilados, estudiantes, pequeños ahorristas, ex asalariados empujados compulsivamente al cuentapropismo– ha dado por tierra con dos gobiernos, ha puesto en cuestión toda la institucionalidad de la dominación capitalista, y ha dado lugar a la aparición de asambleas populares, como formas de organización de masas, ante la defección de los viejos sindicatos.

    Los reclamos de “Que se vayan todos” y “Fuera la Corte Suprema” (además de las demandas económicas) que coronaron las jornadas del 19 y 20 de diciembre y son ratificados semana tras semana por las asambleas barriales, pusieron de manifiesto el agotamiento absoluto de las ilusiones de las masas en una imposible enmienda del régimen político de la clase explotadora durante los últimos 20 años. El común denominador de los reclamos es, esencialmente, democrático.

    Un gran hecho, elemental y trascendental a la vez, que están mostrando las asambleas, es la ruptura del monolitismo del discurso burgués, por la vía del encuentro y el reconocimiento mutuo con “el de al lado”, al que por primera vez se está dispuesto a escuchar y de quien se espera que sea capaz de escuchar.

    Podría decirse que el individualismo inducido por la oleada neoliberal de los ’90, es uno de los grandes derrotados del 19-20 de diciembre.

 

Las asambleas existentes son un proceso incipiente y potencialmente revolucionario, y constituyen hoy una vanguardia popular en la que se mezclan votantes desencantados del PJ, la UCR y las variantes centroizquierdistas, militantes de diversas organizaciones, viejas camadas de ex militantes, y una nueva generación de jóvenes que se acerca por primera vez a la política.

    Estas definiciones tienen mucha importancia, ya que de ellas se desprenden tareas prioritarias que las asambleas tienen por delante en lo inmediato: defender la unidad de su heterogénea composición, y pelear por sumar a ellas a miles y miles de vecinos y a los trabajadores de las empresas de la zona (sea sumándolos a las ya existentes, o multiplicando el número de asambleas en las esquinas de barrio de todo el país). Una buena demostración de este carácter incipiente es la reciente aparición de asambleas en partidos como Merlo y otros del segundo cordón del Gran Buenos Aires que, si se generalizan, terminarán de enterrar al insepulto cadáver del PJ en sus tradicionales bastiones.

    Las asambleas actuales crean un ámbito favorable para forjar la unidad de los explotados (trabajadores ocupados, desocupados, subocupados, estudiantes, pequeños ahorristas, jubilados, etc.), sobre la base del respeto por las decisiones de cada sector para sus demandas específicas, y de una metodología de democracia directa, que puede sentar las bases para un proceso de reorganización del movimiento de masas, tanto en los planos reivindicativos como políticos.

    Dado que se trata de un fenómeno incipiente y dinámico –en construcción–, no podemos hacer un fetiche de sus formas actuales. Intervenimos en ellas para colaborar en su desarrollo (sea cual sea el ámbito en que se den, territorial, gremial, etc.), atentos y abiertos a las mutaciones y transformaciones que muy probablemente van a sufrir. De lo que estamos seguros es de que el movimiento de masas ya no volverá hacia atrás, hacia sus viejas formas de organización que han caducado acompañando el agotamiento de un capitalismo “benefactor”, al que se le podían arrancar algunas concesiones ejerciendo medidas de presión. Por supuesto, esto no excluye que–en determinados casos y circunstancias– mantengamos actividad en el seno de los viejos sindicatos, dando una pelea por barrer de ellos a las burocracias, sino que esta pelea se realimenta hoy desde otro ámbito.

    La defensa de la unidad en el seno de las asambleas, al igual que su extensión-masificación, son vitales para el avance del movimiento. Sin unidad no habrá masividad, y sin masividad no habrá ninguna posibilidad de avanzar en la construcción de un poder popular, capaz de disputar el poder a los capitalistas y hacer realidad el “que se vayan todos”.

 

Sectarismo y autoproclamación

= ganancia para el enemigo

 

    Es en extremo importante, entonces, combatir la idea, que muchos fomentan, de que las asambleas ya tienen “un techo”, y los vecinos que no vienen “es porque no quieren”. De esta equivocada concepción son tributarias, como mínimo, tres políticas: 1) la de Altamira y el Partido Obrero, que apuestan a que el movimiento decaiga y se reabsorba en los partidos(*); 2) la de otras corrientes de izquierda que las ven como equivalentes locales de los “soviets” rusos, en las que “ejercemos nuestro poder”, y les adjudican la posibilidad de gobernar y ejercer poder ya, en coherencia con lo cual conciben a la precaria Interbarrial en una suerte de “congreso de los soviets”; y 3) la de quienes pretenden congelarlas en su composición actual, para convertirlas en una especie de nuevo partido que pueda integrarse a las instituciones del actual poder (incluidas las diversas formulaciones por una “asamblea constituyente”).

     En esto último coinciden tanto la CTA-Frenapo (que pretende expulsar de las asambleas a la militancia de izquierda) como las organizaciones de izquierda (que desearían desterrar de las asambleas a todo vecino que no adhiera a su programa político y/o siga definiéndose como peronista, radical, del ARI, etc.).

    Semejante soberbia sectaria por parte de muchas organizaciones de la izquierda –y en el caso de la CTA-Frenapo, una deliberada y malintencionada política– no conduce más que al aislamiento y la reducción del movimiento asambleario, y condena a la abrumadora mayoría de la gente a buscar respuestas en los viejos ámbitos institucionales, sólo que cambiando el signo político del “salvador” que les vuelva a decir “Síganme”.

    Por las mismas razones, consideramos altamente negativas las propuestas que artificiosamente tienden a “institucionalizarlas”, reglamentarlas y/o maniatarlas a cualquier tipo de “aparato” (obviamente si es de derecha pero también de izquierda, y así los dirigiéramos nosotros mismos). Impulsamos la coordinación práctica entre las distintas asambleas para facilitar la realización de acciones en común, pero desalentamos los mecanismos “cerrados” de mesas de enlace interbarriales que, sin ninguna representatividad real, pretenden imponer programas políticos, mecanismos de funcionamiento y temarios uniformes.

 

Un partido “clandestino”  llamado CTA

 

    Resulta evidente que lo prioritario hoy para cada asamblea, es cómo crecer y multiplicarse, para lograr avanzar hacia un movimiento tumultuoso y multitudinario, coherente con los propósitos que le dieron origen (“Que se vayan todos”, “Fuera la Corte Suprema”).

    Para neutralizar estos objetivos, actúan en las asambleas diversas fuerzas. En lo fundamental, se trata de las corrientes que adscriben a las directivas más generales del Vaticano (y su reclamo por un imposible “capitalismo humano”), como la CTA-Frenapo. El PJ manda directamente a sus patotas a amedrentar a palazos a los vecinos que comienzan a reunirse en Merlo. Pero más sutilmente, la CTA-Frenapo alienta la deserción de los vecinos, con el argumento de que en ellas van a ser manipulados por la izquierda, a la vez que proponen –siempre que pueden– expulsar a los militantes de izquierda de las asambleas. La CTA actúa como una suerte de “partido clandestino” que, en nombre de un apartidismo mal entendido, trata de asfixiar el debate asambleario, en aras de supuestos “logros concretos” que pasan por el petitorio por un juicio político a los jueces, la coordinación de reclamos con los CGP (Centro de Gestión y Participación) del barrio, la discusión del “presupuesto participativo”, etcétera.

    Es también la CTA quien impuso la mecánica de funcionamiento de la Interbarrial de Parque Centenario, desde el sonido atronador de “Santa Revuelta” hasta la lista de oradores restringida a un representante por asamblea, que debe limitarse a leer las resoluciones votadas en la misma. Con este simple expediente, se despojó a la Interbarrial de todo carácter asambleario, y se logró que de los casi 2.000 asistentes a las primeras convocatorias, se pasara a menos de 600 en la última (grandilocuentemente llamada Asamblea Nacional de Asambleas, el domingo 17 de marzo). El “golpe de gracia” en ese sentido, lo dio la Interbarrial del domingo 27 de enero que, tras el éxito del cacerolazo nacional del viernes 25, lo diluyó implementando la mecánica de sólo hablar de las resoluciones votadas en los barrios (cuyas asambleas no se habían reunido aún para evaluar el éxito que acababan de protagonizar), para dar protagonismo a la “marcha piquetera” del lunes 28 convocada por D’Elía (el gran ausente –¿desertor?– del 20 de diciembre).

     En medio de tediosas votaciones que fueron creciendo hasta llegar al absurdo de votar alrededor de 60 resoluciones, se fue desdibujando el potencial de la Interbarrial de transformarse en una nueva dirección para el conjunto del movimiento de masas a escala nacional, para pasar a ser un resumidero de consignas políticas que varían de tono según qué corriente política alcanzó mayor protagonismo en las asambleas de cada semana. Consignas políticas que, por un lado, no se asientan en ningún tipo de debate y, por el otro, reemplazan el necesario papel de organizador y coordinador de acciones de lucha práctica contundentes que podría cumplir la Interbarrial. Por el contrario, las acciones concretas se transformaron en rituales cuasi religiosos que sólo llevan al desgaste y la desmoralización, que tanto favorecen al gobierno y las grandes patronales.

     Lamentablemente, el grueso de la izquierda –en particular el PO y el MST– en nada se diferencian de esa política y esa metodología. Se limitan a repudiar las menciones de CTA o Frenapo, con lo cual no sólo no alertan sobre su accionar solapado sino que se hacen parte de todas sus propuestas. Como última muestra, está la decisión de concentrarse como Interbarrial “en forma independiente” el 24 de marzo a las 18 horas en Congreso para marchar a Plaza de Mayo, pero por supuesto sin mencionar que ésa es la convocatoria lanzada por “Memoria, Verdad y Justicia”, y ni que hablar de publicitar la jornada organizada por la Asoc. Madres de Plaza de Mayo que encabeza Hebe de Bonafini.

 

Hacia adelante

 

    En medio de todos estos traspiés, las asambleas populares han abierto un camino que será muy difícil cerrar. Contra viento y marea, siguen reuniéndose semanalmente, y crecen en ellas una sana desconfianza hacia las instancias “centralizadoras” en simultáneo con una gran avidez política que deriva en reuniones específicas para profundizar el debate de temas generales, a la par de acciones de lucha concretas para dar respuesta a urgencias impostergables (consecución de medicamentos o alimentos, reconexión de servicios públicos cortados por falta de pago, autodefensa ante los ataques de las patotas, etc.).

    Lejos de tratar de “poner orden” en ellas, creemos imprescindible alentar el mayor “desorden”; lo que significa que de cada asamblea salgan grupitos dispuestos a recorrer las calles, a tocar timbres, a trabajar cotidianamente en el barrio para explicar pacientemente a cada vecino por qué es importante su presencia y participación. Y para que pueda realmente sumarse y participar, no puede haber una estructura cerrada que dé por resueltos programas políticos que nadie ha tenido la oportunidad de debatir. Por eso es también importante fijar un horario de finalización de la asamblea, para que las resoluciones se tomen con la totalidad de los vecinos presentes, y no cuando quedan “pocos pero buenos”. Es la hora de alentar la rebeldía y de canalizarla en una práctica de democracia directa fundada en la paciencia ante los que se acercan por primera vez, en saber escuchar todas las opiniones, en el debate fraterno y respetuoso.

    Unidad, masividad y funcionamiento democrático, son requisitos indispensables para poder ir construyendo poder popular, avanzar en su desarrollo, cultivarlo y construirlo en una práctica cotidiana que, como tarea número uno, debe proponerse crecer en forma tumultuosa y multitudinaria. Avanzar en organización al compás de ese crecimiento, para realimentar nuevas y superiores acciones de lucha hasta proponerse la disputa misma del poder, para quitárselo a los asaltantes capitalistas e instaurar el propio.

 

LISANDRO RUBIALES

 

(*) En declaraciones a La Nación (24/2/2002) Altamira dice: “[Se] necesita una transformación social, pero para eso hay que tener un programa y sólo puede ser dado por los partidos” (…) “La clase media se siente cómoda participando con una metodología que le es afín”. Y sigue el periodista de La Nación: “Altamira prevé que en algún momento esta militancia entrará en reflujo y espera que se canalice en los partidos”.

 

 

 

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