COLAPSO
Estamos
transitando el colapso que la clase capitalista viene incubando desde hace más
de un cuarto de siglo.
Hay una virtual cesación de pagos interna.
El riesgo país y las tasas de interés están tan por las nubes que la economía
está prácticamente paralizada. Las movidas desesperadas de Cavallo no son parte
de ningún plan sino vulgares movidas a fin de retrasar la postración
definitiva. No hay recambio político burgués por la sencilla razón de que
carecen de plan económico alternativo real, que no sean meras palabras.
Las únicas soluciones realistas son las de
una revolución antimperialista-anticapitalista que cambie de manos el poder, y
que pasen a ejercerlo millones de trabajadores, explotados y oprimidos mediante
sus propios organismos de lucha. Esto es, obviamente, muy difícil, pero mucho
más realizable que esperar que Cavallo deje de saquear los dineros del pueblo
cuando haya vencido su plan “90 días”.
l Desde la crisis final del gobierno de Isabel
Perón, y bajo las formas más diversas, pegó un salto la asociación ilícita
entre los grandes capitalistas argentinos y el capital financiero
internacional. Esa “yunta” dio lugar a otros saltos: en el proceso de
colonización del país y en la completa integración de la alta burguesía local
al capital financiero internacional.
Después de vender todas las joyas de la
abuela a precios de liquidación, ya no quedan ni las ruedas de su silla. Entre
tanto, los grandes pulpos beneficiarios de las privatizaciones, fugaron a los
paraísos fiscales más de $ 100.000 millones y en unos pocos años, acumularon
mega fortunas mediante operaciones lindantes con el delito, sea por robo al
Estado, al pueblo, o por lavado de dinero proveniente del narcotráfico y otras
mil formas del crimen. Se consumó un gigantesco saqueo, apoyado en una
desocupación récord y en la hiperexplotación de millones de trabajadores para
quienes la jornada de ocho horas y demás leyes de protección laboral, son sólo
un buen recuerdo.
l Este proceso de crisis económica,
descomposición social y política ha entrado en la recta final. No se trata sólo
del colapso global de las cuentas públicas y privadas: toda la estructura
social tradicional está hecha trizas. La desocupación, la pauperización creciente
de la clase media, los altísimos niveles de violencia social –que la derecha
esgrime como excusa para avanzar hacia un Estado más represivo– y los recientes
anuncios de Cavallo que significan una cesación interna de pagos, conforman un
cuadro de fuerte crisis social, opuesta al más elemental funcionamiento
democrático.
Los trabajadores se defienden como pueden,
en medio de la debacle de los viejos esquemas sindicales que se correspondían
con una Argentina que hoy ya no existe, y los incipientes esfuerzos por nuevas
formas de organización para la lucha, participativa y democrática. Con el peso
del desconcierto ante la necesidad de pelear en una realidad diferente de la
aprendida en los últimos cincuenta años, se van dando batallas compartimentadas
que es necesario extender, coordinar y generalizar. Y prepararse también para
defenderse de la represión creciente. No sólo se encarcelan luchadores como Alí
o Castells, sino que se extiende el despliegue policial y de grupos de elite,
se proyecta un salto en la llamada “seguridad interna”, y la Federal se
“entrena” reprimiendo salvajemente, en la madrugada, una protesta por falta de
atención médica de discapacitados que acampaban en la Plaza de Mayo.
l Varios elementos venían indicando, desde hace
unos meses, hacia dónde iba el país. Quizás el primero fue la caída de Franja
Morada en la universidad, frente a quien fuera que se le opusiese (desde la
izquierda y sectores independientes hasta nuevos grupos contestatarios). Se
derrumbó un reinado que duró casi 20 años y que fue el preanuncio de lo que iba
a expresarse en las urnas el 14 de octubre.
Las elecciones nacionales pusieron sobre el
tapete tres fenómenos centrales, absolutamente previsibles visto el acontecer
de los últimos años.
El primer hecho fue el derrumbe estrepitoso
de la Alianza, derrotada en todos los distritos (donde logró algún éxito fue
porque desplegó un discurso opositor, aun siendo gobierno).
El segundo, es el llamado “voto bronca” que
expresó –con las deformaciones propias de un proceso electoral– un rechazo
global al sistema y a sus partidos.
El tercer hecho es que, aun presentándose en
condiciones nada óptimas, la izquierda obtuvo casi un millón y medio de votos.
En contraste, la derecha estilo Patti –que intentaba agrandarse– fue defenestrada.
Y el justicialismo, que supuestamente ganó, perdió un millón de votos respecto
de las elecciones de 1999.
l El conjunto muestra una tendencia hacia el
quiebre institucional, lo que no equivale necesariamente a un tradicional golpe
de Estado (porque no hay quien lo dé, ya que el partido militar está gravemente
herido).
En el terreno de la Justicia, se expresa una
completa subversión de valores. La Corte Suprema resuelve la liberación de
Menem y su banda mediante el simple trámite de eliminar la carátula de
asociación ilícita. Parece no haber existido ni contrabando de armas, ni un
gobierno que lo realizara, ni la complicidad necesaria de un sinnúmero de
funcionarios (y esto no cambia porque el general Balza siga preso, ya que ello
se debe a que la vieja cúpula militar genocida le “bajó el pulgar”). De pronto,
la figura de asociación ilícita sólo es aplicable a la falsa doctora Rímolo.
Los partidos mayoritarios no están mejor, y
aparecen “tupacamarizados” entre dolarizadores y devaluadores. El peronismo
feudalizado, fragmentado, más aún con Menem suelto, profundiza sus divisiones
entre los presidenciables Menem-Duhalde, el bloque de los gobernadores chicos y
los otros muchos minibloques.
El acceso de Puerta a la presidencia del
Senado –virtual vicepresidencia de la Nación– no cambia en lo fundamental la
realidad del justicialismo: Puerta no representa un proyecto del peronismo,
sino que será el encargado de conducir un eventual interinato o bien adelantar
un llamado a elecciones en caso de renunciar De la Rúa (cosa nada descartable).
La centroizquierda intenta levantar la
cabeza del pozo en que cayó el 14 de octubre, en sus dos versiones: Carrió y
Farinello.
Por último, los pasos dados hacia la
dolarización y la bancarización de la economía, impusieron un retroceso al
frente productivo que pujaba por la devaluación (que tampoco traería soluciones
en una economía cuyo PBI sólo se exporta en un 10%).
l La izquierda ha producido un hecho nuevo, al
empezar a aparecer –a partir del 16 de noviembre– con una propuesta global
común “por una salida obrera y popular”. Abordando los principales problemas
del país, como el no pago de la deuda, la condena a la guerra contra
Afganistán, el rechazo a los ajustes, el apoyo a las luchas y la libertad de
los luchadores presos, la izquierda sintetiza sus propuestas con el eslogan
“Fuera De la Rúa-Cavallo - No al FMI”.
Es un camino a transitar, instrumentando
términos políticos y organizativos, explorando acuerdos entre los partidos y,
fundamentalmente, facilitando la irrupción de la mayoría de la militancia, que
no pertenece a ninguno de ellos, a través de la conformación de comités
unitarios de un bloque socialista cuya continuidad no dependa de los caprichos
de algún dirigente o partido. Un bloque asentado sobre el protagonismo
democrático, real y participativo de miles y miles de militantes que pongan su
energía en el impulso de todas las formas de lucha obrera y popular que sean
efectivas para expulsar al gobierno De la Rúa-Cavallo, poner contra las cuerdas
la arbitrariedad patronal y crear las organizaciones con las que construir un
poder que destierre al de los grandes capitalistas e imponga el de los
explotados y el pueblo trabajador. ·