Premio
Nobel de la Paz para Kofi Annan
Una
trayectoria explosiva
Por “su trabajo en favor de un
mundo mejor organizado y más pacífico”, la Organización de las Naciones Unidas
y su secretario general, el ghanés Kofi Annan, fueron distinguidos el 12 de
octubre último con el Premio Nobel de la Paz 2001, según lo anunció el Comité
Nobel en Oslo.
Vaya paradoja de este premio,
ya centenario, que establece un trío perfecto en contra de la paz como la ONU,
Annan y el famoso misántropo Alfred Nobel, a quien Discépolo le cantaría: “Hoy
me entero que tu madre/ noble viuda de un guerrero/ es la chorra de más fama/
que pisó la 33./ Y he sabido que el guerrero/ que murió lleno de honor/ ni
murió ni fue guerrero/ como me engrupiste vos./ Está en cana prontuariado/ como
agente ’e la camorra/ profesor de cachiporra/ malandrín y estafador”.
Detrás del mito que rodea a los premios Nobel hay una
historia guardada por los administradores y los ilustres miembros de la
Academia Sueca que “engrupen” al mundo anualmente concediendo estos galardones.
Esa historia comienza con Alfred Nobel pero llega hasta nuestros días por las
derivaciones esquizofrénicas entre la guerra y la paz, provenientes, en
principio, de la misma visión del ilustre dinamitero. Por algo Thomas S. Eliot,
poeta y dramaturgo angloestadounidense, dijo que el premio Nobel es “un billete
para la tumba”.
Alfred Nobel, padre de la industria bélica moderna, fue
inspirador de la doctrina del balance por el terror entre las superpotencias
sin que ello le resultara incompatible con la instauración de un premio por la
Paz.
Este químico sueco (1833-1896) se había hecho rico con la
invención de la dinamita. “Horrorizado por las aplicaciones bélicas de su
invento –dice Clarín el 5 de octubre pasado– se transformó en un ardiente
pacifista” y lo quiso demostrar en su testamento: “El capital constituirá un
fondo cuyo interés se distribuirá anualmente como recompensa a los que, durante
el año anterior, hayan brindado a la humanidad los mayores servicios”. Hasta
aquí la historia oficial que se repite no ingenuamente en manuales escolares y
en la prensa capitalista.
La otra historia, a la que alude Walter Goobar en la
revista El Porteño (diciembre de 1987), tiene otras alternativas. En otoño de
1864 volaba por los aires la primera fábrica de nitroglicerina montada
improvisadamente por Nobel en Suecia. Cinco personas murieron en la catástrofe,
entre ellas el hermano menor de Nobel. Pero el hombre no cejó en su intento. Años
más tarde, se convertiría en el padre de la dinamita, y sus otras dos fábricas,
instaladas con un permiso en áreas restringidas de la campiña sueca, correrían
la misma suerte. En la última explosión murieron 12 personas más.
Sus emprendimientos tenían el marco privilegiado de la
época de oro del industrialismo, tan relacionado con la dinamita y la
nitroglicerina de Nobel.
El misterio alrededor de la vida privada de Nobel fue
custodiado por los integrantes de la Fundación Nobel, quienes se vienen
encargando de entregar los premios, mostrando al mundo un símbolo internacional
de esfuerzo por la paz y el adelanto de la ciencia. Sin embargo, dos
inclinaciones curiosas y combinadas de nuestro personaje, abrieron algunas
fisuras sobre su personalidad tan celosamente guardada: la pasión por escribir
cartas y su manía administrativa. Muchas de esas cartas, 216, están guardadas
en el Archivo Nacional Sueco.
La mayoría de estas misivas estaban dirigidas a “mi
pequeña protegida”, Sofie Hees, una muchacha veinteañera a quien Nobel conoció
cuando ya era cuarentón y a quien instaló en un lujoso departamento de París. Nobel
satisfacía los requerimientos y caprichos de Sofie, y a la vez los registraba
meticulosamente en sus libros de contabilidad bajo el sugestivo rubro de
“Diablito”. Veinte años duró el romance que terminó cuando Sofie comenzó a
extorsionar a Nobel, amenazándolo con hacer públicas sus cartas cariñosas. Este
no es más que un aspecto privado y colorido. El resto de su epistolario denota
las claves de otras facetas de su personalidad no tan inofensivas que expresan
una visión del mundo muy particular.
Llegó una noche a proponerle a un grupo de pensadores
franceses que la policía debería habilitar un hotel para suicidas y así evitar
el espectáculo que habitualmente ofrecía el Sena, a cuyas aguas se arrojaban
estas personas desesperadas. Su misantropía es conmovedora.
Según su voluntad expresada en el testamento, la renta de
33 millones de coronas suecas más unas 350 patentes de inventos, se reparten
entre quienes “durante el año anterior hayan hecho los aportes más
significativos para la humanidad en las áreas de la física, la química, la
medicina, la literatura y para aquel que se haya dedicado a la tarea de
hermanar a los pueblos, abolir los ejércitos, y celebración de congresos de
paz”.
Sin embargo, el concepto de “abolición de los ejércitos”
adquiere un sentido particular en boca del artífice de explosivos como la
dinamita, la nitroglicerina y los devastadores cañones Bofors. Nobel expresa
las líneas generales de lo que luego fuera “la teoría del equilibrio por el
terror”, en una carta a la pacifista Berta von Suttner, cuando estima que, con
el aumento de la potencia detonante de las armas, los ejércitos se volverían
innecesarios.
El premio por él instituido no significó el
arrepentimiento por los millones de víctimas que sus inventos cobraron sino,
sencillamente, su objetivo fue que su nombre quedara inscripto en la historia.
El manejo del capital
La Fundación Nobel posee un Consejo de Administración
abocado a garantizar la reproducción del capital testamentado por Nobel. Los
intereses que devenga ese capital son destinados a los premios y a los gastos
propios de administración. Uno de los secretos mejor guardados por los
integrantes de este consejo se refiere a los lugares donde está invertido un
capital que produce tan buenos dividendos. A pesar de ello, se sabe que en el
año 1967 el paquete accionario abarcaba no menos de 85 empresas suecas y 49
empresas de otros orígenes. Se sabe también que en 1987 controlaba importantes
partidas accionarias en el conglomerado japonés Sony, en la Compañía de Gas de
Washington y en empresas suecas como Volvo, Atla Copco, AGA y Mc Donald’s.
El propio Alfred Nobel sentó las bases de lo que hoy es
uno de los más importantes consorcios fabricantes de armas, la fábrica Bofors,
famosa en todo el mundo por sus piezas de artillería, municiones y explosivos,
presentes a ambos lados de la línea de fuego en todos los conflictos bélicos de
la historia contemporánea y que en 1987 fue investigado por su presunta
participación en el asesinato del primer ministro sueco Olf Palme.
Los miembros de la Fundación no saben, no responden, cada
vez que se les ha inquirido acerca de las inversiones en la industria bélica. A
lo sumo llegan a decir que en última instancia es el Banco de la Nación de
Suecia el que cuida los bienes financieros y que, como todo banco, puede
acomodar sus dineros donde más reditúen, sin que importe cómo.
Sin embargo, no existen dudas acerca de que quienes
administran los fondos de la Fundación Nobel han perpetuado esa tradición
iniciada por el propio Alfred Nobel. Stig Ramel, el director de la Fundación
Nobel desde 1972 hasta 1992, alternaba su tarea de administrar la economía de
los premios Nobel con la labor de asesor internacional del consorcio
norteamericano Rockwell, que fabrica los superbombarderos B1 y el sistema de
encendido de los misiles nucleares.
Paz. ¿Qué paz?
El procedimiento para elegir a los premiados es siempre
el mismo. Se inicia con la presentación de los candidatos avalados por
científicos y académicos de todo el mundo. La evaluación se realiza de febrero
a octubre, cuando se difunde el nombre de los ganadores. En este caso el de
Kofi Annan y la ONU. Los premios se entregan el 10 de diciembre (día de la
muerte de Alfred Nobel) en la Sala de Conciertos de Estocolmo, en una ceremonia
que preside el rey de Suecia.
El premio Nobel de la Paz lo define un comité integrado
por cinco personalidades elegidas por el Parlamento noruego, ya que en vida de
Alfred Nobel ese país integraba el reino de Suecia. Para el Nobel de la Paz de
este año se habían propuesto 126 candidatos, entre ellos 28 organizaciones,
como la Cruz Roja. Cualquiera de los premios puede declararse desierto; una
opción que hubiera resultado lógica y comprensible para el 2001, cuando el
mundo presenta un espectáculo dantesco, pero no por culpa del pobre Dante sino
por la barbarie a la que lo ha llevado el capitalismo.
Hoy el planeta está enfermo de guerras –agonizante por
las hambrunas que sufren 1.600 millones de personas, incluyendo los 36.000
niños que mueren por día– y amenazado por la generación constante de nuevas
armas mortíferas y hasta “no letales” con las que, elegantemente, los Estados
Unidos profundizan y consolidan el dominio del mundo día a día. ¿Qué hizo la
ONU para que esto no ocurriera? ¿Qué hizo Kofi Annan para acercar a los
pueblos, acabar con la carrera armamentista y abolir los ejércitos, según lo
idealizó el inventor de la dinamita?
Estas preguntas tampoco pudieron ser contestadas en 1973,
cuando la Fundación Nobel otorgó el Premio Nobel de la Paz a Henry Kissinger,
ex secretario de Estado norteamericano que fuera cuestionado a afines del año
pasado, desde la Cátedra Unesco sobre Paz. La Cátedra reclamó que se le retire
el premio a Kissinger por “su implicación, entre otras violaciones de derechos
humanos, en la política interna de Chile durante la presidencia de Salvador
Allende, y su complicidad en el golpe de Estado y posterior dictadura de
Pinochet”.
Para el titular del Comité de la Fundación Nobel, Gunnar
Berge, el premio de la Paz 2001 es “para Naciones Unidas y para su secretario
general, Kofi Annan, con el deseo de proclamar que la única vía negociable
hacia la paz y la cooperación mundiales pasa por la ONU”. Como deseo, parece
resultar un tanto irrealizable.
Annan, por otra parte, según el fallo del Comité de la
Fundación Nobel “ha afianzado la tradicional responsabilidad de la ONU en favor
de la paz y la seguridad y también ha reforzado sus obligaciones con respecto a
las políticas de defensa de los Derechos Humanos en todo el mundo” (Clarín,
13/10/2001).
Los sobrevivientes de Ruanda en 1994 y la ciudad de
Srebrenica, en Bosnia, en 1995, no piensan lo mismo que la Fundación Nobel.
El presidente de la asociación que reúne a la mayoría de
los sobrevivientes del genocidio en Ruanda, Antoine Mugesera, afirmó: “Con su
nombramiento el jurado cometió un error. Luego de que él fracasara así en
Ruanda, ¿cómo es posible que reciba un premio tan importante?”.
Desde Bosnia, la agrupación de mujeres que sobrevivieron
a la masacre de Srebrenica, cometida por los serbios contra los bosnios
musulmanes, afirmó que “la ONU encubrió la matanza y no hizo nada para
ayudarnos. Hoy en día, se los recompensa en vez de considerarlos responsables”,
declaró indignada Fabra Kulenovic, de 42 años, miembro de la asociación.
Pero, ¿quién es Kofi Annan?
Nació el 8 de abril de 1938, en Kumasi (Ghana, Africa)
donde estudió en la Universidad de Ciencia y Tecnología. Se formó como
economista en Estados Unidos a partir de 1961 y como experto en relaciones
internacionales en Suiza, país en el que ingresó a las Naciones Unidas en 1962,
como oficial administrativo en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Desde
entonces ha trabajado en la Comisión Económica para Africa (Cepa) en Addis
Adeba; en el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados
(ACNUR) en Ginebra; en la sede de la ONU en Nueva York en el área de Recursos
Humanos y Seguridad (1987-1990) y en Planificación de Programas, Presupuesto y
Finanzas (1990-1992).
En 1990 repatrió, a pedido del secretario general de la
Naciones Unidas, a más de 900 funcionarios internacionales y ciudadanos de
países occidentales a Irak, a raíz de la invasión a Kuwait. Luego dirigió el
primer equipo de las Naciones Unidas que negoció con Irak la venta de petróleo
para financiar la compra de “ayuda humanitaria”.
Como secretario general adjunto (1993/1996) se encontró
con un incremento sin precedentes del tamaño y el alcance de las operaciones de
las Naciones Unidas para el “mantenimiento de la paz”, con un despliegue total
que alcanzó en 1995 un nivel máximo de casi 70.000 militares y civiles
procedentes de 77 países. Recordemos que el sentido de estas misiones, fue
interpretado con toda justicia por el pueblo de Somalia, que logró echar a los
representantes de “la paz” hace pocos años.
Entre noviembre de 1995 y marzo de 1996, a raíz del
Acuerdo de Paz de Dayton, que puso fin a la guerra de Bosnia y Herzegovina,
desempeñó las funciones de Representante Especial del secretario general para
la ex Yugoslavia y se encargó de supervisar en Bosnia y Herzegovina la
transición de la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas a la Fuerza de
Aplicación del Acuerdo de Paz dirigida por la OTAN.
El 1° de enero de 1997 llegó a la cumbre de la
Organización, al ser designado secretario general. Desde ese cargo, emprendió
una reforma administrativa y encabezó delicadas misiones políticas, como la que
en febrero de 1999 lo llevó a Irak para “impedir los bombardeos de los Estados
Unidos” que se concretarían de todos modos, en diciembre de ese mismo año. También
en 1999 participó del acuerdo entre Libia y el Consejo de Seguridad sobre el
atentado de Lockerbie producido en 1988, y llevó adelante iniciativas
diplomáticas contra la violencia en Timor Oriental. Al año siguiente intervino
en la certificación de la retirada de Israel del Líbano y, en septiembre, tras
nuevos estallidos de violencia, en las negociaciones entre israelíes y
palestinos basadas en el principio de “territorio de paz”.
Kofi Annan está casado con la abogada y artista sueca
Nane Annan y tiene tres hijos a los que, seguramente, al igual que a los
alrededor de 6.200 millones de habitantes del planeta, no les podrá dejar la
herencia de un territorio de paz. A menos que los trabajadores del mundo se
unan para terminar con la explotación del hombre por el hombre, respetando la
naturaleza, en una democracia directa y efectiva, que ponga al hombre y sus
creaciones en el centro de la escena, ocupada hoy por la dictadura del capital.
Paula Bruno