Hollywood
como constructor de ideología
El
militarismo en la pantalla
“Nosotros ya tuvimos nuestro
Vietnam, ahora ustedes tendrán el suyo”, le remarcaba Rambo a un militar
soviético en pleno Afganistán. Eran otros tiempos, el “diablo” de hoy era el
“bueno” de entonces y, por lo tanto, amigo de la libertad. Hagan la prueba de
ver (o volver a ver hoy) “Rambo 3”: experiencias tan risibles hay pocas en la
vida.
El cine, a cien años de su nacimiento, se ha convertido
en un espectáculo de masas. Sin distinción de edad, sexo o raza, millones de
espectadores en las más diversas partes del mundo disfrutan horas frente a la
pantalla, de esa “mentira” que nos hace conocer la verdad.
Detrás de ese “ingenuo” entretenimiento se esconde uno de
los aparatos de construcción de ideología más gigantescos de los que se tenga
conocimiento. Cierta vez, el ejecutivo de una de las principales mainstream
americanas confesaba: “Nosotros tenemos controlado todo el espectro del
mercado, películas “sociales” para los progresistas, de “amor” para las clases
bajas, “de guerra” para resaltar el espíritu patriótico, etcétera”. Esta
declaración de “honestidad” por parte de uno de los magnates de la industria
refuerza la idea de Jonathan Rosembaun, que en su libro Las guerras del cine
pone el acento en cómo las majors –incluso una “progresista” como Miramax–
constituyen un filtro ideológico a la hora de decidir qué cine podemos y
debemos ver.
En cien años la humanidad ha vivido sucesivas guerras y
desastres varios provocados por la barbarie capitalista. Y el cine
estadounidense ha reflejado, según su conveniencia y su lente, estos
acontecimientos. En la época de oro del western, el indio respondía al
parámetro “enemigo de la civilización” y, por lo tanto, debía ser eliminado. Muchos
clásicos de John Ford se construyeron siguiendo este modelo.
Alguna vez, Néstor Perlongher afirmó que el sistema se
sustentaba desde el postulado de la “normalidad” para excluir a todo aquel que
decidiera salirse de los márgenes. Esto se ha visto confirmado no sólo en el
arte sino en la vida misma: negros, homosexuales, judíos, islamitas, marxistas,
etcétera, fueron estigmatizados como ajenos al concepto de lo “normal” y de la
civilidad. A esto no escapaban naciones que se habían atrevido a oponerse al
poder imperial. Así ocurrió con los japoneses, que durante largo tiempo fueron
“los malos” de la película literalmente hablando. Los kamikazes, como los
fundamentalistas musulmanes hoy, eran catalogados de fanáticos y subnormales en
busca de no se sabe qué. Aun hoy, y
después de la superproducción “Pearl Harbor”, queda en claro que hay espinas
que son muy difíciles de sacar.
Terminada la segunda guerra mundial, en donde los nazis y
los hijos del sol naciente se habían disputado de forma pareja el “odiómetro”
de la industria hollywoodense, y con los genocidios de Nagasaki e Hiroshima de
por medio, el foco se trasladó hacia un muro como símbolo de –seamos claros– la
caricatura de lo que debe ser el socialismo. El anticomunismo fue la estética
preponderante en el momento: ni el gran Alfred Hitchcock se perdió la
oportunidad, como lo demuestra “Topaz”.
En plena época de la Guerra Fría, los filmes presentaban
a un enemigo absolutamente autoritario, incapaz de mostrar algún tipo de
sentimiento que no fueran el odio y el resentimiento. Lo que les había cabido a
los nazis en la segunda guerra mundial, ahora se trasladaba a los soviéticos. Sólo
algunos filmes, marginales, escapaban a esa lógica, tal es el caso de “Dr.
Strangelove” –que alertaba sobre el peligro atómico– o “Paths of Glory”, ambas
de Stanley Kubrick. El cine americano de entonces mostraba a los soldados como
combatientes de la libertad, exaltando el patriotismo y su desinterés por otra
cosa que no fuera el bienestar del prójimo. Era un cine de propaganda, tal como
el de Leni Riefensthal en Alemania o el cine español durante el franquismo.
Lo que queda en claro tras este breve repaso, es la
utilización del cine por parte del aparato estatal, como medio de propaganda,
experiencia que tiene antecedentes en la utilización de la radionovela para
adoctrinar las conciencias –en la Alemania nazi– o en el hecho de que la etapa
menos creativa de Einsestein se haya desarrollado bajo el stalinismo, cuyo cine
tendía a glorificar a la patria, al hombre de trabajo y al “deber”.
¿Se puede concebir la estética
separada de la política?
He aquí la pregunta del millón. Frederic Jameson asegura
que cuando arte y política se separan se cae en el esteticismo. La discusión es
tan vieja como la historia del arte. ¿Se puede separar que las películas de
Riefensthal eran prodigios –desde el punto de vista técnico– del hecho de que
eran celebraciones de un régimen aborrecible, y de que los extras de sus
películas eran gitanos prisioneros de los campos de concentración? ¿Qué pasaría
si a alguien se le ocurriera hacer una película mostrando las bondades del
“proceso de reorganización nacional” de una manera estéticamente bella?
Con el cine político de los ’70 pasaba algo similar,
aunque el sentido era el inverso: las películas eran valoradas por su mensaje
político más que por su calidad estética. El arte, al igual que la técnica, no
es bueno o malo de por sí: está mediado por la ideología de quien lo realiza. El
cine no escapa a esta realidad, y hay que verlo desde ese punto de vista.
Arte y política están separados, deben estarlo, ya que
esa disyuntiva fue la excusa para la eliminación del disenso y la instauración
del pensamiento único, llegando a extremos como la eliminación física o el
exilio de los “rebeldes” Meyerhold, Maiakovski, Chaplin y tantos otros, ya sea
“por derecha” o “por izquierda”. También lo demuestra el hecho de que ciertas corrientes
estéticas, como el realismo, fueran consagradas como indispensables en desmedro
de otras vinculadas con el psicoanálisis y los sueños como objeto de creación. A
esta categoría pertenecen el surrealismo, algunos trabajos de Georges Bataille
y tantas otras corrientes transgresoras del “orden” artístico.
Pasó el tiempo y, con él, múltiples conflictos bélicos
–Corea entre tantos– y así llegamos a Vietnam, derrota catastrófica desde el
punto de vista militar. Pero me gustaría detenerme un momento en uno de los
grandes filmes del cine americano, “Bonny and Clyde” de Arthur Penn. En él se
preanuncia en mucho la espiral de violencia que se viviría en el campo de
batalla asiático: su despiadado final, ubicado en el contexto de lo que
vendría, lo consagra como un film revulsivo. Llegó el desastre y la industria
se encargó de remover las heridas mediante un amplio abanico que fue desde el
discurso lloroso y la justificación, hasta la conclusión de que, a pesar de
todo, el american way of life es y seguirá siendo “único”. Es paradigmático el
caso de aquellos filmes que pretendieron dar una versión no oficial de los
acontecimientos. Francis Ford Coppola fue excomulgado por el ejército americano
tras su versión cinematográfica de la novela El corazón de las tinieblas de
Joseph Conrad, llamada “Apocalypsis Now”. Lo mismo había sucedido con la
colosal “MASH” de Robert Altman, en la que eran demolidos cada uno de los
tópicos del cine bélico.
Puede decirse que después de la derrota militar llegó la
hora del cine “progresista”, tal como lo refleja “Regreso sin gloria” o, más
acá, “Nacido el 4 de Julio” y “Pelotón”. Es que la guerra y el militarismo no
son cuestiones menores para emparentarlas con un clima de pesadilla o para
tomarles el pelo. “Boggie Nights” de Paul Thomas Anderson, si bien tomaba como
referencia al mundo de la pornografía, reflejaba cómo el advenimiento de los
republicanos al poder había significado el recorte de las libertades civiles y
la implantación, nuevamente, de un discurso profundamente reaccionario. La
caída del Muro de Berlín trajo aparejada la necesidad de buscar un nuevo
enemigo. Y el banquete tuvo varios platos: el fundamentalismo islámico –con el
que las relaciones nunca fueron del todo buenas–, los inmigrantes vistos como
amenaza y emparentados casi exclusivamente con el tráfico de drogas y diversas
formas de criminalidad –es ofensiva la caricatura de los jamaiquinos en este
sentido–, los homosexuales como sinónimo de crímenes seriales y promiscuidad. Y
las actuales guerrillas vienen cotizando en bolsa como “nueva amenaza” para el
mundo occidental y cristiano.
Ya no había tiempo para progresismos: había llegado la
hora de Rambo, Chuck Norris, Steven Seagal y todo aquel que estuviera dispuesto
a patearles las costillas a los enemigos internos y externos. El discurso
imperante fue el oscurantista “el bien contra el mal”. En esta lógica se
inscriben filmes de ciencia ficción como “Stars Wars” y muchos de terror,
género no tenido en cuenta hasta entonces pero desde donde más se ha instalado
el discurso del poder (en el sentido de la lucha contra todo aquel que amenace
la seguridad y lo que el sistema y el imaginario entienden como la
“normalidad”). “La mano que mece la cuna” y “Mujer soltera busca”, entre otros,
sacudieron la taquilla y llamaron la atención sobre un género que durante mucho
tiempo se había reducido a películas de clase B con actores semiprofesionales.
Al enemigo había que buscarlo en el “más allá”, en lo
sobrenatural, en lo que no se puede explicar desde la razón y por eso merece el
exterminio. Nueva York invadida por extraterrestres en “Día de la
independencia” se hizo más real que nunca en el imaginario y el sentido común
americano: el nuevo enemigo se llama Antrax, aunque su destino parece ser más
efímero que el de sus predecesores. Todo esto en consonancia con la puesta en
marcha del plan “Guerra de las galaxias”.
En paralelo con esto, algunos años atrás la industria
instaló el modelo “héroe cotidiano”, volviendo al campo de batalla y al
sentimiento de nacionalidad exacerbada. La reaccionaria “Forrest Gump” y la por
momentos poética “Rescatando al soldado Ryan” son muestras de cómo el “hombre
común” volvió a tener un espacio dentro de la estética de la industria.
Así como en plena época de descubrimiento del virus de
HIV, el emblema fue “Atracción fatal” (una oda a la monogamía), hoy parece ser
que “Traffic” es el modelo a seguir. Al respecto, es significativo el artículo
de Le Monde Diplomatique (versión francesa, febrero de 2001) señalando que
seguramente la película de Soderbergh sea la primera de la era Bush (Jr).
Hollywood, maquinaria fabulosa que mueve millonarias
sumas y que es el paraíso de quienes pretenden hacer todo tipo de negocios,
controla no sólo el mercado sino también es un gigantesco aparato ideológico,
aparte de ejercer presión, en su habitual combate con la comunidad europea,
para que el cine europeo no sea subvencionado.
Desde el circo que se repite año tras año, llamado Oscar,
la industria postula quién es el elegido para instalarse bajo el amparo de su
cielo protector. Quien lo desafíe vivirá en el ostracismo, tal el caso de los
Altman, Scorsese y Terrence Malick.
Hoy, cuando el imperialismo le ha declarado una vez más
la guerra a los pueblos pobres, es de esperar que películas ofensivas y
execrables como “No me iré sin mi hija” inunden cada vez más las pantallas del
mundo. Y es que a la decadencia del imperio americano se le ha sumado el
desbanrranque de su cine. Tal vez nazcan nuevos hercúleos héroes “occidentales
y cristianos” defendiéndonos del “terrorismo” y el “diablo”, donde sea que éste
se encuentre, en el Golfo Pérsico o en una “cueva” de Afganistán, amparado por
los talibanes a los que ellos alimentaron (¿se acuerdan de “Rambo 3”?).
Para todo aquel que quiera conocer cómo se maneja el
mundo “inocente” del cine, les recomiendo ver “The player”, de Robert Altman. Allí
queda al desnudo la operación ideológica del sistema: alumnos aplicados del
responsable de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, los americanos
postulan “miente, miente que algo quedará”.
Gustavo (Furiosa Entropía)