Default, bancarización y
desocupación
¿Quién dijo que habíamos
tocado fondo?
“Esto es stalinista”, gritó enloquecida la
prensa burguesa más rancia, cuando se enteró del límite que Domingo Cavallo
impondría a los retiros bancarios para evitar la fuga de depósitos de un
sistema financiero en bancarrota desde hace tiempo.
“No podía hacerse otra cosa”, argumentaron
los banqueros salvados de la catástrofe, mientras el Ministro pedía
tranquilidad con tono épico, culpando a los “buitres” que sobrevuelan el país
para hacerse de sus despojos. Nadie pensaba, la noche de los anuncios, que
detrás del blanqueo de la economía que tanto promociona el Gobierno está lo de
siempre: más trabajadores a la calle.
Desde que sólo se pueden extraer $ 250 en
efectivo por semana de las cuentas de ahorro bancarias, se plantea un dilema
fundamental para los patrones, sobre todo del mediano comercio y la industria:
pagar a través del sistema formal implica reconocer la relación laboral, o sea
blanquear. La otra alternativa es la que muchos elegirán: el viejo “gracias por
los servicios prestados”.
¿Cómo se logra, por decreto, que el 40% de
trabajo en negro que hay en la Argentina se reduzca a cero en dos días?: de la
misma manera que se intentó reducir el déficit fiscal a cero; es decir,
golpeando a quienes –por ahora– se dejan golpear.
Un gobierno que se cae, con golpes de efecto
que duran cada vez menos, eligió previsiblemente esa vía para evitar la crisis
más anunciada de la historia. Atrás quedaron ya los anuncios del “exitoso”
canje de deuda, los pomposos cambios en el Gabinete (que se desmoronó en dos
semanas) y la promesa de que el fisco no dependería más del crédito externo.
Parecía que los banqueros sólo pedían una bancarización parcial a cambio de
ceder parte de sus ganancias con el canje, pero se llevaron el premio mayor:
un mercado cautivo de millones y millones de personas, que no podrán hacer
otra cosa que pagar meticulosamente una comisión e impuestos por cada
transacción que realicen entre cuentas o con cheques, mientras los financistas
que mueven cifras siderales lo seguirán haciendo tranquilamente.
Mientras tanto, Cavallo recibió la carta
blanca para instrumentar su política de Déficit Cero personalmente, ya que
manejará la caja de todos los ministerios. No habrá más lugar para pusilánimes,
y la mano tras la tijera no temblará en el Presupuesto 2002, que tendrá
recortes todavía inestimables, con una recaudación en picada cuyo piso no se conoce
aún, ante la caída de la actividad que plantea la falta de efectivo y el mayor
desempleo.
A
esto hay que sumar la ya terminal crisis del sistema previsional de
capitalización, acentuada por el anterior paquete de medidas. La baja de los
aportes jubilatorios que se percibirá en los sueldos que se paguen en
diciembre, lejos de representar la “inyección a la demanda” que propagandiza el
oficialismo, es el golpe de gracia a los ya marchitos sueños de retiro de
quienes ahora empiezan a trabajar. La cuenta personal de cada empleado dejará
de percibir la diferencia, con lo cual el pequeño aumento salarial no lo paga
ningún banquero sino uno mismo, pero 40 años más viejo.
El futuro ya llegó
“La
restricción es temporaria, sólo por 90 días”, se apresuró a aclarar Cavallo. Y
ante eso, queda la pregunta obvia: ¿Qué va a pasar el día 91?
Las
alternativas son varias, pero todas desembocan en un mismo final. Ese día no
va a existir. Si todo siguiera como está, el absurdo de querer generar
confianza por decreto se desnudaría en unas horas, con el desencadenamiento de
un furor escapista que llevaría todo el dinero a Uruguay inmediatamente, lo
cual ni el Gobierno ni los banqueros piensan tolerar.
Por
eso, o el plazo se va a prolongar o va a haber cambios impredecibles durante el
verano para evitar esa fuga final, pero en ninguno de los casos va a ocurrir
que “la gente se va a dar cuenta de cuán sólido es el sistema financiero
argentino y va a dejar su dinero tranquilo”, como desea el Ministro.
Por
otra parte, sigue al acecho un elemento que va a marcar el pulso los próximos
meses: la emisión masiva de bonos para circulación. Una salida fácil que
tenían los gobiernos en apuros financieros hasta hace unos años era la
impresión de billetes que, en general, iba acompañada de una devaluación y
posterior aumento de precios. El artificio para volver a hacerlo –sin salir de
la Convertibilidad– no corrió esta vez por cuenta del creativo Cavallo sino de
Carlos Ruckauf, que endosó a los bonaerenses una tonelada de papel pintado bajo
el telúrico apodo de Patacón. Rápido de reflejos, el superministro cordobés
copió la brillante idea, y eligió la abreviatura Lecop para bautizar a la
futura pesadilla de los estatales de Nación y provincias.
La
clave de las Lecop (Letras de Cancelación de Obligaciones Provinciales) está en
que tarde o temprano se las usará para pagar a los empleados públicos
nacionales. En un principio, cuando el acuerdo con los gobernadores por la
coparticipación todavía estaba muy lejos, se especulaba con que éstos no las
aceptarían en tanto y en cuanto no las utilizara también la Nación. Pero el
hecho objetivo es que, aunque no tenga presiones desde elfrente de mandatarios
peronistas –ahora comandado por el cuasi vicepresidente Ramón Puerta– la caída
de la recaudación obligará al gobierno central a emitir más que los 2.000
millones de Lecop que tenía previstos, para evitarse el costo político de un
ajuste salarial superior al actual 13%, que se mantiene para el 2002.
Es
sólo cuestión de tiempo que los bonos se revelen como lo que son: una
desvalorizada tercera moneda inconvertible que, por ahora, no se puede
convertir en dólares ni en pesos, pero que próximamente tampoco se podrá
cambiar por productos ni servicios.
Cavallo bate su propio
récord
La
triste marca que ostenta el superministro, además de ser quien durante más
tiempo torturó al país desde el Palacio de Hacienda, es la desocupación que se
registró durante el Tequila ’95, que superó el 18% por primera vez en la
historia. No satisfecho con eso, ahora va por más: aunque la cifra oficial de
octubre no se da a conocer hasta diciembre, los datos filtrados del Indec
indican que romperá la barrera del 20% o, como mínimo, quedará muy cerca.
Los
miles de trabajadores que perdieron sus puestos desde mayo, cuando el índice
estaba en 16,4%, lo viven en carne propia y en la de sus familias. Y los que
todavía los conservan sienten el aliento en la nuca de un ejército de reserva
que recluta sin distinción de edad ni sexo, a un ritmo mucho mayor que el de
cualquier fuerza armada imperialista.
En
ese contexto es mucho más dramático el aumento del desempleo que dejan
traslucir las proyecciones de la restricción al uso de billetes. Se plantea
que un pequeño empleador que tiene diez trabajadores en negro esté dispuesto a
blanquear sólo a dos para pagarles con tarjeta, y a usar el poco efectivo que
maneja para pagarle a un tercero de a cuentagotas. Los otros siete, al
matadero.
Pero
no sólo el empleo cayó en los últimos meses. En septiembre, la construcción
tuvo una de las peores caídas de su historia si se la compara con igual mes del
año pasado: 18,6%. Y la industria, según el estimador que mide el Indec,
retrocedió 8,2% para ubicarse en su nivel más bajo desde 1994.
Como Robin Hood, pero
al revés
Cada
vez están más claros los intereses de clase que defiende el Estado, como todos
los estados del planeta, y a quién quita para dar a quién. Los banqueros fueron
salvados con un improvisado operativo hecho a su medida, mientras los
trabajadores nos enfrentamos a un porvenir más incierto que nunca, y los
pequeños cuentapropistas quedaron condenados a la agonía.
En
todo caso, la puja interburguesa –que se puso al rojo vivo los últimos dos
meses entre el sector real y el financiero– sólo demuestra que la torta está
quedando cada día más chica, y que es muy poco más lo que se puede avanzar
sobre la miseria de los más. De todos modos, las diferencias son sólo de forma,
lo cual queda demostrado con la ridícula (y enésima) “concertación” que llevan
adelante la UIA, los banqueros y la burocracia sindical con el Gobierno.
Los
esfuerzos para recaudar más siguen estando en los mercados de verduras, los
quioscos y otros ladrones de gallinas. La Afip fue declarada autónoma, y
dispondrá de un presupuesto más que generoso para seguir siendo un buzón que se
traga lo que las mayores empresas quieren depositar. El hecho de que los
denominados “grandes contribuyentes” aporten un 65% de la recaudación fiscal
significa nada, ya que es mucho mayor el porcentaje de la renta que se
apropian.
No
debemos confundirnos y creer que la refinanciación de la deuda (default
consensuado, cesación de pagos selectiva, o como se quiera llamar) sea un paso
adelante. El tándem De la Rúa-Cavallo pretendió inyectar confianza con un golpe
de efecto, pero fracasó. No hay nada positivo en el “reconocimiento de que el
problema es la deuda”, como vende el progresismo oportunista, sino que sigue
habiendo mucho de negativo en la legitimación de la deuda en sí, que debe
repudiarse en su totalidad por hambreadora, fraudulenta y usuraria.
Hay
una realidad ineludible que se va a manifestar mucho antes de los noventa días
de ultimátum que dio Cavallo. Es que la Convertibilidad está viviendo su trance
más duro, en sus ya maduros diez años, y le costará mucho recuperarse de la falta
de confianza en un país y en una moneda que no tienen plan alguno detrás. Los
parches que se usen para cubrirla podrán superponerse unos a otros, pero su
agotamiento es ya una cuestión que pocos se animan a discutir.
ALBA MERQUINNI
¿Hay dinero “limpio”?
Desde
que la mística Carrió comenzó a agitar –con la ayuda de la bancada demócrata
norteamericana y de la CIA– el tema del lavado de dinero, no hubo quien no se
pronuncie contra el “terrible flagelo” que este ilícito representa para el
normal funcionamiento del sistema financiero. Largos trabajos de tribunales
internacionales, del Instituto Internacional de Finanzas y de los bancos
centrales de varios de los países imperialistas inundaron las páginas de la
prensa argentina. Y hasta dieron letra a más de un discurso de campaña en las
últimas elecciones.
A
lo que prácticamente nadie hizo alusión es a la vital función que cumplen los
paraísos fiscales en la economía capitalista, que necesita tener una faz legal
y otra no tanto para reproducirse. Dejando de lado incluso el hecho de que
quienes ahora dicen combatir los centros lavadores fueron precisamente quienes
los crearon, debe notarse que la expansión de los mercados no deja títere con
cabeza, y que cualquier limitación al capital termina mostrándose finalmente
como una retrógrada camisa de fuerza que detiene el desarrollo y la felicidad.
Cualquier
persona que vaya a un Citibank porteño con un maletín lleno de dólares, puede
abrir una cuenta secreta en una isla de superficie no mucho mayor que la de la
sucursal en que lo atienden. Allí su dinero estará seguro, y nadie le va a
preguntar de dónde salió. Pero esto no es una deformación de ningún mecanismo,
sino un eslabón más en la cadena que permite a ese inversor (que no suele usar
parche en el ojo ni otros distintivos) mover la plata hacia otros negocios, en
otras regiones del planeta, donde por algún motivo esté mal visto el origen de
su caudal.
Pretender
que exista un sistema financiero “sano” y una transparencia total en los
movimientos de capital es sólo una muestra de ingenuidad, o de vocación de
servicio ideológica, mientras el sistema económico siga estando basado en la
explotación del hombre por el hombre. El dinero, por más verde y reluciente que
sea, estará siempre manchado de sangre, sudor y lágrimas.
A. M.