Estados Unidos

Al asalto del Mundo

 

            El “pretexto” talibán está siendo hoy derrumbado a bombazo limpio para abrir el camino a una mayor intervención de tropas y comandos imperialistas y a la guerra civil –y tribal– en curso en Afganistán.

            Haya o no final en Afganistán o se vaya a una guerra de guerrillas en la zona que extienda la guerra colonialista en la región, seguro es que las guerras de agresión continuarán, posiblemente con la profundización del genocidio contra Palestina (ver pág. 15), y/o atacando Irak, Somalia, Sudán, Colombia y una lista tan larga como Estados Unidos considere necesario. El carácter difuso del enemigo que han definido, “el terrorismo”, les permite atacar en cualquier lugar que el Pentágono crea conveniente y por las razones más diversas. Los pretextos con que lo haga son lo de menos; además, el imperialismo tiene un ejército de publicistas, sociólogos, sicólogos y otros expertos en fabricarlos y en producir hechos que encubran sus acciones de piratería y asalto del mundo.

 

            Para poder entender cuáles son las causas de fondo de esta agresión del imperialismo norteamericano contra el mundo, es imprescindible salir del discurso perverso que ha impuesto.

            La primera razón es que comenzó su crisis económica: el boom del crecimiento bajo Clinton, se evaporó y se entró en un período de recesión y crisis cuya magnitud y extensión es todavía difícil de diagnosticar.

            La segunda es que se agotó el discurso ideológico acerca de las bondades del neoliberalismo y de la globalización capitalista: está cuestionado el capitalismo mismo en millones de cabezas en el mundo. El crecimiento de una multitudinaria vanguardia globalifóbica desde Seattle hasta Génova y su radicalización, constituían –y potencialmente siguen constituyendo– un peligro muy grave en los países centrales, en particular los de Europa y Estados Unidos.

            En tercer lugar, está planteada una lucha por el reparto del mundo entre los distintos bloques imperiales. Es una lucha, en particular, por la colonización del tramposamente llamado “socialismo real” reconvertido al capitalismo, en sus distintos estadios. Esto incluye desde los Balcanes y Europa del este, hasta la ex URSS fragmentada. Vietnam, Corea y la propia China no son ajenas al botín en disputa.

            Como parte de este paquete, Estados Unidos se juega también a una mayor penetración en Africa y busca una afirmación económica en América latina donde en la última década –privatizaciones mediante– debió enfrentar una fuerte competencia del imperialismo europeo.

            Finalmente, pero en un sitio de privilegio, la lucha por Medio Oriente y el petróleo de la región, extendida hasta Azerbaiján, la ruta del Cáucaso, el petróleo del Asia central y las vías de traslado de los oleoductos, que es uno de los principales aspectos que están en disputa en la guerra de agresión en curso en Afganistán.

            El marco más general en que se desenvuelven estos gigantescos acontecimientos es el de una crisis y agotamiento global del capitalismo mundial en sus tres centros imperiales –y, subordinadamente, también en la periferia: América latina es un buen reflejo y Africa es la máxima expresión del horror hacia el que es conducida la humanidad.

            Dentro de este marco Estados Unidos lanza la ofensiva actual basado en el único rubro en el cual tiene una supremacía absoluta sobre sus competidores y socios imperialistas: el militar. Dicho de otra forma, el actual proceso de guerra y militarización del mundo responde en forma simultánea a la crisis capitalista y a su lucha al frente de una sociedad agotada, que se sobrevive a sí misma a costa de barbarizar a la humanidad y destruir al planeta.

            La otra cara de este atroz proceso es la realización de un gigantesco “24 de marzo de 1976” a escala planetaria. Tiene un carácter preventivo, para impedir que la resistencia de masas que está en curso –en forma desigual, diversa y compleja– no termine por pasar al ataque y tirar abajo un edificio que tiene grietas desde los cimientos hasta el techo.

            Estamos ante un intento contrarrevolucionario en todos los sentidos. Pero al ser realizado por un régimen social senil y en descomposición, puede también abrir paso a su enterrador, a la revolución socialista internacional, de los trabajadores, los pueblos y los oprimidos del mundo.

 

Los pretextos, reales o inventados, no son la causa

 

            En la contratapa de Página/12 del domingo 25 de noviembre, Juan Gelman comenta La verdad prohibida, un libro de reciente aparición en Francia, cuyos autores documentan fehacientemente las negociaciones entre el trust petrólero gobernante en Estados Unidos y los talibanes. El objetivo de los imperialistas era simple: garantizar la instalación de un oleoducto que pasara por Afganistán para conducir el petróleo desde las ex repúblicas soviéticas del norte de Afganistán hasta el mar, con un pequeño desvío en Pakistán. La información del libro es completa e incluye las amenazas de guerra de Estados Unidos contra los talibanes, en caso de que éstos no garantizaran hacer de Afganistán un lugar tranquilo para las inversiones petroleras norteamericanas.

            El libro está dedicado a John O’Nelly, que renunció a su cargo de subdirector del FBI en julio último y aceptó el empleo de jefe de seguridad del World Trade Center, donde se convirtió en otra víctima de los feroces atentados “en rechazo a las maniobras del Departamento de Estado y del lobby petrolero” de desenmascarar a Bin Laden como responsable de varios atentados, lo que contradecía las negociaciones petroleras en curso con los talibanes.

            Esta negociación entre Estados Unidos y los talibanes, sus hijos, duró hasta pocos días antes del atentado del 11 de septiembre.

            Quién fue el autor del atentado a las Torres primero, y una hora y cuarto después al Pentágono (en medio de una aparente “huelga de brazos caídos” de la Fuerza Aérea norteamericana) resulta mucho más turbia a la luz de estas revelaciones. Y, sin dudas, desnuda el absurdo del discurso imperialista acerca de la responsabilidad de un siniestro señor barbudo, escondido en una cueva de un país remoto y desconocido, como es Afganistán, para una opinión pública norteamericana que suele definir a Buenos Aires como la capital de Brasil, por ejemplo.

            La “guerra contra el terrorismo” o “entre el bien y el mal” se demuestra crudamente como una guerra por el petróleo y la hiperhegemonía norteamericana. Su color no es el celeste del cielo sino el negro del petróleo.

            Los repudiables atentados carecen de paternidad reconocida. A dos meses y medio de los atentados, y con todo el poder del que dispone, Estados Unidos no aportó un solo hecho que confirmara que Bin Laden y su gente fueron los autores, como anunció desde la CNN a pocos minutos de los hechos. La falta de pruebas presentadas por el imperialismo constituye, prima facie, una especie de semiprueba en contra de sus afirmaciones. (Lo que confirma la denuncia que realizaba la Liga Socialista Revolucionaria desde su declaración emitida el 13 de septiembre.)

            Han pasado 38 años desde el asesinato del presidente Kennedy y aún no se sabe efectivamente quiénes fueron sus autores materiales. Con este antecedente, es poco probable que se conozca la trama secreta de los atentados del 11 de septiembre o que tengan respuesta los muchos interrogantes que ellos abrieron.

            La verdad y la guerra son incompatibles. Así como no hubo escrúpulos para arrasar un país poblado de “villas miseria” con el pretexto Bin Laden, tampoco hay escrúpulos al reconocer que “no existe una sola prueba que vincule a Irak con los secuestros terroristas”, como declaró a Los Angeles Times un alto funcionario de inteligencia norteamericano (ver Clarín, 25/11/2001). Y esto se dice al mismo tiempo que la gran burguesía estadounidense discute si pasar ya o no al ataque militar a Irak, así sea porque no les gustan los bigotes de Saddam Hussein, otro viejo amigo descarriado de la CIA, al igual que Bin Laden.

            El objetivo de Estados Unidos es paliar su crisis con una nueva redistribución del mundo, más favorable para él en detrimento de otras potencias imperialistas como la Unión Europea y Japón. El pretexto, se inventa.

            ¿O alguien puede creer, por ejemplo, que el golpe del 24 de marzo de 1976 en la Argentina se dio en respuesta a los fallidos ataques del ERP en Monte Chingolo o de los Montoneros en Formosa (que sirvieron, además, para demostrar sus insalvables limitaciones)? La analogía es válida en más de un sentido: asistimos no sólo a un asalto colonialista del mundo sino también a una acción contrarrevolucionaria preventiva de parte del imperialismo frente al agotamiento de su “cuento” sobre el fin de la historia en esta sociedad abominable que, al igual que otras en el pasado, se autoconsidera eterna: desde el imperio romano hasta los monarcas que terminaron dejando sus cabezas en una horca o una guillotina, destino inimaginable poco tiempo antes.

Carnicería en Afganistán

 

            Uno de los pueblos más pobres del planeta está siendo arrasado. Todos los pretextos supuestamente “humanitarios” esgrimidos por los imperialistas se han derrumbado. Los señores de la guerra asesinan en masa a los prisioneros después que los aviones de Estados Unidos arrasaron las casuchas. Ahora una importante fuerza creciente de más de 1.000 marines se instaló en las afueras de Kandahar, el último bastión talibán después de la caída de Kunduz y de la masacre de prisioneros a manos de la Alianza del Norte (reconocen 600 asesinados, seguramente son más).

            Los socios de Estados Unidos, la Alianza del Norte, son una banda de delincuentes y traficantes de opio que tienen tanto respeto por los derechos humanos como los talibanes por las mujeres.

            Cunden las denuncias sobre los negocios de la familia Bush con Bin Laden y su padre (muerto en un dudoso accidente de avión) y del abuelo del actual presidente norteamericano con Hitler (ver Juan Gelman, “Linajes”, Página/12, 29/11/2001, contratapa).

            De los pretextos humanitarios sólo quedan jirones y esto empieza a percibirse en Europa y, en menor medida, en los propios Estados Unidos. El desarrollo de una lucha mundial contra la guerra imperialista incluye batallar por hacer consciente, en las cabezas de centenares de millones en el mundo, que estamos ante una guerra bárbara, de colonialismo, con la que Estados Unidos intenta salir de su propia crisis, asesinando a buena parte de los habitantes del planeta y destruyendo al planeta mismo.

            Bush y la banda imperialista que lo apoya, han inaugurado la Inquisición en el siglo XXI: o se está con ellos, o se forma parte del “mal” (hoy llamado terrorismo), en un dilema digno de las Cruzadas del siglo XI.

            En realidad, son ellos los mayores terroristas del planeta. No sólo bombardean y matan sino que mienten constantemente: el 29 de noviembre se hizo pública la información de que el pánico sembrado por el ántrax fue realizado por “un destacado científico del programa de armas bioquímicas norteamericano”.

 

Contradicciones imperialistas y fujimorización

 

            Estados Unidos se ha negado a aceptar el ofrecimiento de sus aliados de la Otan (Francia, Alemania y el Reino Unido que, rápidamente, desandó la oferta) de sumar más de 6.000 comandos militares cada uno. Bush los rechaza porque no quiere tener que consultar con nadie las decisiones centrales y busca quedarse con el botín para los petroleros y el complejo militar-industrial norteamericano (sólo a la Lockhead se le hizo una concesión para aviones de guerra por US$ 225.000 millones extras). Este proceder, deja a las claras el carácter de guerra colonial de la supuesta cruzada antiterrorista.

            Todo este comportamiento está acompañado por el desarrollo de un proceso de “fujimorización” de la deteriorada democracia del Norte, a la que Bush hijo contribuyó con el fraude electoral realizado por su hermano al frente de la gobernación del estado de Florida, que lo catapultó a la presidencia pese a haber perdido la votación. Esta tendencia a la fujimorización se expresa en los tres poderes del Estado, en la censura y en la xenofobia que impulsa el Gobierno.

            Todo esto implica un cambio de tipo cualitativo en el sistema político de Estados Unidos. Significa que la democracia burguesa tradicional está dejando paso a un régimen bonapartista donde ni siquiera se respetan formalmente la división de poderes y los poderes mismos. El mero hecho de que el poder legislativo no reciba información sobre la marcha de la guerra –sino sólo algunos líderes de él– significa que el importante Poder parlamentario, de hecho, ha colapsado. Lo mismo vale para el Poder Judicial: ha sido sustituido de facto por tribunales militares para todos aquellos extranjeros a quienes las autoridades consideren eventualmente “terroristas”, sin necesidad de presentar prueba alguna (exceptuados los norteamericanos, por ahora). Según Amnesty International el FBI se apresta a iniciar sumarios contra más de 5.000 personas, en su mayoría nacidas en Medio Oriente.

            Esto a su vez implica que hay abierta una cacería xenófoba que incluye “oficialmente” a más de 1.250 personas presas por “portación de cara de árabe”, y es posible que se oculten miles de casos más.

            La censura, o autocensura, es moneda corriente aceptada por los medios de comunicación y por buena parte de la población sujeta a la propaganda de la clase dominante.

            En concreto, estamos frente al fin de dos largos siglos de división de poderes y nos encontramos frente a la personalización del Poder de un presidente surgido de un fraude. Esto no sólo es muy grave para Estados Unidos sino que, a la vez, va a tender a derramarse por el mundo. Estados Unidos se va a “fujimorizar”; pero también el mundo se va a “fujimorizar” en tiranuelos antidemocráticos de distinta calaña pero todos con un común denominador: las libertades democráticas, el respeto a la soberanía popular, a las elecciones o a lo que sea, van a ser cosas del pasado. Esto es un hecho muy grande que se apoya en el pánico creado por el atentado a las Torres Gemelas –que nadie sabe quién hizo– y significa una tendencia a un cambio de régimen en el mundo. En todo caso, si se sigue votando, esto va a ser completamente formal. Lo cualitativo es que va a imperar la tendencia a la “fujimorización” del Poder y los derechos democráticos van a ser tirados a la basura por la burguesía. Pero no será sin lucha. Y en ningún lugar está escrito que la ofensiva no pueda ser derrotada y que se abra un nuevo curso en el mundo.

 

Un único camino hacia la paz

 

            Que el Pentágono tire bombas subatómicas sobre pueblos de extrema pobreza no responde a ninguna necesidad militar: es un ejercicio efectivo de terrorismo mundial (como lo fueron en el pasado las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, ciudades de nulo valor estratégico-militar).

            Queda claro el carácter de contrarrevolución preventiva de la guerra colonialista en curso, que persigue también una nueva división internacional del planeta más favorable a Estados Unidos. Toda la región y el mundo en general son un polvorín con “bombas sociales” que pueden explotar en los cuatro puntos cardinales.

            Desde Asia Central no sólo se derrama el petróleo sino todo tipo de conflictos, desde la India y Pakistán hasta Medio Oriente, Azerbaiján y el Cáucaso, en un incendio cuyas llamas llegan hasta Colombia y la militarización de la llamada “Triple Frontera” (que pasó de ser un vulgar centro de contrabando a un “nuevo demonio” construido para engañar a la opinión pública y avanzar también en la “fujimorización” de la Argentina, de lo que ya hay indicios serios).

            Hay que presentar batalla contra la guerra en todo el mundo. De prosperar un movimiento tal, quizá pueda sentar bases para una internacional antimperialista, anticapitalista y socialista.

            Los revolucionarios debemos luchar en todo el planeta para enfrentar la barbarie capitalista. Y bregar por enterrar, junto a millones de explotados y oprimidos, a una clase dirigente caduca y senil y a las bandas de hombres armados que la defienden.

            El único camino hacia la paz pasa por la revolución socialista, nacional, internacional y mundial, que dé posibilidad a un mundo de goce, donde se haga evidente que vale la pena vivir.

 

Jorge Guidobono

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