Clonación humana

Un experimento controversial

 

            “Como sociedad, no debemos crear vida para luego destruirla”, sentenció el sheriff del planeta George W. Bush (Jr) al oponerse al experimento realizado por la empresa estadounidense Advance Cell Technology, que produjo un embrión humano clon con fines exclusivamente terapéuticos, según señalaron los que participaron en el proyecto. Tal sentencia suena perversamente macabra viniendo de alguien que no duda en arrasar una región destruyendo las vidas de aquellos que se oponen a los intereses económicos del imperio o que negocia vidas a cambio de que los números le cierren sin sobresaltos.

            En esta “cruzada” no está solo. Sus ilustres acompañantes del Vaticano y de la OMS –Organización Mundial de la Salud– argumentan lo “éticamente inaceptable” y “contrario a la dignidad y la integridad humanas” del experimento: un discurso terriblemente hipócrita de quienes hacen la “vista gorda” ante la barbarie capitalista.

 

¿De qué se trata esto del progreso?

 

            A lo largo de la historia de la humanidad se ha tendido a fetichizar el concepto de progreso. Según este criterio, todo avance científico traería aparejado un avance en el desarrollo de los seres humanos. Esta concepción “idealista” fue dada por tierra por uno de los filósofos más lúcidos de la llamada “teoría crítica”, Walter Benjamin, quien ve que el progreso, en determinadas circunstancias, puede convertirse en una idea “reaccionaria”.

            Lo que queremos señalar es que hay un aporte positivo en el desarrollo científico. Pero el punto central está en el control colectivo de las relaciones humanas con la naturaleza, dada la contradicción entre el desarrollo social de las fuerzas productivas y la apropiación individual de las ganancias. No menos significativo es el hecho de que los grandes progresos de las ciencias se han dado en consonancia con los intereses de las guerras, componentes estructurales de la “empresa” capitalista.

            Para ser más claros, en manos del capitalismo el avance de la tecnología y los conocimientos puede transformarse en un boomerang para la mayor parte de la humanidad.

            La tecnología no es buena o mala de por sí, sino que está mediada por los intereses de quienes la dominan. Un avance como el de la clonación, en las actuales condiciones de descomposición del capitalismo, de hecho puede significar una catástrofe, a no ser que uno crea en el “pacifismo altruísta” de las corporaciones.

 

El negocio de la salud

y otras yerbas

 

            El rechazo al tema concreto de la clonación de embriones humanos con fines “terapéuticos” encubre cuestiones que van desde lo “ideológico” hasta otras que tienen que ver con el pingüe negocio en que se ha convertido la salud para los mercaderes de la vida y la muerte. Hoy por hoy hay un discurso hegemónico en el terreno de la medicina (aparte de que cada cosa tiene su precio: un órgano, una cama en un sanatorio, las patentes, los medicamentos). La salud se ha convertido cada vez más en un artículo de lujo: aquel que posea los medios económicos “sobrevivirá” y aquel que no, esperará sus últimos días –y con suerte– en un lugar atestado, sin mínimas condiciones de asepsia y con una atención que no es la adecuada; se tiende cada vez más a una salud “elitista” para un cierto sector, y a la desprotección para la mayoría. Es en este marco que se da la polémica, mientras se hace oídos sordos a cuestiones elementales que tienen que ver, ni más ni menos, que con la vida y la muerte, y con una mejor calidad de vida para todos.

            Poder clonar un embrión humano significaría poder alargar la vida de un enfermo o reemplazar alguna célula que no funcione adecuadamente. Eso, efectivamente, significaría un avance notable. Pero en lo que no hay que ser ingenuos es en desconocer que –en manos del capital– se transformaría en un mercado, como tantos otros, al mejor postor.

            Aunque tampoco habría que desestimar el punto de vista ideológico que esto trae aparejado, y que puede entenderse como un paquete en el que participan el Papa, George W. Bush y los sectores “oscurantistas” que lo catapultaron a la presidencia.

            Desde la niñez, y con el peso que tiene la escuela en la formación, se nos enseña sobre la sexualidad como una función meramente reproductiva. De más está decir que la iglesia católica participa fuertemente en la enseñanza y el determinismo cultural, por lo que, además, la concepción está asociada con la idea de una creación de dios, único “autorizado” a dar o quitar la vida.

            El hecho de que se pueda concebir vida de otro modo, viene a derrumbar uno de los pilares “ideológicos” constitutivos de la institución que, entre otras “delicias”, creó la Inquisición, tejió alianzas con los nazis y apoyó cuanta dictadura anduviera por ahí: lo que se dice una auténtica “defensora de la vida”… de las clases poseedoras que, entre otras cosas, la subvencionan desde sus estados.

 

Crear monstruos…

el capitalismo no quiere competencias

 

            Otro de los argumentos “humanistas” con los que se suele condenar esta práctica es el hecho de que se instalaría una sociedad “uniforme”, lo que deviene en un alto grado de cinismo e ignorancia. Primero porque el capitalismo en su estado actual se asemeja cada vez más a la sociedad imaginada por Aldous Huxley en Un mundo feliz; esto es, que cada vez más nuestras más mínimas emociones están digitadas por el sistema (o sea que, en ese sentido, la sociedad, salvo los Bernard Marx en los que Huxley asienta su esperanza, ya es una sociedad cada vez más “uniforme”). Por otro lado, el hecho de que se pudieran clonar humanos –y no es éste el caso– no significa de por si que estos estén igualmente determinados y actúen de la misma manera y hagan las mismas acciones.

            Hitler no era un clon, Stalin tampoco. Sin embargo, fueron monstruos con quienes los hipócritas de hoy no tuvieron reparo alguno en negociar. El experimento de la Advance Cell Technology pone sobre el tapete la necesidad de una discusión más profunda, en la que hay que dejar de lado las “caretas” y hablar claro. Los supuestos “humanistas” que se oponen de plano al experimento no lo hacen en defensa de la vida sino de sus negocios, tan oscuros como el oscurantismo ideológico con que los encubren. Y los avances tecnológicos en las manos de quienes condenaron a 1.000 millones de seres humanos al desempleo, sólo traerán aparejados más miseria y barbarie.

            Sólo un sistema social en el que la humanidad esté libre de toda cadena permitirá que las técnicas contribuyan al desarrollo pleno de la vida humana.

 

G. F. E.

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