¿Sirven hoy los sindicatos?

 

            En primer lugar habría que hacerse otra pregunta: ¿para qué queremos que sirvan o qué se pretende de los sindicatos? La mayoría de los trabajadores entiende a los sindicatos como el organismo al que tienen que recurrir ante conflictos con sus empleadores, cuando entienden que algún derecho ha sido avasallado, o por los servicios sociales que estos puede prestar. Pero sin lugar a dudas estas estructuras obreras que, a su manera, tienen trascendencia sobre millones de personas, cumplen en la sociedad una actuación mucho más importante.

            Los primeros sindicatos en la Argentina fueron las asociaciones obreras fundadas por los anarquistas que generalmente nucleaban a oficios que hoy se realizan como “cuentapropistas”: azulejistas, plomeros, albañiles, conductores de carros, etc.

            En la transición, pero como parte del mismo momento de desarrollo capitalista, estas agremiaciones se amplían y aparecen las correspondientes a los obreros de grandes talleres, a empresas de servicios inglesas, las asociaciones de la Patagonia Rebelde; interviniendo ya no sólo los anarquistas sino también obreros con ideas socialistas. En general, la gran mayoría son inmigrantes y formados en las experiencias de lucha europeas.

            Durante el desarrollo de la segunda guerra mundial, y hasta dos décadas después, paulatinamente se irían conformando los denominados “sindicatos peronistas”. Es una etapa de crecimiento capitalista en la producción de bienes y servicios. Se instalan empresas multinacionales, algunas ya presentes con los conservadores. A la par de éstas se desarrolla una industria nacional –gran consumidora de mano de obra– y servicios generalmente en manos del Estado, que ocupaban a miles de trabajadores. Las estadísticas muestran cómo, en algunos años y casi a diario, existían pedidos de personería gremial.

            Son los tiempos del “Estado benefactor” donde los obreros, no sin luchas, arrancaban a las patronales aumentos salariales, beneficios, mejoras en las condiciones laborales, aunque esto no puede ocultar las condiciones de superexplotación que existían y la miseria detectable a simple vista. Los salarios intervenían en la economía general del país en un 45% estando la desocupación en un índice aproximado del 5%. A la vez, el poder de control sobre miles de trabajadores consolida el fenómeno conocido como burocracia sindical, que vive un proceso degenerativo cada vez mayor y tomando características corporativas.

            En la CGT dominan los poderosos sindicatos industriales: metalúrgicos (UOM), automotrices y autopartistas (Smata), textiles (AOT), etc. Fomentan entre los obreros una cultura sindical de “delegar” permanentemente sobre las reducidas comisiones directivas o conducciones. Los intentos de cambiar estas direcciones burocráticas por otras más honestas y combativas demandaron grandes esfuerzos aunque sin resultados en la misma magnitud.

            Pero recalquemos: las características del momento económico que se vivía, el proceso de acumulación capitalista y la estructura del propio movimiento obrero, hacían que los sindicatos fueran organismos que le servían al conjunto de los trabajadores y que incluso, se los pudiera tomar como estructuras a partir de las cuales se intentara organizar la emancipación de los explotados.

            Pero estas condiciones empiezan a cambiar. Puede tomarse 1974 como un año clave. Es el año a partir del cual paulatinamente comienzan a experimentarse el ajuste permanente, las quiebras y concentración de las ramas productivas en beneficio de las multinacionales y el deterioro salarial que persiste hasta nuestros días, agravado por el inédito índice de desocupación y empeoramiento de las condiciones de trabajo.

            La estructura del movimiento obrero se vio transformanda: la mitad de los trabajadores del país está desocupada y subocupada, el 50% de los ocupados percibe su salario en negro, la efectividad fue reemplazada mayoritariamente por contratos “basura”; en definitiva, el reinado de la desocupación creciente y la precariedad laboral. Se experimenta una sensible disminución de afiliados sindicales hasta el punto en que los otrora poderosos metalúrgicos tuvieron que cerrar varias de sus seccionales más importantes, lo mismo que los ferroviarios; otros, como los telefónicos, vieron reducido su plantel a la mitad. Se liquidaron obras sociales y creció la desconfianza de los trabajadores hacia organismos sindicales y dirigentes que han sido permisivos, durante 25 años, a continuos recortes a los derechos laborales y liquidación de conquistas. En definitiva deterioro y agotamiento en la mayoría de los sindicatos.

            El economista norteamericano Samuelson decía: “El mundo se divide en cuatro partes, los países desarrollados, los países pobres, Japón y Argentina”. Más allá de la ironía, bien vale la expresión para ilustrar sobre dónde intentan ubicar definitivamente a este país en el concierto mundial y terminar con décadas de anacronismo económico.

            La cuestión es que existe una relación estrecha entre la nueva situación económica, el papel asignado a la Argentina en el capitalismo mundial (o “globalizado”), y las organizaciones obreras.

            Base importante en la constitución de los sindicatos actuales fue la etapa de capitalismo benefactor o humanitario. Ante la imposibilidad de regreso a esos momentos históricos agotados, los sindicatos hoy presentan limitaciones insalvables que en momento alguno, tal como están, pueden servir a los trabajadores. Es más, se transforman en un obstáculo. No son independientes del Estado y la Ley de Asociaciones Profesionales constituye la férrea ligazón que tienen con éste.

            Las transformaciones y el ajuste llevado a cabo por el menemismo y la profundización que ejerce el actual gobierno, ilustra sobre las limitaciones que tiene el viejo sindicalismo de la CGT y el “nuevo” de la CTA. En este panorama, tampoco tendrían mayores posibilidades los esfuerzos de cambiar las burocracias corruptas por conducciones honestas; de últimas, el mal persistiría: la burocracia. Los trabajadores necesitan instancias organizativas superadoras que eviten la sectorización, que contemplen la unidad con otros sectores en lucha, las asambleas democráticas y el respeto a los mandatos de base. Si todo esto se hace por fuera de los viejos sindicatos, bienvenido sea.

            El debate actual sobre estos problemas es altamente positivo, lo único que no se puede es ser tan pragmático como para oponerse a los caminos de búsqueda que comienzan a andar numerosos trabajadores.

            Como en todo proceso en donde crece la resistencia de los trabajadores, los últimos conflictos de estatales y docentes principalmente, dieron claras muestras de cómo se buscan y construyen nuevas formas de organización, apuntando, además, a la unidad de ocupados y desocupados.

 

Carlos Martinez

 

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