Policia: la única reforma eficaz es disolverla
La
doble pinza formada por el mal llamado “gatillo fácil” y las demandas
originadas en la “inseguridad ciudadana” generan en la sociedad argentina una
curiosa esquizofrenia. Se demanda por un lado la eficacia represiva de un cuerpo
integrado por Rambos criollos y por otro lado se los quiere bien democráticos y
de procedimientos “limpios”. Los operadores de la política burguesa saben bien
la manera de manipular estas necesidades en refuerzo del interés de las clases
dominantes.
Policía,
crimen y política
La policía forma parte del aparato
represivo del Estado. Es decir, es parte de una totalidad que posee funciones
específicas. Es un cuerpo armado, separado de la sociedad, que se encarga de la
seguridad interior. La ideología policial describe su función como la de
representar la Ley y el Orden contra el “mundo del delito”. Lo llamamos
ideología (en el sentido marxista de falsa conciencia de las relaciones reales)
porque pretende erigir una muralla de separación absoluta entre estos dos
mundos: Orden y Crimen.
En los orígenes de los estados
modernos, expresados por la teoría contractualista (Hobbes es su formulación
más franca), lo criminal se define como aquello que queda por fuera de la
acción legítima de la política del Estado. Criminal es quien viola el contrato
social explicaba Rousseau. “Nada de lo que concierna al Estado es parte del
ámbito delictivo”, es la fórmula de la teoría burguesa de la política. Se puede
objetar la circularidad del razonamiento pero no la racionalidad que hace
posible su existencia.
La separación forzada entre el hampa
y las fuerzas del orden es uno de los mitos políticos menos verosímiles. La
mera observación cotidiana del mundo lo desmiente de modo constante.
Hampa y policía son tan necesarios y
funcionales el uno al otro de la misma manera como la relación entre el crimen
y la acumulación orignaria del capital es descripta por Marx. Podemos
visualizar esta doble relación en el surgimiento en las últimas dos décadas de
los carteles capitalistas de la droga. Todo ello forma un dispositivo solidario
en el que la represión y la perpetuación del delito toman sugestivos vasos
comunicantes, visibles en fenómenos como la DEA, las diversas “leyes del
arrepentido” que se han legislado en varios países, etc. La línea entre qué y
quiénes combaten, la manera en que se combate y el beneficio resultante de
todas esas tramas es sumamente ambiguo. La única constatación evidente que se
puede hacer es que mediante esa acción el capitalismo se reproduce.
Policía
y democracia burguesa
En la Argentina, el paso del tiempo
de las dictaduras militares a la democracia burguesa mostró una curiosa
inversión de papeles entre los diversos cuerpos represivos. En la dictadura del
‘76 la Policía Federal estaba intervenida bajo la dirección militar. Hoy día la
policía es la niña mimada de la democracia. El Ejército, en términos generales,
es un actor político que entró en retroceso en los últimos años en la
Argentina. El reparto del presupuesto estatal es ilustrativo al respecto.
En cierto modo esta decadencia del
actor militar en la política argentina (de la que los “carapintada” fueron el
último fogonazo) se explica porque el Ejército oficiaba de mediación política
(poder de fuego) en las relaciones políticas y sociales entre una clase
trabajadora poderosa y sindicalizada y una burguesía muy fraccionada a su
interior y con capacidad hegemónica limitada. Con la derrota social de los
trabajadores en el ’76, reafirmada en los años ’90 con la ofensiva de conjunto
del capital, cambiaron las condiciones que posibilitaron este fenómeno.
En el régimen democrático-burgués
argentino este papel al interior de los cuerpos armados estatales lo tiene la
policía. Figuras como Pedro Klodzyk o Mario “Chorizo” Rodríguez son altamente
ilustrativas de ello. La policía acumuló un gran poder durante estos años y no
está dispuesta a perderlo. La policía es la heredera de la mediación represiva,
anteriormente propia de los militares. A ello se agrega un importante aparato
económico. Si los militares aprovechaban las ventajas de su “época de gloria”,
la policía hace lo mismo. Con la diferencia a su favor de que actúa en la
sociedad como el pez en el agua, y de allí extrae una gran cantidad de
recursos. No damos ninguna gran novedad al referirnos al manejo del juego, la
prostitución y una parte de la circulación de la droga por parte de la policía.
Su dominio de este aparato no hizo sino aumentar en los últimos años. A eso
habría que sumarle las derivaciones financieras del grueso de sus ingresos,
tanto privados como estatales (partidas presupuestarias). Esto quiere decir que
la policía no es neutral en el ordenamiento económico de la sociedad, más allá
de sus pretenciones ideológicas. Si bien su existencia social deviene de sus
funciones de tipo represivo no se reducen meramente a ello ya que participa de
la apropiación de plusvalor y de capital en forma de renta a través de las
actividades detalladas. Forma parte de la clase explotadora en tanto que grupo
secundario.
Policía
y luchas reivindicativas
Cualquier reforma burguesa de la
policía no modificaría en absoluto los términos del problema. Ya sea enfocada
hacia aspectos técnicos o ideológicos. La propuesta de muchos pretendidos
reformadores de orientarla hacia una mejor preparación técnica, es absolutamente
reaccionaria. Al ser la policía una expresión del poder burgués cualquier
fortalecimiento de su eficacia debe ser combatida por los marxistas. En el
aparato represivo se concentran las tendencias más reaccionarias del orden
social. La razón de esto es que extrae su poderío de una centralización que
excluye cualquier procedimiento mínimamente deliberativo, el famoso “espíritu
de cuerpo”. También es ridículo sostener reformas que busquen un saneamiento
ideológico que vuelva más democrática a la policía con comisarios que “repudien
el uso de la picana eléctrica” y voten al Frepaso, al ARI o al cura Farinello.
Se trata, o de un autoengaño o de una estafa política.
La tendencia general de la política
burguesa es a fortalecer a la policía, ya sea sotto voce o poniendo el grito en
el cielo.
Los ricos exigen que haya una
policía fuerte que defienda sus propiedades. Los trabajadores se ven
perjudicados porque en el contexto de hiperdesocupación, son los principales
afectados en las guerras de pobres contra pobres. La reacción instintiva de
ellos es que ante el enemigo inmediato, corporizado en un asaltante (muchas
veces de su misma clase) que les viene a robar, pueden ver un aliado en el
policía (más allá de cualquier grado de desconfianza que tengan en la
institución) que después de todo se hallaría obligado a defenderlo en virtud de
una razón institucional (aunque en la práctica no sea así, en “teoría” la
policía “nos defiende a todos”). Es en este terreno donde se halla la base
material de la popularidad que tienen en sectores de la población trabajadora
las reivindicaciones relativas a la seguridad y a favor de la policía. Sobre
esta base trabaja sistemáticamente la demagogia social reaccionaria de la
policía y sus aliados (en primer lugar periodísticos).
Dentro de la izquierda se ha
sostenido la sindicalización de la policía como vía principal de trabajo
político contra el aparato represivo. Los que sostienen estos planteamientos
(el MST actualmente) terminan apoyando y convirtiéndose en propagandistas de
cualquier huelga policial con la excusa de que los policías son asalariados
explotados por el capital y su Estado. Esto, que no deja de ser verdad es, sin
embargo, una parte de la verdad. Al ser miembros de un organismo centralizado
que basa su existencia social en tareas represivas, este factor determina lo
fundamental de su accionar, por lo que una política que quiebre la unidad
interna de la policía sólo será posible en una situación revolucionaria (que no
es la actual).
En términos generales las reivindicaciones
de este tipo de movimientos huelguísticos es recuperada en favor de iniciativas
reaccionarias que favorecen el espíritu de cuerpo de la institución. Hay que
ser un marxista muy poco materialista para hacer la equiparación de
trabajadores despedidos de una fábrica con los pedidos de reincorporación de
los movimientos reivindicativos de la policía.
El triunfo de una huelga policial
como las que en general se han visto en los últimos años es reaccionario.
Fortalece a la burguesía y empeora las condiciones democráticas de tipo general
en que deben moverse los trabajadores en sus luchas cotidianas. Este enfoque de
tipo general es un momento necesario del análisis pero, por supuesto, debe ser
enriquecido con las determinaciones de cada situación concreta. Como ante todos
los problemas, hay que ser principista y abierto a la vez.
Policía
y política revolucionaria
La policía es enemiga
irreconciliable de los trabajadores: está al servicio de los capitalistas y sus
cuadros dirigentes pertenecen a la clase explotadora. Desde el punto de vista
de clase, en nada se diferencian de los grandes jefes del crimen organizado.
La policía está para defender la
propiedad capitalista y para defender sus intereses como cuerpo parasitario,
enriqueciéndose en el marco de la sociedad burguesa. Su desarme y disolución,
así como la de la totalidad de los cuerpos armados de la burguesía, es una
tarea a cumplir en el marco de una revolución socialista. En las actuales
condiciones, privilegiamos la denuncia y, allí donde pudiera entablarse un
diálogo, es de destacar que “el policía honesto” será un próximo muerto, por lo
que es deseable el abandono de sus filas. Si ante el desempleo creciente el
camino no es sumarse a las filas de la delincuencia, tampoco lo es alistarse en
las filas de la bien llamada “vergüenza nacional”.
FOXLEY