1816 -2001

El mito de la independencia argentina

 

El 9 de julio pasado, De la Rúa planteó que tenía la salida para alcanzar la independencia del país, por medio –esta vez– del déficit cero. Es oportuno, a 185 años de aquel 9 de julio de 1816, hacer un breve recorrido por la historia y el desarrollo de la nacionalidad argentina y de su llamada independencia.

 

El movimiento de mayo

 

Centralmente, dos causas externas ayudaron a provocar la crisis que ya se venía desarrollando en el seno de todas las colonias americanas. Por un lado, el creciente interés de Gran Bretaña por adueñarse del Río de la Plata como mercado para sus manufacturas y enclave para sus futuras maniobras estratégicas a escala mundial. Por otro, la crisis de la Corona española, provocada en gran medida por la invasión napoleónica, llevó a un replanteo de sus relaciones con España en los sectores dominantes de la colonia.

La llamada Revolución de Mayo tuvo esencialmente un carácter político: tal como Mariátegui lo dijo para Perú, en el Río de la Plata la revolución no representó el advenimiento de una nueva clase social y tampoco generó o ayudó a generar una transformación radical de la estructura económica y social. Si había existido una revolución, ésta era obra de Europa, de Inglaterra y de Francia, no de América ni del Río de la Plata, que eran solamente agentes pasivos de esta novedad.

Lo único que la revolución liquidó –tal era uno de sus objetivos– fue la jerarquía burocrática (virreyes, gobernadores, capitanes generales, etc.). En un principio, las clases dominantes del Río de la Plata no tenían ningún interés ni necesidad de romper con Fernando VII. El objetivo inmediato de la revolución no era en absoluto romper con la Corona sino sacarse de encima a esos intermediarios que interrumpían el libre camino del comercio con España. En julio de 1814, “el creador de la bandera”, Manuel Belgrano, se entrevistaba en carácter de diputado con Su Majestad para dejarle en claro los deseos del gobierno de Buenos Aires de unirse a la monarquía española, pero en relaciones más justas.

España no estaba en condiciones de aceptar ninguna clase de concesiones. Fue la violenta resistencia opuesta por la Corona española, los comerciantes de Cádiz, la burocracia y los militares dependientes de Madrid, la que potenció la lucha hasta el punto en que solamente podía terminarse con la declaración de independencia. Aunque ésta no estuviese entre los anhelos de ninguno de los “patriotas”.

La única soberanía que trajo la independencia fue la de las oligarquías locales al deshacerse de la Corona española, la independencia de una burguesía exclusivamente comercial e intermediaria en el comercio extranjero, es decir, portuaria y antinacional en el sentido de un proyecto basado en el desarrollo industrial independiente. Para los productores para el mercado interno y las oligarquías del interior el desarrollo industrial capitalista constituía también una amenaza y no un programa a apoyar. Los estancieros –la clase productora más importante de la colonia– eran enemigos mortales de algún desarrollo industrial sostenido que llevara a algo más cercano a una independencia real: eran capitalistas, pero de un capitalismo colonial. Queda claro que la revolución no tuvo absolutamente nada que ver con algo parecido a las revoluciones democrático-burguesas de mediados del siglo XIX en Europa central.

El interés más claro de estos sectores dominantes estaba en el comercio libre con todo el mundo, y muy especialmente con Inglaterra. Al mismo tiempo, esto implicaba el ahogamiento de cualquier desarrollo industrial autónomo. La falta de comercio libre, por su parte, no permitía tampoco el desarrollo autónomo sino el estancamiento autónomo. Los intereses inspiradores de la independencia eran los de la burguesía comercial, y ésta no tenía ningún motivo para buscar una transformación radical que carecía de bases materiales en la colonia. Los hacendados y comerciantes a quienes Mariano Moreno representaba tenían una visión muy moderada del “interés nacional” y, en todo caso, lo concebían atado perpetuamente a los intereses británicos.

Uno de los grandes mitos de la Revolución de Mayo y de la “independencia”, es el de la participación popular. Existió realmente una fuerte participación, pero los movimientos de masas durante las luchas por la independencia constituían algo separado del movimiento por la independencia, y no se dirigían única ni principalmente contra la Corona sino contra las clases dominantes de la colonia. Ambos movimientos coexistieron, pero en ningún caso uno –el movimiento de las masas explotadas– fue apoyo y fuerza de choque de otro –las clases dominantes coloniales– contra España. Los objetivos de la llamada Revolución de Mayo y del proceso hacia la formal declaración de la independencia no tenían por qué arrebatar un gran entusiasmo en las masas. Pese a que la historia escolar –y no sólo escolar– se preocupe tanto por construir un cuento de héroes gloriosos aclamados por el pueblo.

La ideología de los revolucionarios no llegaba ni siquiera al planteo de la República, cosa que de todas formas no hubiera sido del todo osada. Por ejemplo, Mariano Moreno –el dirigente visto equivocadamente por muchos historiadores como el representante de una supuesta ala jacobina del proceso revolucionario– decía, poco antes de partir hacia su muerte, que el congreso a constituirse debía tener como objetivo crear una regencia constitucional, en la que debía convertirse la monarquía de Fernando VII cuando saliese del cautiverio y reasumiese su autoridad sobre América. Pero esto dependía, en primer lugar, del desarrollo de las luchas en Europa, y no pudo llevarse adelante.

El acta firmada en la Revolución de Mayo de 1810 expresaba: “Se depuso al virrey en nombre del rey”, ese gobierno y ese reglamento monárquico duraron hasta 1814. Ese año el gobierno “independiente” envió a Belgrano y a Rivadavia como diputados a negociar con España la coronación de un príncipe español en carácter de jefe de una monarquía constitucional independiente. Ese mismo año, el partido opuesto a esa idea –encabezado por Alvear– fue más lejos: ofreció a la corona de Gran Bretaña el gobierno de las provincias. Una vez que ambas opciones fueron rechazadas por Europa, el Congreso de Tucumán declaró la independencia de las provincias en 1816, pero no proclamó la república ni condenó la monarquía: no podía condenarla porque el congreso era monárquico, es decir, lo eran sus miembros.

 

Después de mayo

 

Los antagonismos entre Buenos Aires y el interior recrudecieron. La política de la oligarquía porteña era ampliar y profundizar su acumulación capitalista, mientras que el resto del país deseaba mantener todo tal cual estaba. La política de la oligarquía porteña tenía por objeto construir una civilización capitalista semicolonial, basada en la producción de alimentos y materias primas para el mercado mundial, con todas las restantes actividades del país subordinadas a ésta.

El desarrollo capitalista en la Argentina no conducía a la democracia, sino a la oligarquía, la democracia era la montonera, los caudillos, y éstos estaban en contra del avance de la acumulación capitalista. La acción de Inglaterra tendía, obviamente, a reforzar el poder de la oligarquía porteña.

La burguesía comercial porteña no podía aspirar a industrializar el país porque de ello hubiera resultado su liquidación, ya que su prosperidad dependía de la introducción de mercancías extranjeras.

La enorme ampliación de los latifundios de Rivadavia a través de la ley de enfiteusis colocó a su rival, la burguesía estanciera-saladeril, en una posición inmejorable al dejar en manos de los más grandes terratenientes el grueso de las tierras. La oposición al unitarismo de la burguesía comercial hizo federales a los estancieros bonaerenses.

En el partido federal confluyeron una variedad de sectores golpeados por las políticas de la burguesía comercial, pero el mando estaba claramente en el sector capitalista más importante, los estancieros de Buenos Aires, quienes se hicieron con el triunfo.

En Rosas, la combinación de unitarismo y federalismo alcanza su punto más alto, mostrando que en lo que tenía que ver con oprimir a las provincias, unitarismo y federalismo eran solamente dos tácticas de la oligarquía porteña, coincidentes en un objetivo final: puerto único. Como si las provincias no fueran parte del país, Rosas les prohíbe la extracción de oro, mientras autoriza a los barcos ingleses a sacar del país todo el oro que creyeran conveniente.

De todas maneras, el desarrollo del país no había podido crear las condiciones necesarias para un desarrollo capitalista independiente, todo conducía a hacer de la Argentina un gran mercado de la industria inglesa y/o una gran estancia exportadora de cuero y carne. La época de Rosas adelanta una de las constantes de la historia argentina: la aparición de Inglaterra –y más tarde Estados Unidos– como sostenedor velado del statu quo.

“Si ‘patria’ y ‘nacionalidad’ significan orden, es decir, el orden de la oligarquía estancieril bonaerense, dominando con sus vacas y su puerto la vida argentina, entonces los apologistas tienen razón. Rosas es el fundador de esa ‘patria’ y ‘nacionalidad’. Lástima que ambas se parezcan tan idílicamente a una colonia...”(1).

 

Algunas ideas finales

 

            En todos los momentos de la historia, las clases dominantes de la “gran deudora del Sud”, como decía Sarmiento, reconocieron por boca de sus más calificados voceros (Rivadavia, Rosas, Roca, Pellegrini, Perón...) su dependencia respecto del capital imperialista.

            Confirmando la validez de la Teoría de la Revolución Permanente elaborada por Trotsky, en la Argentina –como en casi todos los países atrasados–, la burguesía nacional emergió desde su origen con el apoyo extranjero. Y cada paso de su desarrollo la ha ido uniendo más estrechamente al capital financiero imperialista, del cual es naturalmente representante.

            La Argentina ha emergido como país con un desarrollo capitalista atrasado, y esta característica está indisolublemente ligada a la existencia de una unidad –no sin matices o tensiones en determinados momentos históricos– de intereses entre la burguesía comercial, la burguesía terrateniente, la burguesía industrial y el imperialismo. La burguesía entendida como clase dominante con varias facciones y con intereses dispares por momentos aunque con una identidad de clase, no podría haber sido otra cosa que una clase dominante parasitaria, deudora eterna, subproducto de la penetración imperialista y del devenir de sus crisis económicas, políticas, sociales y culturales.

            Como resultado de la depresión de 1929/30, Argentina consiguió un importante proceso de industrialización, pero esto no se dio –como han intentado ver muchos historiadores, intelectuales y políticos “de izquierda”, y hoy tratan de desempolvar el cura Farinello y, en distinta forma, Carrió– como resultado de una  supuesta acción antiimperialista de Yrigoyen primero, y Perón más tarde, sino como confirmación de las tesis del desarrollo desigual y combinado planteadas por Trotsky y retomadas, entre otros, por Milcíades Peña. Es decir, la expansión industrial bajo la mano de la burguesía nacional significó una acentuación, de ninguna forma una liberación, del dominio imperialista y una profundización del atraso del país.

            Hoy, ante la brutal situación de crisis en todos los terrenos y que recae una vez más sobre los hombros de los trabajadores y los pobres, vuelven a levantarse distintas voces que llaman a confiar y a depositar las esperanzas de los explotados en una unidad nacional –o unidad popular como pide el PCR-PTP– en la cual, los sectores burgueses más golpeados por la actual debacle de las políticas neoliberales, los representantes de un “capitalismo nacional serio”, serían los dirigentes y los ejemplos a seguir.

             Lo escrito por Milcíades Peña en la década de 1950 bien puede ayudarnos a entender los actuales caminos hacia el abismo, pero también la pelea que tenemos por delante los explotados: “Las clases dominantes argentinas y especialmente su sector más joven, la burguesía industrial, se han desarrollado en la época del imperialismo, vinculadas ‘desde los dientes de leche’ al mercado mundial de mercancías y capitales controlados por las metrópolis. Necesitan de la capacidad financiera y técnica de los grandes centros de capital. ‘Podrían’, hipotéticamente, intentar un desarrollo autónomo, repetir la historia de la burguesía norteamericana. Pero en la realidad ello implica destrozar la estructura de las relaciones de propiedad que sostienen el atraso, con el cual lucran no sólo las metrópolis, sino las propias burguesías nacionales”(2) .

             Solamente en una pelea de largo aliento contra el imperialismo y sus relaciones de dominación, impuestas desde hace más de dos siglos en la Argentina, podría comenzar a desarrollarse un proceso de industrialización al servicio de los intereses de los trabajadores y de las masas oprimidas. Pero esto, a su vez, sólo sería posible en pelea simultánea contra los capitalistas nativos, y en el camino hacia una confrontación con el imperialismo a escala planetaria.

 

Maxi

 

 

 

1. Milcíades Peña, El paraíso terrateniente, Bs. As., 1972, pág. 77.

2. Milcíades Peña, La clase dirigente argentina frente al imperialismo, Bs. As., Fichas, 1973, pág. 13.

 

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