Plan Colombia: leña para un país en llamas

 

En los últimos días, el presidente Pastrana autorizó a las Fuerzas Armadas a allanar, requisar y detener sin autorización judicial en zonas de guerra. A su vez, la ley aprobada permite al Presidente subordinar poblaciones enteras a comandantes de la policía y el ejército. Esto blanquea una situación que de hecho venía ocurriendo: el pueblo colombiano vive en un país de fachada democrática, en el cual sus instituciones se desdibujan y son reemplazadas por el aparato represivo, al mejor estilo de una dictadura militar.

El estado colombiano enfrenta la peor de sus crisis, con un desempleo que supera el 25% y con los capitales huyendo despavoridos (la inversión extranjera pasó de US$ 6.700 millones en 1997, a menos de 120 en el 2000). Si bien esta ley es un peligroso antecedente, si se tiene en cuenta el triste record de violaciones a los derechos humanos que tienen las fuerzas de seguridad, se hace ver como única alternativa para continuar acallando el descontento social y para mantener a raya a la guerrilla insurgente.

 Los sindicalistas reciben continuamente amenazas de todo tipo y en muchas ocasiones son secuestrados y hasta asesinados. Se ha convertido en una práctica diaria esta persecución sistemática a los activistas sindicales, llevada adelante por grupos armados de ultraderecha que actúan como complemento del aparato represivo oficial, el cual se evita realizar tales actividades antidemocráticas (pero necesarias para mantener el orden).

 

La vida del campo en el nuevo milenio

 

Las áreas rurales son el escenario principal de la guerra de las Fuerzas Armadas y los “paras” contra las Farc. Y los campesinos son los que siempre pierden con cada combate. Desde 1996, las AUC (paramilitares de ultraderecha) y las Fuerzas Armadas vienen forzando de manera sistemática el desplazamiento de pueblos enteros, con el objetivo de “combatir a la insurgencia”. Sólo durante el 2000, casi 320.000 personas fueron desplazadas de sus lugares de residencia, en su mayoría rurales (El Espectador, 25/7/2001).

De este modo, las Fuerzas Armadas y los paramilitares buscan minar la base social que sustenta a las Farc. Una negativa del pueblo al desplazamiento en más de una ocasión tuvo como consecuencia decenas de civiles masacrados. En el transcurso del 2000, se calcula en casi 550 las masacres –asesinato colectivo de 4 o más personas indefensas– perpetradas por los “paras” y hay denuncias de 800 desapariciones (El Espectador, 25/7/2001).

Esto, sumado a que las importaciones agrícolas han aumentado en el último año en un 90%, representa un golpe dramático para el empleo en las áreas rurales. Lo que lleva a los campesinos a tomar una decisión: cultivar coca o amapola (unos de los pocos cultivos rentables) o tratar de subsistir del otro lado de la frontera.

Es por eso que los operativos llamados “Plan Colombia” y “Plan Andino” orquestados por el imperialismo yanqui para la (supuesta) erradicación de cultivos ilícitos, se han demostrado inútiles en lograr tal objetivo. La superficie de cultivo destinada a la coca ha aumentado en un 60% el último año, pasando de 100.000 hectáreas a 160.000, al mismo tiempo que el área fumigada se amplió de 30.000 a 52.000 hectáreas entre el 2000 y el 2001 (Clarín, 18/7/2001).

Según la Organización de los Pueblos Indígenas de la Amazonia Colombiana, en los últimos cinco años fueron utilizados más de dos millones de litros de herbicidas y se gastaron alrededor de US$ 53 millones para combatir los cultivos de coca y amapola (El Espectador, 22/7/2001). Hoy está en curso una frontal pelea entre la Unión Europea que se opone a la fumigación en las tierras de minicultivos indígenas y la política estadounidense de fumigación indiscriminada. Ambos coincidirían en la necesidad de fumigar los cultivos de las grandes plantas industriales, lo que no hace más que expresar la guerra comercial que ambas potencias sostienen en la región.

Además, se estima que alrededor del 70% de los US$ 1.300 millones que aprobó el Congreso estadounidense para brindar como ayuda a Colombia, ha sido utilizado para la represión militar, y el 30% restante para el desarrollo de planes de cultivo alternativos. Por lo tanto, para lo único que están sirviendo el “Plan Colombia” y el “Plan Andino” es para entrenar y equipar a los ejércitos locales en la lucha contra la guerrilla, y para facilitar la intervención yanqui en la región.

La gran mayoría de los campesinos están optando por escapar del asedio constante de los paramilitares y de la ruina de sus plantaciones. Su destino más común es Ecuador, donde el 80% de la población vive por debajo de la línea de pobreza y que, lejos de gozar de salud democrática, es un país convulsionado que cambió varias veces de presidente en los últimos años. O sea que un considerable aumento de la población en un país en ruinas hace pensar en conflictos sociales. Por eso es que el ejército estadounidense ha instalado una base en el puerto de Manta como componente clave del Plan Colombia (esto sumado a US$ 47 millones destinados a “funciones de inteligencia y vigilancia de Ecuador”).

 

Hacia una vietnamización del conflicto

 

La guerrilla colombiana ha crecido considerablemente en los últimos tiempos, calculándose en más de 15.000 sus combatientes y en 50.000 personas su base social organizada. Sus fuentes de ingresos son millonarias y se encuentran en crecimiento, lo que les permite una total autonomía política y militar. Además, dictan leyes, administran la justicia, y organizan el sistema educativo. Se puede afirmar, entonces, que las Farc han construido algo muy similar a un estado, así sea embrionario, o sea una cosa bastante sólida y difícil de quebrar por las FF.AA. colombianas.

Es por eso que el mismo Henry Kissinger afirmó que “el Plan Colombia fracasará y provocaría la intervención abierta de los Estados Unidos” y, según su opinión, podría llegar al estancamiento y luego a la frustración, del mismo modo que ocurrió con la guerra de Vietnam en la época en que fue secretario de Estado de los Estados Unidos.

Por otro lado, el gobierno endureció su postura con respecto a las negociaciones de paz, tanto con las Farc, luego de haber capturado a miembros del IRA (quienes son acusados de entregar poderosos explosivos a la guerrilla), como con el ELN, con los que suspendió las negociaciones semanas atrás.

Son algunos de los tantos elementos que muestran que la solución “pacífica” es imposible de concretarse dentro del contexto actual de dominación capitalista y de opresión imperialista.

Consideramos que es necesario pronunciarse en contra de la intervención estadounidense en Colombia, porque es a su vez pronunciarse en contra de todas las medidas que el estado yanqui digita en América Latina y que cada día profundizan la miseria y opresión de los pueblos. Tenemos que tomar conciencia de que lograr un repudio masivo es uno de los primeros pasos para pensar un futuro sin dominación.

 

FEDoN

 

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