¿Asamblea Constituyente?:
El problema es el Estado…
La
burguesía discute cómo unificar a parte del aparato represivo en un nuevo
cuerpo de 65.000 hombres. Altamira desde el Partido Obrero (PO), y otros,
predican que mediante el voto se puede dejar de pagar la deuda externa, y
terminar con la desocupación, con los banqueros y con los capitalistas.
Es
evidente que la criminal burguesía razona en forma más realista que estas
corrientes de la izquierda.
La teoría marxista (con su
ineludible praxis) no fue concebida como un médico de cabecera del capitalismo
enfermo, sino como una herramienta para sepultarlo.
Sin embargo, algunos dirigentes que
dicen adscribir al marxismo actúan como curanderos y ofrecen una receta para
curar la descomposición evidente del régimen político burgués, o sea su férrea
dictadura apenas embozada detrás de algunos elementos democráticos formales. La
“droga mágica” es la Asamblea Constituyente. Afirman que el “remedio” que
ofrecen es un puente hacia el poder de los explotados que, desde una
institución de la constitución, la asamblea nacional constituyente, podrían
supuestamente imponer transformaciones revolucionarias “empalmando” (así dicen)
con las ilusiones democráticas de los trabajadores y el pueblo.
Pero como suele sucederle a los
curanderos oscurantistas, todo está mal: el diagnóstico, el tratamiento y el
resultado del mismo.
La discusión no es poco relevante.
En primer lugar, porque con la consigna de Asamblea Constituyente parte
significativa de la izquierda sale a inyectar ilusiones en el régimen
democrático burgués, hoy crecientemente desprestigiado ante los ojos de las masas.
De este modo, alimentan la creencia de que con el buen funcionamiento del
régimen político de los explotadores, podría resolverse la catástrofe que se
vuelca sobre los trabajadores y el pueblo. En segundo lugar, el tema demuestra
la capacidad del régimen capitalista para absorber-asimilar a quienes empezaron
siendo sus enemigos.
Sin dudas, los tiempos cambian. A
comienzos del siglo XX, que la socialdemocracia controlara al movimiento
obrero, le costó al imperialismo alemán tolerar sus sindicatos y bibliotecas
obreras y que tuviera 114 diputados nacionales. En la Argentina de hoy,
bastaron algunos escaños en una ciudad y el manejo de algunos planes Trabajar,
o de otro nombre, para que algunos izquierdistas no quieran “sacar los pies del
plato”. Y desde la Legislatura porteña, se dedican a vender espejitos de
colores de “soluciones indoloras” y “milagrosas” que evitarían que el pueblo
tenga que poner el pecho frente a las balas para poder derrocar al Estado (que,
también milagrosamente, ¡desapareció!). Beatíficamente, el gobierno sería
sustituido por una asamblea nacional soberana elegida por sufragio universal,
en la cual –nuevo milagro mediante– la ínfima minoría socialista que registran
las elecciones generales, se transformaría en mayoría “constituyente”.
Altamira:
del dogmatismo estéril al kautskysmo real
Los bolcheviques levantaron el
reclamo de Asamblea Constituyente por tres razones centrales: contra la
autocracia zarista, contra la nobleza terrateniente y para la lucha por la
tierra y contra la opresión nacional.
Las “tesis de abril” de Lenin, una
vez operada la revolución de febrero y quebrado el monopolio militar burgués de
la violencia, tuvieron como eje central el educar pacientemente en que todo el
poder debía estar en manos de los soviets de obreros, soldados y campesinos.
Tanto fue así que una consigna
subordinada como la de Asamblea Constituyente estuvo atada al eje central de “todo
el poder a los soviets” que garantizaran paz, pan y tierra y también convocaran
a una asamblea constituyente.
Con dudas por parte de Lenin –que no
lograba la unanimidad que parecen obtener algunos gurúes criollos– se convocó a
una Asamblea Constituyente donde los bolcheviques quedaron en minoría: en pocas
horas fue disuelta por algunos piquetes de obreros armados o, más precisamente,
de las guardias rojas.
Comparar el proceso argentino con el
ruso es como comparar una papa con un bombardero F16.
La comparación tiene igual validez
para lo expresado por Trotsky sobre China en 1928 (Stalin, el gran organizador
de derrotas). Había empezado una revolución en 1919, había guerra entre
distintos señores feudales, no había unidad nacional sino fragmentación
completa de China. Además, por lo menos para mí, incluso en aquellas
condiciones era dudosa la justeza de la consigna de Asamblea Constituyente.
La experiencia de los
revolucionarios de hace un siglo tiene como marco de referencia las asambleas
nacionales de Inglaterra o Francia en las revoluciones contra el feudalismo que
encabezó la burguesía para pasar de un régimen de explotación a otro superior,
pero también de explotación.
Esos procesos tienen una validez
relativa hoy, en dos sentidos: por un lado, en la Argentina actual, se trata de
derrocar a la sociedad de clases; en segundo término, para quienes tratamos de
emerger de las aguas nauseabundas del dogmatismo en el que se refugian las
sectas intemporales, las experiencias realizadas a lo largo del siglo XX tienen
mucha validez.
Para la Internacional Comunista, en
vida de Lenin y Trotsky, el centro de la política era luchar por desenmascarar
a la dictadura del capital con disfraz parlamentario, lo que incluía también
dar la lucha en las condiciones y bajo las reglas de juego que imponía la
burguesía, por ejemplo en las elecciones y en el parlamento. El objetivo era
que un bloque de leales comunistas impulsaran –también en ese ámbito hostil– la
necesidad de la revolución obrera y popular contra el Estado burgués y sus
gerentes en el gobierno.
Esa política es opuesta a la de ser “más
papistas que el papa” en el terreno democrático burgués. Y empalmaba con la
experiencia de la primera posguerra, que no sólo barrió a numerosas monarquías
frente al peligro revolucionario, sino que inauguró la “terapia democrática”
como forma de contrarrestar a la revolución (más de medio siglo antes de que
Carter la descubriera después de que los vietnamitas tiraron a los marines al
mar).
Para poner un solo ejemplo de
aquella época: después de asesinar a Rosa Luxemburgo y a Karl Liebknecht, la
socialdemocracia convocó a una asamblea constituyente en la República de Weimar
y estaba dispuesta a realizar algunas concesiones. Allí, Karl Kautsky y otros
popes menores, propusieron que los soviets obtuvieran categoría constitucional,
simplemente para licuar su filo revolucionario. Esto motivó a Lenin a escribir
un trabajo que se conoció con el título de La revolución proletaria y el
renegado Kautsky.
Una experiencia mucho más cercana en
el tiempo y en el espacio, la del Focep (Frente Obrero, Campesino, Estudiantil
y Popular) en el Perú de 1978, ofrece ricas lecciones que están tratadas
sucintamente en la nota anexa, al igual que el bochorno del hijo mayor de
Altamira (Política Obrera) frente a Videla.
En el Perú de hace veinte años, la “moción
roja” no fracasó en lo fundamental por la aritmética parlamentaria, sino porque
la burguesía conservaba el poder en todos los órdenes, incluido el militar,
como lo demostró el genocidio –silenciado– perpetrado por la burguesía y su
brazo armado durante los últimos veinte años.
Sin dudas, el “renegado” Kautsky ha
encontrado muchos seguidores. Sobre todo entre aquellos que olvidan la
definición de Marx acerca de que el Estado es, en lo fundamental, una banda de
hombres armados que defienden el interés del capitalismo. Pero aunque se
pretenda esconder este olvido tras una maraña de consignas, el Estado existe, y
se impone con toda la fuerza que suele tener la realidad. En consecuencia, es
sólo un vaticinio que opera en el reino de las ideas, el pretender que los
explotados pueden ser llevados de las narices a hacer una supuesta revolución,
por la vía de hacerlos luchar por algunas consignas, sin que se den cuenta de
que les tocará jugarse la vida para realizarla.
Altamira:
remember Menem
Si hay un país en el mundo donde es
imperdonable levantar como reclamo la convocatoria a una asamblea
constituyente, ese país es la Argentina.
Ya a fines de 1992 la LSR tituló la
tapa de Bandera Roja Nº 2: “No a la reelección de Menem”. Esto fue cuestionado
desde variopintas tiendas, incluyendo la que lidera Jorge Altamira. Poco tiempo
después se sellaba el Pacto de Olivos que aseguraba la realización de la
Asamblea Constituyente de 1994, que posibilitó la reelección de Menem, concretada
un año después.
Lo que se niegan a ver quienes
conviven cómodamente con las instituciones de la democracia burguesa, es que en
un régimen agotado económica, social y políticamente, todo cambio institucional
significa un nuevo y mayor retroceso para los trabajadores, por más que los
fabricantes de ilusiones luchen denodadamente por recrearlas.
La única Asamblea Constituyente
posible hoy es la ultrarreacionaria convocada por De la Sota para bajar el “costo”
de la política (o sea, para avanzar hacia un régimen semidictatorial o
totalitario hasta donde pueda).
Es muy posible que el cordobés De la
Rúa decida imitar a su coprovinciano. Y Altamira deberá apelar a toda la “viveza
porteña” para encontrar una respuesta no tan burda como es seguir proponiendo
una Asamblea Constituyente “auténtica y soberana” frente a la “trucha” de De la
Sota: en el placard capitalista hay una sola prenda auténtica, y se llama “trucha”.
Ilusiones
democráticas: ¿de las masas o de Altamira?
Quienes fundamos el MAS, o antes
fuimos dirigentes del PST, cometimos muchas barbaridades a las que Altamira
llamó, correctamente, “desviación democratizante”.
Los errores son errores y se pagan,
a la corta o a la larga. Pero, sin pretender atenuar un milímetro la magnitud
de esos errores, cabe contextualizar que la “desviación democratizante” del MAS
tuvo lugar durante el apogeo de las ilusiones democráticas de muchos millones
de explotados que “compraron” el cuento de Alfonsín primero y el de Menem
después.
Hoy asistimos a un fenómeno social
opuesto: las ilusiones de las masas explotadas en las instituciones de la
democracia burguesa están en franco retroceso, después de una experiencia de
casi veinte años con ellas.
Contradictoriamente, esas ilusiones
crecen en la cabeza “democratizante” de Altamira y de sus correligionarios del
PTS y el MST, casi tan fanáticos partidarios de la Asamblea Constituyente como
el legislador obrero internacionalista porteño que tuvo el “honor” de ser el
primero en izar la bandera argentina en el flamante parlamento porteño.
Lucha
de clases: si Altamira tuviera razón, el crimen sería mayor
Nahuel Moreno, el dirigente
socialista revolucionario más importante de la Argentina, solía decir que si
alguien quería conocer las opiniones del PRT-La Verdad o del PST, tenía que
leer la prensa de Altamira unos años después. Sin dudas, en esto, Moreno tenía
razón.
La política “democratizante” del MAS
de hace doce años fue un gran anticipo del oportunismo de los dirigentes de
corta mira hoy.
Después de la “década infame” menemista
–que fue mucho peor que la original–, Altamira se dedica a glorificar las
dispersas y atomizadas luchas que hay; con lo que, además, demuestra su
desprecio completo por el proceso revolucionario que sí hay en la cabeza de los
trabajadores. Entre tantos adjetivos que utiliza –como el “piquetazo”– para
describir su idílica situación revolucionaria, pierde de vista el problema más
importante: si ésa fuera la situación de la lucha de clases, la estrategia de
la Asamblea Constituyente sería infinitamente más criminal, o un simple puente
que llevaría al precipicio a la potencial revolución.
El régimen burgués, hoy en caída
libre, sólo puede tener una resolución contrarrevolucionaria (la que hoy más
avanza en los hechos) o revolucionaria (la que barrunta en la cabeza de
cualquier trabajador que hoy habla de la deuda externa o del capitalismo con la
misma naturalidad con que hace unos años comentaba los clásicos de fútbol).
Quienes creemos que la revolución
madura en la existencia material, y embrionariamente en la conciencia de los
explotados, simplemente nos dedicamos a alimentar ese proceso incipiente y
repudiamos la política proburguesa de los “descendientes” de Kautsky, se llamen
como se llamen y tengan el vuelo de los cóndores o el de las gallinas.
Jorge
Guidobono