Los peligros ciudadanos de la inseguridad

 

Un caso que nos impresionó, entre los muchos que podríamos escoger de la crónica diaria de delitos callejeros, fue el homicidio, en situación de aparente robo, de un operario de una empresa subcontratista de la Autopista Bs.As.-La Plata, cuando realizaba tareas para la colocación del cerco perimetral para evitar, justamente, la escalada delictiva en dicho lugar.

¿Cómo pensar el acontecimiento, si desde la misma presentación de la noticia, se insiste en el nivel de “bestialidad” de los delincuentes frente a los humildes trabajadores?

Michel Foucault, un hombre que viene del pensamiento crítico francés, se ocupó de este tema (entre otros) encuadrándolo dentro de lo que considera “estrategias del poder”. Indaguemos en algunos de sus conceptos fundamentales en el libroMicrofísica del Poder (Ediciones La Piqueta) en lo referido al delito:

“(...) la prisión ha estado, desde sus comienzos, ligada a un proyecto de transformación de los individuos. Se tiene la costumbre de creer que la prisión era una especie de depósito de criminales (...). Esto no es cierto: los textos, los programas, las declaraciones de intención están ahí. Desde el principio, la prisión debía ser un instrumento tan perfeccionado como la escuela, el cuartel o el hospital y actuar con precisión sobre los individuos.

El fracaso ha sido inmediato, y registrado casi al mismo tiempo que el proyecto mismo. Desde 1820 se constata que la prisión, lejos de transformar a los criminales en gente honrada, no sirve más que para fabricar nuevos criminales o para hundirlos todavía más en la criminalidad. Entonces, como siempre, en el mecanismo del poder ha existido una utilización estratégica de lo que era un inconveniente. La prisión fabrica delincuentes, pero los delincuentes a fin de cuentas son útiles en el dominio económico y en el dominio político” (ob. cit., págs. 89-90; el destacado es nuestro).

Entonces, el “poder” modificó en el acto el proceso de constitución de la institución, aseguró que se la pensó como depósito, cuando en realidad se la había pensado y formulado como institución que modificara a la gente.

Foucault va más allá:

“Me pregunto si el trabajo penal no ha sido orquestado precisamente para lograr entre los delincuentes y los obreros estos malentendidos, tan importantes, para el funcionamiento general del sistema. (...) A partir del momento que la capitalización puso entre las manos de la clase popular una riqueza investida, bajo la forma de materias primas, de maquinaria, de instrumentos, fue absolutamente necesario proteger esta riqueza. Porque la sociedad industrial exige que la riqueza esté directamente en las manos no de quienes la poseen sino de aquellos que permitirán obtener beneficios de ella trabajándola. ¿Cómo proteger esta riqueza? Mediante una moral rigurosa: de ahí proviene esta formidable capa de moralización que ha caído desde arriba sobre las clases populares del XIX. (...) Ha sido absolutamente necesario constituir al pueblo en sujeto moral, separarlo pues de la delincuencia, mostrarlos cargados de todos los vicios y origen de los más grandes peligros. De aquí el nacimiento de la literatura policíaca y la importancia de periódicos de sucesos, de los relatos horribles de crímenes”

“(...) La prisión ha sido el gran instrumento de reclutamiento. A partir del momento en que alguien entraba en la prisión, se ponía en marcha un mecanismo que le hacía infame; y cuando salía no podía hacer nada sino recaeren la delincuencia. Entraba necesariamente en el sistema que lo convertía en un rufián, un policía o un confidente de la policía. La prisión profesionalizaba” (ob. cit., págs. 90-91).

Lo que se quiere destacar es cómo, desde hace más de una década se está viviendo una situación parecida, en cuanto a la estrategia del “poder” (en el discurso foucaultiano) de mostrar la brutalidad de que son capaces los delincuentes actuales, asesinando sin ninguna necesidad o por ejemplo cuando el canal (que gana todos los premios de Aptra, en el sector de información), cubre la noticia sobre la derogación de la ley, conocida como del “2x1”, con un comentario de los padres de la niña violada y luego asesinada salvajemente por un delincuente beneficiado por dicha ley, la conclusión (no explícita) es“está bien, hicieron lo que debían, pero demasiado tarde”.

Nos preguntamos por qué ocurrirá, hoy, un uso similar de tan viejas prácticas del poder. Una hipótesis podría ser cómo una de las agencias del poder, ubicada en la sociedad civil, pivotea sobre el fracaso del gobierno y el sistema en general, en el control efectivo de la delincuencia, a la vez que se logra ocultar el fracaso en la solución de los problemas de fondo. Otra hipótesis puede ser lograr la división de los dominados; lo que se repite, es ocultar los problemas principales.

Otra hipótesis, es probable que, con 14 millones de humanos empujados a una infravida, haya una porción que se dedique a la delincuencia, con lo cual el intento de los poderosos es aquí más complejo, lograr que los que aún sobreviven con algún empleo odien a los delincuentes, ya que es muy difícil que éstos perpetren sus acciones en los barrios donde viven los poseedores de la riqueza; lograr también que no se sumen a la delincuencia los que quedaron fuera del sistema. (Imaginemos el poder que tendrían los 14 millones si se organizaran en bandas delincuenciales; es necesario para el poder volver a demonizarlos, evitar que se organicen, lograr que se acostumbren a vivir de la caridad pública, eclesiástica o de fundaciones, responsabilizarlos de la falta de trabajo, argumentando a la vez que, de los 14 millones de desplazados, sólo unos pocos roban, eso quiere decir que no lo hacen por pobres, sino que lo hacen porque son enfermos sociales, de lo contrario todos los pobres robarían.)

Creemos que con este conjunto de hipótesis y preguntas, tenemos algunas buenas pistas para poder encontrar la compleja y antigua estrategia de las clases dominantes.

“Mi análisis termina hacia los años 1840 que me parecían muy significativos. Es en este momento cuando comienza el largo concubinato de la policía y de la delincuencia. Se ha hecho el primer balance del fracaso de la prisión, se sabe que la prisión no reforma, sino que por el contrario fabrica delincuencia y delincuentes, y éste es el momento en que se descubren los beneficios que se pueden obtener de esta fabricación.(...) ¿Qué es lo que hace tolerable la presencia de la policía, el control policial a una población si no es el miedo al delincuente? (...) Esta institución tan reciente y tan pesada de la policía no se justifica más que por esto” (ob. cit., pág. 96; el destacado es nuestro).

Nuestra hipótesis provisoria es que este retorno al pasado no se realiza de la misma manera; habrá que investigar cuáles son las especificidades de la coyuntura para luego poder dibujar con mayor precisión cuál es el mapa del conflicto con la burguesía en este terreno.

Lo que sí logra el poder, es que el problema de la delincuencia quede encerrado en ella misma, y no se lo relacione con la crisis capitalista actual. Crisis que deriva en que millones se sientan excluidos en su nación, al mismo tiempo que se les reclama responsabilidades como integrantes históricos de esa totalidad.

En algunos sectores sociales y políticos, la crisis masiva del sistema genera la idea ilusoria de que su descomposición masiva acelerará la caída de la ilusión en el sistema en la conciencia de las clases dominadas.

Yo sostengo lo contrario: la descomposición masiva generará posiciones en el poder, que serán aceptadas por las mayorías, para un retorno a la figura de gran predicamento que recomponga el “orden” roto, que haga levantar a la “nación” de sus ruinas. Combatir esta tendencia es tarea irrenunciable para los marxistas revolucionarios.

leandro

 

 

Asamblea Constituyente:

¿Una salida para los trabajadores?

 

El salto en la descomposición de la democracia burguesa, con la Alianza en el gobierno, parece no tener límites: la crisis del Senado, los chanchullos de corrupción, la asunción de Cavallo al poder sin que nadie lo haya votado… La crisis institucional burguesa pone a prueba a la izquierda que está en el parlamento –así sea de la Ciudad– y también a la que no. Así, el PO, el MST y el PTS creen haber descubierto “la salida que los partidos patronales no pueden llevar adelante” y por la que los trabajadores deben luchar: una asamblea constituyente. En el intento por no pecar de ‘‘democratizantes”, buscan disfrazar su planteo con diversos aditamentos: ‘‘Es necesario un congreso de trabajadores piqueteros y es necesario poner fin al gobierno impotente y entreguista y convocar a una asamblea constituyente’’(1). También ‘‘Al calor de la lucha, impulsar coordinadoras (...) u organismos similares de autoorganización de las masas, como embriones de doble poder obrero y popular (...). Esta será la única garantía, no sólo para lograr la convocatoria de dicha asamblea, sino también la ejecuciónefectiva de lo que allí se vote, frente al boicot inevitable de los capitalistas contra las masas” (2).

El problema es que si surgieran organismos de poder obrero al calor de la lucha de un régimen que se derrumba, como opina Altamira, ¿para qué impulsar otras instancias superiores de la democracia burguesa, si éstas prácticamente estarían a punto de morir? O, mejor dicho, si surgieran organismos de poder obrero y popular sería un error estratégico muy grueso pelear por una asamblea constituyente, porque en lugar de alentar que los organismos de poder obrero y popular peleen por la destrucción del Estado burgués, la lucha de los trabajadores estaría enjaulada dentro del marco de las pérfidas instituciones burguesas.

Pero esta situación no está planteada en lo inmediato: las luchas en lo fundamental son defensivas y la clase todavía no logra superar su atomización y desorganización. En consecuencia, ante la inexistencia de un organismo de lucha que imponga una asamblea constituyente, se ha llegado al disparate de que la asamblea sea convocada desde la Legislatura de la Ciudad, como plantea Altamira. O, según la propuesta del PTS y el MST, eligiendo constituyentes proporcionalmente en los distritos.

Creer que desde la Legislatura porteña se podrá imponer un programa obrero como pretende Altamira, es invitar a los trabajadores a un fracaso con final anunciado. Lo mismo corre para la elección de constituyentes, donde se expresará la relación de fuerzas que hoy existe en el terreno electoral; o sea, un ámbito donde es imposible imponer un programa obrero y revolucionario. Además de mostrar una profunda adaptación a los mecanismos de la democracia burguesa, se alienta la ilusión de que los explotados pueden hacerse cargo del gobierno y del poder sin que en el medio haya una revolución que los deposite en el poder. El estado burgués podría cambiarse desde adentro convocando a que ‘‘una asamblea constituyente se haga cargo del gobierno’’(3) para imponer, desde allí, un programa revolucionario. ¿Y con el Estado y el monopolio de la violencia en manos de la burguesía, qué hacemos?: bien, gracias.

El stalinismo educó a las masas explotadas en la teoría de la revolución por etapas. Hoy, el PO, el MST y el PTS nos ofrecen una teoría del “avance de la conciencia por etapas” según la cual, pasando por las distintas postas de las instituciones burguesas, se vería una luz al final del túnel y se llegaría, por fin, a la conclusión de que la sociedad capitalista no tiene solución sin su destrucción revolucionaria, para lo cual no hay túneles o atajosinstitucionales que valgan.

Tavo

    1. Prensa Obrera Nº 701, pág. 3.

    2. La Verdad Obrera Nº 80, pág 9.

    3. Prensa Obrera Nº 704, pág. 3.

 

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