Marxismo y Literatura (2ª NOTA)

Segundo Formalismo Ruso

   

Hacia 1920 se comienza a leer en la URSS el “Curso de Lingüística General” de Saussure y el Estructuralismo empieza a centralizar el debate de la teoría del arte. Pero no es sólo esto lo que signa el paso del primer Formalismo al segundo. Si bien el Formalismo era, en un sentido, la teoría dominante, o por lo menos la más desarrollada, no era por cierto la única: varios grupos y escuelas se disputaban la hegemonía cultural de la Rusia revolucionaria.

    Arvatov bregó por un socio-formalismo desde el movimiento constructivista, a partir de su crítica de excluir lo social en la teoría formalista de Shklovski, junto con el ala izquierda del Formalismo. Simultáneamente se gestaba la “Proletkult” postulándose como la “nueva cultura proletaria” con la férrea crítica de Lenin y Lunacharsky, que no se proponían una línea cultural establecida por el Estado como lo haría y lograría Stalin con el “Realismo Socialista”, del cual ya comenzaban a escucharse las voces.

    Será este contexto el que verá el paso del formalismo mecanicista al sistemático o estructural, donde el objeto de estudio no se define por oposición, sino como elementos correlacionados en una estructura. Así, los elementos son en relación a otros elementos de la serie literaria, y de otras series vecinas (como la música, la sociedad, etc.). Para el Formalismo liderado por Tinianov y Jakobson, la “literaturidad” no es una suma de procedimientos, sino “una construcción verbal dinámica”(1).

    La principal diferencia entre el primer y el segundo Formalismo se centra en la inclusión, por parte del último, de la esfera social en la evolución literaria: “Esta correlación entre la serie literaria y la serie social se establece a través de la actividad lingüística: la literatura tiene una función verbal en relación a la vida social”(2). Así establecen un pasaje desde la literatura hacia la serie social a través de su concepto de “Ustanovska” –orientación del discurso– con el que cristalizan su idea de la función desautomatizadora de la literatura, es decir, la literatura desautomatiza los elementos (verbales) automatizados de lo habitual-cotidiano. Y a la inversa, hay un pasaje desde la serie social a la serie literaria, ya que es de la serie social de donde se toman los elementos, en tanto principios constructivos, cuando éstos se automatizan, cuando su interacción con otros elementos de la serie se disipa.

    Para estos formalistas es central el concepto de “función”, ya que éste es el que cohesiona todos los elementos de la estructura, y los relaciona con las demás estructuras o series. Pero el concepto de estructura presupone la idea de jerarquía donde existe, en este caso, una función dominante. Entonces la evolución literaria debe ir de la función constructiva (capacidad de un elemento de relacionarse con otro elemento de la obra) a la función literaria (introducción de la obra en la serie literaria) y de ésta a la función verbal (relación de los elementos de la serie literaria con la serie social). Es decir, que los formalistas, a través de su teoría deestructura de funciones interrelacionadas con una dominante, que a su vez se interrelaciona con otros elementos similares de otras estructuras, obligan expresa e intencionalmente a estudiar la evolución del arte estudiándolo primero según las leyes que le son específicas y luego según la función verbal que lo relaciona con la sociedad. “Es imposible establecer una correlación rigurosa entre la serie literaria y las otras series sin haber estudiado previamente esas leyes”(3) (las que le son específicas).

    Es sumamente importante el aporte formalista al estudio de la teoría literaria y artística, sobre todo al introducir la idea de “procedimiento” que da cuenta de la artificiosidad del arte, es decir, de su carácter productivo y la necesidad de usar la técnica en beneficio de la obra a producir, heredada del Futurismo ruso, aunque esto se traduzca para el formalismo en una exaltación de la forma, que encadena al arte a su función estética.

    Pero el II Formalismo limita la relación de la literatura con lo social a su aspecto verbal ignorando, como señala Trotsky, la unidad sociológica del hombre social. “La escuela formalista es un idealismo abortivo aplicado a los problemas del arte. Los formalistas muestran una religiosidad que madura rápidamente. Son los discípulos de San Juan: para ellos, ‘en el principio era el verbo’. Para nosotros, en el principio, era la Acción.”(4)

MARIA JOSE

 

 

 

1.Iuri Tinianov, El hecho literario, pág. 8.

2.I. Tinianov, Sobre la evolución literaria, pág. 98.

3.I. Tinianov y J. Jakobson, Problemas de los estudios literarios y lingüísticos, pág. 103.

4.León Trotsky, Literatura y Revolución, pág. 127.

 

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¡Sí al placer, no a la obediencia!

 

Pocas obras de arte en la historia llevaron al extremo el sentido de felicidad por la creación y la exaltación del hedonismo como el filme “Locas Margaritas”, dirigido por Vera Chitylova. En él, las dos protagonistas, con un humor anárquico, muy en la línea de los hermanos Marx, se imponen como tarea destruir cada uno de los templos sagrados del buen gusto. Es así como restaurantes, estaciones, centros de compras, sucumben ante nuestras heroínas. Por supuesto, el filme, de origen checo, recibió la censura del stalinismo, que condenó a la directora por ser una pequeñoburguesa más abocada al placer que a la obediencia. Milan Kundera sentenció que el filme había logrado sobrepasar la estrecha mente de sus censores.

El mismo stalinismo que creó la aborrecible categoría de “realismo socialista”, marginando a miles de artistas y subestimando a millones de trabajadores, una vez más mostraba sus garras en la Checoslovaquia de aquellos años.

Chitylova formó parte de la nueva ola checa, junto a Milos Forman, Jiri Menzel y tantos otros, quienes al calor de la Primavera de Praga desacartonaron la estética chata y “obediente” en aquellos días.

Tanto la cinematografía checa como la polaca (con Wajda como referente) se desarrollaron en condiciones muy difíciles, a contramano del Partido y del concepto de “buen comunista”. El interrogante sería ¿qué es ser un buen comunista para quienes durante años construyeron una patética parodia de lo que es el socialismo?: el buen comunista es aquel que debe lealtad al comité, al dirigente y al pensamiento único.

Para los que luchamos por una humanidad libre de cadenas, el socialismo debería ser una construcción permanente donde el artista tenga la posibilidad de crear en la más absoluta libertad, y donde además del pan, como decía Trotsky, también se conquiste la poesía.

¿Por qué deberíamos luchar por el placer? Porque ante el imperativo de sumisión al que somos empujados a diario, el placer en todas sus formas es lo realmente subversivo: placer por el arte, por el sexo en sus más variadasformas, por las relaciones humanas en general.

Berthold Brecht en Me Ti, el libro de las mutaciones, se preguntaba el por qué de luchar si no era para estar mejor; el por qué acabar con aquello que nos oprime si vamos a construir otra forma de opresión.

Movimientos estéticos-libertarios como el Mayo Francés, la Primavera de Praga o la Contracultura americana, significaron algo más que meras movilizaciones reivindicativas: supusieron la discusión sobre una nueva forma de vida y una forma de hacer política.

París llena de graffitis –algunos, bellísimas obras de arte como “Prohibido Prohibir”– demostraron la existencia de una novel camada que no estaba dispuesta a aceptar que las decisiones sobre su existencia las tomaran los mismos de siempre.

Esos movimientos, así como cientos de intelectuales “marginales”, contribuyeron a que el marxismo fuera una teoría viva, la única capaz de asestarle un duro golpe al sistema capitalista. Una historia plagada de revoluciones y retrocesos, de camaradas muertos en campos de concentración, de perseguidos, de exilios, de combates por intentar “tomar el cielo por asalto”.

Nombres como los de Arnold Hausser, Louis Althusser, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, son vitales en esta historia, porque sin ellos el marxismo se hubiera estancado y atrasado en cientos de años y su teoría sería una especie de biblia intocable a la que habría que rezarle como en misa de domingo.

Las protagonistas de “Locas Margaritas” somos todos los que de una manera u otra hacemos de la “desobediencia” nuestra razón de ser, ante el concepto de “normalidad” imperante. Su “disfuncionalidad” es la nuestra, hartos de la mentira cotidiana, de la soberbia, de la prepotencia, de la obscenidad consumista.

Hace casi 33 años, un filme vital se atrevía a desafiar, a transgredir las normas estéticas y a poner sobre el tapete por qué había que tomarse con humor la rutina cotidiana. Hoy el desafío sigue siendo el mismo. En la década de los’60, los happenings, el contrateatro, el hippismo, la beat-generation, fueron la señal de que los jóvenes no querían el capitalismo, pero tampoco los tanques soviéticos entrando a Praga bajo el amparo de la doctrina Brezhnev.

Para las nuevas generaciones de “rebeldes sociales”, está planteada la chatura de repetir recetas como buenos alumnos, o el desafío de ponerse a reflexionar sobre el sentido profundamente revulsivo que tiene para el capitalismo la existencia de una corriente, de 150 años, que, más allá de sus virtudes y fracasos, sigue dando batalla.

Gustavo, furiosa entropía

 

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