Las provocativas declaraciones del embajador norteamericano en el Uruguay
PATRON DE ESTANCIA
Cualquier persona sensata sabe
acerca del papel que los Estados Unidos tienen en América latina. Las formas de
su influencia dominante sobre estos países nunca ha dejado de sentirse, aunque
haya tomado diversos estilos. En la época de Teddy Roosevelt se hablaba del big
stick (gran garrote) con el que Norteamérica dirigía los movimientos de su
patio trasero (principalmente Centroamérica y el Caribe). El lenguaje que
empleaba era francamente brutal.
A las maneras bárbaras de Teddy le
sucedieron políticas más sinuosas. Basta recordar el eslogan de otro Roosevelt,
Franklin Delano, la “política del buen vecino”. Las medidas contundentes del
tipo invasiones militares o conspiraciones con las fuerzas armadas locales, se
reservaron para situaciones altamente importantes (ya fueran
contrarrevoluciones preventivas o la represión de movimientos revolucionarios).
Los “malos tratos” con América latina se dejaron a un lado y se armó un
tinglado “interamericano” con relaciones “normales” entre países soberanos.
Por eso, hace falta remontarse hasta
principios del siglo XX para recordar algo parecido a las declaraciones de Christopher
Ashby, embajador norteamericano en Uruguay. (Braden, a su lado, parece el
cardenal Richelieu.)
El personaje de marras adjudicó la
culpa de los problemas del Uruguay a que la población de este país en 1992 votó
en un plebiscito en contra de la privatización de la compañía de teléfonos
(Antel) y de otras empresas públicas1. Afirmó que esta situación “no benefició
a las empresas y contribuyó a elevar la tasa de desempleo al 14%”.
Ignoramos a qué empresas no
benefició, seguramente a las que, eventualmente, hubieran monopolizado
brutalmente el mercado y encarecido las tarifas como sí sucedió en la
Argentina, México y Perú. Cuesta también imaginar qué desocupación habría
paliado la privatización, ya que como es notorio, los contratantes privados
suelen despedir mano de obra a gran escala.
Uruguay carecería de inversiones,
según este buen señor, no a causa de la estrechez de su mercado, sino a que el
Estado tiene una gran presencia en la economía, y eso desalienta a potenciales
inversores norteamericanos.
Tambien cayó en la volteada el
moderadísimo e inofensivo Frente Amplio, que nuclea a la casi totalidad de la
izquierda uruguaya. “Sus líderes son más viejos que los integrantes del partido
y algunos son más antinorteamericanos que el promedio del FA”, afirmó Ashby,
seguramente munido de una moderna calculadora.
Sabemos lo que quiere decir la
derecha cuando habla de “lo viejo”. Se refiere a cualquier cosa que, cercana o
lejanamente, evoque al socialismo. El discurso de Ashby, si bien habla de
Uruguay, se refiere en verdad al conjunto de América latina. Es la amenaza
abierta del imperialismo norteamericano de que no tolerará grandes matices en
el libreto democrático burgués. Hay una política económica única a la cual
apoyarán plenamente. La manera de llegar, la dejan a los políticos de la
burguesía nativa. “Arréglense como puedan”, parece decir Ashby “ya saben cuáles
son los límites”.
Las declaraciones del embajador fueron
mal recibidas por el conjunto del arco político uruguayo. Su eje argumental fue
que se puede opinar sobre los actos de gobierno, pero no sobre los
pronunciamientos electorales del pueblo uruguayo. En resumen, se quejaron de la
falta de diplomacia del diplomático.
Todos se quejaron, menos uno: el
presidente Jorge Batlle. Salió a decir que se le había dado demasiada
importancia a esas declaraciones y agregó que Estados Unidos ayudó
diplomáticamente al país en relación al brote de aftosa en el ganado (con lo
cual se alineó con Estados Unidos contra Brasil, lo cual en los términos de la
política burguesa es entendible).
“Estas declaraciones no son nunca
otra cosa que la expresión de una opinión”, explicó Battle. ¡Claro! Una opinión
más dentro del armónico reino de la democracia. La opinión del embajador del
país más poderoso de la tierra es una más entre otras. Igual a la de un obrero
municipal por ejemplo. Un aporte, entre otros, a la solución de los problemas
nacionales.
La respuesta más descortés que
recibió Ashby la dio Rodolfo Nin Novoa, candidato a vicepresidente por el
Frente Amplio-Encuentro Progresista (hoy primera fuerza política del país).
Declaró que no se trató de la “impertinencia de un embajador sino de una
mentira, pues la Argentina vendió sus empresas públicas, vendió todo, no hubo
plebiscito, y el desempleo hoy es más alto que en Uruguay”.
Más allá de las diferencias que
mantenemos en todos los terrenos con la conducción del Frente Amplio, lo
esencial es repudiar la política norteamericana de “patrón de estancia” en la
región, de la cual este “incidente” es apenas una pequeña parte (aunque
aleccionadora acerca de sus alcances), mientras el Plan Colombia es la pieza
maestra.
Foxley
1. El plebiscito de 1992 fue producto de la alianza del
FA, los colorados de Sanguinetti y blancos disidentes contra el gobierno blanco
de Luis Alberto Lacalle.