DE LA RUA ES EL GERENTE DEL GRAN CAPITAL

CAMPO MINADO

 

El gobierno está sentado sobre el polvorín de la crisis económica y la posible cesación de pagos, y enfrenta un creciente aislamiento social, del que el reciente paro general fue una importante demostración.

            No obstante, tiene a su favor dos elementos. Por un lado, el fuerte apoyo del gran capital internacional y nacional. Por el otro, que los trabajadores y el pueblo sufren grandes insuficiencias en su radicalización, organización y conciencia política. Esto otorga fenomenales ventajas al gobierno, a los partidos de la patronal y a las burocracias de distinto pelaje en el control o amortiguamiento de las protestas de resistencia.

            Los dos elementos son, además, interactuantes, y pueden otorgar un respiro relativo al gobierno, así sea al costo de su deterioro ante la población.

 

De la Rúa es la continuación del menemismo en condiciones nacionales e internacionales más graves. Por eso es un gobierno de ajuste permanente para volcar el saqueo a los trabajadores en el barril sin fondo de la deuda con los usureros internacionales y nacionales.

            En el pacto fiscal que firmó con los gobernadores peronistas presentó, como una gran concesión, el aumento en 225 millones de dólares para asistencia social. O sea, algo así como el 1% de los 20.000 millones de deuda que vencen el año próximo; a cuyo pago está destinado el 22% del presupuesto enviado al Congreso, y es casi el doble del 13% destinado a cubrir los salarios de todo el personal público.

            En estas condiciones es lógico que la economía esté estancada, en un año en que el gobierno preveía un crecimiento de entre 3,5 y 4%; y todo hace dudar del modesto pronóstico del 2,5% de crecimiento para el próximo año.

 

En estas condiciones es que se está produciendo el salvataje financiero actual que es un verdadero blindaje para que los acreedores puedan cobrar y para que el gobierno pueda evitar la cesación de pagos.

            Es una operación preventiva para tratar de impedir que se produzcan dos problemas. El primero, es el derrame de la crisis a Brasil y a otros países, en un momento delicado de la situación económica mundial. El segundo, es el negativo efecto que tendría la bancarrota del “mejor alumno” del liberalismo de los ’90, el que aplicó a rajatabla esta política. Sería exhibir al monstruo a la vista del mundo, con un posible efecto “espanto”. Incluso si ingresaran –lo que está por verse– “fondos frescos” –como dicen algunos con malicia, otros con zoncera– en el actual cuadro de la situación económica-social, van a ir a parar a los bolsillos de Techint, Fortabat y otros pulpos.

            Como contrapartida, al no tener más bienes del estado para vender, la Alianza está dedicada a prorrogar los plazos de las concesiones, 15 años antes de su vencimiento, como en Loma de la Lata, en subtes, en trenes, y autorizando aumentos para “financiar futuras obras” del malón de piratas privatizadores. Por eso, el país se parece cada vez más a una factoría y menos a un país relativamente independiente (ver pág. 2).

 

La desocupación, el hambre, la desesperanza, son la base de la protesta social y la resistencia que, en lo fundamental, sigue siendo dispersa, molecular e hiper defensiva, llegándose a arriesgar la vida por un Plan Trabajar de 120 pesos.

            Esto sigue siendo válido incluso a pesar del masivo paro sindical y cívico del 23/24 de noviembre (ver pág. 3).

            Lo que tienen por delante los trabajadores y el pueblo, es que siga el ajuste permanente, que se liquide, de golpe o por etapas, la jubilación estatal, se aumente la edad jubilatoria de la mujer, y sigan los despidos.

            La tendencia es hacia nuevas luchas ultradefensivas, al estilo de Tartagal y otras localidades; en contra de despidos masivos como en Clarín y otros medios; y contra la represión, como el brutal ataque de De la Sota-Kammerath a la asamblea de los municipales cordobeses.

 

Avanza la represión, como forma práctica de funcionamiento del capitalismo hoy.

            El asesinato de Verón en Tartagal, la represión en Córdoba y a los periodistas de Clarín, fue complementada con la campaña macartista del gobierno en contra del paro.

            Algunos sectores burgueses llaman también a pasar del terrorismo sólo verbal al de los hechos, como expresa Germán Sopeña en el editorial de tapa del diario La Nación (25/11/2000) al día siguiente del paro general.

            En lo que dependa del gobierno que se presentó como “centroizquierdista” y sus patrones, no sólo vendrá una política económica-social de derecha: también intentarán un recorte creciente a las libertades públicas. La ignominia del trato que se da a los presos de La Tablada es un hecho demostrativo. La cárcel para Castells y Alí también.

 

Todo este cuadro plantea una situación de crisis política, de fractura o, como mínimo, de enorme desgaste en la Alianza. Y abre el juego para Ruckauf y el sector del peronismo que alienta la ola de rumores sobre que “De la Rúa no se dio cuenta de que está gobernando” (Moyano). Repiten el mismo estilo de la tortuga con que se representaba al presidente Illia, cuando Vandor estaba entongado con el golpe militar del general Onganía en 1966.

            No obstante, todo parece indicar que por ahora hay un respaldo “blindado” del gran capital a De la Rúa, y que Ruckauf va a tener que quedarse con las ganas y exponerse al desprestigio de la crisis que incubó la Provincia de Buenos Aires, con un descomunal endeudamiento en los tres últimos años.

            La tendencia hacia la que apunta la situación de los dos grandes bloques capitalistas no es a una recuperación sino a su agudización.

            La crisis de la Alianza y sus fracturas y la feudalización del peronismo, se van a profundizar al compás del Pacto Fiscal. El congelamiento por cinco años del gasto público (excepto el destinado al pago de la deuda) es una bomba de tiempo para las provincias, para la educación y para la universidad radical.

            Cuándo y de qué forma explotará esa bomba es difícil de predecir. Pero lo que sí se puede diagnosticar es que se trata de una bomba de fragmentación, que estallará en las manos de quienes firmaron ese pacto infame.

 

La “centroizquierda” llegó al gobierno y acompañó todas las políticas de la derecha burguesa hasta que no le quedó otro remedio que ser la quinta rueda del carro, y se terminó cayendo.

            Intentar recrear ahora desde el llano un proyecto parecido “pero mejor”, es una tarea tan ímproba como difícil de lograr, y está condenada a repetir el mismo engaño que en los ’90 atrapó a los sectores “progresistas”.

            Sin embargo, hay en danza múltiples proyectos al respecto. Unos quieren una reedición más “progre”; otros, propulsan un “Frente Nacional” con Moyano, el PCR-PTP y sectores peronistas.

            Más allá de las especificidades de cada discurso, ambos tienen en común dos cosas: detrás de ellos se mueve un sector de la Iglesia, y ambos pretenden lograr “un capitalismo humano” o la “liberación del país”, dos proyectos patronales tan utópicos como reaccionarios e impracticables. Más precisamente, una nueva oferta de espejitos de colores.

 

Desde la LSR estamos convencidos de que hay otro camino para la expresión política de los trabajadores. Puede comenzar, alternativamente, desde un bloque del socialismo revolucionario que tenga política hacia el conjunto de las corrientes socialistas; o desde un proceso de agrupamiento de todas las corrientes del socialismo, así sea hegemonizado por sectores moderados y/o reformistas, dentro del cual bregáramos por la organización de una corriente del socialismo revolucionario.

            Somos enemigos mortales del sectarismo estéril, tanto como del oportunismo y del engaño. Somos partidarios de acuerdos claros, que permitan actuar en común, y de independencia plena y responsable de cada corriente dentro de ese acuerdo.

            Así podría empezar a conformarse una fuerza de izquierda y socialista que se diera estructuras político-organizativas que posibiliten la organización de miles de compañeros. La mayoría de ellos no pertenece a ninguno de los agrupamientos políticos hoy existentes, y son protagonistas de las luchas sociales, precisamente el frente prioritario al que debe volcarse un movimiento de esas características cotidianamente. Máxime en momentos de resistencia, y en los que es necesario parar a los trabajadores sobre nuevas bases, después de haberse agotado el modelo sindical peronista del último medio siglo.

 

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