En el gran paro del pasado 23 y 24
de noviembre se encontraron el llamado de Moyano, De Gennaro y la CGT Azopardo,
con la bronca del pueblo y sus ganas de repudiar al gobierno como pudiera.
El resultado fue un plebiscito
callejero apabullante, que multiplica su importancia porque el paro sindical y
cívico tuvo tamaño éxito a pesar del descrédito de toda la dirigencia sindical.
Por eso las concentraciones fueron
raquíticas, al margen de la lluvia y del temor que instaló el gobierno: la
gente les dio la espalda. Y la burocracia se negó a convocar a una gran
concentración única el jueves, temiendo tanto al fracaso como a un éxito que la
colocara en un apriete mayúsculo después del paro.
El grueso de los piquetes que se
realizaron en el Gran Buenos Aires, fueron más “movidas de aparatos” –o de
militantes veteranos, hoy desorganizados– que una expresión fuerte de la base.
El viernes, el paro tuvo también
carácter “cívico”. El grueso de las calles estaban vacías de gente e incluso de
automóviles. El diagrama de emergencia de los trenes debió ser suspendido, más
por la falta de pasajeros que por algunos piquetes que se hicieron.
Con las manos tintas en sangre,
después de la represión en Corrientes (a 10 días de asumir) y en Salta pocos
días atrás, la Alianza armó un brutal operativo de terrorismo ideológico e
intimidación.
Es probable que haya sido parte, o
no, de algunos atentados previos al paro, o del asesinato del piquetero de
Chaco. Eso es imposible de saber hoy. Pero la historia del radicalismo, desde
“la Patagonia trágica” hasta su accionar en La Tablada en 1989, dan validez a
la sospecha.
Lo seguro es que quiso instalar el
miedo en el pueblo y aprovechar en su favor el descrédito de la burocracia
sindical.
Jugó todas sus cartas. Desde el
“fanatismo” propio de los “conversos” como Patricia Bullrich
(Bullrich-Luro-Pueyrredón) hasta el del ex “progresista” Storani: todo estuvo
al servicio de crear un clima de temor y amedrentamiento que hacía recordar
tiempos pasados, y pretendía empalmar con el temor que dejaron en el pueblo esos
tiempos.
Pero, en lo fundamental, fracasó. Y
el pueblo expresó su repudio al gobierno de distintas formas.
No lo hizo por confianza en los
dirigentes sindicales sino porque este gobierno, en menos de un año, defraudó
completamente las esperanzas que depositaron millones de argentinos en que la
Alianza era la forma de terminar con el menemismo. Y, lejos de un cambio, se
encontraron con su continuidad en todos los terrenos y con el empeoramiento de
la situación económica: después de que Menem vendió todas las “joyas de la
abuela”, la Alianza endeudó aun más al país. El título de tapa de Bandera Roja
N° 48 decía: “De la Rúa es Menem”. Y los trabajadores y el pueblo demostraron
piensan algo parecido.
Daer se sumó a último momento al
paro por dos razones: desde el gobierno no venían señales de negociación sobre
las obras sociales que se “desregularán” el
primero de enero próximo.
Y si el paro era masivo el día
viernes, la CGT de Azopardo quedaría “en cueros” y sin ninguna fuerza de
regateo. Por eso también amagó con otro paro para el 15 de diciembre y una
marcha al Ministerio de Economía.
Moyano y De Gennaro, si bien también
tienen intereses en las obras sociales,
convocaron al paro de 36 horas por distintas jugadas sindicales y
políticas de cada uno de ellos. Ambos buscaron reposicionarse internamente, y
frente a Azopardo.
Pero, políticamente, Moyano juega a
favor de una transfusión de sangre al alicaído y dividido peronismo; mientras
De Gennaro, en nombre de un sector de la iglesia, busca armar una estructura
centroizquierdista que cubra el espacio que está dejando vacante la enorme
erosión del Frepaso.
Pero el mismo viernes 24, los tres
dejaron en claro sus objetivos inmediatos. Todos son enemigos de aprovechar el
éxito del paro para seguir golpeando sobre el gobierno y su amo, el gran
capital. Moyano llamó al gobierno a “reflexionar”, Daer a “dialogar” y De
Gennaro a que la Iglesia Católica integre el gobierno y maneje la asistencia
social.
El mayor logro del paro es que los
trabajadores y el pueblo se demostraron a sí mismos que tienen la fuerza para parar
al país, enfrentando al gobierno.
Templar la confianza de los
explotados en sus propias fuerzas, es un elemento clave para la resistencia.
Las limitaciones son obvias: no hay
organizaciones, militancia ni dirección, para tomar este paro como un trampolín
para una lucha continuada y contundente. Pero todo lo que falta no puede
construirse en un laboratorio sino en el campo de batalla de la lucha de clases
tal cual ella se da. No hay otro camino.
La burocracia y los partidos
patronales pueden sobrevivir, a pesar de estar muy debilitados, porque los
trabajadores y el pueblo vienen de una década de derrotas, carecen de
experiencia en formas nuevas de organización, son inexpertos y confiados; y no
hay una vanguardia políticamente organizada, seria, experimentada y confiable.
Desde el punto de vista de la LSR,
creemos que hay que continuar alentando, sistemáticamente, la misma política
que propusimos también para este paro: ni un milímetro de confianza en la
burocracia y los partidos de los patrones y sus aliados; organizarse por la
base, y junto a la militancia anticapitalista, en los barrios, en los lugares
de trabajo y estudio, buscando todas las formas posibles de coordinación para
ofrecer una resistencia eficaz.