Argentina: UN PAIS INDEPENDIENTE SOLO EN LOS PAPELES
Es
muy importante definir qué tipo de país es hoy la Argentina. Es evidente que
hay un cambio muy importante con respecto al país que existía un cuarto de
siglo atrás.
Bajo
el menemismo se denominó como de “relaciones carnales” a las que se tenían con
Estados Unidos, un elegante eufemismo con el que se pretendía encubrir la
prostitución y el sometimiento que se practicaba en todos los terrenos.
La
discusión, no obstante, no es sobre adjetivos (país dependiente, semicolonial,
o alguna otra “etiqueta”) sino sobre contenidos. Y es vital no acomodar la
cabeza en la almohada de definiciones de hace medio o un cuarto de siglo que,
incluso pudiendo ser correctas en su momento, son inservibles y/o contraproducentes
para analizar la realidad de hoy, y tener política y programa para ella.
Este
intento de búsqueda parte de una constatación: sería criminal especular con que
pudiera haber sectores burgueses progresistas, o que defiendan un supuesto
interés nacional.
La
clase capitalista “argentina” está plenamente integrada a la burguesía mundial,
bajo cuya ala nació comercialmente. Valgan como ejemplos los más de 100.000
millones de dolares que fugó al exterior y las empresas de origen nacional que
se expandieron a otros países. Para mencionar sólo dos ejemplos, veamos la
compra de la siderurgia venezolana por parte de Techint o la “conquista” del
mercado asiático por Pescarmona.
Este
proceso de concentración y monopolización en el que estamos viviendo, deja en el
camino no sólo a los trabajadores, sino también a muchos sectores capitalistas,
que se manifiestan abiertamente descontentos por los perjuicios que les
ocasiona.
Pero
este descontento, lejos de traducirse en una resistencia revolucionaria, que a
la vez se apoye y apoye las luchas del pueblo pobre, más bien adopta medidas de
presión y/o de chantaje para mejor negociar su búsqueda de un “lugarcito bajo
el sol” del gran capital. De no lograrlo, simplemente, se dejará aplastar.
Durante
épocas pasadas, en el seno de la izquierda se discutía con pasión si el tratado
de Roca-Runciman significó un salto en la colonización británica en la llamada
“década infame”; o si, 15 años después, la firma puesta por Perón en los tratados
de la OEA y el TIAR, había significado el pasaje a la órbita norteamericana
sumada a los contratos petroleros suscriptos con la Californian a comienzos de
los cincuenta, que denunció Jhon W. Cooke. O si ese proceso se completó bajo la
presidencia de Frondizi, con el ingreso al FMI y los contratos petroleros.
Hoy
el tema casi no se toca. Y cuando se lo hace es, en lo fundamental, para
repetir el viejo cuento stalinista acerca de los “reyes magos” de la burguesía
nacional. En las antípodas, están quienes disuelven las especificidades de la
Argentina (y de América latina) en las generalidades que la comprenden como
país capitalista y, en consecuencia, plantean para el país una perspectiva
revolucionaria similar a la de Francia, Alemania o Estados Unidos.
Esta
última aberración teórica-política no es “menos mala” que la utopía
contrarrevolucionaria de los stalinistas; es su complemento. Porque al
abandonar las banderas antimperialistas, deja que las enarbole sin obstáculos
cualquier bandido o aventurero burgués o pequeño burgués. Es que esas banderas
están en la realidad material de la economía y las relaciones sociales de estas
tierras.
Cuando
en 1979 Estados Unidos decretó el boicot cerealero contra la URSS, la dictadura
proimperialista, liderada por el genocida Videla, ignoró la medida y la
oligarquía se llenó los bolsillos exportando granos. Hoy es impensable que la
Argentina pudiera repetir esa experiencia. No sólo porque la URSS ya no existe,
sino porque en estos veinte años, la garra de acero del imperialismo se fue
cerrando sobre todos los órganos vitales del país.
En
el último cuarto de siglo se fueron acumulando los elementos cuantitativos
hacia el salto cualitativo en la relación del país con el imperialismo que se
produjo en la última década, bajo el menemismo.
Esto
arranca en el terreno económico y financiero, donde la deuda pasó en un cuarto
de siglo de 6.000 millones a casi 200.000 millones de dólares. Y esto a pesar
de haber malvendido todos los activos del estado y generar tanta independencia
económica como la de un mendigo sin suerte. El golpe de los capitales en fuga a
fines del gobierno de Alfonsín, fue un tímido adelanto de lo que siguió en
última década y que continúa hoy bajo la Alianza y el leonino “blindaje” en
curso con la banca mundial.
En
la base de la nueva relación establecida con el imperialismo por la Argentina
capitalista está el hecho de que la economía está en manos de los grandes
capitales de los países centrales, o de sus socios nativos, la vieja burguesía
asociada a ellos.
La
burguesía argentina perdió el control de los servicios y las comunicaciones que
ejercía a través del estado, generando simultáneamente un salto en el
endeudamiento del país por el vaciamiento de sus capitales, que emigraron en
más de 100.000 millones (una décima parte sólo en el último año). Las
inversiones en acero de Techint en Venezuela, las de Pérez Companc en petróleo
en Ecuador y Perú, o los negociados de Pescarmona en Asia, muestran el profundo
entrelazamiento internacional de la burguesía. El grueso de la banca
“nacional”, por su parte, está en manos de la banca española.
El
menemismo acompañó como la sombra al cuerpo a Estados Unidos y anudó todo tipo
de acuerdos políticos, diplomáticos y militares. La Argentina pasó a ser el
único socio extra OTAN. Las fuerzas armadas se convirtieron en una especie de
“guardia de auxilio” de las misiones que Estados Unidos emprendió, por
intermedio de Naciones Unidas. El mejor “ascenso” al que se puede aspirar en
ellas, es estudiar inglés para poder ir con un sobresueldo a Chipre, los
Balcanes u otros lugares.
Recientemente,
en Manaos, López Murphy firmó, con el secretario de Defensa yanqui, un nuevo
tratado por el que Estados Unidos le proveerá información militar
“confidencial” que la Argentina no podrá transmitir, por ejemplo, a su
principal socio comercial que es Brasil, con lo que se está dinamitando el
Mercosur.
Por
todo esto, el territorio argentino es el elegido para las maniobras militares
de los yanquis, sea con las fuerzas armadas o con éstas y otras fuerzas del
continente, como las realizadas en Córdoba y antes en Zárate con la infantería
de marina.
Todo
este proceso fue acompañado por el desmantelamiento de la base propia de
armamento, en un proceso que inició Alfonsín con la liquidación del proyecto de
misiles Cóndor, y que completó Menem con la liquidación de Fabricaciones
Militares y la privatización de lo que se llamó Area Material de Córdoba,
dedicada a la fabricación de aviones de guerra.
En
estos días se está discutiendo el “blindaje” del FMI para sostener al país e
impedir que éste entre en una cesación de pagos de su deuda. Las hilachas de la
independencia se van cayendo.
Es
un camino sin retorno para la clase capitalista, que dio un salto al atar el
peso al dólar.
La
Argentina de hoy no sólo no se parece a la previa de la “Libertadora” de 1955;
tampoco se parece a la de Isabel Perón de 1975, cuando pintaba los surtidores
de nafta con la sigla “YPF”; ni a los genocidas vendiendo trigo a la URSS pese
al embargo yanqui.
Hasta
tuvieron que hacer dos bolsas de valores para que las fluctuaciones de la bolsa
de Madrid no fuera quien resolviera las fluctuaciones del Merval.
Cualquiera
sea el nombre con que se la designe, el hecho central es que, a 190 años, del
25 de mayo de 1810, puede constatarse el fracaso de la burguesía en hacer de la
Argentina un país independiente.
Este
fracaso es coherente con el carácter con el que nació la burguesía unitaria:
tributaria del mercado mundial y de los poderes dominantes de ese momento
(Inglaterra) a costa de sacrificar las posibilidades de un amplio mercado
interno y facilitar así la disgregación del virreynato en cuatro países primero
y ahogando a las burguesías del interior posteriormente.
El
curso hacia un sometimiento cada vez mayor es irreversible, más allá de la
eventual existencia de restos de la burguesía argentina que intenten modificar
en algo la situación. Lo harán con una mano apoyando a Moyano (u otra figura
similar), mientras que con la otra giran capitales al exterior. Y a los Moyano
los utilizan a condición de que pongan límites estrictos a la lucha obrera y
popular, para que no se les vaya de las manos ni se autonomice de sus órdenes.
Mediante
los agentes burocráticos, se pretende utilizar a los explotados, para presionar
y negociar algo. Pero en el cuadro de situación del capitalismo mundial, hay
poco y nada para negociar. Y la topadora de las multinacionales les va a pasar
por encima también a ellos.
En
consecuencia, sólo es posible alcanzar una independencia mediante una
revolución anticapitalista y antimperialista que ponga en el poder a los
trabajadores y al pueblo oprimido, como parte de la revolución socialista en
América Latina y el mundo. Por muy difícil que sea este camino, es la única posibilidad
real de victoria. Cualquier salida burguesa sólo puede quedar en el terreno de
una utopía (reaccionaria en este caso), que preparará mayores calamidades para
el pueblo y mayor sujeción del país al imperialismo mundial.
jorge guidobono