Tan seria
que generó un aluvión de solicitudes de mano dura para reprimir la protesta. Y
tan seria que el Codicén fue desbordado y tuvo que descartar una represión
violenta, que no daba garantías y tendría consecuencias no del todo claras ni
favorables al control de la situación_
La línea de
intervención para la contención del conflicto la tuvo que definir el propio
“divertido” jefe Batlle: “Con los jóvenes hay que conversar una, diez, mil
veces_”.
Los
“jóvenes” (a veces suelen diferenciarlos así quienes quieren alcahuetearlos y a
la vez ponerles límites o condenas a su accionar como sector de esta sociedad
castrante), han decidido, después de un largo aparente período de inactividad
gremial estudiantil, hacer una aparición pública desafiante; nada menos que
tratar de derrocar la reforma, el intento de miseria presupuestal y la
represiva acta 14 y sus derivadas.
Arrancaron
los de secundaria y recorrieron un largo trecho solos, sosteniendo medidas que
movilizaron después –y enhorabuena– a sectores gremiales con aparente más experiencia
y más cancha_ y, me atrevo a decir, con mucha más cautela, sin ofender a nadie.
En estos
últimos años existió entre el estudiantado un fermental período de talleres, contracursos
y encuentros, actividades que prepararon, al menos en teoría, esta movida que
hoy se expresa como sorpresiva.
La
iniciativa de grupos de militantes de distintas corrientes e independientes, se
vio enriquecida por una inmensa masa estudiantil que no ha estado en esos
debates y entra en escena con tanta fuerza y autenticidad que puede parecer, a
los iniciadores de la movida, como desaciertos o rompimientos de los objetivos
y planes iniciales.
Pero si la
movilización se extiende, ¿podemos atrevernos a pensar que eso es lo que puede
sostener mejor una negociación con un Codicén que durante estos años parecía
inconmovible? Sin escapar a la polémica, confiamos en la movilización.
Un parate
nada menos que a varios años de esfuerzos del faraón Rama y sus cómplices, y un
parate a la intentona continuista de este gobierno, de seguir desmantelando la
educación pública y su financiamiento, requieren mucha fuerza, además de inteligente
negociación.
¿En qué
situación de país se da esta lucha estudiantil?
Se ha
impuesto en el Uruguay el empobrecimiento cada vez mayor de la mayoría de la población.
Empobrecimiento económico, moral y también de capacidad de pelear y enfrentar
este desastre que, día tras día, muestra el derrumbe de un país, con todas las
consecuencias que esto trae.
Sin
quemarnos mucho la cabeza, podemos decir que los estudiantes, además de
defender a rajatabla su derecho de agremiarse y pelear, ocupando y saliendo a
la calle a cortarla y a hacerse escuchar, le salen al paso a una situación de
desesperanza de los mayores, sacuden la modorra derrotada de esperar y
especular con futuras elecciones como única y lejana solución.
Todo el
derecho tienen, y debemos apoyarlos con todo, a cortarles el mambo al gobierno
y a los parlamentarios que, actuando la parodia de la democracia formal,
deciden que la educación y sus educandos deben morir asfixiados de pobreza, mientras
el resto del país se desmorona o desaparece en el exilio forzoso y desgarrador.
Y quienes
votan ese destino, de adentro y de afuera del parlamento, tienen desvergonzadas
prebendas pagadas por el pueblo, que les aseguran miles de dólares de sueldo y
un futuro diseñado para unos pocos privilegiados.
Los
estudiantes, como parte de una juventud muy reprimida, en su casa, en la
esquina y en los centros de educación, han salido a la lucha, en un gesto de
libertad saludable y contagioso. La verdadera democracia y libertad están para
conquistarse. Y por eso:
¡arriba la
lucha estudiantil!
Marcos
(Desde Montevideo - 27/10/0)