Hace ya más
de tres semanas que Estados Unidos carece de presidente electo. En todo el
siglo XX jamás había pasado semejante cosa. Además, los hechos parecen indicar
que el que más votos sacó (Gore) puede perder. El 27 de noviembre George W.
Bush se proclamó vencedor por 537 votos de mayoría, impuesta o real, en
Florida. Aunque lo más probable es que haya que esperar hasta el 12 de
diciembre ya que los demócratas han obligado judicialmente a un nuevo recuento,
esta vez a través de la Corte Suprema. Es decir que serán los funcionarios del
poder judicial y no los funcionarios electorales del nada inocente estado de
Florida los que recontarán nuevamente los votos. No hay que olvidar que el
gobernador del estado es Jeb Bush, hermano de George y que no es precisamente
neutral en el diferendo, al igual que su primo, ejecutivo de una de las grandes
cadenas de televisión, que fue quien tomó la decisión de anunciar la noticia
del triunfo de George W. en Florida, poniendo su “granito” de arena en favor de
su familia y su partido.
Unos cientos de votos en un país de
más de trescientos millones de habitantes de entre los cuales más del 50% no
votó decidirán la elección. Peor aún, no son sólo esos votos, sino la
interpretación que se haga de ellos. Los republicanos y los demócratas estan
librando una guerra de aparatos políticos impugnándose mutuamente, dando mil y
una piruetas jurídicas con el objetivo de que los resultados den según su
conveniencia. Conflicto que expresa una intensa puja interburguesa. Esquemáticamente,
podemos ver a Bush con un perfil cercano al complejo militar-industrial y a
Gore con uno más afín a Sillycon Valley. Por otro lado parece difícil dejar de
admitir que existan elementos importantes de fraude en la elección, como
mínimo, de ese estado. Cuando las irregularidades que se denuncian son tantas
se hace inverosímil la teoría del “error humano”.
Hoy vemos a
cada uno de los partidos armando trampas “legales” que lo acerquen a obtener el
gobierno por la vía más rápida posible.
El diferendo va a terminar en la
Corte Suprema, organismo en el cual ya se han asentado varios recursos e impugnaciones.
La Corte, por supuesto, no es un organismo que pueda elevarse enteramente por
encima de las presiones económicas y sociales. La elección se terminará
decidiendo a partir de cuál de los partidos posea una mejor relación de fuerzas
a su interior. La expresión de la “voluntad popular” se dirimirá mediante las
realidades más descarnadas del poder. Estados Unidos se latinoamericanizó, se
menemizó, etc. Dejamos al gusto del lector el eufemismo que prefiera usar para
describir esto. La democracia norteamericana degradó aún más su componente
democrático residual. Es una radiografía que deja al desnudo al régimen
norteamericano. Esto es lo central.
El hecho que las elecciones se
decidan en el estado de Florida es altamente simbólico porque no hay lugar en
Estados Unidos que sea más dudoso en cuanto a limpieza de los comicios. En
Miami, es sabido que han votado los muertos o que las urnas a veces se
extravían o que quienes las transportan eligen caminos inhabituales,
apareciendo y desapareciendo. Por ejemplo, en el condado de Volusia, cuya
votación está en discusión, en la elección de 1996 se descubrieron varios sacos
con votos para la elección del sheriff. Hace tres años la elección para alcalde
de Miami fue tan fraudulenta que sorprendió a los propios votantes que, en gran
medida, aceptan un grado considerable de trampa en los comicios. En esa ocasión
se utilizó el voto postal para montar el fraude y se agrandó a proporciones
dinosauricas el padrón de cubano-americanos (incluyendo a los vivos y también
¿why not? a los difuntos). Se puede pensar que todo esto son detalles menores
de política doméstica pero dejan de serlo cuando hoy una región super trucha en
sus manejos electorales decide la elección. Es en sí repudiable la manipulación
electoral de la población y cualquier persona de izquierda lo condena, pero es
necesario distinguir que en este caso de la elección presidencial hubo un salto
en calidad. Elegir de mala forma al sheriff del Dade County es algo un tanto
más limitado que lo que atañe a la de presidente de Estados Unidos.
Repasemos un poco el esqueleto de los hechos. En Estados Unidos
vota normalmente menos del 50% del electorado. A pesar de un leve aumento con
respecto a la anterior, esta elección no fue la excepción1. Otro elemento es
que la participación electoral aumenta a medida que aumenta el nivel económico
social de los votantes. Sin ir más lejos, en esta elección votó el 80% de la
clase media alta y de los empresarios y apenas el 30% de pobres, negros e
hispanos. La significación general de estos datos muestra que por medios
aparentemente no-violentos, se produce la expulsión de la república burguesa de
cada vez más personas y sectores sociales. Amplias capas de estos, aún estando
insertos en el mercado de trabajo, carecen de expectativas de progreso
económico razonable. La mayoría de ellos engrosa la tendencia abstencionista. Debemos
considerar este tipo de datos si queremos analizar la situación actual.
En lo que se refiere a la elección,
creemos que se llegó a la situación actual mediante el siguiente proceso. Los
medios de comunicación durante la campaña daban a conocer las encuestas de las
consultoras, que mostraban a Bush aventajando a Gore en la intención de voto. Éste
último confiaba, sin embargo, en que ganando en los estados con mayor peso
electoral tendría la elección asegurada. En California, New York e Illinois era
seguro que ganaban los demócratas. En la mayoría de los estados con poca
representación de electores ganaba Bush. Éste solo aparecía ganador seguro en
Texas, estado del que es gobernador. Florida era más peleada pero era más
probable que ganasen los republicanos. El cálculo de los demócratas es que aún
sacando menos votos populares (no electorales) iban a terminar ganando. Los
republicanos se jugaban a ganar Florida para, junto a Texas, contrabalancear a
California y New York en el Colegio electoral2.
Las cosas no se dieron así y el
levísimo aumento del caudal de votantes son casi seguramente demócratas de
última hora, que se decidieron frente a la ruidosa propaganda reaccionaria de
los republicanos. Esto motivó un cambio en los discursos de ambos partidos. Bush
abandonó su retórica populista reaccionaria y los republicanos pasaron a
volverse furiosos legalistas. Gore, que estuvo casi por reconocer su derrota la
misma noche de la votación, sugirió la necesidad de reformar el sistema de
votación indirecto.
Los demócratas han insistido, como
se sabe, con el método manual de conteo (sobre por sobre), cosa a la que se han
opuesto los republicanos y que han impugnado ante la corte del estado de
Florida (a la que Bush ataca por haberse, supuestamente, excedido en sus
atribuciones). Los demócratas no van a la zaga en ese terreno y como el voto
por correo de los oficiales de las fuerzas armadas que tienen su residencia en
Florida les es adverso, han impugnado votos hasta por tener estampillas de más
o de menos. En medio de la indiferencia general, cortada a ratos por la
altisonante histeria de los escasos activistas, la lucha política discurre por
medios aparentememnte jurídicos. Decimos aparentemente porque si bien todo se manifiesta
a partir de cortes, abogados, demandas y recursos extraordinarios, es visible
que se trata de una batalla básicamente política. Demócratas y republicanos han
mandado a negociar a sus cuadros políticos. Entre los primeros han aparecido
sucesivamente Janet Reno, Warren Christopher y Jimmy Carter. Los republicanos
estuvieron representados por James Baker, ex-secretario de estado en la segunda
presidencia de Reagan y por el ex-presidente Gerald Ford. El problema que se
abre aquí es que sólo se puede negociar la derrota. No se trata de una ley
parlamentaria que puede admitir infinidad de retoques. Acá la opción es
excluyente: se gana o se pierde, se es gobierno u oposición. La evolución de la
situación es difícil de evaluar desde aquí pero es evidente que cualquiera sea
el que gana empieza con el pie izquierdo, arranca con una legitimidad dañada. Y
eso es un problema cuando se debe gobernar un país; y mucho más una república
imperial.
Sería aventurado cuando no ridículo
decir que todo el conjunto de las elecciones norteamericanas es fraudulento. Los
índices más claros de fraude señalan más hacia los republicanos y por regla
general los grandes fraudes en elecciones no son llevados a cabo por la
oposición. La manera en que se resuelva esto es en parte indiferente para los
marxistas. No tenemos preferencia por ninguno. Por motivos distintos a los
nuestros las grandes empresas tampoco, ya que pusieron cifras astronómicas de
dinero para ambas campañas3. Lo que sí queda claro es que lo sucedido en estas
elecciones pinta de cuerpo entero a la democracia burguesa norteamericana. Sobre
todo porque hasta hoy a los ojos de mucha gente, Estados Unidos era el régimen
democrático par excellence. Sus adoradores extremos la llamaban la “gran democracia
del norte”. Lo que debe quedar claro es que los regímenes políticos al servicio
del capital tienden a que cada vez más los que decidan sean los grupos de elite
del capital financiero. El capital, como tal, tiende a la centralización y, por
tanto, los regímenes a su servicio reproducen esa estructura organizativa y de
clase. Es equivocado hablar de “democracias degradadas”, como les gusta a los
sociólogos y cientistas políticos y que de inmediato sacan a relucir los
problemas de la “transición democrática” en Burkina Faso o de cualquier arrabal
tercermundista, haciendo “altas especulaciones”. Acá tienen un problema de
envergadura. “LA” democracia entre todas las democracias, muestra visibles
signos de descomposición. No puede ser de otro modo. En su devenir, la democracia
burguesa llega necesariamente a este tipo de fin: ser un aparato al servicio de
los explotadores que excluye a las mayorías de cualquier poder de decisión
verdadero.
Foxley
1. Las
anteriores elecciones enfrentaron a Clinton, que buscaba su reelección contra
un patético y perdedor de entrada Bob Dole y por eso sólo votó el 46%. La
comparación con la actual podría alegrar a los “demócratas” pero es inferior a
la elección que ganó Clinton en 1992 (54% de participación electoral).
2. El
carácter indirecto y groseramente antidemocrático de la elección presidencial
se manifiesta en que el candidato que gana un estado obtiene todos los
electores de ese estado aunque haya ganado por un voto. El presidente es
proclamado por el Colegio electoral que reúne a los electores de todos los
estados. Los mayores son: California (54), New York (33), Texas (32), Florida
(25) Illinois (22), Pennsylvania (21), etc
3 Fue la
elección más cara de la historia norteamericana. Es también uno de los signos
más evidentes de oligarquización de la democracia americana. En las últimas
cuatro elecciones, la siguiente sale, en promedio, el doble de la anterior. La
violencia del dinero convierte a la elección en un proceso de semi-cooptación
de un presidente por parte de la burguesía.
Uno de los supuestos que movieron
esta elección en Estados Unidos era que se elegiría al heredero de la
prosperidad de la era Clinton. Esta consistió, básicamente en un crecimiento
sostenido del 4% anual, una tasa muy reducida de desempleo y el aumento de la
productividad. Lo antes apuntado no pasa de ser una descripción a la que es
conveniente agregar las causas. Una de las razones es externa y se produjo
gracias a un boom exportador en los comienzos de los 90 y al flujo de ganancias
y capitales. Unido a esto, se produce en el plano interno un boom consumidor
basado en el auge del crédito. Esto, a largo plazo introduce en la economía, un
déficit crónico cuya dinámica favorable es prolongarse en el tiempo.
Los dos factores que mueven la
prosperidad norteamericana en los 90 se hallan, como vemos, vinculados al crecimiento
de la bolsa. Desde el inicio de la década hasta ahora el valor de las opciones
de compra para las acciones aumentó 15 veces. Casi tres cuartas partes de los
norteamericanos tiene colocaciones en Wall street. Por supuesto que para ganar
en este tipo de relación social hay que estar en las “autopistas de
información” (Al Gore dixit) y en los puntos nodales de la circulación. Los
ejecutivos de las grandes empresas se vieron beneficiados con la posibilidad de
comprar a precio bajo acciones caras. El efecto producido por esto fue,
evidentemente, una concentración del poder adquisitivo. El sitio en que se
depositó esta ingente masa de capitales fue el consumo de artículos de lujo. Por
supuesto que nada de esto es extraño. El factor de dinamización y a la vez de
crisis son las clases medias y las capas de asalariados que intentan emular el
consumo de la clase dominante. Un aspecto central de la política de las
empresas es limitar el crecimiento salarial, lo que lleva a que el objetivo de
alcanzar la pauta estándar de consumo se financia mediante deuda. Los
consumidores gastan alrededor de un 7% más de lo que ganan. Hoy la deuda
familiar promedio es equivalente al ingreso promedio. Otro índice que podemos
mencionar es que, comparado con 1970, la casa norteamericana promedio aumentó
de 450 metros cuadrados a 650. Muchos piensan que una de las condiciones
esenciales para que no haya crisis es que las acciones y la vivienda sigan en
alza. De lo contrario el crecimiento puede detenerse.
Otro elemento estructural de
inestabilidad es el crónico déficit comercial. Principalmente en los
intercambios del área industrial. Se calcula que entre 1991 y 1999 éste aumentó
de 84.000 a 250.000 millones.
En la era Clinton el crecimiento de
la bolsa atrajo una multitud de capitales externos que, comparado con un Japón
que no crecía y con los problemas de la Unión Europea, Estados Unidos aparecía
como un mercado de capitales muy seguro. Este fortalecimiento es relativo,
porque la economía americana se acostumbró a contar con muchísimo capital que
le permite paliar su déficit comercial. Los problemas se agudizarían si un
repunte de los otros bloques comerciales genera una retirada de capitales hacia
allí.
Como vemos, cualquiera sea el
presidente que sea elegido, y que como vienen las cosas va a tener problemas
dado su origen seguramente cuestionado, no va a ser un administrador neutro de
la prosperidad. En la presente coyuntura este panorama se puede atisbar en la
baja de 18% del índice Nasdaq a partir de la incertidumbre acerca de la
presidencia. No queremos decir con esto que Esatdos Unidos se cae a pedazos. Queremos
llamar la atención acerca de los límites que parece tener el crecimiento
económico en la era Clinton y que, si construcciones más sólidas (el New Deal
por ej.) se vinieron abajo, nada indica que esto tenga que durar muchos años y
que podemos caer en un escenario inestable.