Clarín echó a 117 trabajadores de
prensa el 4 de noviembre pasado. Vallaron la entrada del diario, custodiada por
expertos policías que cuidaban las espaldas del personal de seguridad interna y
gente de intendencia que, lista en mano, impedía la entrada a los despedidos.
Fue una mañana “de mierda”, de
terror y de impotencia. El árbol de la cuadra se volvió amigo y el pavimento,
atravesado rutinariamente en cada día de trabajo, se volvió testigo de una
historia que empezó a escribirse el 26 de julio, cuando los trabajadores
autoconvocados decidieron organizarse contra los despidos y las nueve horas.
¡Pero cómo!,
¿Clarín echó a 117 personas? No se trata de una empresa en quiebra, ni de un
cierre estrepitoso por falta de rentabilidad.
Es un ajuste
de cuentas, como le gusta decir a los periodistas de policiales.
Barrieron con
toda la Comisión Gremial Interna elegida el 16 de agosto por 565 trabajadores,
y pusieron de patitas en la calle a seis miembros de la Junta electoral y a
todo aquel sospechado de ser simpatizante de un proceso de justicia sindical y
gremial.
Por si quedaban dudas, enviaron al
personal no despedido una carta de “persuasión” amenazante, dándoles “la bienvenida”
a la nueva etapa generada en el marco del “proceso de reorganización” nombrado
tres veces a lo largo de sus cuatro carillas. Y eliminaron a la sección
Corrección, las revistas Mística y Nueva (que acompañaba la edición dominical
de diarios de interior).
La Comisión Interna elegida nunca
fue reconocida por la empresa, pero sí fue echada bajo el título de “despidos
disciplinarios”, que intentaron justificarse en telegramas que aludían
“participación en asambleas” que habrían hecho “perder la confianza en usted
depositada”.
En Clarín hubo un golpe de estado.
Clarín gobierna por decreto y viola toda garantía constitucional y laboral. En
el Ministerio de Trabajo declara que los colaboradores permanentes, los
contratados y los factureros del diario, responden a “contratos individuales”
de trabajo (una figura ni siquiera contemplada en la ya avanzada reforma
laboral).
Los “contratos individuales” de trabajo
a los que se refirieron los abogados de la empresa consisten en la imposición
unilateral de no tener un solo día pago por enfermedad, ni vacaciones pagas, ni
el doble aguinaldo que percibe el personal de vieja data, ni cobertura social,
ni mucho menos francos compensatorios o reducción de jornada por lactancia.
Desde el punto de vista de la
empresa, apeló a la vieja táctica de palos y zanahorias. Pero las zanahorias
con que se pretendió atraer al personal en su favor, son alrededor de 100
efectivizaciones con reducción salarial y extensión de la jornada de trabajo a
9 horas. Los palos cayeron sobre las espaldas de los despedidos y otros
trabajadores que el domingo 5 manifestaban en la calle, frente al edificio del
diario cercado por vallas. En resumen, los palos de la flexibilización y los
palos de la Guardia de Infantería.
Es que Ernestina Herrera de Noble,
amasó una fortuna de 1.200 millones con el esfuerzo de los trabajadores del diario,
que le permitió ser dueña y accionista principal del Grupo Clarín. Pero para
mantener y engordar sus arcas, debe sembrar terror y hasta ignorar las leyes
que le puedan importunar. (De todos modos, el Ministerio de Trabajo y la
Justicia, sabrán darle la razón.)
Desde el día en que las puertas del
diario se cerraron para más de un centenar de trabajadores, miembros de la Comisión
Interna, Junta Electoral y otros despedidos, se nuclean en el café de la
esquina o frente a la entrada de la empresa, hablando con los compañeros,
repartiendo el periódico “Clarinete” y organizando tareas de resistencia,
muchas veces sorpresivas.
El sábado 4 se logró demorar la
salida de los camiones, el domingo 5 se organizaron grupos que cubrieron todas
las entradas para garantizar la realización de una asamblea masiva en la calle.
Dos días, se realizó otra asamblea con compañeros de adentro y de afuera para
discutir el paro como única opción de respuesta a la patronal. Pero la feroz
presión que se vive “puertas adentro” hizo que la propuesta de paro tuviera 55
votos a favor, 78 en contra y 45 abstenciones. Un resultado que pintó la
impotencia entre querer pelear pero no saber cómo, rodeados de policías y
filmadoras de la Federal.
Otro mediodía, se organizó una
choriceada en la calle. Le siguió un acto de adhesión al paro nacional del
23-24/11 –bajo la lluvia– que se cerró con un aplauso conjunto entre los
compañeros de adentro del diario en solidaridad con los despedidos y por
“derecho al pataleo”; y para el jueves 30 se programó un festival musical.
La experiencia en la calle, con un
activismo sin experiencia para afrontar las tareas de un despido masivo, avanza
a paso lento apoyándose en sus propias fuerzas, de la mano de los mismos
despedidos y delegados de otras comisiones internas de prensa; porque la UTPBA
gastó sus cartuchos el primer fin de semana del conflicto con la tibia
presencia de dos dirigentes en la puerta y el acompañamiento a dos audiencias
en el Ministerio de Trabajo.
Se visitaron radios, canales de
televisión y aulas plagadas de estudiantes que abrieron sus orejas a despedidos
que contaban su historia. Se enviaron miles de mensajes electrónicos, mientras
otros acudían a actos culturales masivos y asambleas en otros medios, para
difundir el conflicto con el objetivo de romper el cerco informativo montado
por el poderoso Grupo Clarín y poder, así, extender la solidaridad.
El gremio de prensa lo sabe. Las
medidas que aplique la patronal de Clarín y la respuesta organizada de sus
trabajadores, sentarán precedentes para arrasar o no las conquistas que
enarbola el Estatuto de Prensa y hasta las mismas garantías constitucionales.
Por eso al Grupo, se le debe
contestar en grupo. En miles de grupos de periodistas, fotógrafos,
diagramadores, ilustradores, personal de administración, expedición e
intendencia, organizados en los distintos medios para decirle basta a los
despidos, la multifunción, los salarios y los contratos basura.
paula bruno