VICTORIA DEL PT EN BRASIL

La Izquierda en la Administración, Los Trabajadores, Lejos del Poder

 

Las recientes elecciones brasileñas fueron ganadas por el Partido de los Trabajadores en San Pablo, Porto Alegre y otras ciudades.

Este es un fenómeno que tiende a generalizarse en América latina, en particular en los últimos años.

El Frente Amplio uruguayo gobierna desde hace una década Montevideo y México DF, desde que fuera ganado por Cárdenas, sigue bajo el gobierno de su partido, el PRD.

El aliancista Ibarra, supuesto “centroizquierdista”, gobierna en la Capital Federal. Binner lo hace en Rosario, por el PSP y la Alianza.

El FSLN ganó recientemente las elecciones en Managua. Un militar “izquierdista”, las de Guayaquil.

El populista Chávez gobierna Venezuela y el “socialista” Lagos preside Chile en acuerdo con el Partido Demócrata Cristiano.

Esta enumeración parcial permite una primera lectura que es positiva: la crisis de la “década perdida” de los ochenta y la de los noventa, erosionaron con fuerza, en todo el continente, a los partidos burgueses tradicionales y a su sistema de dominación.

Ejemplos sobresalientes de ello fueron la implosión de los partidos en Venezuela; la derrota del PRI después de gobernar México durante 71 años; las sucesivas caídas de gobiernos en Ecuador, el cogobierno de colorados y blancos después de la victoria (con el 40% de los votos) del Frente Amplio en la primera vuelta electoral. Otros ejemplos, con mayores peculiaridades, son la derrota de liberales y conservadores a manos de candidatos independientes en las recientes elecciones de las principales ciudades de Colombia, y la transfusión de sangre del centroizquierdista Frepaso a la UCR, para constituir la Alianza.

 

Una segunda lectura revela que hay un cierto corrimiento electoral hacia la centroizquierda y la izquierda.

Esto vale en particular para la administración de las ciudades –con la aspiración de que se la lleve adelante en forma menos piratesca– más que para la política nacional (aun cuando no la excluye).

Este “corrimiento” no es sinónimo de una tendencia dinámica en esa dirección. Simplemente, puede sostenerse en el tiempo por rechazo a la administración de los partidos tradicionales, o bien retroceder rápidamente para dar paso a administraciones abiertamente reaccionarias, como fue el caso de las que siguieron a Luisa Erundinha (del PT) en San Pablo, o el de Barrantes (de Izquierda Unida) en Lima.

 

En una tercera lectura puede observarse la integración orgánica de la izquierda –y, obviamente, de la centroizquierda– a la administración capitalista en niveles ejecutivos.

Lo novedoso es que estas corrientes acceden a la administración, no ya como un “cuerpo extraño” (como lo fue, por ejemplo, la Unidad Popular chilena de los setenta) al que la burguesía tolera (y a veces, convoca) en circunstancias excepcionales con el fin de aplacar y desviar a las masas y sus luchas (y si fracasa, lo extirpa mediante el plomo del aparato estatal).

Por el contrario, la administración ejecutiva de la izquierda se ha transformado en un componente “normal” del dominio capitalista, a medida que la izquierda fue perdiendo todo filo revolucionario e incluso abandonando propuestas reformistas que simplemente cuestionen lo más brutal de la política en curso.

Sintéticamente, podríamos decir que la tradicional izquierda latinoamericana ha seguido, como la sombra al cuerpo, a sus pares europeos, socialdemócratas de vieja data o stalinistas reciclados en los gobiernos de Italia y Francia, por ejemplo.

 

Sobre el capitalismo humanizado

 

El engañoso discurso del Papa habla sobre un supuesto capitalismo “humano”, lo que significa negar el esclavismo, la piratería, el genocidio de la colonización, los cientos de millones de muertos en guerras de rapiña imperialista, y la más brutal explotación, que es la razón de ser del capitalismo. En una completa adaptación a ese discurso, el grueso de la izquierda latinoamericana intenta aplicar la curandería de la socialdemocracia europea para un enfermo mucho más grave.

Por eso todo es tan patético en estas regiones. En Montevideo o en Rosario, los “progresistas” no han logrado disminuir un milímetro los índices de desocupación, así sea con planes de obras públicas, factibles en ciudades ricas. El presupuesto “participativo” de Porto Alegre es una cogestión de la miseria, en el país que disputa el tope mundial en la distribución regresiva del ingreso.

La “humanización” consiste en realizar algunas “obras” (plazas en el Montevideo dirigido por un arquitecto paisajista) o conciertos y espectáculos públicos gratuitos, ofrecidos a sectores de la clase media (como hace la Alianza en Buenos Aires). Esto se combina, en general por intermedio de la Iglesia, con algunas obras de beneficencia, que son base de descompresión social y de clientelismo político.

Siendo insignificantes, estas medidas pueden, por algún tiempo, parecer mejor que la nada y el saqueo de los partidos tradicionales. Pero esa ilusión es efímera, ya que no atacan los males de fondo. Por el contrario, corrompen a parte de las filas izquierdistas por medio del aparato estatal burgués, y preparan las condiciones para el ascenso político de demagogos populistas, de “izquierda” o “derecha”, tipo Chávez, Fujimori, u otros.

Un primer triunfo, a nivel legislativo o municipal, no equivale al inicio de una carrera que garantiza ir escalando peldaños en la conciencia de las masas. No se trata de ganar primero a sectores de la población para la centroizquierda y/o la izquierda parlamentarista, esperar a que saquen conclusiones de la experiencia realizada (incluso tendiendo tácticas que ayuden a ello) y, finalmente, lleguen al socialismo revolucionario, como a un posgrado que culmine la carrera.

Porque el avance en la conciencia no es un proceso gradual y evolutivo: avanza y retrocede a saltos.

En el contexto de crisis económica y pauperización social las ilusiones de sectores de masas en soluciones “humanas” al capitalismo, sólo preparan la más completa decepción y abonan el camino para demagogos populistas reaccionarios y antidemocráticos que, con el discurso que sea, se presentan como salvadores “providenciales”.

 

La cuestión del poder desapareció hasta de las palabras

 

En otras épocas todos los reformistas, por distintos que fuesen sus nombres y sus métodos (desde el viejo parlamentarismo hasta el reformismo armado), presentaban un discurso al servicio de una supuesta revolución antioligárquica y antimperialista, en camino hacia el socialismo (así esto no fuera más que un “saludo a la bandera” con el que se intentara tapar su sometimiento político a distinstas fracciones burguesas).

Ahora triunfó el posibilismo, un etapismo que ni siquiera de palabra tiene como fin la revolución social.

El principal latiguillo que acompaña a este razonamiento es que, con la desaparición de la URSS, “cambió la correlación de fuerzas” entre las clases.

Pero este eslogan es una completa falacia. Stalin, Jruschov o Brejnev eran tan aliados de la revolución internacional como cualquier Papa puede serlo del ateísmo y de la ciencia. Y lo demostraron en todos los grandes hechos, durante tres cuartos de siglo, en todos los continentes. La política de Stalin favoreció el triunfo de Hitler; jugó un papel contrarrevolucionario de primer orden durante la revolución española; en la posguerra construyó una muralla de estados burocráticos como supuesta autodefensa militar (cuya artificialidad se demostró cuando cayeron como un castillo de naipes) a cambio de colaborar en ahogar procesos revolucionarios en Francia, Italia y el mundo occidental; y los herederos de Stalin elaboraron el engaño de la “vía pacífica al socialismo”, cuya máxima experiencia terminó con Pinochet en el poder.

A la luz de esta experiencia histórica, considerar como aliados para la revolución, en una supuesta correlación de fuerzas favorable, a personajes como Stalin, Brejnev o Jruschov, entraña el peligro de volver a colocar un zorro a cuidar el gallinero.

Este tipo de razonamiento, para poder sostenerse a sí mismo, necesita evitar hacerse una pregunta elemental: ¿cómo se empezó a cambiar la relación de fuerzas en 1917? La respuesta es simple: cambiándola, aprovechando la crisis del enemigo, sus contradicciones, el despertar inconsciente de masas desesperadas por las condiciones insoportables de vida en la que los colocó el capitalismo, y golpeando para romper el eslabón más débil de la cadena imperialista y colocar a la revolución rusa al servicio de la revolución mundial.

Las revoluciones, en el pasado y en el futuro, fueron y serán una creación original. No se puede esperar que se repitan como un calco, condiciones determinadas, de una época dada, en un país dado. No se trata de ponerse a construir un Palacio de Invierno, para tener un objetivo revolucionario que asaltar, emulando a la revolución rusa.

Toda revolución es una combinación, particular y única, de circunstancias particulares. El problema es si uno la tiene, o no, como norte.

El grueso de la izquierda –y ni que hablar de la centroizquierda– ha abandonado ese objetivo estratégico, que la crisis capitalista y la barbarización del sistema revelan cada vez más como necesario.

Ese abandono, es el que conduce a la esterilidad, al desánimo y al fracaso, de políticas que son caras de una misma moneda, la que obvia el problema de cambiar revolucionariamente de manos el poder, destruyendo los resortes del estado capitalista y sus instituciones y la que plantea la creación de “poder” sin la estrategia de destruir al existente. Esto vale tanto para las corrientes que consideran que la “acumulación de fuerzas” se opera dentro de las instituciones del estado (por lo que es un objetivo privilegiado el lograr acceder a su administración), como para aquellas que caminan superficialmente por la vida, repitiendo viejos discursos acerca de “construir espacios de poder popular” en la actual sociedad, acumulativo, autogestionario y ajeno a la disputa revolucionaria del poder por los trabajadores y el pueblo.

 

jorge guidobono

 

 

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