11 DE MARZO DE 1973: De la ilusión a la pesadilla

El 11 de marzo de 1973 el peronismo arrasó en las elecciones: 5.907.464 votos (49,59 %) para el FREJULI, encabezado por Cámpora, contra 2.537.605 (21,3%) para el segundo (Ricardo Balbín de la UCR). Se concretaba una ilusión de 18 años. Y el capitalismo tenía un respiro_ corto. El 25 de mayo asumió Cámpora, acompañado de una impresionante movilización popular que ocupaba las calles desde Congreso hasta la Plaza de Mayo, donde los militares y la policía, fueron los más hostigados. “El ‘tío’ en el gobierno, Perón en el poder”, cantaban millones. La presencia de los presidentes de Chile (Salvador Allende) y de Cuba (Osvaldo Dorticós), ratificaba que comenzaba un “gobierno popular” que encararía la construcción de la “patria socialista” cuyo hito simbólico sería la confiscación del Sheraton Hotel para que allí funcionara el semidestruido Hospital de Niños. Otra gran movilización rodeó la cárcel de Devoto, hasta que se concretara la prometida libertad de los presos políticos, apoyada desde el gobierno por el ministro del Interior, Esteban Righi. Galimberti (uno de los principales dirigentes de Montoneros) propuso crear milicias populares, como una forma de garantizar el poder popular. Perón recriminó duramente a su delegado político. “El General” llegaba para otra cosa. “Sin abrigar esperanzas” los montoneros organizaban, junto con el Ejército, el “Operativo de Reconstrucción Nacional, Coronel Manuel Dorrego”, en octubre del ’73. Se proponían acercarse al general Carcagno como parte de un plan de extender la base social a favor de la Liberación Nacional en el seno de las fuerzas armadas. La actividad consistía en llevar ayuda a las zonas de Buenos Aires afectadas por las inundaciones. Los militares aprovecharon esto (con el aporte de 5.000 soldados) para recomponer su odiada imagen. A quien querían seducir (Carcagno) fue quien aplastó la revuelta peronista del ’56 y dirigió la represión durante el Cordobazo. El Coronel Harguindeguy, futuro ministro del Interior de Videla, fue quien dirigió el operativo del lado militar. Del Cordobazo al regreso de Perón Los regímenes militares y constitucionales que sucedieron a la reaccionaria Revolución Libertadora, prohibieron la participación del peronismo en la vida política, a la vez que llevaban adelante medidas antiobreras y antidemocráticas, con lo que ayudaron a embellecer el recuerdo de la época de bonanza económica y a crear la mística de que Perón estaba exiliado por ser “el defensor de los obreros”. El golpe de Onganía significó un mayor ahogo represivo. “La noche de los bastones largos” dio muestra de esto, junto a medidas antiobreras y antipopulares a las que había que sumar el sueño del golpista de “perpetuarse en el poder”. La crisis económica comenzaba a esbozarse. La intelectualidad progresista empezaba a sentirse muy asfixiada. El ataque a las conquistas obreras jugaba sus primeros rounds. Como respuesta al onganiato se desataron las gloriosas jornadas del “Cordobazo”. El Sitrac-Sitram se transformaba en el símbolo de la resistencia obrera. Nacía el sindicalismo clasista. El ejemplo cordobés se expandía por las ciudades más importantes del interior del país. El Cordobazo no sólo hería de muerte al onganiato, sino que abría un período de importante desgaste en el régimen militar, poniéndolo en medio de un fuerte ascenso obrero y popular que parecía inmanejable. Había que parar la pelota antes de que las aguas llegaran al corazón del capitalismo argentino: Buenos Aires. Los militares se vieron obligados a recurrir al único que podía calmar a la fiera obrera: Perón. Los obreros veían en Perón a “el hombre” que llegaría del exilio y acabaría con sus penurias. La burguesía y los militares reconocían que, con su regreso, podía descomprimir un proceso cada vez más peligroso para ellos. El viejo militar, como hombre con “conciencia de clase”, vino dispuesto a realizar las tareas necesarias para enfrentar los nuevos peligros que desató el incendio del Cordobazo. Montoneros Mientras tanto, los ex militantes de Tacuara, Fernando Abal Medina y Gustavo Ramos, junto con el militante católico Eduardo Firmenich, fundaron el proyecto Montoneros. Con el secuestro y posterior asesinato del general Aramburu (símbolo del antiperonismo) hicieron su presentación espectacular. Los peronistas “de izquierda” vieron con mucha simpatía esta acción. Perón albergó a Montoneros, asegurándose un “ala izquierda” en su movimiento, como elemento de presión sobre el régimen militar. No obstante, el movimiento obrero seguía dirigido por la millonaria burocracia sindical, conformada al calor del estado. El origen foquista y pequeñoburgués de Montoneros, terminó de sellar su distancia con el movimiento obrero. Pero fue un fuerte polo de atracción de la clase media radicalizada, transformándose en una vigorosa Juventud Peronista. (Esto estuvo muy relacionado, por ejemplo, con que en el transcurso del gobierno peronista, la población universitaria pasara de 80.000 estudiantes en 1973 a 237.000 en el ’75.). Ante la inminencia de un gobierno peronista Montoneros decide suspender las acciones armadas. La propaganda llevada a cabo por este sector junto con el apoyo de izquierdistas de origen marxista, pregonaba el apoyo a votar por un gobierno “popular”, único defensor de los intereses obreros, antioligárquico y antiimperialista (al estilo de la Unidad Popular chilena), que garantizaría la vuelta de Perón, de cuya mano se haría la “patria socialista”. Sólo el PST se plantó contra la corriente: “No vote patrones, militares ni burócratas, vote candidatos obreros”, fue su consigna. La fiesta duró 26 días. “El General”, una vez alcanzado su objetivo, transformaría los sueños en pesadilla. Y lo demostró apenas pisó la Argentina. Perón-Perón y el terrorismo de estado El 20 de junio de 1973, una inmensa movilización de masas (se llegó a hablar de un millón de personas) fue a recibir a Perón en Ezeiza, casi la mitad de la gente fue llevada por el peronismo de izquierda. Al llegar al lugar fueron recibidos por una lluvia de balas, disparadas por fusiles y ametralladoras, matanza dirigida, entre otros, por José López Rega (secretario personal de Perón) y ejecutada por el coronel (R) Jorge Osinde, asesor político y militar de Perón. Los peronistas de izquierda esperaron una condena de su líder, pero sólo recibieron una advertencia: “ha de haber un retorno al orden legal y constitucional”. Cámpora duró 49 días en la presidencia, y fue obligado a renunciar. Se convocó a elecciones para posibilitar la vuelta de Perón al gobierno. La vicepresidencia la ocuparía Isabel Perón. Gillespie cuenta en su libro: “...fueron eliminados (los gobernadores) por una serie de intervenciones federales; dimisiones forzadas; un misterioso accidente aéreo (Misiones); un golpe policíaco de inspiración fascista (Córdoba). El vicegobernador de Córdoba Atilio López y Miguel Ragone (gobernador de Salta) fueron asesinados por los Escuadrones de la Muerte”. El ministro que más tiempo duró fue el del Interior Esteban Righi, duramente atacado por la derecha peronista. Fue él quien impulsó la disolución del Departamento de Información Antidemocrático, que se dedicaba a perseguir a la izquierda, y quemó los archivos de dicho organismo. Prohibió la tortura en la policía. Pero las presiones de la derecha fueron insostenibles, y tuvo que renunciar y exiliarse. Los representantes de Montoneros en Diputados, quedaron neutralizados en el bloque peronista, con el simple mecanismo de aceptar el disciplinamiento partidario, haciendo estéril su consigna de hacer cumplir el programa electoral (reforma agraria, mayor socialización de la economía, nacionalización de los depósitos bancarios y el comercio exterior, relaciones diplomáticas con los países del “campo socialista”, aumento salarial y mayor participación de los trabajadores, etc.). López Rega, fue nombrado ministro de Bienestar Social bajo la administración de Cámpora, y luego ascendido espectacularmente por Perón (en mayo del ’74) de cabo a comisario general. Tomando como base dicho Ministerio y junto con jerarcas de la Policía Federal, organizó la Alianza Argentina Anticomunista (Triple A), grupo parapolicial que realizó una despiadada matanza de luchadores y activistas de izquierda, matando incluso a sus familiares en muchos casos. Perón no hizo nada contra ello, más bien negaba tal situación y luego legalizó la persecución a las organizaciones de izquierda presentando el proyecto de “Ley Antisubversiva”, que fue aprobado. En la histórica concentración del 1º de mayo del ’74 frente a la Casa Rosada, desde cuyo balcón se dirigió Perón a la multitud, los Montoneros pasaron de ser la “juventud maravillosa” a “algunos imberbes y estúpidos que pretenden tener más méritos que los que lucharon durante 20 años”, lo que los obligó a retirarse de la Plaza anunciando en agosto su vuelta a la lucha armada. Un hecho que marcaba blanco sobre negro, la ubicación de clase y política de Perón, fue cuando recibió personalmente al dictador genocida Augusto Pinochet. En las calles se habían realizado multitudinarias manifestaciones de repudio al golpe en Chile y en reclamo de que Perón apoyase con armas al pueblo chileno. Sin embargo, Perón no sólo recibió personalmente a Pinochet, sino también declaró: “Nuestras relaciones con Chile son excelentes”. Al mismo tiempo, lo condecoraba con la “Orden de Mayo”, pese a que el 13 de septiembre del ’73 había dicho que el golpe era una tragedia para América latina y que sospechaba de la participación de Estados Unidos. La conclusiones de la izquierda peronista y sus aliados eran cuasi infantiles. Los Montoneros hablaban de que Perón era ¡preso de su entorno! Siempre con el miedo de quedar afuera del movimiento, nunca sacaron conclusiones de fondo (como cuando Perón se negó a continuar su exilio en Cuba, prefiriendo la España de Franco). Una de las honrosas excepciones fue el dirigente del Peronismo de Base, Ortega Peña, quien tuvo la lucidez y el coraje de denunciar al verdadero responsable de las matanzas de las Tres A (en oportunidad de la llamada masacre de Pacheco, donde fueron asesinados tres militantes del PST): J. D. Perón. Al poco tiempo fue asesinado por la Triple A. Muerte del general, asunción de Isabel La biología jugó trágicamente en contra de la conciencia obrera. La privó de ver con sus propios ojos al mismísimo líder llevando adelante las salvajes medidas económicas, como lo hiciera después de su muerte el equipo de gobierno que él armó. Esto permitió hacer propaganda de que el “gobierno popular” estaba infiltrado por “gorilas”. Los Montoneros, en vez de buscar aliados en los partidos obreros o los sindicatos clasistas, siguieron buscando aliados entre los burgueses y/o los militares “nacionalistas antiimperialistas”, porque “el enemigo seguía siendo el imperialismo y los terratenientes” (que cumplían el mismo rol que el supuesto feudalismo). Las violentas medidas económicas y políticas que tenía que ejecutar el gobierno de Isabel, combinadas con la explosiva situación social, aceleradas por el primer paro obrero llamado por la burocracia contra un gobierno peronista (que culminó en un proceso recordado como “el rodrigazo”), hicieron que el régimen democrático-burgués fuera incompetente para las tareas que dejara pendientes Perón. La situación llegó a un punto en que se resolvía con una revolución obrera o con un golpe contrarevolucionario. La suerte estaba echada. La conciencia peronista de los obreros, la burocracia sindical, lo mejor de la vanguardia organizada en estrategias guerrilleras, la debilidad de los partidos obreros revolucionarios, hicieron imposible organizar una resistencia al golpe. El gran embaucador En los años previos a su regreso Perón alimentó una imagen de “revolucionario”. Dejaba correr las comparaciones con Fidel Castro o Mao Tse Tung. Realizaba declaraciones de apoyo y escribía sobre el socialismo. Pero su objetivo era albergar en un mismo movimiento un ala izquierda y un ala derecha, preocupándose por mantenerlas en equilibrio. Si éste se rompía, lo contrarrestaba apoyando a uno u otro sector. La última palabra, siempre, la tenía “el general”. Perón creó un movimiento que hizo creer a los obreros, que un disciplinado y enamorado hombre de la institución más sanguinaria de la Argentina, podía ser su “padre”o “protector”. Este movimiento –desde su ala más radicalizada hasta su sector conservador– ayudó a crear una conciencia economicista en la clase obrera, sujetada por la piedra angular de la conciliación de clases, la “convivencia armónica” entre obreros y patrones. Su gobierno no fue un “gobierno popular”, fue un gobierno capitalista, dispuesto a meter bala cuando fuera necesario. Esto lo pudo hacer por ser un político de la clase que tiene el poder. Por la misma razón, la clase dominante nunca se “ilusiona” con algún proceso revolucionario, más bien, siempre se prepara para reventarlos. Nunca hubo un militar “amigo” de los obreros. Ellos sí tienen conciencia de quienes son sus potenciales enemigos. Afirmar en plena fase imperialista del capitalismo, que es posible una revolución burguesa-nacional, es llevar a los obreros a tener confianza en sus verdugos.

HUGO VERHADEZ

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