La Burocracia Empresaria Manda en los
Restos de Sindicatos Vacíos
Desde hace años se viene desarrollando la transformación de la burocracia sindical o parte significativa de ella en parte orgánica de la clase capitalista, dejando de ser su mero agente en el movimiento obrero, con negocios vinculados con ese carácter. Esta transformación avanzó particularmente en esta década y pegó un salto en los últimos años. La entrega de las minas de Río Turbio -y un gigantesco subsidio- a la burocracia de Luz y Fuerza, muy ligada a la Iglesia Católica, fue uno de los primeros hechos que signaron ese proceso. En aras de terminar de lograr una tajada propia, la vieja burocracia llegó incluso a impulsar la lucha, en particular durante 1996, con los paros generales del 14 de agosto y 26/27 de septiembre. Hasta ahí llegó la burocracia. Así obtuvo la prórroga en la privatización de las obras sociales (con lo que pudo empezar a asociarse en las prepagas y con algunas ART). Lorenzo Miguel, por ejemplo, logró recientemente un aporte del Estado de $ 100 millones para la obra social de la UOM. Pedraza y la burocracia ferroviaria, se quedarán con un ramal del Belgrano y un subsidio de US$ 250 millones. Zanola y Fornero están en el directorio del Banco Hipotecario administrando los US$ 52 millones de Hipotex SA, creada con las acciones del Programa de Propiedad Participada. UPCN recibió US$ 45 millones por renunciar al estatuto de los empleados públicos y, por ahora, el activismo impidió que ATE siga esos pasos por menos dinero. En lo central, la burocracia se fue integrando a la clase capitalista por diversos tipos de asociaciones. Cavallieri es un ejemplo en varios terrenos, tanto por el negocio de la obra social, como por el compromiso, bajo cuerda, de no organizar a los súper e hipermercados, que constituyen hoy, posiblemente, los principales centros de concentración obrera. Todo esto explica por qué, en estos años, fracasó por completo la política de buena parte de la izquierda, que se dedicó a reclamarle a esta burocracia que encare un plan de lucha, en serio, hasta la huelga general: la burocracia está hecha, por ahora, completó sus negocios. La flexibilización ya es ley y los trabajadores pagan los platos rotos. Pero la burocracia logró mantener a los sindicatos y federaciones nacionales en sus manos, como agentes de retención de cuotas y negociación de los convenios (como hace Rodriguez con las patronales automotrices después de derrotar el intento de sublevación del Sitramf en Córdoba). La oposición, a la dirigencia sindical gran-empresaria del menemismo, no sólo es débil sino que también está atada por mil lazos al mecanismo de dominación. Por eso, los reiterados amagues de paro general si se votaba la flexibilización laboral, quedaron en eso, sólo en amagues_ pero Lorenzo Miguel logró US$ 100 millones_ Aun cuando no todo es igual, también los sindicatos opositores tienen sus rebusques. Por ejemplo, Ctera y por lo menos parte de sus filiales organizan cursos arancelados para los docentes. Además tienen un problema adicional: ya no saben qué hacer con la carpa después de haber entregado el Estatuto a cambio de un puñado de pesos convertibles en promesas (como lo demostró la ley de financiamiento votada y el veto a la retroactividad y la garantía estatal). La Ctera, al igual que la Utpba, artífices de la posición de que las formas de lucha tradicionales, como la huelga, no van más sino que ahora hay que encarar luchas mediáticas, deberían reflexionar sobre el lento desangre de la carpa, a pesar de que no les faltó precisamente apoyo, incluyendo el de las figuras más importantes del país y de las personalidades destacadas que pasaron por la Argentina. La vieja y caduca organización sindical dependiente del estado está en plena descomposición. La situación es muy díficil porque hay una gran masa de desocupados, precarizados, pasantías, trabajo en negro_ y el activismo es escaso y está disperso y, fundamentalmente, desorganizado. Los embriones de organización independiente, como el Sitramf surgido en Córdoba en el 96, fueron puestos bajo fuego graneado disparado desde todos lados. No sólo fueron bombardeados por las patronales y la burocracia del Smata, sino que también recibieron el abrazo del oso de Lorenzo Miguel. Es posible que ello vuelva a suceder en el futuro, máxime si se produce nuevamente como hecho aislado. Más allá de que es evidente la necesidad de seguir trabajando en los sindicatos actuales que nuclean de una u otra forma a los trabajadores, es también evidente que está planteada la refundación del movimiento sindical sobre otras bases, opuestas a las actuales: por fuera de la camisa de fuerza del estado burgués, y enfrentada a él. El sindicalismo para la conciliación/asociación con el capitalismo (50% del PBI para el capital y 50% para el trabajo, era el sumun de la justicia social para el sindicalismo peronista de los 70), la presión por un más justo reparto de la riqueza, no va más. No sólo es inviable sino que hace 25 años que no cesa de retroceder. Es necesario organizarse para enfrentar al capital, desde una perspectiva revolucionaria e internacionalista. Cuánto se pueda avanzar en ese camino depende, en primerísimo lugar, del desarrollo de la lucha de clases. Pero cualquiera sea éste, si no es fecundado por la acción consciente, militante, de los revolucionarios anticapitalistas, incluso los más potentes estallidos (santiagueñazos, por ejemplo) son absorbidos por el enemigo. Se puede, y se debe, seguir actuando superestructuralmente en toda ocasión que lo posibilite. Pero aun en esos casos, lo decisivo será hacerlo para potenciar el trabajo que apunta a la esencia del problema: organizar pacientemente activistas, por secciones, por empresas, coordinando con otras del mismo gremio y de la misma zona. Y siendo consciente de que este trabajo hay que encararlo cuidándose del buchonaje tanto patronal como de los alcahuetes del sindicato. Es necesario invertir el elemento central que predomina hoy en el movimiento sindical: la desorganización completa en la base y el único tipo de estructura sindical conocida (y ampliamente rechazada) por los trabajadores, férreamente controlada por la ya agotada dirección sindical peronista, mayoritariamente empresaria y, en lo fundamental, enemiga mortal de los explotados. Esta tarea podrá comenzar a cumplirse desde lo sindical y/o empalmando con un proyecto político anticapitalista. Quizá sea a la inversa. La realidad es la que tendrá la última palabra. Pero hay que trabajar para ello.
J. B.